Hiroshima

Galería

Se cumplen hoy, 6 de agosto, 74 años del ataque atómico sobre la ciudad japonesa de  Hiroshima, un ataque tan brutal como innecesario, una demostración de fuerza cuya finalidad iba más allá de terminar con la guerra.

El 6 de agosto de 1945, lunes, el cielo amaneció claro. En un día soleado y caluroso, los habitantes de Hiroshima se disponían a iniciar sus quehaceres cotidianos. Pasadas las 7 de la mañana sonó la alarma antiaérea y corrieron a protegerse en los refugios. Salieron sobre las 8, convencidos de que esta había sido falsa. Sin embargo, poco después, a las 8:15, una luz cegadora cubrió el firmamento y enseguida escucharon un estruendo como nunca antes. Había estallado, a 580 metros de altura, la primera bomba atómica de la historia. El azul del cielo desapareció y se volvió rojo intenso a causa de la enorme bola de fuego que generó la explosión. Parecía que lloraba lágrimas de sangre, fuego hecho líquido.

Ese mismo día el presidente de los Estados Unidos de América, Harry S. Truman –un mediocre político que no esperaba llegar a presidente tan pronto (Roosevelt había fallecido el 12 de abril, él era vicepresidente) y confesaba sentirse abrumado en el cargo– se dirigió a sus conciudadanos en los siguientes términos: “Hace poco tiempo un avión norteamericano ha lanzado una bomba sobre Hiroshima inutilizándola para el enemigo. Los japoneses comenzaron la guerra por el aire en Pearl Harbor y han sido correspondidos sobradamente. Pero este no es el final, con esta bomba hemos añadido una dimensión nueva y revolucionaria a la destrucción (…) Si no aceptan nuestras condiciones pueden esperar una lluvia de fuego que sembrará más ruinas que todas las hasta ahora vistas sobre la tierra.”

Efectivamente, no era el final. Solo tres días después, el 9 de agosto, el centro de Nagasaki era arrasado por una segunda bomba atómica. Esta –llamada Fat Man (hombre gordo)– era de plutonio, la primera –alguien que debía tener instintos sádicos la bautizó con el nombre de Little Boy (Niño pequeño)– de uranio. Las dos sumamente letales y de consecuencias imprevisibles, tanto que sus secuelas se prolongaron durante varias generaciones y aún persisten. “A día de hoy, los hospitales de la Cruz Roja Japonesa siguen atendiendo a miles de supervivientes, afectados por las consecuencias a largo plazo que han padecido, mientras que casi dos tercios de las muertes registradas entre los supervivientes está causada por distintos tipos de cáncer”, denuncia el Comité Internacional de Cruz Roja según la noticia de Europa Press publicada hace poco.

Pero todo esto, entonces, a los responsables de aquellos actos de terrorismo [terrorismo = sucesión de actos de violencia ejecutados para infundir terror (RAE)] les importaba simple y llanamente un bledo. La guerra en Europa había terminado, los nazis se habían rendido el 7 de mayo de forma incondicional. Era evidente que Japón no tardaría no capitular, la guerra la tenía más que perdida ya. Pero ¿cómo no probar la bomba? A raíz del descubrimiento de la fisión nuclear a finales de 1938, un grupo de científicos se dedicaron especialmente a estudiar este fenómeno. Leo Szilard, Eugene Paul Wigner, Albert Einstein y otros recibieron del gobierno estadounidense, en 1939, un crédito inicial para llevar a cabo una exhaustiva investigación de la energía nuclear. La intervención de Estados Unidos en la guerra hizo aumentar notablemente los presupuestos de las investigaciones y las aceleró. Los trabajos para la consecución de la primera bomba nuclear de fisión fueron llevados a cabo en Los Álamos bajo la dirección de Jacob Robert Oppenheimer con el nombre de proyecto Manhattan, y la prueba tuvo lugar en Alamogordo (Nuevo México) el 16 de julio de 1945.

Se había invertido mucho dinero –dos mil millones de dólares– y se había conseguido un arma que nadie más poseía. Había que mostrar al mundo –en especial a la Unión Soviética– que los Estados Unidos de América eran la primera potencia porque eran los más fuertes. Y podían ser los más agresivos frente a quien se atreviera a cuestionar su supremacía.

Tras la cruenta experiencia de la Primera Guerra Mundial, “los gobiernos democráticos no pudieron resistir la tentación de salvar las vidas de sus ciudadanos mediante el desprecio absoluto de la vida de las personas de los países enemigos. La justificación del lanzamiento de la bomba atómica sobre Hiroshima y Nagasaki en 1945 no fue que era indispensable para conseguir la victoria, para entonces absolutamente segura, sino que era un medio de salvar vidas de soldados estadounidenses. Pero es posible que uno de los argumentos que indujo a los gobernantes de los Estados Unidos a adoptar la decisión fuese el deseo de impedir que su aliado, la Unión Soviética, reclamara un botín importante tras la derrota de Japón” (Eric Hobsbawm, Historia del siglo XX, 1995, 35).

Solo en los primeros momentos que siguieron al estallido de ambas bombas, fallecieron cerca de 250.000 civiles. A ellos hay que sumar las muertes causadas por los efectos de la radiación nuclear, con lo que la cifra –los cálculos difieren según fuentes– podría rondar el medio millón. Por no hablar de los terribles efectos psicológicos y de que siempre hay buitres carroñeros de aspecto humano que sacan provecho de la desgracia de los demás, sea cual sea esta. Así, miles de niños quedaron huérfanos y otros tantos murieron de hambre. “A otros, la Yakuza, la mafia japonesa, los obligaba a trabajar. Numerosas niñas desaparecieron sin que se haya llegado nunca a conocer su destino.” (Dora Luz Romero: “Hiroshima, 70 años después de la bomba atómica”, El País, 5 de agosto de 2015).

El horror en toda su intensidad, el horror por el terror, y del terror, fue, a pesar de todo lo expuesto, celebrado como un triunfo sin precedentes por la opinión pública estadounidense, que festejó la masacre. Una encuesta de la revista Fortune, realizada en diciembre de 1945, reveló que menos del 5 % de los americanos pensaban que la bomba no tenía que haberse lanzado. Aún hoy una mayoría de estadounidenses –más del 50 por cien– justifican tal atrocidad. No deja de ser preocupante, muy preocupante.

Japón se rindió incondicionalmente también el 15 de agosto. De no haber estallado las dos bombas atómicas puede que lo hubiera más tarde. ¿Unos días? ¿Unas semanas? Desde luego, no mucho más. Pero, como decíamos, la decisión de lanzar las dos bombas atómicas tenía otras motivaciones. Había que justificar la inversión de dos mil millones de dólares, demostrar el poderío a los soviéticos. ¿Por qué, si no, se probaron dos tipos de bomba? Podríamos concluir, pues, que tal barbarie aceleró –muy poco, eso sí– el final de la Segunda Guerra Mundial, pero inició otra: la Guerra Fría.

Hiroshima

Galería

hiroshima

Un niño ante un cuadro enorme que muestra la explosión de la bomba atómica sobre Hiroshima en el Museo Memorial de la Paz de Hiroshima. Fotografía: Kimimasa Mayama / Corbis. Publicada en “The Guardian” (6 agosto 2015).

El 6 de agosto de 1945, lunes, el cielo amaneció claro. En un día soleado y caluroso, los habitantes de Hiroshima se disponían a iniciar sus quehaceres cotidianos. Pasadas las 7 de la mañana sonó la alarma antiaérea y corrieron a protegerse en los refugios. Salieron sobre las 8, convencidos de que esta había sido falsa. Sin embargo, poco después, a las 8:15, una luz cegadora cubrió el firmamento y enseguida escucharon un estruendo como nunca antes. Había estallado, a 580 metros de altura, la primera bomba atómica de la historia. El azul del cielo desapareció y se volvió rojo intenso a causa de la enorme bola de fuego que generó la explosión. Parecía que lloraba lágrimas de sangre, fuego hecho líquido.

Ese mismo día el presidente de los Estados Unidos de América, Harry S. Truman –un mediocre político que no esperaba llegar a presidente tan pronto (Roosevelt había fallecido el 12 de abril, él era vicepresidente) y confesaba sentirse abrumado en el cargo– se dirigió a sus conciudadanos en los siguientes términos: “Hace poco tiempo un avión norteamericano ha lanzado una bomba sobre Hiroshima inutilizándola para el enemigo. Los japoneses comenzaron la guerra por el aire en Pearl Harbor y han sido correspondidos sobradamente. Pero este no es el final, con esta bomba hemos añadido una dimensión nueva y revolucionaria a la destrucción (…) Si no aceptan nuestras condiciones pueden esperar una lluvia de fuego que sembrará más ruinas que todas las hasta ahora vistas sobre la tierra.”

Efectivamente, no era el final. Solo tres días después, el 9 de agosto, el centro de Nagasaki era arrasado por una segunda bomba atómica. Esta –llamada Fat Man (hombre gordo)– era de plutonio, la primera –alguien que debía tener instintos sádicos la bautizó con el nombre de Little Boy (Niño pequeño)– de uranio. Las dos sumamente letales y de consecuencias imprevisibles, tanto que sus secuelas se prolongaron durante varias generaciones y aún persisten. “A día de hoy, los hospitales de la Cruz Roja Japonesa siguen atendiendo a miles de supervivientes, afectados por las consecuencias a largo plazo que han padecido, mientras que casi dos tercios de las muertes registradas entre los supervivientes está causada por distintos tipos de cáncer”, denuncia el Comité Internacional de Cruz Roja según la noticia de Europa Press publicada tal día como hoy con motivo del setenta aniversario de la atrocidad.

Pero todo esto, entonces, a los responsables de aquellos actos de terrorismo [terrorismo = sucesión de actos de violencia ejecutados para infundir terror (RAE)] les importaba simple y llanamente un bledo. La guerra en Europa había terminado, los nazis se habían rendido el 7 de mayo de forma incondicional. Era evidente que Japón no tardaría no capitular, la guerra la tenía más que perdida ya. Pero ¿cómo no probar la bomba? A raíz del descubrimiento de la fisión nuclear a finales de 1938, un grupo de científicos se dedicaron especialmente a estudiar este fenómeno. Leo Szilard, Eugene Paul Wigner, Albert Einstein y otros recibieron del gobierno estadounidense, en 1939, un crédito inicial para llevar a cabo una exhaustiva investigación de la energía nuclear. La intervención de Estados Unidos en la guerra hizo aumentar notablemente los presupuestos de las investigaciones y las aceleró. Los trabajos para la consecución de la primera bomba nuclear de fisión fueron llevados a cabo en Los Alamos bajo la dirección de Jacob Robert Oppenheimer con el nombre de proyecto Manhattan, y la prueba tuvo lugar en Alamogordo (Nuevo México) el 16 de julio de 1945.

Se había invertido mucho dinero –dos mil millones de dólares– y se había conseguido una arma que nadie más poseía. Había que mostrar al mundo –en especial a la Unión Soviética– que los Estados Unidos de América eran la primera potencia porque eran los más fuertes. Y podían ser los más agresivos frente a quien se atreviera a cuestionar su supremacía.

Tras la cruenta experiencia de la Primera Guerra Mundial, “los gobiernos democráticos no pudieron resistir la tentación de salvar las vidas de sus ciudadanos mediante el desprecio absoluto de la vida de las personas de los países enemigos. La justificación del lanzamiento de la bomba atómica sobre Hiroshima y Nagasaki en 1945 no fue que era indispensable para conseguir la victoria, para entonces absolutamente segura, sino que era un medio de salvar vidas de soldados estadounidenses. Pero es posible que uno de los argumentos que indujo a los gobernantes de los Estados Unidos a adoptar la decisión fuese el deseo de impedir que su aliado, la Unión Soviética, reclamara un botín importante tras la derrota de Japón” (Eric Hobsbawm, Historia del siglo XX, 1995, 35).

Solo en los primeros momentos que siguieron al estallido de ambas bombas, fallecieron cerca de 250.000 civiles. A ellos hay que sumar las muertes causadas por los efectos de la radiación nuclear, con lo que la cifra –los cálculos difieren según fuentes– podría rondar el medio millón. Por no hablar de los terribles efectos psicológicos y de que siempre hay buitres carroñeros de aspecto humano que sacan provecho de la desgracia de los demás, sea cual sea esta. Así, miles de niños quedaron huérfanos y otros tantos murieron de hambre. “A otros, la Yakuza, la mafia japonesa, los obligaba a trabajar. Numerosas niñas desaparecieron sin que se haya llegado nunca a conocer su destino.” (Dora Luz Romero: “Hiroshima, 70 años después de la bomba atómica”, El País, 5 de agosto de 2015).

El horror en toda su intensidad, el horror por el terror, y del terror, fue, a pesar de todo lo expuesto, celebrado como un triunfo sin precedentes por la opinión pública estadounidense, que festejó la masacre. Una encuesta de la revista Fortune, realizada en diciembre de 1945, reveló que menos del 5 % de los americanos pensaban que la bomba no tenía que haberse lanzado. Aún hoy una mayoría de estadounidenses –más del 50 por cien– justifican tal atrocidad. No deja de ser preocupante, muy preocupante.

Japón se rindió incondicionalmente también el 15 de agosto. De no haber estallado las dos bombas atómicas puede que lo hubiera más tarde. ¿Unos días? ¿Unas semanas? Desde luego, no mucho más. Pero, como decíamos, la decisión de lanzar las dos bombas atómicas tenía otras motivaciones. Había que justificar la inversión de dos mil millones de dólares, demostrar el poderío a los soviéticos. ¿Por qué, si no, se probaron dos tipos de bomba? Podríamos concluir, pues, que tal barbarie aceleró –muy poco, eso sí– el final de la Segunda Guerra Mundial, pero inició otra: la Guerra Fría.

Capituló Alemania

Galería

bandera-sovic3a9tica-sobre-el-reichstag-original

Dadme diez años y no reconoceréis Alemania, había dicho Hitler en 1935 en un discurso radiado a toda la nación. Diez años después efectivamente, Alemania presentaba un aspecto irreconocible. Alemania, y gran parte de Europa, como dijera Winston Churchill, era un montón de escombros, un osario, un semillero de pestilencia y odio.

Berlín tras la capitulación. En primer término la Puerta de Brandeburgo, tras ella el bulevar Unter der Linden.

Berlín tras la capitulación. En primer término la Puerta de Brandeburgo, tras ella el bulevar Unter der Linden.

La batalla de Berlín –la última gran batalla que se libró en suelo europeo durante la Segunda Guerra Mundial– había empezado el 20 de abril de 1945, día en que Hitler cumplía 56 años. Como regalo de cumpleaños recibió de los rusos los primeros obuses que alcanzaban la capital alemana. Se luchó palmo a palmo, casa a casa, cuerpo a cuerpo. Cuando, finalmente, el 2 de mayo –Hitler se había suicidado el 30 de abril– el general Helmuth Weidling entregó la ciudad a las tropas soviéticas, esta parecía un descuidado yacimiento arqueológico contemporáneo. Sus efectos habían sido devastadores. De las 150.000 viviendas contabilizadas en el centro de la ciudad quedaban indemnes 18.000 y 32.000 habían sido destruidas por completo. Más de un millón de personas se hallaba sin hogar, malviviendo en sótanos y en los refugios antiaéreos.

El Jefe del Estado Mayor del Alto Mando de las fuerzas armadas alemanas, el general Alfred Jodl, firma, rodeado de otros jerarcas nazis, el acta de rendición incondicional para todas las fuerzas alemanas ante los Aliados. Reims, 7 de mayo de 1945.

El Jefe del Estado Mayor del Alto Mando de las fuerzas armadas alemanas, el general Alfred Jodl, firma, rodeado de otros jerarcas nazis, el acta de rendición incondicional para todas las fuerzas alemanas ante los Aliados. Reims, 7 de mayo de 1945.

Tras la liberación de Mauthausen, el 5 de mayo, los rumores de que la rendición absoluta de Alemania se produciría en cuestión de horas se dispararon. Pronto se convirtieron en certeza. Dos días más tarde, las fuerzas alemanas en Holanda, Alemania Noroccidental y Dinamarca claudicaban ante al general británico Montgomery y a las 02:41 de la mañana del 7 de mayo de 1945 se firmaba en Reims, en el Cuartel General del Comandante Supremo Aliado, la rendición incondicional del Reich por medio de su jefe del Estado Mayor del Alto Mando, el general Alfred Jodl, que ordenó que todas las fuerzas bajo el mando alemán cesarán las operaciones activas a las 23:01 horas, hora de Europa Central, el 8 de mayo de 1945.

Soldado alemán frente a las ruinas del Reichstag, aún en llamas. / Getty Images

Soldado alemán frente a las ruinas del Reichstag, aún en llamas. / Getty Images

La capitulación alemana, sin embargo, era un acto de enorme trascendencia que había de ser recogido debidamente para mostrarlo al mundo. Merecía una adecuada escenificación. No era lo mismo Reims que Berlín. Stalin montó en cólera al conocer la noticia, restaba protagonismo al Ejército Rojo. Su papel, desde luego, no fue en absoluto desdeñable. Sin la batalla de Stalingrado es posible que nunca hubiera tenido lugar el desembarco de Normandía. Por otra parte, el ejército de la Unión Soviética sufrió 8.860.400 muertos durante la Segunda Guerra Mundial, muchos más que cualquier otro país, incluida Alemania (3.200.000 soldados). También la URSS lideraba el macabro ranking de ser el estado con mayor número de civiles fallecidos por la contienda, más de diecisiete millones. Le seguía China, con diez millones. Los civiles muertos en Alemania fueron 3.640.000; en Polonia, 2.500.000; en Francia, 270.000, y en Gran Bretaña 60.000.

Soldados rusos con la gigantesca águila de bronce nazi que figuraba sobre la puerta principal de la Cancillería del Reich.

Soldados rusos con la gigantesca águila de bronce nazi que figuraba sobre la puerta principal de la Cancillería del Reich.

Berlín estaba bajo control soviético. Su ejército había conseguido entrar en solitario y alzar la bandera de la URSS sobre el Reichstag alemán, completamente en ruinas, como se ve en la icónica fotografía que encabeza este artículo y que, si bien se fechó el 2 de mayo, fue tomada en realidad el día 5. Así las cosas, Berlín, la sede del poder nazi, la capital política y administrativa de Alemania, el símbolo de la resistencia alemana, o de la obstinación, que tanto había costado vencer, el último bastión de Hitler, era obviamente el marco idóneo para un acto de tanta relevancia. Por ello, y con el asenso de los demás países aliados, se tomó el acuerdo de celebrar un acto formal de la capitulación alemana el día siguiente, 8 de mayo, en el Cuartel General Soviético de Berlín, situado en el barrio de Karlshorst, a las afueras de la capital.

El mariscal Keitel firma la capitulación alemana en Karlshorst (8 de mayo de 1945).

El mariscal Keitel firma la capitulación alemana en Karlshorst (8 de mayo de 1945).

Pasadas las diez de la noche, los representantes de los países aliados fueron los primeros en entrar en una sala en la que se había dispuesto una larga mesa rectangular y en ocupar sus asientos. Eran el general Spaatz, por Estados Unidos; el británico Arthur William Tedder, subcomandante de la fuerza expedicionaria aérea aliada; el francés De Lattre de Tassigny, comandante del I Ejército galo, y el mariscal soviético Gueorgui Zhúkov. A las once en punto, coincidiendo con la hora marcada para el fin de las operaciones alemanas, hicieron su aparición los jerarcas alemanes: el mariscal de campo Wilhelm Keitel, el almirante Von Friedeburg y el general de aviación Stumpf. Se sentaron frente a los primeros. El acto fue sucinto y solemne. En medio de un general mutismo que amplificaba los carraspeos, el chasquido de los flashes de los numerosos fotógrafos y el rodar de las cámaras cinematográficas, Keitel entregó un documento previamente autorizado por Karl Dönitz, el heredero de Hitler según su testamento, en el que se estipulaba la capitulación sin condiciones de todas las fuerzas alemanas. Todos estamparon su firma en el acuerdo y a la medianoche la delegación alemana marchó. A causa de lo avanzado de la hora, ya pasada la medianoche en Moscú, el Día de la Victoria se celebra en Rusia el 9 de mayo.

Luego, se sirvió una cena a los plenipotenciarios de los aliados en la que no faltó el caviar y el vodka ni un improvisado escenario sobre el que virtuosos soldados cantaron y bailaron. El mariscal Zhúkov sorprendió a todos cuando cogió de la mano al general De Lattre y comenzó a bailar ante él, en cuclillas. Los comensales, que ya llevaban más de dos horas de brindis, jalearon al mariscal, y De Lattre se puso también a bailar del mismo modo que su compañero entre el entusiasmo de los presentes, que acompañaban a los dos militares con rítmicas palmadas.

La guerra en Europa había terminado. El sufrimiento no.

Dachau: 70 años de la liberación del más emblemático de los campos nazis

Galería

cap-a1

El campo de Dachau

Mañana, 29 abril, se cumplen 70 años de la liberación del campo de concentración de Dachau, el primero de los campos nazis, el único activo durante todo el tiempo que estos estuvieron el poder (1933-1945), prototipo de todos los demás y, por todo ello, el más emblemático.

Entró en funcionamiento el 22 de marzo de 1933 (Hitler había sido nombrado canciller el 30 de enero). En un principio sus prisioneros eran izquierdistas –comunistas sobre todo– y opositores al régimen nazi en general. Claro que ser opositor al régimen significaba muchas cosas, y a aquellos siguieron homosexuales, gitanos, testigos de Jehová y, por supuesto, judíos. Más tarde, albergó también a prisioneros de guerra, especialmente tras la remodelación de que fue objeto en 1937, cuando ya padecía serios problemas de hacinamiento.

Dachau poco después de su puesta en funcionamiento. / USHMM Photo Archives

Dachau poco después de su puesta en funcionamiento. / USHMM Photo Archives

A partir de entonces puede hablarse de dos campos en Dachau. El primero, denominado “Campo pequeño”, alojaba los desgraciados que habían sido trasladados de otros campos. El otro, de trabajo, era para prisioneros más sanos que los anteriores. Los del “Campo pequeño” eran en su mayor parte judíos a la espera de “la solución final”, concentrados aquí en los últimos meses, cuando los nazis empezaron a darse cuenta que lo más seguro era que perdieran la guerra; hasta entonces, no hubo prácticamente judíos en Dachau. A lo largo de su existencia, más de doscientas mil personas de todas las edades sufrieron infinidad de penalidades y al menos treinta mil murieron como consecuencia del trabajo forzado y las insalubres condiciones que tuvieron que soportar, o bien por torturas y ejecuciones.

Explanada sobre la que se levantó el campo de Dachau. A uno y otro lado de las hileras de cipreses estaban los barracones.

Explanada sobre la que se levantó el campo de Dachau. A uno y otro lado de las hileras de cipreses estaban los barracones.

El campo de Dachau es también símbolo de la connivencia de los alemanes con el nacionalsocialismo. No olvidemos que Hitler llegó al poder nada menos que con los votos de diecisiete millones de electores (el 43,9 por cien). Dachau, una pequeña ciudad de Baviera, de poco más de ocho mil habitantes, a 13 kilómetros de Múnich, el gran bastión nazi, recibió con suma satisfacción ser elegida como emplazamiento de tan macabra instalación. Todo el mundo estaba encantado y la prensa local destacaba las grandes “esperanzas para el mundo empresarial” que ello suponía. La gente se mostraba satisfecha de tener –así lo denominaba la propaganda nazi– “un campo modélico”. El paisaje elegido era ciertamente bello. El campo se levantó –sobre una  fábrica de pólvora en desuso– en lo que también fue una antigua colonia para artistas, atraídos por la luz difusa que se alzaba de la llanura pantanosa que hubiera hecho las delicias de los miembros de la escuela de Barbizón. Difícil imaginar que pudiera ser escenario de la brutalidad nazi, pero por su situación y cercanía a Dachau igual de difícil resulta imaginar que nadie sospechara que lo que ocurría allí dentro distaba mucho de lo que decía la propaganda oficial.

La liberación

120817-F-UU224-002 (1)

Soldados estadounidenses ante uno de los vagones que descubrieron atestados de cadáveres.

A las siete y media en punto del 29 de abril, un soleado domingo, las tropas estadounidenses salieron de Großinzemoos –donde estaban apostadas, a unos cuarenta kilómetros de Múnich– camino a Dachau. Habían recibido la orden el día anterior. Al llegar a Dachau mucha gente en la calle les saludaba entusiastamente. Tras algunos enfrentamientos, una patrulla de Inteligencia y Reconocimiento llegó a las afueras del campo de concentración. Desde las torres de vigilancia, los soldados alemanes dispararon su metralleta. Los estadounidenses contestaron y los sometieron rápidamente. Junto a las vías del tren encontraron estacionados más de veinte vagones. Al abrirlos vieron que estaban atestados de cadáveres: hombres, mujeres, niños, viejos, jóvenes, de todas las edades, amontonados, en todas las posiciones posibles, esqueletos revestidos de piel, la mayoría de rostros demacrados y expresión horrorizada. Los cuerpos caían en avalancha, eran ligeros, livianos, y estaban apelotonados sobre las puertas, llenas de arañazos. Les había dejado encerrados a todos sin comida ni bebida.

Unos soldados llegaron a la Jourhaus, como se denominaba el edificio de acceso al campo que albergaba las dependencias administrativas y de mando, la única entrada al campo, presidida por una gran águila sobre una cruz gamada en el centro de una corona de laurel, por donde todos los prisioneros tuvieron que pasar necesariamente y cruzar las puertas de hierro forjado que exhibían la leyenda “El trabajo os hará libres”. Ni un tiro. Los SS que habían disparado durante la primera aproximación se pusieron en fila con las manos sobre la cabeza, tras la alambrada, vigilados por los infantes norteamericanos. Solo voces: Die sind da! Die Amerikaner! Die Amerikaner! Die sind da! Un par de SS les abrieron. Saludaron. Entraron los soldados, al frente de los cuales estaba Félix L. Sparks, un comandante de batallón del 157 Regimiento de Infantería de los Estados Unidos. Transcurrieron unos minutos, no muchos, dos o tres. Salieron con varios miembros de las SS y soldados alemanes manos en alto. Se rendían. Entregaban el campo. En la misma entrada se encontraban los primeros presos liberados, miembros del Comité Internacional de Prisioneros que estos habían puesto en marcha el mismo mes de abril ante los continuos rumores de una pronta intervención aliada.

Prisioneros de Dachau el día de su liberación.

Prisioneros de Dachau el día de su liberación.

Nada más cruzar la Jourhaus se accedía a una amplia explanada en la que se pasaba lista varias veces al día a los prisioneros. Estaba vacía. De los treinta y dos barracones, que se alineaban frente a la misma en dos largas hileras de dieciséis cada una, empezó de pronto a salir gente, y más gente. De cualquier lugar aparecían prisioneros, casi todos con el uniforme de franela a rayas azules y blancas, pelados la mayoría. Los primeros en ocupar la explanada gritaban locos de alegría y se abrazaban a sus libertadores; su aspecto era bastante saludable. Libres, somos libres, exclamaban, mientras confraternizaban con los soldados, que les ofrecían cigarrillos, chicles, agua, lo que llevaran encima. Les manoseaban, eran reales, al fin habían llegado. A medida que el recinto iba llenándose la apariencia de los prisioneros se volvía más enclenque, sus fuerzas ya no daban para más y caminaban pausadamente, arrastrándose prácticamente. Pronto estuvieron rodeados de cadáveres vivientes, esqueléticos, famélicos. Todos parecían ser muy viejos. Algunos les miraban extrañados, es posible que no se dieran cuenta de lo que estaba sucediendo. Seguían existiendo pero habían dejado de vivir hacía mucho tiempo, eran idénticos a los muertos que habían descubierto en los vagones, los mismos ojos, inmensos, más grandes que sus órbitas, la misma mirada perdida.

Soldados norteamericanos junto a una de tantas pilas de cadáveres que encontraron.

Soldados norteamericanos junto a una de tantas pilas de cadáveres que encontraron.

Avanzaron por la calle central, adornada a una y otra parte por álamos que habían plantado los propios presos. Entraron en un barracón. Docenas de seres mugrientos que no se podían mover se hacinaban en los camastros de tres pisos, en unas celdillas, nichos, donde apenas cabían; algunos tumbados en el suelo. Entraron en otro. Lo mismo. Cada barracón tenía capacidad para poco más doscientas personas pero en cada uno se hacinaban más de mil. En el de enfermería, más de novecientas personas prácticamente agonizaban. Un pestilente olor embotaba los sentidos. Había gente que gemía sin cesar y entre los que estaban tumbados resultaba difícil saber quién estaba muerto y quién no.

Fotografía que muestra supuestamente la ejecución de las tropas de las SS en un depósito de carbón en la zona del campo de concentración de Dachau durante su liberación. / US Army

Fotografía que muestra supuestamente la ejecución de las tropas de las SS en un depósito de carbón en la zona del campo de concentración de Dachau durante su liberación. / US Army

Cadáveres por todas partes, totalmente desnudos. Centenares. A montones. Se escucharon repetidas ráfagas de metralleta. Unos soldados estadounidenses habían disparado contra un grupo de Waffen SS que permanecían escondidos y los habían detenido. Al llegar a la explanada junto a la Jourhaus los infantes estadounidenses encañonaban con sus armas a unos cuarenta soldados alemanes. Los prisioneros avanzaban hacia ellos. Los norteamericanos no sabían qué hacer, asustados al ver aquella marea de gente silenciosa y decidida, con la mirada fija en sus captores. El teniente al mando les dijo que bajaran las armas y se apartaran de allí. Los prisioneros siguieron aproximándose, lentamente, para ver bien los rostros de aquellos criminales, para comprobar si también sentían miedo, si al igual que ellos temían una muerte cruel, injusta e innecesaria. El cerco se estrechaba. Los soldados norteamericanos escucharon los gritos, de unos y de otros, las imprecaciones y las lamentaciones. Al poco, con idéntica parsimonia, los prisioneros volvieron a sus barracones. Los cuarenta alemanes habían sido linchados.

Unos de los barracones el día de la liberación.

Unos de los barracones el día de la liberación.

Sobre el mediodía la situación parecía estar totalmente controlada. Casi cuatrocientos soldados alemanes eran ahora los prisioneros; algunos estaban heridos. Por megafonía, el comandante se dirigió a los treinta y dos mil prisioneros que poblaban el campo explicándoles que eran libres pero que era necesario esperar la llegada de los sanitarios y que se necesitaba tiempo y control para organizar la evacuación de todos ellos. No esperaban encontrarse con una situación tan espeluznante, añadió. Se oyeron nuevas ráfagas de ametralladora. Alguien dijo que un teniente había ordenado disparar sobre los soldados alemanes junto a las vías del ferrocarril.

Llegaron al poco los sanitarios. Llevaban consigo unos depósitos de DDT y con una especie de manguera rociaban a todo el mundo, soldados y prisioneros, con desinfectante por todo el cuerpo, por entre las mangas, las perneras, por debajo de la ropa. Otros, mientras, fumigaban los barracones. Empezaron a poner inyecciones contra el tifus, la disentería, contra cualquier enfermedad infectocontagiosa para la tuvieran un posible antídoto. Pronto, sin embargo, se acabaron las existencias.

Los prisioneros de mejor condición física ayudaban a los soldados en la penosa tarea de sacar muertos de todas partes apilándolos para no sabían muy bien qué finalidad posterior. El número de cadáveres parecía no terminar nunca; en los vagones, junto al crematorio –que parce que nunca llegó a estar activo–, entre las hileras de barracas de madera, por todas partes yacían cuerpos descomponiéndose.

Civiles de Dachau transportando cadáveres a los carromatos.

Civiles de Dachau transportando cadáveres a los carromatos.

Los víveres del municipio de Dachau fueron requisados por el ejército estadounidense para poder alimentar a los internos del campo. También sus habitantes fueron movilizados para las labores de limpieza y saneamiento, debiendo sacar los centenares de cadáveres que seguían apiñados en los vagones de la muerte y por cualquier parte. Con las manos desnudas, en volandas, los depositaban en un carromato. Treinta y dos carros habían sido llevados del pueblo a tal efecto. Se llenaban rápidamente, los cuerpos no pesaban, solo eran huesos y piel, pero seguía habiendo montones. Algunos empezaban a estar medio descompuestos.

Civiles de Dachau en una de sus visitas obligadas al campo.

Civiles de Dachau en una de sus visitas obligadas al campo.

Además de obligar a los vecinos a vaciar de cadáveres del campo y exhibir por las calles de la localidad los cuerpos de aquellos infelices, los soldados empezaron a exigir a la población civil la visita al campo para que por sí mismos constatasen hasta qué punto, con su apoyo al nazismo y su indolencia, habían colaborado en la que consideraban la mayor monstruosidad perpetrada por los seres humanos en toda la historia. No creían que estando tan cerca del campo les hubiera podido pasar desapercibida tanta salvajada. Ya en Berlín, pegaron carteles von unas fotografías del campo de concentración de Dachau en las que se veían los montones de cuerpos esqueléticos que horrorizaron a los soldados estadounidenses y dieron lugar a los episodios de venganza del primer día de ocupación. Las imágenes eran de lo más explícitas y bajo ellas, en gruesos caracteres, figuraba impresa la pregunta ¿Quién es el culpable? Un poco más adelante otro cartel respondía a la pregunta del primero: ¡Esta ciudad es culpable! ¡Vosotros sois culpables!, se leía.

Auschwitz. 70 años de su liberación

Galería

nelo-2

Entrada principal de Auschwitz-Birkenau vista desde el interior. Fotografía de Nelo Cerdà (2014).

Se cumplen hoy, 27 de enero, 70 años de la liberación del campo de concentración de Auschwitz –nombre alemán con el que se conoce la cuidad polonesa de Oświęcim, al sudeste de Katowice–, o mejor dicho, del complejo de campos de concentración de Auschwitz.

Este complejo de campos fue el más grande de cuantos creó el régimen nazi e incluía tres campos principales: un primer campo entró en funcionamiento en mayo de 1940 y pasó  a denominarse Auschwitz I desde principios de 1943, una vez que se amplió con Auschwitz II (comienzos de 1942), también denominado Auschwitz-Birkenau, y Auschwitz III (octubre de 1942), conocido asimismo como Auschwitz-Monowitz. En todos ellos los prisioneros eran utilizados para realizar trabajos forzados, aunque Auschwitz I y, sobre todo, Auschwitz-Birkenau funcionaron también como campo de exterminio.

Entrada al campo de Auschwitz I (2005)

Entrada al campo de Auschwitz I (2005)

Como la práctica totalidad de los campos de concentración alemanes, Auschwitz I fue construido para cumplir tres objetivos: encarcelar a los que el  régimen nazi consideraba sus enemigos –judíos, izquierdistas (comunistas especialmente), homosexuales, gitanos…–; disponer de abundante mano de obra –forzada– para las empresas de construcción de las SS u otras que trabajan para los nazis como IG Farben o la Krupp en la producción de armamento y otros elementos bélicos, y tener un lugar donde llevar a cabo la “solución final de la cuestión judía” mediante su exterminio.

Chimenea que se conserva de uno de los crematorios de Auschwitz.

Chimenea que se conserva de uno de los crematorios de Auschwitz.

Auschwitz I contaba con cámara de gas y crematorio. En un comienzo, los ingenieros de las SS construyeron una cámara de gas improvisada en el sótano del edificio de la prisión, y más tarde se edificó otra permanente, de mayor capacidad, en un edificio independiente fuera del recinto donde estaban los prisioneros. Asimismo, en el denominado “hospital de la Barraca” se hicieron investigaciones seudocientíficas en niños, mellizos y enanos y se practicaron esterilizaciones forzosas, castraciones y experimentos de hipotermia en adultos. El más conocido de los médicos que realizaron estos experimentos fue el capitán de las SS Josef Mengele. Cerca de este “hospital” se levantaba la Pared Negra, donde los guardias de las SS ejecutaron a miles de personas, en ocasiones en macabras ceremonias “amenizadas” con orquestas de prisioneros.

Auschwitz I. Fotografía de Nelo Cerdà (2014)

Auschwitz I. Fotografía de Nelo Cerdà (2014)

Pronto Auschwitz I resultó insuficiente para los siniestros propósitos nazis y se construyó Auschwitz II (Auschwitz-Birkenau), campo que tuvo la mayor población de prisioneros y que contaba con instalaciones para funcionar como centro de exterminio. Para entonces, las SS ya había experimentado con el gas Zyklon B y probado su efectividad a la hora de asesinar de manera rápida a gran número de personas. Pero fue en Birkenau donde su empleo se llevó a cabo de manera sistemática y masiva. Nada menos que cuatro grandes crematorios se levantaron entre marzo y junio de 1943, cada uno de los cuales contaba con un área para desnudarse, una gran cámara de gas y su correspondiente horno crematorio. Estuvieron en activo hasta noviembre de 1944 y se llegó a exterminar a diez mil personas diarias.

Llegada de prisioneros a Auschwitz.

Llegada de prisioneros a Auschwitz.

Los trenes llegaban a Birkenau abarrotados de judíos de casi todos los países de Europa ocupados por Alemania (o de los aliados a ella). Su traslado se efectuaba en condiciones tan penosas que muchos fallecían durante el trayecto. Los que sobrevivían eran  muchas veces “recibidos” con música que, obligatoriamente, interpretaban orquestas de prisioneros. Nada malo nos puede suceder, pensaban. Y confiados avanzaban hacia la cámara de gas creyendo que iban a las duchas para ser desinfectados aquellos que las SS no consideraban aptos para realizar trabajos forzados. Los efectos personales de las víctimas eran confiscados y clasificados para ser enviados a Alemania. Además de Auschwitz III, las autoridades de las SS en Auschwitz crearon 39 subcampos entre 1942 y 1944.

Supervivientes de Auschwitz tras su liberación.

Supervivientes de Auschwitz tras su liberación.

El 27 de enero de 1945 el ejército soviético entró en Auschwitz, Birkenau y Monowitz y liberó a alrededor de 7.000 prisioneros, la mayoría enfermos y moribundos. Hasta ese día, se contabiliza que fueron asesinadas un millón y medio de personas, y de hambre y de diversas enfermedades murieron unas 500.000.

Auschwitz es, ante todo, símbolo del horror, del delirio, de la barbarie. Pero simboliza también algo más: en nuestro mundo los intereses económicos priman sobre las personas. Las conexiones entre Wall Street y el nacionalsocialismo vienen de lejos y los lazos económicos de los Rockefeller, los Ford, los Bush o los Harriman con los Krupp o los Thyssen estaban bien consolidados.

IG-Farbenwerke Auschwitz

Factoría de IG Farben in Monowitz (cerca Auschwitz) en 1941.

Ya en 1941, una investigación desveló un cártel entre la Standard Oil estadounidense de John D. Rockefeller y la IG Farben (IG Farbenindustrie AG), un conglomerado alemán de compañías químicas fundado el 25 de diciembre de 1925 al fusionarse las compañías BASF, Bayer, Hoechst. IG Farben llegó a tener una filial en Auschwitz donde se producían las mayores cantidades de gasolina sintética y goma que necesitaba el ejército alemán. Sus instalaciones eran más grandes que el propio campo. Llegó a tener una mano de obra de trescientos mil “esclavos”, de los que murieron al menos treinta mil. IG Farben fue el mayor apoyo de Hitler. Nada más finalizar la guerra, las investigaciones del gobierno estadounidense determinaron que sin IG Farben no hubiera sido posible. Ya un año antes de que Hitler se hiciera con el poder, IG Farben donó nada menos que cuatrocientos mil marcos al partido nazi. Iniciada la guerra, sus responsables aseguraron a Hitler que podían fabricar gasolina artificial, solucionando así el problema de la escasez de petróleo, y todos los explosivos y toda la gasolina sintética que empleaba la Wehrmacht procedían de IG Farben. Es más, cuando se ocupaba un territorio, automáticamente IG Farben se hacía cargo de sus industrias. El poder de la Farben era, pues, enorme, y su rama farmacéutica llegó incluso a experimentar sus medicamentos en los presos. Sin embargo, su director, Otto Ambros, declarado culpable en Nuremberg de esclavización y asesinatos en serie, fue condenado solo a ocho años de prisión y acabó trabajando en la US Army Chemical Corps. No fue el único, ni mucho menos.

Decenas de miles de zapatos de las personas que murieron en el campo de concentración de Auschwitz. Fotografía Auschwitz Museum.

Decenas de miles de zapatos de las personas que murieron en el campo de concentración de Auschwitz. Fotografía Auschwitz Museum.

Cuando al final la guerra James Stewart Martin, que estaba al frente de la Sección Económica de Guerra del Departamento de Justicia para la investigación de la estructura de la industria nazi publicó un libro titulado Todos los hombres honorables (1950), escribió en él que las dificultades que encontró en Alemania para poder desarrollar su trabajo de investigación no provenían de los empresarios alemanes, sino de las empresas de Estados Unidos que se habían enriquecido gracias a la guerra.

“La memoria intenta preservar el pasado solo para que le sea útil al presente y a los tiempos venideros. Procuremos que la memoria colectiva sirva para la liberación de los hombres y no para su sometimiento”, escribió Jacques Le Goff (1988, Histoire et mémoire). Pues para que sirva a la liberación recordemos Auschwitz y conozcamos su historia, y esta no es, ni mucho menos, la de unos cuantos dementes que en su locura arrastraron al mundo al peor de los escenarios del siglo XX. Es –por desgracia– algo más compleja.

El vídeo con que finalizamos la entrada –que hicimos en su día para este blog– recoge imágenes del ascenso del nazismo y la persecución a los judíos. El tema que suena es An allem sind die Juden schuld (Los judíos tienen la culpa de todo), canción que compuso Friedrich Hollaender en 1931 tomando la melodía de la popular habanera de la ópera de Bizet Carmen. “De todo tienen la culpa los judíos. / Los judíos tienen la culpa de todo”. La versión es de la cantante alemana de cabaret y actriz Annemarie Hase (1900-1971).