Indiferencia

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Puedo entender, que no aceptar, todo menos la indiferencia.

Puedo entender, que no aceptar, a quien considere que en Europa no se debe dejar entrar a migrantes económicos ni a migrantes refugiados.

Puedo entender, que no aceptar, que piensen que es un beneficio para los demás. Somos demasiados y es cuestión de supervivencia.

Puedo entender, que no aceptar, que alguien piense así. Incluso a los que teniendo capacidad para decidir, dictaminar y resolver no hacen nada por evitarlo, más bien lo contrario.

Puedo entender, que no aceptar, los motivos de su actuación.

Pero nunca llegaré a entender a los indiferentes. Esos me producen verdadero asco. No hay actitud más abyecta, más repugnante. Ninguna compasión siento por sus desgracias. Tampoco sienten ellos conmiseración alguna por los infortunios de los otros. Es más: posiblemente ni siquiera les consideren unos desdichados, pues ni siquiera los consideran.

Publicado anteriormente el 1 de febrero de 2018.

Menos sensibilidad que una almeja

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Stephen Maffin (2009)

Decimos que alguien tiene menos sensibilidad que una almeja cuando da muestras –o creemos que las da– de sentir escasa o ninguna conmiseración por quienes sufren penalidades o desgracias; alguien, pues, falto de humanidad.

Cuando a una almeja le echamos unas gotitas de limón se contrae, reacciona. Sobre nuestros ojos caen todos los días, no gotas, chorros de toda clase de sustancias mucho más ácidas que el limón, algunas incluso tóxicas. Caen en forma de imágenes y noticias, que vemos o leemos según sea el medio por el que nos enteramos de cuanto sucede a nuestro alrededor. Y no nos contraemos (contraer es también, según la RAE, “asumir obligaciones o compromisos”). Tampoco reaccionamos (“actuar por reacción de la actuación de otro, o por efecto de un estímulo”) a no ser en beneficio propio. Bien vamos al oculista o cerramos los ojos; da igual que nos quedemos ciegos. Sí, tenemos menos sensibilidad que una almeja.