La Revolución rusa: las tareas inmediatas de la Revolución (internacionalización y centralización)

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Lenin dirigiéndose al Ejército Rojo en Moscú el 5 de mayo de 1920; a la derecha de la foto Leon Trotski.

El primer acto del Gobierno revolucionario fue dar cumplimiento al primer decreto anunciado por Lenin: “comienzo de las negociaciones en pro de una paz justa y democrática sin anexiones ni indemnizaciones”. La llamada a las partes beligerante no tuvo ningún eco y, ante la superioridad de las tropas alemanas, Lenin y Trotski acabaron firmando una paz que ellos mismos tildaron de vergonzosa: la Paz de Brest-Litovsk (marzo de 1918), por la que Rusia perdía Ucrania y la mayor parte de los territorios occidentales.

Antes de que terminara la guerra mundial, Alemania era un país exhausto con un régimen en descomposición. Surgieron entonces consejos obreros y de soldados con un claro objetivo: acabar la guerra. El movimiento se extendió rápida y espontáneamente por todo el país. En noviembre, al terminar la guerra, se presentó el siguiente dilema: el triunfo de una república soviética basada en los consejos o, por el contrario, la evolución de estos hacia la formación de una república democrática. Las dos repúblicas se proclamaron el mismo día, el 9 de noviembre, y durante un tiempo hubo una situación de doble poder. La disyuntiva se resolvió finalmente en enero de 1919 con el conflicto armado. El SPD (Partido Socialdemócrata de Alemania) –que acordó una alianza con el Comando Militar Supremo alemán– recurrió al ejército y a los freikorps para acabar con el levantamiento (Revolución de Noviembre) y sus líderes. Karl Liebknecht y Rosa Luxemburgo –dirigentes del KPD (Partido Comunista de Alemania)– fueron asesinados en enero de 1919. La dirección del partido pasó a manos del reformista Paul Levi y se orientó cada vez más –siguiendo así las consignas del ejecutivo de la III Internacional– hacia la táctica parlamentaria, queriendo de este modo reparar el error de la fracasada revolución de 1919 (el llamado Levantamiento Espartaquista) en Alemania, que para Lenin había consistido en considerar que “el parlamentarismo estaba pasado de moda” y no haber participado en las elecciones [Lenin (1920): El extremismo: enfermedad infantil del comunismo].

¿Qué había pasado para que los bolcheviques fueran objeto de tan acerada crítica? Los bolcheviques no abandonaban la esperanza de una revolución en Alemania, pero en 1920 habían cometido “lo que hoy se nos parece como un error fundamental, al dividir permanentemente el movimiento obrero internacional” (Hobsbawm: Historia del siglo XX). En 1919 se había formado la III Internacional (conocida también como Internacional Comunista o Komintern), concebida como un primer acto de la inminente revolución mundial. En su II Congreso Mundial (Moscú, 19 de julio al 7 de agosto de 1920) se “estructuró un nuevo movimiento comunista internacional según el modelo del partido de vanguardia de Lenin, constituido por una élite de ‘revolucionarios profesionales’ con plena dedicación”, es decir, “lo que buscaban Lenin y los bolcheviques no era un movimiento internacional de socialistas simpatizantes con la revolución de octubre, sino un cuerpo de activistas totalmente comprometido y disciplinado: una especie de fuerza de asalto para la conquista revolucionaria” (Hobsbawm cit.). ¿Hubiera tenido lugar la ansiada revolución internacional de haber sido otro el desarrollo del Levantamiento Espartaquista alemán? Nunca lo sabremos. A mi juicio, nunca el mundo estuvo tan cerca. Pero eso no importa ahora.

La colosal tarea de la que hablaba Carr [véase artículo anterior] era tan gigantesca como compleja. Establecer un control efectivo sobre el caos en que estaba sometido el territorio del difunto Imperio ruso y crear un nuevo orden social que enlazara con las aspiraciones de las masas obreras y campesinas que habían visto en los bolcheviques a sus salvadores y liberadores tropezaba con una tenaz oposición, que desembocó en un conflicto armado múltiple –la Guerra Civil Rusa (1917-1923)–entre el nuevo Gobierno bolchevique y su Ejército Rojo y los militares del ex ejército zarista y opositores al bolchevismo, agrupados en el denominado Movimiento Blanco, compuesto por conservadores y liberales favorables a la monarquía y socialistas contrarios a la revolución bolchevique y relacionados estrechamente a la Iglesia ortodoxa rusa. En 1920 era evidente que la revolución bolchevique no era algo que fuera a suceder de manera inminente en Occidente, menos aun cuando igual de evidente era que los bolcheviques no había conseguido asentarse por completo en Rusia. Apenas recién constituido el Ejército Rojo bajo la dirección de Trotski –a finales de 1919 contaba con 30.000 oficiales y 5 millones de hombres– tuvo que entrar en acción contra los ejércitos de rusos blancos, dirigidos por generales zaristas, que querían derrocar el gobierno revolucionario.

Es en esta atmósfera de guerra civil y aislamiento internacional que hay que encuadrar tanto la política internacional bolchevique, que a grandes rasgos acabamos de ver, como la organización económica del nuevo Estado, que se dividió en tres periodos y políticas económicas definidas:

El capitalismo dirigido de los primeros ocho meses

Según Lenin, el nuevo régimen es el que debía poner las bases para la transición al socialismo, por lo que el objetivo inmediato no era la confiscación o nacionalización de los bienes, sino establecer un régimen de capitalismo dirigido que le permitiera apoderarse de ciertos puntos claves de la economía para consolidar el poder político que ya se había conseguido y ejercer ciertas medidas de control sobre la industria destinadas a que esta siguiera funcionando y a proteger al nuevo régimen tanto de la desintegración económica como de una posible ‘huelga de capitales’. Desde esta perspectiva hay que entender las siguientes disposiciones económicas:

a) Decreto del Control de los Trabajadores de 15 de noviembre que daba a los comités de trabajadores de cada fabrica el derecho a supervisar la dirección, señalar un mínimo de producción y tener acceso a correspondencia y cuentas, pero se reservaba expresamente al propietario el derecho a dar órdenes para la gerencia de la empresa, excepto si se contaba con la sanción de las autoridades competentes.

b) Nacionalización de los bancos y su fusión en un solo Banco Central.

c) Monopolio estatal del comercio de granos (medida ya aprobada por el Gobierno provisional).

d) Nacionalización de la industria bélica y las consideradas claves para la economía, así como aquellas en las que su dueño se negaba a cumplir el decreto de control de los trabajadores y las que habían sido cerradas o abandonadas por sus dueños.

Este capitalismo de Estado –esta ‘etapa de transición’– se desenvolvió en una situación, como veíamos, inestable y no sobrevivió al verano de 1918 por la actitud de los comités de fábrica y el estallido pleno de la guerra civil, pues la burguesía en masa se pasó a las zonas de rusos blancos. La necesidad de las autoridades de ejercer un control directo sobre la producción llevó a promulgar el Decreto de General de Nacionalización (28 de julio) por el que se procedía a la nacionalización de todas las empresas de cierta importancia sin distinción. Mil se nacionalizaron en 1918 y entre tres y cuatro mil en el otoño de 1919. Comenzaba lo que se ha dado en llamar comunismo de guerra.

El comunismo de guerra

Tercera Internacional ComunistaLa falta de combustibles, materias primas y alimentos hicieron disminuir la producción industrial, aumentando el absentismo y cerrando muchas empresas. Las ciudades perdieron entre la tercera y cuarta parte de la población por la inmigración al campo, al tiempo que aumentaba la inflación y se depreciaba la moneda. La escasez de bienes del mercado conllevó la ocultación de parte de las cosechas y el florecimiento del mercado negro. Así las cosas, ¿cómo alimentar al Ejército Rojo y a los trabajadores de las industrias de guerra? Se optó por la requisa de productos agrícolas y la asignación centralizada de víveres tanto para la industria como para el comunismo de guerra. El excedente de cada granja –una vez cubiertas las necesidades mínimas de subsistencia y asegurado el grano para la siembra– era confiscado y el Comisariado de Abastos (Narcomprod) se encargaba de organizar la recogida del producto y su distribución entre el ejército, la industria y los principales puntos de abastecimiento para el racionamiento de los trabajadores.

La nacionalización de las industrias continuó hasta abarcar no solamente la gran industria y la de tamaño medio, sino también la pequeña industria, pues en noviembre de 1920 se decretó la nacionalización de todas las empresas mecanizadas con más de cinco empleados. Las condiciones de trabajo se parecían cada vez más a las del ejército y debido a la escasez de materia prima y combustible se primó las industrias de choque, relacionadas directamente con la guerra, sobre las industrias de consumo. Ello acarreó el alejamiento de las masas campesinas de la política bolchevique. La alianza que forjó la Revolución de Octubre amenazaba resquebrajarse, se produjeron levantamientos campesinos en 1921 en las regiones del Volga, Siberia Occidental, Norte del Cáucaso y Rusia Central. También se abrió una importante brecha entre los trabajadores industriales y el Estado: en la segunda mitad de 1920 las huelgas eran algo habitual y aumentaba el absentismo. A ello se sumó la revuelta de los marineros de Kronstadt, la última gran rebelión en contra de los bolcheviques durante la guerra civil (marzo de 1921).

La Nueva Política Económica (NEP)

La situación, que hemos descrito a grandes líneas, llevó a Lenin a plantear la abolición de la práctica de requisas y a iniciar los principios de una Nueva Política Económica. “El antídoto [del comunismo de guerra], familiarmente conocido como la NEP, consistió en (…) una serie de medidas que no fueron concebidas de una sola vez, sino que fueron desarrollándose gradualmente una después de la otra. Primero empezó enfrentando el punto de mayor peligro, como una política agrícola para aumentar el suministro de alimentos ofreciendo nuevos incentivos a los campesinos; luego evolucionó hacia una política comercial para la promoción del comercio y el intercambio, incluyendo una política financiera para una moneda estatal; y finalmente, enfrentando el problema más profundo de todos, se transformó en una política industrial tendiente al aumento de la productividad industrial, condición para la construcción de un sistema socialista. La característica principal de la NEP fue la negación o revocación de las políticas del comunismo de guerra” (Carr: Historia de la Rusia de la Rusia Soviética).

Y aquí lo dejo por hoy. Continuaremos mañana con el quinto artículo de esta de serie de seis sobre la Revolución rusa con motivo de conmemorarse su primer aniversario, el último sobre su evolución histórica, pues en el sexto nos ocuparemos de su legado y repercusión actual. En él abordaremos la evolución de la Nueva Política Económica y la transición al régimen de partido único, que daría paso al afianzamiento del dominio de Stalin sobre el Partido Comunista de la Unión Soviética y sobre la III Internacional. La Revolución rusa desde entones fue otra cosa que nada tenía a ver con los principios y valores que la germinaron. Mañana lo veremos.

Gracias por su visita. Que les vaya bien (o lo mejor posible).

 

La Revolución rusa: la Revolución de Octubre

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Manifestantes civiles y soldados que se unieron a la Revolución (1917).

Como decíamos en el primer capítulo de esta serie de seis sobre la Revolución rusa con motivo de conmemorarse su primer centenario, publicado este martes, 7 de noviembre, otro 7 de noviembre, este de 1917, la Guardia Roja tomaba sin resistencia el Palacio de Invierno en Petrogrado (actual San Petersburgo), residencia oficial de los zares y capital de Rusia. Comenzaba así la conocida como Revolución de Octubre, pues en aquellos años Rusia se regía por el calendario juliano, según el cual dicha fecha correspondía al 25 de octubre.

De golpe, todo el edificio del Estado ruso se vino abajo. La movilización social era de tal calibre, y la fragilidad del régimen tan acentuada (las tropas del zar se negaron a atacar a la multitud y empezaron a fraternizar con ella), que –como dice Hobsbawm (Historia del siglo XX)– “llegado el momento, no fue necesario tomar el poder, sino simplemente ocuparlo”. Se ha dicho, añade, que hubo más heridos durante el rodaje de la película de Eisenstein Octubre (1927) que en el asalto al Palacio de Invierno.

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Asamblea obrera en la fábrica Putílov de Petrogrado (actual San Petersburgo) en febrero de 1917.

Al estallar la Primera Guerra Mundial, Lenin y los bolcheviques se opusieron rotundamente a la conflagración, cosa que hicieron también muchos de los partidos socialistas de la II Internacional, aunque no todos. Los desastres de la guerra más brutal y mortífera de cuantas habían tenido lugar a lo largo de la historia, hacían mella, cada día más, entre los soldados y la población civil. Un sentimiento antibelicista se propagó entre las clases populares. El socialismo vio reforzada su influencia política y el movimiento obrero organizado de las grandes fábricas de armamento protagonizó las mayores movilizaciones sociales.

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Enfrentamiento entre los bolcheviques y las fuerzas del orden (Petrogrado, marzo de 1917).

La desastrosa participación de Rusia en la guerra desembocó en una revuelta popular. El 25 de febrero de 1917 las huelgas se sucedían sin interrupción. El 27 se formaba el Comité Ejecutivo del Sóviet Supremo de Petrogrado y el 2 de marzo abdicaba el zar. Se formó entonces un Gobierno provisional compuesto por las fuerzas liberales y demócratas, pero junto a él estaba el verdadero órgano que había dirigido la revolución: el Sóviet de Petrogrado.

El 9 de abril Lenin regresaba a Rusia tras un largo exilio, siendo recibido como un héroe por obreros y soldados. Al día siguiente presentaba en un discurso que dio en el Palacio Táuride de Petrogrado sus Tesis de Abril, el programa de una nueva revolución que transferiría el poder al proletariado y a los campesinos más pobres: “La peculiaridad del momento actual en Rusia consiste en el paso de la primera etapa de la revolución, que ha dado el poder a la burguesía por carecer el proletariado del grado necesario de conciencia y de organización, a su segunda etapa, que debe poner el poder en manos del proletariado y de las capas pobres del campesinado”.

A lo largo de la primavera los Comités obreros de fábrica se atribuyeron el ejercicio exclusivo de su autoridad en la fábrica, los campesinos se apoderaron de la tierra y la repartieron entre ellos y en las unidades militares se formaron Comités de Soldados. El ejército, por su parte, se desintegraba y los soldados que regresaban a sus aldeas se pusieron del lado de la revolución.

Desde abril hasta octubre, Lenin trató de concentrar en torno a su programa la adhesión de su propio partido y la de los sóviets. Ahora contaba también con la inestimable colaboración de Trotski, quien el 5 de mayo había regresado de su exilio en Nueva York con el convencimiento de que el Partido Bolchevique, bajo la dirección de Lenin, era el único que podía dirigir la revolución inconclusa y llevar a los trabajadores al poder.

La adhesión de su partido la consiguió en verano de 1917, la de los sóviets fue más difícil. En junio, cuando se reunió el Primer Congreso Panruso de los Sóviets (máximo órgano de gobierno), Lenin anunció que su partido estaba preparado para tomar el poder; pero, los delgados mayoritarios eran los socialistas revolucionarios (285), seguidos de los mencheviques (248), quedando en último lugar los bolcheviques (105). Sin embargo, la autoridad y el prestigio del Gobierno provisional y de aquellos que le apoyaban estaban desgastándose rápidamente, la gente estaba cansada de la guerra y exigía una rápida solución a la cuestión agraria. La influencia de los bolcheviques iba creciendo rápidamente en las fábricas y en el ejército. En septiembre, tras el abortado golpe derechista del general Kornilov, los bolcheviques obtuvieron la mayoría en los sóviets de Petrogrado y Moscú. Lenin resucitó la consigna ‘todo el poder para los sóviets’, ya enunciado en abril, que suponía un desafío directo al gobierno provisional y el Comité del Partido Bolchevique decidió preparar una toma inmediata del poder

El 25 de octubre, la Guardia Roja, formada por obreros industriales, avanzó sobre el Palacio de Invierno. Fue un golpe sin sangre. El Gobierno provisional se vino abajo sin resistencia. El golpe se había preparado para coincidir con el Segundo Congreso Panruso de los Sóviets y al día siguiente del golpe comenzaron las sesiones del Congreso, donde esta vez los bolcheviques tenían la mayoría y asumieron por tanto la dirección del acto. El Congreso Panruso de los Sóviets aprobó la disolución del gobierno provisional y el paso del poder a los sóviets, al igual que tres importantes decretos:

  1. Comienzo de negociaciones en pro de una ‘paz justa y democrática’ sin anexiones ni indemnizaciones, a la vez que se pedía ayuda a los obreros de los países beligerantes para poner fin a la guerra.
  2. Abolición de las propiedades de los terratenientes sin indemnización. La propiedad privada de la tierra quedaba abolida a perpetuidad, el derecho de usufructo se otorgaba a todos los campesinos rusos que las trabajaran con sus propias manos.
  3. Se creaba un Consejo de Comisarios del Pueblo, como Gobierno Provisional Obrero y campesino, que gobernaría el país bajo la autoridad del Congreso Panruso de los Sóviets y de su Comité Ejecutivo, hasta la formación de la Asamblea Constituyente. Para cumplimentar este mandato, que desde febrero habían reclamado tanto los sóviets como el Gobierno provisional, se celebraron elecciones que ya estaba convocadas para el 25 de noviembre. En un país esencialmente rural, el resultado fue desfavorable a los bolcheviques. Los socialistas revolucionarios obtuvieron la mayoría absoluta con 267 de los 520 diputados, frente a 161 de los bolcheviques.

Cuando los diputados electos se reunieron en enero de 1918, el Gobierno Obrero y Campesino estaba firmemente establecido en Petrogrado y era improbable que abdicara en favor de un grupo que representaba los ‘confusos’ intereses de las áreas rurales. Así las cosas, el Gobierno impidió por la fuerza que la Asamblea Constituyente volviera a reunirse. Los bolcheviques minimizaron el hecho de dar la ‘espalada a las convenciones de la democracia burguesa’, teniendo en cuenta el desfase existente en la sociedad rusa en el momento en que el Gobierno provisional había convocado las elecciones y su celebración tras la toma del poder por los bolcheviques. Sin embargo, el abandono de esta ‘convención’ democrática se puede considerar el primer paso para el establecimiento en Rusia de una dictadura de partido único. Uno de los presagios más lúcidos fue el de Rosa Luxemburgo, admiradora de Lenin y de otros muchos aspectos de la revolución bolchevique: “(…) Es cierto que toda institución democrática tiene sus límites y defectos, hecho común a la totalidad de las instituciones humanas. Pero el remedio inventado por Trotski y Lenin, la supresión de la democracia en general, es aún peor que el mal que se quiere evitar. Sofoca, en realidad, la fuente viva de la que únicamente pueden surgir las correcciones de las insuficiencias congénitas a las instituciones sociales: una vida política activa, libre y enérgica de las más amplias masas. (…) Pero la cuestión no se agota con la Asamblea Constituyente y el derecho electoral; no hemos considerado aún la abolición de las garantías más importantes para una vida pública sana y para la actividad política de las masas trabajadoras: libertad de prensa, de agitación y de reunión, que han sido denegadas para todos los adversarios del gobierno soviético. Ante estas violaciones, las mencionadas argumentaciones de Trotski sobre la pesadez de los cuerpos electorales democráticos, están lejos de ser concluyentes. Por el contrario, es un hecho notorio e incontestable que, sin una ilimitada libertad de prensa, sin una vida libre de asociación y de reunión, es totalmente imposible concebir el dominio de las grandes masas populares”. (La Revolución Rusa, 1917).

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Lenin y Trotski con soldados de Petrogrado (1917).

Tras la toma del poder y la disolución de la asamblea constituyente, pocas personas imaginaron en Europa Occidental que el régimen revolucionario pudiera subsistir más allá de unos pocos días o semanas. Ni los mismos dirigentes bolcheviques estaban convencidos de ello. A no ser que la revolución se extendiera a Europa. La autoridad del Gobierno Obrero y Campesino apenas se extendía más allá de Petrogrado, las fuerzas armadas a su disposición solo eran unos pocos miles de guardias rojos y se estaban organizando ejércitos de cosacos y ‘rusos blancos’. Como escribió Edward Hallet Carr en su magna obra A History of Soviet Russia (14 volúmenes, publicada entre 1950 y 1978 y traducida al castellano como Historia de la Rusia de la Rusia Soviética –los tres tomos que abarcan de 1917 a 1923– por Alianza Editorial), que sigue siendo la más ambiciosa, más reconocida y mejor documentada historia de la Revolución rusa, “Para los bolcheviques había sido fácil derribar al raquítico Gobierno provisional. Sustituirlo, establecer un control efectivo sobre el caos en que estaba sometido el territorio del difunto Imperio ruso, y crear un nuevo orden social que enlazara con las aspiraciones de las masas obreras y campesinas que habían visto en los bolcheviques a sus salvadores y liberadores, era una tarea mucho más formidable y compleja”.

De esta tarea colosal, que había que acometer cuanto antes –el tiempo apremiaba– nos ocuparemos mañana. Espero. Ya les comenté que, con las correcciones de mi última novela, Prudencio Calamidad, que no tardará en salir, se me ha echado el tiempo encima y voy un tanto a salto de mata.

Gracias por su visita. Que les vaya bien (o lo mejor posible).

La Revolución rusa: la decadencia del zarismo y la Revolución de 1905

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La decadencia del zarismo y la penetración del marxismo 

Tres grandes rasgos caracterizan la Rusia zarista desde el último tercio del siglo XIX hasta el estallido de la Revolución de 1917:

  1. Era una sociedad eminentemente agrícola en la que la servidumbre había sido abolida en 1861. Los siervos pasaron a ser “aldeanos libres”, pero en la práctica no eran otra cosa que “campesinos sin tierras” que dependían del mir (comunidad campesina cuyas tierras se poseían y labraban en común). Los mir se mantuvieron hasta las reformas agrarias de 1906-1911 y fueron determinantes en el fracaso de crear una ‘clase media’ rural.
  2. Entre 1870 y 1914, no obstante, se produjo un espectacular crecimiento del sector industrial con la creación de grandes factorías de avanzada tecnología que empleaban entre 2,5 y 3 millones de trabajadores, lo que evidentemente representaba una muy pequeña parte de la población (111 millones de habitantes hacia 1910). Este crecimiento industrial –hay que aclarar– fue consecuencia de la presión que los estados europeos ejercieron sobre la nobleza dominante, no de una política económica auspiciada por las élites rusas, aunque se beneficiaran de ella. Para las economías occidentales Rusia era un filón a explotar y el zar no tuvo más remedio que impulsar el desarrollo capitalista, lo que comportó un endeudamiento del Estado, que se vio obligado a destinar enormes recursos para asegurar su supervivencia, no perder la influencia que tenía en un contexto de crecientes rivalidades interestatales y sociales, como le sucedió con la derrota en Crimea o con la guerra franco-prusiana.
  3. Rusia seguía manteniendo una estructura autocrática que fundía la clase terrateniente con el Estado, un Estado Absoluto que se extendía al sistema educativo, la religión, el ejército, la manera de gobernar y, por supuesto, al poder económico, pues el Estado era el principal propietario feudal del país, poseía tierras en las que trabajaban 21 millones de siervos. El nacionalismo, la Iglesia ortodoxa y la autocracia eran los pilares del Estado, que demostró su poder político y militar en el intervencionismo y la expansión exterior.

Hasta la Revolución de 1905 no se estableció un sistema semiconstitucional y el socialismo ruso tuvo que manifestarse en la clandestinidad y el exilio. Un primer populismo ruso (1860-1890), que consideraba al campesinado la clase revolucionaria por excelencia, comenzó a declinar en paralelo a la introducción de ese primer capitalismo y el desarrollo del pensamiento marxista, si bien su herencia fue recogida por los socialistas revolucionarios. Su programa tenía como puntos básicos la lucha por la autonomía nacional y las libertades, el deseo de unir amplias masas de la población por muy heterogéneas que estas fueran y una socialización de la tierra que simultaneara la existencia de una propiedad igualitaria con las explotaciones colectivas. Este programa, aun teniendo en cuenta el desarrollo industrial, seguía yendo dirigido a la gran masa campesina y esto explicaría que en 1917 consiguieran, junto a los mencheviques, la mayoría de los soviets.

En 1898 se creó el Partido Obrero Socialdemócrata Ruso. Este marxismo revolucionario se consolidó frente al marxismo legal que, esperando que el capitalismo se asentase y la burguesía tomara el poder, emplazaban para un futuro la acción socialista. Lenin, en ¿Qué hacer? (1901-1902), expresa por primera vez su idea del partido-vanguardia del proletariado. Durante el Congreso de Londres de 1903 los mencheviques (Axelrod, Mártov, Plejánov) proponían una estructura similar a la socialdemocracia alemana, mientras que los bolcheviques, siguiendo a Lenin, defendían un partido centralizado y disciplinado de revolucionarios profesionales, que eran la vanguardia del proletariado. Las dos tendencias se aproximaron momentáneamente tras la Revolución de 1905, pero se separaron definitivamente, como veremos, en 1912.

La Revolución de 1905 y la ruptura definitiva entre mencheviques y bolcheviques

La Revolución de 1905 sorprendió a todo el mundo. La chispa fue el descontento popular ante las graves derrotas que el ejército ruso sufría en la guerra ruso-japonesa (1904-1905). Su estallido se desencadenó a partir de la dura represión del ejército, el 9 de enero de 1905, sobre los huelguistas de San Petersburgo, hecho conocido como Domingo Sangriento por la matanza que llevó a cabo la Guardia Imperial contra los manifestantes (200 muertos y 800 heridos).

Manifestación pacífica de trabajadores en Petrogrado que dio lugar al Domingo Sangriento

Manifestación pacífica de trabajadores en Petrogrado que dio lugar al ‘Domingo Sangriento’.

A raíz de este incidente, en las ciudades, las protestas de los intelectuales, estudiantes y ciertos elementos liberales, se unieron a la de los obreros industriales y de servicios, provocando su momento álgido en octubre de 1905. Es en este momento que aparecen por primera vez los soviets o Consejos de diputados obreros, órganos de democracia directa que se formaban en las distintas industrias para defender los intereses de los trabajadores en determinados momentos y luego desparecía.

La reacción del zar Nicolás II, ante esta situación de revuelta generalizada, fue proclamar el 17 de octubre un manifiesto que enunciaba una constitución y la creación de una representación del pueblo (Duma) sobre la base del sufragio universal. Pero estas promesas resultaron vanas por la división y desorganización de las fuerzas revolucionarias y las posibilidades del zar de reprimir la insurrección tras la firma de la paz con Japón el 5 de septiembre de 1905.

De la llamada revolución de 1905 quedó un sistema semiconstitucional de sufragio indirecto y una Duma con un papel muy limitado en la elaboración de la Constitución. Aun así, las fuerzas partidarias de conseguir un sistema constitucional europeo triunfaron en la elección de las dos primeras Dumas, que por este hecho fueron disueltas por el zar. Con la segunda Duma en julio de 1917 acabó de hecho el sistema semiconstitucional establecido tras la Revolución. Se modificó el sistema electoral a partir de un censo muy restringido, favorable a los terratenientes y la gran burguesía, lo que significaba de hecho el regreso a la orientación autocrática.

Los mencheviques no alteraron sus presupuestos revolucionarios, excluyendo cualquier política de preparación inmediata de la revolución socialista y relegando al proletariado a mero comparsa de la burguesía, al tiempo que seguía viendo al campesinado como una fuerza no revolucionaria. Lenin, por el contario, extrajo otras conclusiones: puesto que la burguesía rusa había demostrado que ni podía ni quería completar la revolución burguesa, debía ser el proletariado, en alianza con el campesinado el que la llevara a efecto. Una vez que la revolución burguesa llegara a su término el campesinado dejaría de ser revolucionario en conjunto y no secundaría al proletariado en su marcha a la revolución socialista. En este período el proletariado asumiría el nuevo papel dirigente, provocaría la adhesión del campesinado sin tierras, y extendiendo la llama de la revolución por Europa. El proletariado europeo, más poderoso que el ruso, ayudaría a hacer la revolución socialista. Muy cercana era la interpretación de Trotski de Revolución Interrumpida. En su obra Resultados y perspectivas (1907), en el capítulo V, “El proletariado en el poder y el campesinado”, formula la tesis de que una ‘dictadura obrera y campesina’ será el sustento de la revolución permanente. En su opinión, la peculiaridad de la estructura social rusa era que la industria capitalista se había desarrollado como resultado de la presión extranjera y bajo el patrocinio del Estado, por lo que había surgido un proletariado, pero no una clase burguesa independiente de empresarios. Esto suponía que el proletariado estaba mucho más preparado para tomar el poder que la burguesía –con la ayuda del campesinado–; que la revolución socialista fuera mucho más fácil en países atrasados, y que una vez en el poder, no se detendría en la revolución democrático-burguesa, con lo que la revolución democrática implicaría automáticamente la transición a la revolución socialista.

Tras el periodo constitucional y la reacción subsiguiente, los partidos socialistas vuelven a la clandestinidad, pero a partir de 1910, y sobre todo de 1912, hasta el estallido de la Primera Guerra Mundial la agitación revolucionaria aumentó en los núcleos industriales. Mientras tanto, en 1912 se produce la ruptura definitiva entre mencheviques y bolcheviques. Los mencheviques, siguiendo las tesis de Marx, sostenían que la revolución burguesa debería producirse primero. Solo gracias a la revolución burguesa el capitalismo podría llegar a su pleno desarrollo en Rusia. Hasta que ese desarrollo se produjera, el proletariado ruso no podría ser suficientemente fuerte para iniciar y llevar a cabo la revolución socialista. La acción política a corto plazo era por tanto apoyar a la burguesía para que derrocara la autocracia y completara la revolución burguesa. Los bolcheviques, sin embargo, mantenían que si la democracia burguesa era una etapa intermedia para el socialismo solo podrían luchar por ella los que creyeran en el socialismo; por tanto, solo el proletariado podía ser la fuerza dirigente de la revolución burguesa.

Como señala Hobsbawm (Historia del siglo XX), “Parecían existir dos posibilidades: o se implantaba en Rusia un régimen burgués-liberal con el levantamiento de los obreros y campesinos (que desconocían en qué consistía ese tipo de régimen y a los que tampoco les importaba) bajo la dirección de unos partidos revolucionarios que aspiraban a conseguir algo más, o –y esta segunda hipótesis parecía más probable– las fuerzas revolucionarias iban más allá de la fase burguesa-liberal hacia una ‘revolución permanente’ más radical (según la fórmula enunciada por Marx que el joven Trotski había recuperado durante la revolución de 1905). En 1917, Lenin, que en 1905 solo pensaba en una Rusia democrática-burguesa, llegó desde el principio a una conclusión realista: no era el momento para una revolución liberal. Sin embargo, veía también, como todos los demás marxistas, rusos y no rusos, que en Rusia no se daban las condiciones para la revolución socialista. Los marxistas revolucionarios rusos consideraban que su revolución tenía que difundirse hacia otros lugares”.

Y llegó 1917 y se produjo “el mayor desafío abierto al sistema capitalista”, consecuencia y causa del declinar del mismo (Edward Hallet Carr: La Revolución rusa: De Lenin a Stalin, 1917-1929, 1979). Pero de 1917 nos ocuparemos mañana.

Que les vaya bien (o lo mejor posible).

La Revolución rusa: centenario

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Esta entrada inicia una serie de seis artículos, que se publicarán a partir de hoy, dedicados a la Revolución rusa, de la que este año se celebra el primer centenario. Tal día como hoy, 7 de noviembre, de 1917, la Guardia Roja tomaba sin resistencia el Palacio de Invierno en Petrogrado (actual San Petersburgo), residencia oficial de los zares. Comenzaba así la conocida como Revolución de Octubre, pues en aquellos años Rusia se regía por el calendario juliano, según el cual dicha fecha correspondía al 25 de octubre.

Para el periodista y escritor John Reed, testigo de los hechos, que describe en su famoso libro Diez días que estremecieron el mundo (1919), “el éxito de los bolcheviques tiene solo una explicación: han llevado a cabo las simples y vastas aspiraciones de esas enormes capas del pueblo que querían desmontar el mundo antiguo para llevar a cabo, en la humareda de las ruinas derruidas, la edificación de la estructura de un mundo nuevo”. Esa ilusión que movía “enormes capas del pueblo”, ese anhelo por erigir una sociedad libre e igualitaria que tantos sueños había alimentado, se plasma muy bien en esta secuencia de la película que dirigió Warren Beaty Rojos (1981), basada en la vida de Reed.

En un ambiente de confraternidad, emociones a flor de piel y entusiastas esperanzas, aquella misma noche Lenin anunciaba el comienzo de “la tarea de construir la sociedad socialista”. Esa sociedad crearía un mundo y un hombre nuevos. Solo en ella, una sociedad comunista, “cuando se haya roto ya definitivamente la resistencia de los capitalistas, cuando hayan desaparecido los capitalistas, cuando no haya clases (es decir, cuando no existan diferencias entre los miembros de la sociedad por su relación hacia los medios sociales de producción) solo entonces ‘desaparecerá el Estado y podrá hablarse de libertad’. Solo entonces será posible y se hará realidad una democracia verdaderamente completa, una democracia que no implique, en efecto, ninguna restricción. Y solo entonces comenzará a extinguirse la democracia, por la sencilla razón de que los hombres, liberados de la esclavitud capitalista, de los innumerables horrores, bestialidades, absurdos y vilezas de la explotación capitalista, se habituarán poco a poco a observar las reglas elementales de convivencia, conocidas a lo largo de los siglos y repetidas desde hace miles de años en todos los preceptos, a observarlas sin violencia, sin coacción, sin subordinación, sin ese aparato especial de coacción que se llama estado” (Lenin: El Estado y la revolución, 1917). La base económica hará posible su extinción –añade– e “implicará un desarrollo tal del comunismo que supondrá la disolución de la diferencia entre el trabajo manual y el trabajo intelectual. Será entonces cuando se pondrá en práctica la famosa regla de ‘Cada cual según su capacidad. A cada cual según su necesidad’”.

¿Que no se consiguió?, ¿que las ilusiones se esfumaron más pronto de lo que parecía?, ¿que ese mundo y ese hombre nuevos nunca llegaron a ser una realidad? No seré yo quien diga lo contrario. Desde que se implantó una “’economía de dirección centralizada’ responsable mediante los ‘planes’ de llevar a cabo [la] ofensiva industrializadora, [que] estaba más cerca de una operación militar que de una empresa económica” (Eric Hobsbawm: Historia del siglo XX, 1994), pretendiendo ser no solo un sistema alternativo al capitalismo, sino superior a él, el modelo de una sociedad libre y sin clases que se había planteado al inicio de la revolución estaba abonado al fracaso. Se sirvió de las herramientas del capitalismo y, obviamente, no llegó a crear el “hombre nuevo”.

Pero ya iremos tratando este aspecto con detalle a lo largo de estos artículos. Centrémonos primero en la relevancia de la Revolución rusa, el acontecimiento más trascendental del siglo XX, como lo calificó Eric Hobsbawm. A su juicio –así como el de un servidor y el de infinidad de historiadores no revisionistas–, “las repercusiones de la Revolución rusa fueron más profundas y generales que las de la francesa” y “las consecuencias prácticas mucho mayores y perdurables”, pues “originó el movimiento revolucionario de mayor alcance que ha conocido la historia moderna. Su expansión mundial no tiene parangón desde las conquistas del islam en su primer siglo de existencia” (Hobsbawm. Historia del siglo XX).

La Revolución francesa hizo suyo el pensamiento ilustrado y, de acuerdo con sus principios, alumbró un mundo de progreso constante hacia una sociedad justa, una vez abolido el feudalismo. Este nuevo sistema social –organizado en torno al capital como relación básica de producción– fue posible gracias a una revolución –si me permiten usar este adjetivo tan de moda– transversal, es decir, protagonizada por la burguesía y las clases populares. La rusa, en cambio, fue una revolución de clase. Los intereses de unos y otros se fueron resquebrajando a medida que se consolidaba el nuevo modelo de estado burgués. La alianza se quebró y enfrentó a una y otra clase. Esta nueva clase, la clase obrera –en su más amplia acepción–, va a tener ahora, en la Revolución rusa, un referente, una alternativa de organización social que en aquellos momentos llevaba a creer que otro mundo sí era posible. Más allá de cualquier otra consideración, los coetáneos contemplaron los hechos de 1917 como una hecatombe o como una gran esperanza –según la posición social de cada uno–, pero todos se referían a ellos como una revolución. Para las clases obreras europeas y mundiales, emular el Octubre rojo se convirtió en un objetivo durante gran parte del siglo XX. Por primera vez, la clase obrera detentaba el poder y se establecía un sistema alternativo diferente de todos los conocidos hasta entonces.

Tal circunstancia era nueva en la historia y pronto, sobre todo una vez Stalin se hizo con el poder, empezó una campaña –cuyos orígenes se remontan a finales de marzo de 1949, cuando se celebró en Nueva York el Congreso Cultural y Científico por la Paz Mundial, una tapadera de la Kominform para la izquierda antiestalinista y para parte de la intelectualidad estadounidense– que equiparaba comunismo con estalinismo. Esto es, simple y llanamente, una falsedad histórica que iremos analizando en los próximos artículos.

Desde entonces, desde que el pensamiento único es el único pensamiento aceptable, lo que lo hace pasar por el único posible, se ha inculcado la idea –exitosamente visto lo visto– de que la democracia representativa (o indirecta) era la única sociedad posible en la que prevalece “la voluntad de la mayoría”, por lo que no se debe considerar al Estado un instrumento de dominación de clase ni oponerse a establecer alianzas con la burguesía progresista, socialreformista. Ahora bien, esto es otra falsedad, interesada además, que no distingue entre comunismo y estalinismo, equiparando uno y otro y, al mismo tiempo, identificándolos con el totalitarismo y comparando como dos formas del mismo comunismo y fascismo, e incluso el nazismo.

Y lo dejo por hoy. Son casi las nueve de la noche cuando redacto estas líneas –si bien tenía una especie de guion elaborado– y, lógicamente, quiero que este primer artículo salga hoy. Las correcciones de mi novela Prudencio Calamidad, que ya esperaba que estuviera a la venta, me han llevado de calle estos días. Queda mucho por decir y contar acerca de la Revolución rusa. Espero que mañana pueda publicar el siguiente artículo (y que la premura no me haya jugado en este una mala pasada). Si no, tendrá que ser el jueves. Gracias por su visita y que les vaya bien (o lo mejor posible).

Silvino Zapico, el minero a quien el franquismo castró

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“El Minero Silvino Zapico es arrestado por la policía” (tinta china sobre papel). Eduardo Arroyo.

El cuadro que encabeza estas líneas es de Eduardo Arroyo (“El Minero Silvino Zapico es arrestado por la policía”, tinta china sobre papel) y fue pintado hace cincuenta años, en 1967, cuando este se hallaba autoexiliado en París. Silvino Zapico fue un minero asturiano al que detuvo la policía franquista en 1963 con motivo de la represión que siguió a la huelga de mineros asturianos, lo castró y apaleó, y se conoce como “El arresto”. En él vemos a un hombre vestido de negro a punto de entrar en la casa de Zapico, una niña trata de impedir la detención pero un personaje de evidentes trazos mironianos le invita a pasar. Es una clara referencia al papel condescendiente que Miró tuvo con la dictadura franquista. Pero no es de Miró de quien vamos a hablar.

En 1962 los mineros de Asturias protagonizaron una de las huelgas más sonadas que tuvieron lugar durante la dictadura franquista. El 5 de abril de dicho año, en el Pozo Nicolasa de Fábrica de Mieres, unos 25 picadores empezaron, progresiva y deliberadamente, a reducir su ritmo de trabajo. Por este motivo siete de ellos fueran suspendidos de empleo y sueldo. La solidaridad se convirtió en el principal motor de la respuesta obrera y el conflicto se extendió por toda Asturias y otras 25 provincias españolas. Un plante como el citado era motivo en aquellos tiempos para que sus protagonistas fueran juzgados por el código de Justicia Militar. Su delito: sedición.

MundoObrero_196205Los huelguistas alcanzaron la cifra de 300.000 en toda España –la mayor con diferencia hasta entonces desde el fin de la Guerra Civil–, llegándose a decretar el estado de excepción en Asturias, Vizcaya y Guipúzcoa. El paro se mantuvo hasta principios de junio, si bien hubo nuevos plantes desde mediados de agosto a los primeros días de septiembre. Resultado de todo ello fue la deportación y dispersión de 126 mineros por 16 provincias españolas.

No fue obstáculo la represión para acallar a los mineros, y en 1963, en el mes de julio, las protestas se reprodujeron durante cuatro meses. La represión tampoco cesó y muchos mineros fueron detenidos y torturados. El minero Rafael González, de 36 años, murió el 3 de septiembre a consecuencia de los malos tratos recibidos en la Inspección de Policía de Sama de Langreo. Otros lograron sobrevivir, lo que no les libró del ensañamiento de los “defensores del orden”. Uno de ellos fue Silvino Zapico, que el mismo día del asesinato de Rafael González, y en el mismo lugar, fue castrado y apaleado. A su esposa le cortaron el pelo al cero. A otro minero, Vicente Bargaña, le quemaron los testículos. Al dirigente obrero Alfonso Braña lo torturaron y arrojaron luego su cuerpo a la calle, siendo recogido allí por un compañero suyo, pero se encontraba en tal estado que cuando llamaron a un médico para curarle este dijo no saber por dónde empezar.

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Foto realizada en Essen (Alemania) el 6 de octubre de 1962. En la pancarta podemos leer cómo intentan llamar la atención de los camaradas alemanes: “los obreros españoles necesitamos solidaridad y apoyo”.

No fueron estos los únicos casos, que fueron denunciados mediante una carta dirigida al ministro de Información y Turismo (Manuel Fraga Iribarne) que firmaron 102 intelectuales, entre ellos José Bergamín, Vicente Aleixandre, Pedro Laín Entralgo, José Luis López Aranguren, Gabriel Celaya, Antonio Buero Vallejo, Alfonso Sastre, Carlos Barral, Juan y José Agustín Goytisolo, Jaime Gil de Biedma, Paco Rabal y Fernando Fernán-Gómez. Los hechos fueron negados por el Gobierno, que acusó a los firmantes de denunciar las “supuestas” torturas con la pretensión de “salir de su anonimato”. Finalmente, el 25 de octubre los 102 firmantes fueron expedientados “por delito de difusión de noticias falsas o tendenciosas”.

25 años del fin de la URSS. Así lo percibí entonces

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Ilustración de la portada del libro de Serhii Plokhy ‘El último Imperio. Los días finales de la Unión Soviética’ (2014).

Se cumplieron ayer 25 años del fin de la Unión Soviética. El 8 de diciembre de 1991 los presidentes de Rusia, Ucrania y Bielorrusia firmaban el Tratado de Belavezha que declaraba la Unión Soviética disuelta y se establecía la Comunidad de Estados Independientes (CEI) en su lugar. Este texto –que forma parte de un artículo más amplio titulado “El mundo dividido (1945-1991) y me fue encargado para el libro Historia del mundo contemporáneo (Materials Crurriculars Batxillerat)– está escrito por esas fechas, a finales de 1991, en pleno de proceso de disolución de la URSS, si bien el libro se editó en 1993. Hoy he decidido rescatarlo y reproducirlo tal cual, añadiendo simplemente esta nota explicativa pues considero que el lector debe estar advertido de tal circunstancia.

A finales de la década de ochenta e inicios de los noventa, Europa se nos muestra muy distinta de cómo era al finalizar la Segunda Guerra Mundial. (…) La URSS ha pasado de ser una superpotencia a su desaparición como Estado; Occidente, de la ilusión de la ilusión de conseguir un Estado de bienestar generalizado a aceptar que no hay de todo para todos y que hay que distribuir lo que se tiene, aunque haya notables diferencias entre la forma de hacerlo y las prioridades a tener en cuenta. El sistema político ha experimentado notables convulsiones: los partidos socialdemócratas han visto cómo se reducía poco a poco su esfera de poder y han pasado a la oposición a pesar de –o tal vez por– la adopción de políticas moderadas y de centro, mientras que los partidos liberales y neoconservadores gobiernan en la mayor parte de Occidente y parecen cobrar auge en las antiguas democracias populares. Separar, no obstante, la política de la economía es tarea cada día más difícil cuanto mayor es el peso de las fuerzas supraestatales, que limitan la acción de los gobiernos en sus respectivos países. Por otra parte, hay un resurgir del nacionalismo, especialmente en los países del antiguo bloque oriental, en contraposición con la idea europea de poner en marcha procesos supranacionales de organización. Además, las migraciones del Este y del Sur hacia Occidente aumentan día a día, la población sigue creciendo –6.000 millones de individuos poblarán el planeta a finales de siglo–, los recursos energéticos son a todas luces insuficientes para satisfacer la demanda existente y nadie parece contar con soluciones claras para resolver estos problemas.

El presente se nos muestra tremendamente cambiante y las consecuencias de lo que hoy ocurra determinarán el futuro de la humanidad, un futuro incierto ante tan complejos y variados problemas como hoy tiene. El desenlace de dos procesos en curso –la evolución de los países del antiguo bloque oriental y la posible unión europea– van a ser claves.

La caída del comunismo como sistema de Gobierno

La perestroika de Mijaíl Gorbachov significó el intento de poner en marcha de nuevo un sistema estancado durante muchos años. Si bien sus intenciones iniciales no iban más allá de mejorar los mecanismos económicos, repercutió en todos los aspectos de la vida de la URSS y empezó un proceso cuyo desenlace, hoy por hoy, nadie alcanza a vislumbrar. El propio Gorbachov reconocía en una conferencia pronunciada en la Sorbona con motivo de su visita a París en 1989 que “la compaginación del socialismo con la democracia demostró ser mucho más difícil y contradictoria de lo que nos habíamos imaginado” y definía así “la esencia de la reforma política: restablecimiento de la plenitud del poder de los Consejos, es decir, desplazamiento del poder del monopolio ejercido por el Partido Comunista a las asambleas elegidas, elecciones auténticamente libres sobre la base de la competición, liberación de toda la vida social de dogmas y prohibiciones, glasnost, obligación real de rendir cuentas por parte de los órganos ejecutivos e independencia de los tribunales”.

Sin embargo, la reforma de Gorbachov era una reforma desde arriba y llegaba en un momento en que el sistema había perdido ya su credibilidad y la población podía empezar a moverse porque ni siquiera el Ejército se libraba del clima general de desconcierto. Ciertamente, Gorbachov no contaba con la alianza de todas las fuerzas opositoras como le ocurrió a Jruschov, pero no por ello dejaba de tener muchos elementos en contra. Por una parte, tropezaba con el desengaño y la desilusión de amplias capas de la población que querían resultados inmediatos y no veían en los reformistas otra cosa que burócratas ilustrados del Partido que seguían controlando el Estado. Así pues, la reforma de Gorbachov carecía del apoyo popular necesario (…). Por otra parte, las dificultades para acceder a una economía con un mayor peso del mercado eran enormes dado el nivel de obsolescencia a que había llegado la industria soviética y la imposibilidad de efectuar reformas radicales en un sistema que no concebía situaciones de desempleo y que, por tanto, no sabía qué hacer con los obreros que sin duda sobrarían en las empresas si tales reformas se llevaban a cabo.

Los acontecimientos se precipitaron a raíz del intento de golpe de Estado de agosto de 1991 y la reforma se desbordó hasta el punto de acabar con la propia Unión Soviética como Estado, algo que no entraba en ningún momento en los planes de Gorbachov. El proceso que ahora se pondrá en marcha significará el final del comunismo como forma de gobierno, llegándose a la disolución de los principales órganos de poder: PCUS, KGB, Soviet Supremo… Los nacionalismos, por su parte, se beneficiaron de esta situación y la URSS acabó desmembrada tras la proclamación unilateral en muy poco tiempo de la independencia de la mayoría de las quince repúblicas de este Estado multiétnico. Borís Yeltsin, presidente de la Federación Rusa, que adquiere gran popularidad con motivo del golpe, aparece como el hombre fuerte de una nueva Unión que se constituirá ahora mediante la decisión soberana de las repúblicas que así lo deseen.

En un sistema tan dependiente de Moscú como era el de las democracias populares (…) los acontecimientos de la URSS provocaron una reacción en cadena que acabó con las relaciones de poder existentes. Además, muy pocos parecían ya interesados en defender el sistema y ni siquiera se recurrió, como en otras ocasiones, al Ejército, igualmente sumergido en una situación caótica, que se había agravado, entre otras cosas, por experiencia de la guerra de Afganistán.

Las tensiones internas afloran con rapidez en las distintas democracias populares y poco a poco van cayendo los distintos gobiernos. En Polonia se produce en 1988-1989 un resurgir del sindicalismo nacional y católico de Solidaridad y una progresiva radicalización de las bases, que quieren reformas radicales. Las elecciones que se celebran en abril de 1989 suponen un aplastante triunfo para Solidaridad y el presidente Jaruzelski encarga formar Gobierno a Mazowiecki (católico militante y consejero de Walesa) ante la sorpresa general. En Hungría son los propios comunistas los que intentan reformar el sistema con medidas económicas tendentes a la privatización y la legalización de los partidos políticos, llegando incluso hasta la autodisolución del Partido Comunista Obrero Húngaro. Un año después que en Polonia también aquí se celebrarán elecciones, de las que saldrá vencedor el recién constituido Foro Democrático Húngaro (una heterogénea mezcla de comunistas reformistas, cristianos, nacionalistas e intelectuales). En otros países, como Checoslovaquia, la más occidentalizada de las democracias populares, el cambió se producirá sin grandes sobresaltos. Es lo Václav Havel ha denominado “revolución de terciopelo”: los acuerdos del Foro Cívico con los sectores moderados y reformistas del aparato desembocan en una democracia pluralista de economía de mercado.

Sin embargo, en los Balcanes (Bulgaria, Rumanía, Yugoslavia) los problemas serán mayores. Aquí, el comunismo goza de un mayor arraigo social y no tan poca estima popular y son muchas veces los intentos por hacerse con el poder los que protagonizan el cambio. Posiblemente este es el caso de Rumanía, donde no están claros los intereses que acabaron, tras una simulación de juicio, con la vida de Ceaucescu. Por otra parte, estos países están menos cohesionados a causa de sus diferencias étnicas, por lo que el proceso que se desencadena en 1989 reabre viejas heridas y hace que renazcan los nacionalismos agresivos hasta el punto de provocar una cruenta guerra civil entre las distintas minorías (serbios, croatas, eslovenos, musulmanes) que integraban un país como Yugoslavia, formado artificialmente tras la Segunda Guerra Mundial.

En estos estados multinacionales fue el propio proceso revolucionario el que desencadenó las tensiones nacionalistas. En cambio, en otro Estado no multinacional, pero también totalmente artificial, como fue la República Democrática Alemana, el deseo de pertenecer a una nación más amplia acabó con el régimen de gobierno comunista. La RDA parecía la más sólida de las democracias populares. Desde 1953 no se habían dado estallidos violentos y la población disfrutaba de un aceptable nivel de bienestar, lo que no obviaba que esta pudiera apreciar las grandes diferencias de su nivel de vida con respecto al de la República Federal Alemana (RFA). Solo así se explica que en el verano de 1989 los turistas de la RDA de vacaciones en otras democracias populares comenzarán a refugiarse en las embajadas de Alemania Occidental en Budapest y Praga, así como en la representación permanente de la RFA en Berlín Oriental. El gran número de refugiados hizo que el gobierno de Bonn tuviera que cerrar las embajadas hasta que, por fin, en septiembre, el nuevo gobierno reformista húngaro autorizó la salida general de los ciudadanos de la RDA de su país. No deja de ser sintomático el hecho de que, de las 343.854 personas que en 1989 pasaron de la RDA a la RFA, el 86 por cien tuviera estudios medios y el 24 estudios superiores, como también lo es, por otra parte, que en Alemania Oriental un 60 por cien de la población tuviera televisión y automóvil y un 15 poseyera, además, una segunda residencia.

Las multitudinarias manifestaciones que desde este momento se produjeron provocaron la caída de Honecker (octubre de 1989) y la apertura del Muro de Berlín un mes después. El camino de la reunificación estaba abierto. El propio Kohl presentó en noviembre al Bundestag un conjunto de diez puntos para “recuperar la unidad estatal de Alemania” que, a pesar de contar con el rechazo de la oposición y de destacados intelectuales como Günter Grass y con las reticencias de Francia y Gran Bretaña, contarán con el beneplácito de Gorbachov y despertarán el entusiasmo de los ciudadanos de la RDA. En septiembre de 1990 se reunían en Moscú los ministros de Asuntos Exteriores de la RFA y de las cuatro potencias vencedoras de la Segunda Guerra Mundial (Unión Soviética, Estados Unidos, Gran Bretaña y Francia) y el presidente de la RFA, Lothar Maizière, para firmar el Tratado sobre la regulación final respecto a Alemania, que entró en vigor el 3 de octubre de ese mismo año.

Todos estos cambios no han supuesto el fin de los problemas económicos ni una mayor estabilidad política y social. Sigue estar claro cómo efectuar el paso de una economía planificada a una economía de mercado. Ello conlleva grandes sacrificios para la mayoría de la población, que, además, no ve que estos se correspondan con una mejora sustancial de sus condiciones materiales de vida. Por otro lado, la rapidez con que se formaron algunos partidos y movimientos de oposición, así como la falta de experiencia y tradición políticas, hacen aumentar la inestabilidad y provocan serias rupturas que pueden tener graves consecuencias (caso de Solidaridad ante el estilo autoritario y populista de Walesa para conseguir la presidencia de Polonia o del conflicto entre Yeltsin y el Parlamento que vive Rusia en estos momentos). (…) Europa ya no será como era hasta 1990.

Murió Fidel Castro

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Discurso de Fidel Castro en la ONU (1960) / Cubadebate.

Fidel Castro nació el 13 de agosto de 1926 en la ciudad de Mayarí (zona sudoriental de la isla de Cuba) en el seno de una familia acomodada (su padre era un emigrante gallego). Estudió en un colegio de jesuitas y en la Universidad de La Habana. Fue presidente de la Federación de Estudiantes y se doctoró en leyes en 1950. Tres años después, el 26 de julio de 1953, al frente de 165 jóvenes, intentó derrocar el régimen de Fulgencio Batista con el asalto al cuartel de Moncada, en Santiago. La operación fracasó y fue condenado a 15 años de prisión. Fue amnistiado, con los otros encarcelados, en 1955 y se exilió a México, donde fundó el Movimiento 26 de Julio.

En México conoció al Che Guevara y, asesorado por Alberto Bayo, preparó la invasión de Cuba. Con 82 hombres desembarcó en el yate Granma en la playa de las Coloradas, en la costa oriental de la isla. Era el 2 de diciembre de 1956 y la acción supuso el inicio de dos años de lucha guerrillera en la Sierra Maestra que terminaron con la derrota del Ejército de Batista y la huida del dictador en la madrugada del 1 de enero de 1959.

El 15 de febrero de ese año fue nombrado Primer Ministro por el presidente Urrutia. Castro partía de un proyecto que podríamos calificar de reformista, con medidas como la expropiación –previa indemnización– de las explotaciones agrarias mayores de 460 hectáreas y su redistribución en lotes individuales a los campesinos, o la participación de los obreros en los beneficios de las fábricas. Sin embargo, inmediatamente chocó con los intereses de las grandes compañías azucareras norteamericanas. Fue entonces cuando se llevó a cabo una radical reforma agraria (17 de mayo de 1959) por la que se expropiaron, sin indemnización, numerosos latifundios azucareros, la mayoría de ellos de capital norteamericano. Ello supuso el inicio del enfrentamiento con Estados Unidos, que se agravó cuando en marzo de 1960 decretó las primeras nacionalizaciones de refinerías de petróleo estadounidenses. El Congreso de Estados Unidos autorizó poco después al presidente Eisenhower a que estableciera y mantuviera un embargo total sobre todo el comercio entre EE UU y la isla, y en enero de 1961 el país norteamericano rompía las relaciones diplomáticas con Cuba.

Paralelamente, se nacionalizaron los colegios religiosos, se inició una campaña contra el analfabetismo y la educación y la salud pasaron a ser universales y gratuitas.

El 14 de abril de 1961 Castro dirigió las operaciones que frustraron el desembarco de elementos contrarrevolucionarios, asesorados por EE UU, en la bahía de Cochinos, una operación que tuvo como principal consecuencia el acercamiento del régimen cubano a la Unión Soviética. Pocos días después Cuba era declarada República Democrática Socialista. Las Organizaciones Revolucionarias se trasformaron en el Partido Unido de la Revolución Socialista (1962) y, finalmente, en Partido Comunista Cubano (1 de octubre de 1965). Castro, que ya lo era de las Organizaciones Revolucionarias, continuó en el cargo de secretario de general.

Las numerosas dificultades económicas derivadas del bloqueo económico reforzaron las relaciones económicas y políticas con la Unión Soviética y marcaron el nuevo rumbo de la Revolución. Con la entrada en vigor de la primera constitución socialista de Cuba (1976), Castro asumió cargos de jefe de Estado, presidente del Consejo de Estado y presidente del Consejo de Ministros. Al desintegrarse la Unión Soviética en 1991 el régimen perdió el soporte económico que hasta entonces le brindaba aquella, acentuándose así el aislamiento internacional.

Castro reaccionó a la intensificación del embargo norteamericano con el endurecimiento de la represión sobre la disidencia y, en el terreno económico, en 1993 legalizó la libre circulación del dólar e introdujo algunos elementos del sistema de mercado para afrontar la grave penuria en que estaba sumido el país.

Gravemente enfermo, en julio de 2006 fue hospitalizado para ser sometido a una intervención quirúrgica y delegó los poderes en el su hermano Raúl Castro. En febrero de 2008 anunció públicamente la dimisión de la presidencia y en abril de 2011 renunció definitivamente a dirigir el Partido Comunista, dimisiones que justificó per la su precaria salud. Ambos cargos fueron asumidos por Raúl. Este ha sido quien ha comunicado en una alocución en la televisión estatal su fallecimiento, acaecido ayer, 25 de noviembre del 2016, a las 10:29 horas de la noche. Tenía 90 años.

Para unos Fidel fue el dictador que sumió a su pueblo en una despótica tiranía. Para otros el azote del imperialismo y el sinónimo de la Revolución, de la dignidad y de la lucha de los desposeídos.

Cuba nunca fue el paraíso de la clase obrera, pero tampoco el infierno. Mas es innegable que, no obstante el bloqueo económico y la dependencia del bloque Oriental, Cuba es el país de Latinoamérica donde menos diferencias sociales existen y donde hay mayores índices de asistencia hospitalaria y menos subalimentación y analfabetismo.

Fidel Castro ocupará un lugar privilegiado en la historia del siglo XX (y parte del XXI). ¿Cómo qué? Dependerá del posicionamiento ideológico de cada uno. La historia nunca podrá ser objetiva. Sí ha de serlo el historiador. Este sigue un método, y en la correcta aplicación de este es donde radica la objetividad. Por ello me gustaría acabar este artículo con algunas consideraciones sobre Cuba con la única finalidad de que reflexionemos sobre el hecho de que son muchos los matices que hay entre el blanco y el negro.

Sobre la dictadura de Fidel Castro. Se ha acusado al régimen cubano de ser una dictadura personal. Si así hubiese sido, una vez que Fidel Castro dejó de ser presidente se debería haber terminado la dictadura, como ocurrió en España a la muerte de Franco. Sin embargo, nada de eso pasó. Es más, la contestación al régimen en el interior del país dista mucho de ser la que la oposición de Miami y los Estados Unidos desearían. Y no será por falta de medios. También está aquí en España el rey como jefe de Estado permanente, y además con derecho a sucesión. Pero claro, somos una democracia.Sobre la disidencia. Se confunde intencionadamente la disidencia cubana con la emigración, haciendo ver que todo aquel que sale de la isla lo hace por la opresión y miseria a que lo somete el régimen cubano. Del embargo y la política hostil y genocida del gobierno de Estados Unidos no se dice apenas nada. Lo que para otros países se llama emigración –desplazamiento a otro lugar generalmente en busca de mejores condiciones laborales– a la hora de hablar de Cuba se convierte en disidencia.

Sobre la inmovilidad del régimen. Una cosa es que el régimen cubano no haya evolucionado tal como desearían las democracias occidentales y otra que este sufra un anquilosamiento del que nunca vaya a salir. El régimen se ha abierto a la apertura a las inversiones extranjeras, ha asumido la desregulación parcial del comercio exterior, la despenalización de la posesión de divisas extranjeras, la revitalización del turismo, y emprendido otras reformas. Aún más importante, los gobernantes han diversificado las relaciones comerciales del país y han firmado acuerdos con otros Estados. ¿El resultado? El crecimiento medio anual del PIB cubano ha sido aproximadamente del 5%, uno de los mayores de Latinoamérica.

Sobre los derechos humanos. Acostumbrados estamos de oír que en Cuba no se respetan los derechos humanos, pero lo cierto es que ninguna organización seria ha acusado jamás a Cuba –donde, en la práctica, existe una moratoria sobre la pena de muerte desde 2001– de llevar a cabo desapariciones, ejecuciones extrajudiciales ni torturas físicas a los detenidos. No se puede decir lo mismo de Estados Unidos. No existe un solo caso de estos tres tipos de crímenes en Cuba. “Ya que hablamos de terribles violaciones de los derechos humanos, ¿por qué no empezamos por la protección que da todavía hoy Estados Unidos en Miami a dos terroristas confesos, los exiliados cubanos Luis Posada Carriles y Orlando Bosch, acusados de hacer estallar un avión civil cubano el 6 de octubre de 1976 y matar a 73 personas? Un acto que aún no ha denunciado toda la gente de Miami que sigue alimentando viejos resentimientos contra Cuba y que no ha protestado contra las 3.000 víctimas cubanas asesinadas por actos terroristas financiados y dirigidos desde Estados Unidos. ¿Será que hay un doble rasero, un rechazo al mal terrorismo (Al Qaeda) y una aceptación del bueno (anticubano)? (Ignacio Ramonet: “Ver la verdad”, Foreign Policy, 2006).

¿En Cuba no se respetan los derechos humanos? ¿Y aquí sí? Los derechos básicos de las personas son el derecho al trabajo, a la vivienda, a la integración social, a la alimentación, a la no exclusión, a la vida digna, a la educación. En Cuba  todos los ciudadanos tienen derecho y acceso gratis a todos los médicos, hospitales y clínicas. La educación es para todos, y obligatoria. No hay universidades privadas y todos sus ciudadanos tienen acceso gratis a todos los centros educacionales del país. No hay analfabetismo. En el 2006 alcanzó la tasa de mortalidad infantil más baja de su historia con 5,3 por cada mil nacidos vivos. La medicina cubana es de las mejores del mundo –hay muchos estadounidenses que estudian medicina en Cuba (véase el documental de Oliver Stone Comandante)– y Cuba envía miles de médicos, enfermeros y maestros a varios países, particularmente del tercer mundo, en una inusual muestra de solidaridad en los tiempos que corren. Así, hay unos 30.000 médicos cubanos que trabajan de forma gratuita en más de treinta países, más o menos como si Estados Unidos enviara 900.000 médicos a los países pobres.

Finalmente, mira por dónde, el Consejo de Derechos Humanos de la ONU retiró a Cuba de su lista negra en 2007 pese a la oposición de Washington y los votos negados en bloque por Europa.

Sobre la pobreza. Cuba es un país pobre, se nos dice. Desde luego rico no es, pero una vez más no se relaciona esto con el embargo. Aun así, ha logrado aumentar la esperanza de vida y reducir la mortalidad infantil. Decía un columnista de The New York Times que “si Estados Unidos tuviera un índice de mortalidad infantil tan bajo como el de Cuba, salvaría a 2.212 bebés más al año”.

Sobre la democracia. En Cuba no hay democracia, dicen. Puntualicemos: no hay democracia parlamentaria. Además, en base a qué argumento se afirma que la democracia parlamentaria es el régimen más perfecto de todos. ¿Perfecto para quién? ¿Para las grandes multinacionales, los especuladores y los organismos financieros internacionales? ¿Por qué es necesaria la existencia de partidos políticos? ¿Es que sin ellos las ideas y los proyectos no existen? ¿Son monopolio exclusivo de aquellos? ¿A quiénes representan en realidad los partidos políticos, quién los financia y cómo?

En Cuba también hay elecciones. Los candidatos, militen o no en el Partido Comunista, son elegidos por el pueblo mediante sufragio directo por todos los ciudadanos mayores de 16 años. El recuento de los votos es público y puede presenciarlo quien quiera, publicándose los resultados con inmediatez. Contrariamente a lo que ocurre en las democracias liberales, en las que la propaganda electoral despilfarra millones de euros o dólares y se asemeja más a una campaña de marketing para la venta de un producto que a una exposición de ideas y proyectos, en Cuba  no existen campañas por ningún candidato, solamente se coloca la biografía y una foto de cada nominado en lugares visibles y los electores votan por quien considere con más méritos y condiciones para representarlo.

¿Que a la hora de la verdad la Asamblea Nacional, así como las locales y provinciales, están supeditados a las decisiones del poder político? ¿Que una cosa es la teoría y otra la práctica? Por supuesto. Pero no es menos cierto que entre nosotros se da esa misma subordinación respecto al poder económico.