John Dillinger: That’s Life

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No conseguía encontrar trabajo y decidió aceptar la propuesta de un amigo para asaltar la tienda de un conocido comerciante de su ciudad, Indianápolis (EE UU). Hablo de John Dillinger, quien había nacido allí el 11 de mayo de 1903. Ambos fueron capturados poco después y Dillinger, que a diferencia de su amigo no podía costearse un abogado, fue condenado a nueve años de prisión.

En la cárcel, y puesto que era una persona hábil e inteligente, no perdió el tiempo y, además de jugar a béisbol, aprendió de sus compañeros los trucos y recursos para poder atracar bancos. Cuando salió en libertad formó su propia banda, que comenzó a actuar en mayo de 1933.

Eran tiempos muy difíciles para la gran mayoría de la población a causa de los efectos recesivos de la Gran Depresión de 1929. Cómo no, los bancos eran vistos, con razón, como causantes del infortunio económico de millones de trabajadores. Nada menos que 14.500.000 estaban en paro en 1933 y 23.000 personas se suicidaron ese año al no poder soportar más su mísera situación.

En tal estado de cosas, Dillinger pronto fue considerado por esta gran mayoría como un bandido tipo Robin Hood, una especie de bandido social. “Casi todo el que tome la contra a los opresores y al Estado será con toda probabilidad considerado una víctima, un héroe, o ambas cosas” (E.J. Hobsbawm: Rebeldes primitivos, 1959). Y así fue visto Dillinger, además, era guapo y educado y no tardó en convertirse en un ídolo de masas. Si es cierto lo que se cuenta en la película Enemigos públicos sobre Dillinger –presume de ser veraz; no lo es del todo–, durante un asalto a una sucursal bancaria un hombre que iba a depositar el dinero en ella fue a entregárselo y Dillinger le dijo que se lo quedase, que él solo robaba a los bancos, no a la gente.

A partir de aquí, se suceden los asaltos a los bancos y las detenciones. Dillinger fue capturado dos veces, pero las dos consiguió escapar. “Una cárcel es como una nuez con un gusano dentro. El gusano siempre puede salir”, dijo, o dicen que dijo. John Edgar Hoover –un pájaro de mucho cuidado (lideró más tarde la caza de brujas emprendida por el senador McCarthy), que por entonces estaba empeñado en ‘modernizar’ la Oficina de Investigación (BOI, Bureau of Investigations), predecesora del FBI, y crear leyes interestatales que impidiesen que un fugitivo de la ley no pudiera ser detenido en un Estado que no fuese aquel en el que había cometido un ‘delito’– lo declaró “enemigo público número uno” y puso precio a su cabeza: “diez mil dólares para quien lo entregue, vivo o muerto, y cinco mil para quien facilite una pista que permita su captura”. La captura de Dillinger se convirtió en su principal objetivo, en su obsesión. Vio en ello su trampolín para ascender en su carrera profesional y lo cierto es que lo aprovechó. Usó todas las artimañas posibles y finalmente consiguió que una de sus amigas, Anna Sage, madame de un prostíbulo local, le confesara su paradero si no quería ser inmediatamente deportada a su país natal, Rumanía.

El 22 de julio de 1934, cuando Dillinger salía del Biograph Theater (Chicago) tras ver la película Manhattan Melodrama (El enemigo público número 1), fue acribillado a balazos. Se le atribuyeron 26 asesinatos cometidos, mas lo cierto es que Dillinger, según algunos historiadores, no mató a nadie. Sí sus compañeros. La cifra, por otra parte, es exagerada y, ¿qué quieren que les diga?, los muertos fueron agentes de ‘la ley’ que trataban de detener a él y a sus colegas. Si uno se declara conscientemente un ‘fuera de la ley’ lo que hace en esta situación es defenderse. Ni más ni menos. Es cuestión de la posición en que cada uno se sitúe. Para mí fue un gran tipo. De lo contrario no hubiera confeccionando este vídeo, o lo hubiese hecho de otro modo. Por eso lo termino con esta cita del Marqués de Sade, de su libro Los crímenes del amor (1800), con la que abría mi novela Prudencio Calamidad:

¿Creéis que hay gran diferencia entre un banquero de una mesa de juego robándoos en el Palais-Royal o Matasiete pidiéndoos la bolsa en el bosque de Bolonia? Es lo mismo, señora; y la única distancia real que puede establecerse entre uno y otro es que el banquero os roba como cobarde, y el otro como hombre valiente.

8 comentarios en “John Dillinger: That’s Life

  1. María Elena Lobeira

    Estimado Manuel interesante la historia de este hombre , aquí en Mexico también hubo un “ bandolero muy famoso “ Chucho el roto” robaba para ayudar a quien lo necesitaba , estuvo preso aquí en el fuerte de San Juan de ulua , al menos eso cuenta su historia y hasta puedes visitar su calabozo , hoy en día las cosas han cambiado , al menos en mi Patria , Mexico es un País rico en recursos naturales y posee dos enormes costas , la voracidad de los gobernantes insaciables lo han saqueado sin Piedad aunque debo reconocer que aún ante estos hechos lamentables avanzó y tuvo logros que actualmente el gobierno trata de borrar , el narco y la delincuencia se mueve a sus anchas y suceden hechos de gran crueldad , no me gusta la violencia pues despierta lo peor del ser humano , en fin esto es lo que ha tocado vivir y si, quisiera un mundo mejor para los que están creciendo dentro de la barbarie que ya hasta parece natural del día a día el enterarnos de descabezados y otras cosas igual de horribles ,, esas son las diferencias que encuentro y que no puedo idealizar en este momento que vivimos .Pasando a la Música me encanta , más en la voz de un sexy y carismático mafioso como fue Frank Sinatra ,gracias querido Amigo por empezar a compartirnos historias siempre interesantes

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    • No me hiciste enojar, María Elena, pues enojado estoy constantemente. Con todo. No entiendo que haya personas que defiendan este modelo de sociedad, que crean en el Estado y sus leyes, en ideologías sean del signo que sigan, que voten, que militen en partidos, que cualquier cosa que se aparte del pensamiento único sea considerada un bulo o algo ilegítimo. No. De ningún modo. Pocos artículos publicaré en adelante sobre estos asuntos de mi cosecha. Me hace daño. Y que me defiendan a los bancos, como en el comentario de abajo (de un amigo no virtual, por cierto) me saca de quicio.
      Eso sí, el domingo que viene, pues ya tengo redactada la entrada y confeccionado el vídeo, Bonnie y Clyde.

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  2. No sé si fue tan generoso como dice el mito (haría falta tener los detalles de los historiadores), pero, si de veras logró matar a 29 personas entre mayo del 33 y julio del 34 (¿se sabe algo de los heridos e inválidos colaterales, por ejemplo cajeros u oficinistas bancarios?), lo que parece es que él y los de su banda debieron tener gatillo fácil… No me hubiera gustado contarme entre los rehenes de John Herbert…
    En todo caso, o hay bancos o hay que meter el dinero en el colchón… 😦
    Por cierto ¿qué es eso de los 15.000 dólares que le dieron a su chica? ¿Había dejado un seguro de vida? 🙂

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    • Ramón, ante todo yo soy historiador y me he documentado bien (suelo hacerlo siempre). Por tanto, como historiador escribo.
      Los hechos son los hechos y lo que aquí narro es el resultado de una larga y concienzuda investigación a la que he dedicado muchas horas: he consultado muy diversas fuentes (escritas y audiovisuales), contrastado lo que en ellas se decía, y si lo que digo aquí no sucedió de este modo será porque soy un mal historiador (no estoy considerado así por otros colegas; más bien lo contrario).
      Otra cosa es la opinión. Además de historiador soy, ante todo, persona. Y, una vez finalizada la investigación, tengo derecho, como tal, a manifestar mi opinión (son cosas distintas). Pocos historiadores, probablemente ninguno, cuestionaría esto. En este sentido, pues, te diré que prefiero mil veces a Dillinger que a cualquier banquero, financiero, dirigente, político, gran empresario, servidor de los poderosos, ideólogo, etc. Y lo de que mataron a 29 personas, y me he documentado bien (insisto), es una puta mentira.
      Por cierto, daños colaterales hay en toda lucha, Cada uno, como decía, se posiciona del lado con el que más se identifica. El mío es el de los que, genéricamente, se denominan “fuera de la ley”. Y orgulloso que me siento.
      Un abrazo (sincero, no te quepa duda).

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