Si yo viviera en Catalunya

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AP Photo / Francisco Seco.

Si yo viviera en Catalunya, aunque no fuera catalán, aunque no fuera –como soy– catalanohablante (en la variedad dialectal que se habla en el País Valenciano), y si tuviera un hijo en edad escolar estudiando Educación Primaria o Educación Secundaria Obligatoria –que, lógicamente, tendría una edad comprendida entre los 6 y los 12 años–, hoy hubiera acudido con él su escuela para evitar el cierre de la misma por la Policía y la Guardia Civil.

¿Utilización? No. Formación. Le explicaría a mi hijo los motivos por los que estaríamos allí y le diría algo así como que no estoy de acuerdo con lo que defienden los padres de sus amiguitos de clase, que pienso de manera muy distinta, pero que les apoyo porque hay cosas que nadie puede prohibir, como que las personas actúen en libertad. Pues de eso va este breve artículo que escribo nada más terminar el referéndum, o, si prefieren, la movilización popular que ha tenido lugar hoy en Catalunya. Mi opinión sobre el nacionalismo la dejé muy clara en el artículo España me la suda. Allí decía: “(Lo que me interesa son] las personas, no los símbolos. Eso es lo importante. Parafraseando a Camus, amo demasiado la gente para ser nacionalista. Y me suda la polla quien anteponga la nación a sus habitantes, se autoproclamen –o así se les considere– progresistas o conservadores, socialdemócratas o neoliberales, de izquierdas o de derechas. Simples convencionalismos, pero necesarios para reforzar el sistema y ejecutar y cumplir, todos, las órdenes de otros, los que realmente detentan el poder, a los que posiblemente este tipo de asuntos también se la sudan”.

Lo que ha sucedido hoy en Catalunya con esa desmedida, violenta e innecesaria actuación policial –que muestran los vídeos que inserto bajo estas líneas– es un ataque a la libertad de expresión que lo único que ha conseguido es que muchos que no comparten el ideario independentista salieran con ellos a la calle en señal de protesta. Es lo que yo hubiera hecho si viviera en Catalunya.

Abdicación

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Hemos abdicado de todo, incluso de nuestra propia esencia.
Hemos abandonado nuestros amores, credos, esperanzas, recuerdos, deseos.
A cambio de nada.
Hemos amado sin pasión, creído sin tener fe, defendido lo indefendible, recordado lo que jamás sucede, olvidado lo que sí.
Acostumbrados a esperar lo que nunca llega, deseando aquello imposible de alcanzar, desdeñando lo posible, hemos abdicado de todo.
A cambio de nada.

Exijo mi parte

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Viñeta del colombiano Matador (Julio César González).

No quiero trabajar más de cuatro horas, cinco como mucho, al día. Quiero que por ello se me retribuya –también a todos los demás– lo suficientemente bien como para no tener que preocuparme por mi futuro ni el de mis descendientes, ni del de nadie más. Quiero disponer de tiempo para disfrutar y poder hacerlo sin impedimentos de carácter económico. Quiero tener los mejores servicios sanitarios sin tener que pagar nada por ello, ni por los medicamentos en caso de que los necesite. Quiero una vivienda digna sin tener que hipotecarme o estar pagando un alquiler que se lleve buen parte de mi salario, y que el agua y la luz sean gratuitas, y la enseñanza, y que esta sea excelente, y… Y tantas cosas que esto parece que sea la carta a los Reyes Magos. Sin embargo, nada más lejos. Ese “quiero” no es una petición, es una exigencia. Lo que quiero, lo exijo. Exijo mi parte. Ya.

¿Que no puede ser? ¿Cómo que no puede ser? Claro que sí. Hay suficiente riqueza en este mundo para todo ello y para mucho más. ¿Qué está mal repartida? Pues que se reparta adecuadamente. A mí siempre me enseñaron que lo que está mal hay que corregirlo.

Es bien conocido el poema que escribió en 1934 Bertolt Brecht cuando estaba exiliado en Dinamarca “Preguntas de un obrero ante un libro”. Aquel en el que el obrero pregunta, nos pregunta, quiénes en realidad hicieron posible los grandes logros de la historia. ¿Únicamente quienes los decidieron y ordenaron? ¿Ellos solos? ¿No necesitaron de obreros para construir sus magnas edificaciones?, ¿de soldados en sus guerras y conquistas? Pero, en los libros de historia, dice Brecht, solo figuran los nombres de los reyes y demás mandatarios.

Nada ha cambiado: en los libros, periódicos y demás medios de comunicación, siguen figurando los ‘grandes hombres’ (y mujeres) como los verdaderos hacedores de la historia. Ahora bien –y esto ningún historiador lo cuestiona–, la historia (conjunto de hechos) la hacemos entre todos con nuestro esfuerzo y trabajo y nuestro proceder cotidiano. El pasado, por tanto, no es únicamente el de los ‘grandes hombres’ y las grandes gestas, es el pasado de los seres humanos colectivamente, en tanto que organizados en sociedades. Y ese pasado no puede aislarse en el tiempo. Sus consecuencias, sus logros, sus reveses, se prolongan hasta el presente.

Somos producto del pasado y todos somos actores, aunque no desempeñemos papel de protagonista principal. Así se reconoce incluso desde determinadas instancias políticas. Por eso se erigieron en su día las diversas tumbas al soldado desconocido, desde el monumento al Landsoldaten (soldado de infantería) de 1849 en Fredericia (Dinamarca) al de Bagdad de 1982. A ello responde el nacimiento del Estado del Bienestar, a procurar una mejor redistribución de la renta y mayores prestaciones sociales para los más desfavorecidos. Responde no sin importantes matices. ¿Se hubiera desarrollado este modelo de Estado y organización social si no hubiera existido la Unión Soviética y el bloque de países del Este? Es decir, si el común de las gentes no hubiese tenido la posibilidad de abrazar un modelo alternativo y antagónico. Ya hemos visto qué ha sucedido tras caída del Muro de Berlín.

Tal vez por ello, en la actualidad “tan solo 8 personas (8 hombres en realidad) poseen ya la misma riqueza que 3.600 millones de personas, la mitad más pobre de la humanidad. La super concentración de riqueza sigue imparable. El crecimiento económico tan solo está beneficiando a los que más tienen. El resto, la gran mayoría de ciudadanos de todo el mundo y especialmente los sectores más pobres, se están quedando al margen de la reactivación de la economía” (Una economía para el 99%, informe de Oaxfam de enero de 2017).

¿Cómo han conseguido acumular estos ocho hombres fortunas tan inmensas? Estos y otros muchos más que conforman la élite financiera con la aquiescencia de sus títeres del mundo empresarial, político, académico y de los medios de comunicación. ¿Ellos solos? El dinero no cae del cielo. Sin el concurso de otros agentes, sean colaboradores bien remunerados o trabajadores explotados en mayor o menor grado, ¿dispondrían de ese capital? No lo creo. Sin embargo, esa riqueza no revierte en absoluto en aquellos que, por su profesión o simplemente a causa de la necesidad, han contribuido, y no poco, a que sus poseedores lleguen a ese privilegiado estatus económico y social, sobre todo en los últimos. Pagan comparativamente menos impuestos que la mayoría de los contribuyentes. Si los pagan, pues gran parte de sus capitales se desvía hacia paraísos fiscales. Cuando fallezcan, sus hijos heredarán la fortuna; los hijos de los trabajadores, en cambio, solo heredarán un futuro más precario y desigual.

¡Pues no! ¿Qué cojones es esto? No, no y no. Quiero mi parte. Exijo mi parte. No en metálico, en bienestar material y calidad de vida, en trabajar menos y disponer de tiempo para disfrutar, en que estén cubiertas todas mis necesidades básicas y se respeten mis derechos fundamentales –que son los de la colectividad–, en no tener que preocuparme, como decía al principio, por mi futuro ni el de mis descendientes, ni del de nadie más.

Exijo mi parte y la quiero ahora. Ya está bien de componendas y de mostrarse serviles ante las élites financieras y las leyes del mercado. No somos mercancía. Tanto me da que quienes les rinden pleitesía sean la derecha de siempre, la disfrazada de moderada, la pusilánime socialdemocracia actual –o lo que queda de ella–, o esas nuevas izquierdas que con su discurso verde y de desarrollo sostenible, de medidas alcanzables, y sin una identificación clara con un nuevo sistema social –caso significativo, que no el único, es Compromís, aquí, en el País Valenciano–, terminan diluyéndose en el actual y robusteciéndolo.

Refugiados: víctimas de la indiferencia

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Refugiados sirios rescatados en el Mediterráneo por la tripulación del barco italiano Grecale, en marzo de 2014 (© ACNUR/UNHCR/Alfredo D’Amato)

¡Con lo bonito que es el color azul! El color de la serenidad, de la paz, del cielo, de los mares de aguas limpias, del espacio, del infinito, de la nostalgia, de la nobleza (de sangre y espíritu). Claro que también es el color con el que los nazis marcaban a los prisioneros migrantes, el de la División que mandó el régimen franquista en 1941 en apoyo del nazismo e incluso el preferido por muchos políticos en sus logotipos y su vestimenta. Y desde ahora es también el color de la desesperación, el infortunio y la muerte. Como si todos padeciéramos tritanopia (una disfunción visual que consiste en la carencia de sensibilidad al color azul, por lo que se denomina también dicromacia azul. Pero no, lo que padecemos es de indolencia, de indiferencia.

Este pasado domingo, 7 de mayo, el Alto Comisionado de Naciones Unidas para los Refugiados (ACNUR), Filippo Grandi, hacía pública una declaración sobre el flujo de personas en el Mediterráneo dicho fin de semana en el que, entre otras cosas, se lee:

“Desde el viernes, hemos sido testigos de la llegada a Italia de unas 6.000 personas que han cruzado el Mediterráneo, elevando la cifra total de llegadas de este año a 43.000. Estas llegadas masivas y el hecho de que más de 1.150 personas hayan desaparecido o perdido la vida mientras intentaban alcanzar Europa en lo que va de año, ponen de manifiesto que el rescate en el mar es más importante que nunca.

La ruta del Mediterráneo central desde el norte de África a Italia es con diferencia, la que los solicitantes de asilo y los inmigrantes emplean más frecuentemente para alcanzar Europa, y ha demostrado ser particularmente mortífera. Desde principios de año, una de cada 35 personas ha fallecido en el trayecto marítimo desde Libia a Italia. Solamente en los últimos cuatro días, 75 personas han perdido la vida en ella. (…)

En 2016, las ONG rescataron a más de 46.000 personas en el Mediterráneo central, lo que representa el 26% de todas las operaciones de rescate. Esta tendencia continúa, habiendo alcanzando el 33% en lo que va de año”.

Bien mirado, nada nuevo. Por desgracia. O tal vez sí: la suerte de los refugiados es cada vez más trágica y dolorosa. Nada nuevo que no sea la progresiva dificultad de las operaciones de rescate por el empeoramiento de la calidad de las embarcaciones y el aumento de las de goma en detrimento de las de madera, embarcaciones en que los traficantes no dudan en utilizar la violencia, incluyendo el asesinato sin piedad de un joven hace unos días.

Así, tampoco es nueva la indiferencia –cuando no hostilidad– con que esta crisis humanitaria de dimensiones catastróficas es recibida por los gobiernos y los ciudadanos de los países potencialmente receptores. Los hostiles, afortunadamente, son los menos. Todavía. La cifra va en aumento. Los indiferentes, los más. Y esa indiferencia no es algo baladí. Todo lo contrario: es síntoma de que en el fondo nos importan un bledo e incluso que tememos una posible competencia material (alojamiento, empleo, etc.) y cultural (el peligro de ser “desbordados” por los extranjeros). De ese modo, la hostilidad se alimenta de nuestra apatía y se sirve de ella para, en última instancia, hacer que parezcan justificables los actos violentos y agresivos.

A estos, los indiferentes, nunca llegaré a entenderlos. No hay actitud más abyecta, más repugnante. Ninguna compasión siento por sus desgracias. Tampoco sienten ellos conmiseración alguna por los infortunios de los otros. Es más: posiblemente ni siquiera les consideren unos desdichados, pues ni siquiera los consideran.

Si alguna vez que creímos que progresivamente aumentaría el número de personas que disfrutarían los beneficios de un mundo que decía caminar hacia la libertad y la tolerancia, un mundo en el que ir de un país a otro era tan simple como tomar un billete y en el que no había preocupación alguna de persecuciones policiales ni se exigía pasaporte, es más que obvio que nos equivocamos. Si es que alguna vez lo creímos.

Que disfruten de un buen fin de semana. Si lo comparan con el que pasarán miles de refugiados, seguro que lo será.

La vida sigue igual

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Fotograma de la película de Ingmar Bergman “Fresas salvajes” (1957).

Tras casi un mes ausente –ya necesitaba un descanso–, con un muy limitado acceso a internet y sin apenas informarme de la actualidad, retomo mis habituales actividades y hago un somero repaso de a lo acaecido en este tiempo. Me doy cuenta enseguida de que la vida sigue igual.

Unos mortales atentados terroristas en Londres, San Petersburgo y Estocolmo, objeto de una gran cobertura mediática. Otros aún más sangrientos en Bagdad, Homs, Bangladesh, Lahij (Yemen) y dos más en las ciudades egipcias de Tanta y Alejandría, cuya atención mediática ha sido considerablemente menor.

Bastardos intereses de unos y otros por controlar el Medio Oriente, que tiene las reservas más grandes de petróleo del mundo, hacen imposible el fin de la masacre siria y acrecienta, en consecuencia, la desestabilización internacional.

Más refugiados –que suelen ser las primeras víctimas del terrorismo– siguen buscando asilo en Europa y Estados Unidos al tiempo que los aumentan los obstáculos para acogerlos. En los últimos tres días (escribo esto ayer lunes 17) 8.500 personas han sido rescatadas del Mediterráneo.

Corea del Norte hace gala de su armamento nuclear y EE UU lanza sobre Afganistán la denominada “madre de todas las bombas”. En Venezuela la dictadura es más perversa cada día que pasa, pero en Arabia Saudí todo marcha bien. El negocio es el negocio. Los intereses económicos prevalecen por encima de todo.

El retroceso en materia de derechos y libertades civiles avanza y nos retrotrae a momentos de la historia que creíamos superados. A Cassandra Vera, una estudiante de segundo curso de Historia, la Audiencia Nacional la condena a un año de prisión y siete de inhabilitación por sus tuits sobre ¡Carro Blanco!, tuits como “Kissinger le regaló a Carrero Blanco un trozo de la luna, ETA le pagó el viaje a ella” o “¿Carrero Blanco también regresó al futuro con su coche?”.

Rihanna se estrena como diseñadora de joyas, el diamante rosa Pink Star bate el récord mundial de venta en una subasta para una piedra preciosa al venderse por 71,2 millones de dólares y en el proceso de divorcio entre la ex ‘spice girl’ Mel B y el productor Stephen Belafonte la primera ofrece al segundo 6 millones de euros y una isla a fin de zanjar el asunto.

La vida, pues, sigue igual. Excepto para quienes, en este lapso, la perdieron. Las víctimas de los atentados a quienes nos referíamos antes, por ejemplo, o, y sobre todo, los 30.000 que mueren de hambre cada día por hambre, es decir, por causas evitables, entre ellos los más de cien niños que fallecen cada veinticuatro horas por desnutrición aguda severa en países como Yemen y Somalia.

Definitivamente: nada ha cambiado. La vida sigue igual.

El teléfono de la desesperanza

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Pruebe a llamar al 961 973 793. Si consigue que alguien le conteste, es su día de suerte, un día de esos que rara vez se presentan y que hay que aprovechar. Es el día idóneo para jugar a los juegos de azar, para declararse a ese amor que creía imposible (le contestará que siente lo mismo por usted, o más), para conseguir el mejor trabajo imaginado, para ligar con ese sex symbol que tanto le erotiza y al despertar ver que está a su lado y que no ha sido un sueño, para hacer realidad –en definitiva–cualquier propósito no logrado hasta ahora. De todo ello, y de todo cuanto se le ocurra, tiene estadísticamente más probabilidades de que se cumpla que las que dispone de que le descuelguen el teléfono. La razón es muy simple: por sistema, no lo hacen.

¿A quién corresponde este número de teléfono? Pues, ni más ni menos, que al Servicio de Cardiología del Hospital Clínico de Valencia, perteneciente a la a la Conselleria de Sanitat Universal i Salut Pública de la Generalitat Valenciana.

El pasado 24 de octubre me dieron el alta hospitalaria tras haber sido operado del corazón por una miocardiopatía de Takotsubo (conocida como síndrome del corazón roto) con los correspondientes informes, las recomendaciones sobre pautas de vida a seguir y una “solicitud de cita” para el cirujano y para el cardiólogo, que debían verme en dos meses. Para estas, tenía que llamar al teléfono mencionado, el 961 973 793. Al día siguiente llamé. Nadie respondió. Al siguiente también, y al otro, y el que seguía a este. Así días y días. Llamé a centralita (961 973 500) y me dijeron que lo hiciera entre las 8 y las 9:30 de la mañana y las 13:30 y 14:45 de la tarde, pues de 9:30 a 13:30 solo atendían pacientes. La historia se repitió. Ni a primera hora de la mañana ni a primera hora de la tarde. Un día, otro, otro más… Llamo de nuevo a centralita. Una señora muy amable, que también había sido operada del corazón, me dijo que desistiera y dejara de llamar, que no me iban a responder. Y me facilitó otro teléfono (961 973 790). Aquí conseguí que me atendieran y me dijeron que ya recibiría una carta notificándome la fecha de la cita con el cirujano (la recibí poco después citándome para el 23 de diciembre). ¿Y para el cardiólogo? La persona que estaba al otro lado del teléfono me dijo que ella solo podía darme cita para cirugía, pues cardiología no quirúrgica no dependía de ella, no podía hacerlo por mucho que quisiera. Me aconsejó que fuera en persona, que era la única solución, que acudiese a consultas internas, tercera planta, Cardiología, y preguntara por Eduardo. Eso hice. Eduardo resultó ser el enfermero que hacía curas y quien, se supone, debe atender el teléfono. Él mismo me confirmó que, efectivamente, nunca respondían, que estaban saturados de trabajo y había tomado esa decisión al no disponer de tiempo para todo. Finalmente, no sin insistir, logré que tomara nota de la cita (hace unos días he recibido otra carta en la que me dan hora para el 19 de enero del año que viene).

Ya ven. Toda una odisea que me ha dejado muy mal sabor de boca. Estamos hablando de un servicio que no es cualquier cosa, de enfermos del corazón, muchos de los cuales acaban de ser operados. Me siento, sobre todo, decepcionado, frustrado. ¿Cómo es posible que ocurra esto?, me pregunto. A ver. Cuando me dieron el alta hospitalaria con los informes y la solicitud de cita ¿no podría figurar ya una nota que dijera algo así como que en los próximos días recibirá una carta en su casa notificándole fecha y hora para el cirujano y el cardiólogo? Es cuestión de protocolo, de un simple clic con el ratón que haga la misma persona que redacta el informe al correspondiente servicio. ¿Tan complicado es esto? A lo mejor, incluso es aún más fácil que cómo acabo de sugerir. Pero no. Parece un problema insoluble una cuestión organizativa. Y que esto lo haga un hospital perteneciente a la Generalitat Valenciana, al frente de la cual hay ahora un Gobierno que dice ser “del cambio”, un “gobierno del pueblo” en palabras de la vicepresidenta. Pues no. No es eso. Esto nada tiene que ver con la herencia recibida del Gobierno anterior ni con la financiación insuficiente de las arcas públicas valencianas. Es un problema de organización, de control, de eficacia. El cabreo se me pasó, el desencanto no.

¿Si? Sí

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Hombre mayor en Las Ramblas. De “Invisible Barcelona” (AM: AMS PHOTOBLOGG).

Si hubiera, si pudiera, si no fuera… Siempre en condicional, la maldita condición, ajustada cada vez más a la sexta acepción que la RAE da a la palabra: “Calidad del nacimiento o estado que se reconocía [¿reconoce?] en los hombres; como el de noble, el de plebeyo, el de libre, el de siervo, etc.”.

Fue, ocurrió, sucedió, incluso es más que probable… Hubiera, pudiera, debiera… Debería, no debería… Si hubiera sucedido de otro modo, si las cosas no hubieran sido así, si las circunstancias hubiesen sido otras…

Cansinas y odiosas palabras con las que nada puede construirse, carentes de toda autenticidad. Sí, pero no. Empezamos a pensar si hubiera hecho…, si no hubiera hecho…, si hubiera dicho…, si no hubiera dicho…

Con ello nos reconfortamos. Pero no se trata de si, pues es .

Ya lo dijo Séneca: “La mayor parte de los mortales (…) se queja de la malignidad de la Naturaleza, por habernos engendrado para un tiempo tan breve y porque este espacio de tiempo que se nos dio se escurre tan velozmente, tan rápidamente, de tal manera, que con excepción de muy pocos, a los restantes los destituye de la vida justo cuando para vivir se están preparando”. (Séneca: De la brevedad de la vida).