Berlín: 8 de mayo de 1945

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El 6 de mayo corrían rumores de que la rendición absoluta de Alemania se produciría en cuestión de horas. Berlín había capitulado el 2 de mayo con la entrega de la ciudad a las tropas soviéticas por parte del general Helmuth Weidling. Dos días más tarde, las fuerzas alemanas en Holanda, Alemania Noroccidental y Dinamarca claudicaban ante al general británico Montgomery. Los rumores pronto dejaron de serlo. A las 02:41 de la mañana del 7 de mayo de 1945 se firmaba en Reims, en el Cuartel General del Comandante Supremo Aliado, la rendición incondicional del Reich.

Sam recibió el encargo de marchar enseguida a Berlín para cubrir el acto formal de la capitulación alemana, a celebrar el día siguiente, 8 de mayo, en el Cuartel General Soviético.

Torgau es una pequeña ciudad, a unos ciento cincuenta kilómetros al suroeste de Berlín, en la que el 25 de abril de 1945 se habían encontrado las tropas estadounidenses y soviéticas en su avance hacia la capital de Alemania. Sam debía estar allí antes de las cuatro de la tarde del 8. Un jeep del ejército le condujo hasta la villa sajona. Al llegar le sorprendió la gran cantidad de periodistas que habían sido convocados en el mismo lugar, en el mismo momento y con idéntico objetivo. La escenificación de la capitulación alemana era un acto de enorme trascendencia que había de ser recogido debidamente para mostrarlo al mundo. El Reich, por medio de su jefe del Estado Mayor del Alto Mando, el general Alfred Jodl, había firmado ya en Reims el día 7 que todas las fuerzas bajo el mando alemán cesarían las operaciones activas a las 23:01 horas, hora de Europa Central, el 8 de mayo de 1945. Pero no era lo mismo Reims que Berlín. Stalin había montado en cólera al conocer la noticia, restaba protagonismo al Ejército Rojo, esencial en los más difíciles momentos de la guerra y de la lucha por la capitulación de Berlín, donde consiguió entrar en solitario.

En vehículos militares entraron en la capital alrededor de las nueve de la noche. La ciudad estaba a oscuras, solo alguna esporádica fogata iluminaba montones de escombros y ruinas. No había un alma por las calles. Jamás imaginó Sam que el bullicioso Berlín de principios de la década de 1930 pudiera conocer tan tétrico silencio. Sin más obstáculo que los cascotes repartidos por doquier, que los conductores sorteaban con la habilidad de quien está acostumbrado a transitar por caminos torcidos, cruzaron la ciudad en dirección al cuartel general soviético, ubicado en el casino de una antigua escuela de ingenieros militares de Karlshorst, al este de Berlín.

Pasadas las diez de la noche, los representantes de los países aliados fueron los primeros en entrar en una sala en la que se había dispuesto una larga mesa rectangular y ocupar sus asientos. Eran el general Spaatz, por Estados Unidos; el británico Arthur William Tedder, subcomandante de la fuerza expedicionaria aérea aliada; el francés Lattre de Tassigny, comandante del I Ejército galo, y el mariscal soviético Zhúkov. A las once en punto, coincidiendo con la hora marcada para el fin de las operaciones alemanas, hicieron su aparición los jerarcas alemanes: el mariscal de campo Wilhelm Keitel, el almirante Von Friedeburg y el general de aviación Stumpf. Se sentaron frente a los primeros. El acto fue sucinto y solemne. En medio de un general mutismo que amplificaba los carraspeos el chasquido de los flashes de los numerosos fotógrafos y el rodar de las cámaras cinematográficas Keitel entregó un documento firmado por Karl Dönitz, el heredero de Hitler según su testamento, en el que se estipulaba la capitulación sin condiciones de las fuerzas alemanas. Todos estamparon su firma en el acuerdo y a la medianoche la delegación alemana marchó. Se sirvió entonces una cena a los plenipotenciarios de los aliados en la que no faltó el caviar y el vodka ni un improvisado escenario sobre el que virtuosos soldados cantaron y bailaron.

Berlín estaba bajo control soviético. No se podía entrar ni salir de la capital alemana sin la correspondiente autorización. Robert Stern, teniente de la Oficina de Información de Guerra, conocido como Bob, su superior inmediato, tenía la misión de examinar la ciudad y buscar buenas localizaciones para que las cámaras filmaran el momento de cubrir la entrada del ejército norteamericano, pendiente de llegar a un acuerdo con los soviéticos. Bob no hablaba alemán y le pidió a Sam, tras aprobarlo Sparks, que le acompañara. Conocía la ciudad, chapurreaba el idioma y, además, ambos eran amigos de Lary.

Nadie les paró en el trayecto desde Torgau, fue un viaje tranquilo en el que apenas se cruzaron con un par de vehículos rusos. Las huellas de los recientes combates, sin embargo, los acompañaron durante todo el itinerario, más evidentes y devastadoras a medida que se acercaban a Berlín. Unos kilómetros antes empezaron a ver carros de combate y otros vehículos desvencijados abandonados en las cunetas. A su izquierda, el barrio de Steglitz estaba prácticamente arrasado, la mayoría de los edificios carecía de ventanas y puertas y en todas sus fachadas se apreciaban los impactos de los proyectiles. Un poco más adelante, el aeropuerto de Tempelhof y sus alrededores eran poco menos que un montón de escombros custodiados por patrullas soviéticas. Sin duda, había sido escenario de una lucha encarnizada, como todo Berlín.

El día que llegaron para cubrir la ceremonia de capitulación del Reich era de noche y no pudieron apreciar en toda su amplitud la auténtica dimensión del desastre. La ciudad estaba a oscuras ─obviamente no había electricidad─ y lo poco que se podía apreciar a la luz de alguna que otra fogata, que no sabían si eran rescoldos de un incendio mayor provocado por los proyectiles que aún no se había extinguido o un improvisado hogar, denotaba que había sido asolada casi por completo. Su fantasmal aspecto, contrariamente a lo habitual, no era potenciado por la lobreguez de la noche. Ahora, a mitad mañana, con un sol radiante, resultaba mucho más estremecedor. Tras meses de bombardeos, y desde el 20 de abril, día en que Hitler cumplía 56 años y recibía como regalo de los rusos los primeros obuses que alcanzaban Berlín, se había luchado palmo a palmo, casa a casa, cuerpo a cuerpo. […]

―¿Sabes que dijo Hitler en 1935? “Dadme diez años y no reconoceréis Alemania”. Diez años se cumplen ahora.

Cuanto su vista abarcaba era un montón de ruinas, de escombros, de hierros retorcidos y personas tan astilladas como los cascotes esparcidos por doquier. Sam no reconocía Berlín en aquella especie de descuidado yacimiento arqueológico contemporáneo en que se había convertido la ciudad. Le resultaba difícil orientarse. Los rótulos de las calles no existían o estaban agujereados por balazos, y estas se hallaban llenas de escombros, bloqueadas algunas por antiguas trincheras y derrumbes, con manzanas convertidas en un descampado.

Tras pasar un par de controles llegaron a la puerta de Brandeburgo.  Parecía la de acceso al túnel del horror, aunque desde luego no se trataba de ninguna atracción y carecía de salida. Frente a ella, Pariser Platz era un inmenso solar, y Unter den Linden una pista de aterrizaje mal conservada.

Restos de trincheras de artillería, fosos para los cañones, habían sido tomados por los niños en Pariser Platz. Desde la cabina de un camión destrozado un par de muchachos, que no pasarían de los doce años, “dirigían” los movimientos de una docena de chiquillos y chiquillas que jugaban con ellos. Se quedaron mirándoles, no adivinaban qué tipo de juego era aquel: los niños hacían de soldados, eso era obvio, pero las niñas se limitaban a permanecer en corro simulando ignorar sus maniobras hasta que un par de chicos se dirigían a una de ellas y le ordenaban que les siguieran hasta la cabina del camión, lo que hacían obedientes. Una vez allí, desde su posición ya no podían ver qué pasaba.

―¿A qué juegan? ─preguntó Bob.

―No estoy seguro. Supongo que a ser adultos. Los niños, que hacen de soldados, van a donde están las niñas y dicen a una: Frau, komm mit!

―¿Y eso qué significa?

―¡Mujer, ven conmigo! Les dicen eso y ellas les siguen hasta los restos de aquel camión. ¿Ves? Juegan a lo que ven a su alrededor. Mimetizan, más que imitan, lo que hacen los adultos, como todos los niños.

―Ya. La mayoría de estos chicos solo ha conocido la guerra y todos han sido educados bajo el nazismo. Los rusos han hecho de las mujeres parte de su botín, han violado sistemáticamente. Jóvenes, viejas, niñas… Les daba lo mismo. Entraban en los búnkeres y con linternas alumbraban los rostros de las mujeres para poder elegir. Ahora han descendido mucho las violaciones, pero siguen siendo una amenaza diaria. Muchas han optado por tener un amante fijo. Cama por protección. Otras se ofrecen antes de que las fuercen. Cama por comida. También ha habido comportamientos exquisitos, sobre todo por parte de los oficiales, pero desde luego no ha sido la tónica general.

En medio de aquella desolación, la puerta de Brandeburgo se veía animada, como en un día festivo. Era punto de encuentro de quienes se dedicaban al trueque y al mercado negro. Se detuvieron. Sin llegar a bajar del coche, enseguida se vieron rodeados de gente que les pedía cualquier cosa de comer a cambio de relojes, joyas u otros objetos personales, aunque la mayoría de los relojes no funcionaban y las joyas eran baratijas. No había un solo hombre joven, y de mediana edad muy pocos, los lisiados o inválidos. Continuamente les pedían cigarrillos. El valor de un pitillo era el mismo que el cien gramos de pan. […]

El estrépito de un edificio, o de lo que quedaba de él, al ser demolido les sobresaltó. Fueron los únicos. Los demás ni se inmutaron. Cada uno siguió con lo suyo, fuera mujer, niño u hombre. Bastante tenían con preocuparse de sí mismos. Era uno de los edificios de la contigua Wilhelmstrasse, sede de varios ministerios, del partido nazi y de la Cancillería del Reich, y escenario de alguno de los más cruentos combates. La calle estaba llena de cráteres.

Grupos de mujeres se afanaban desescombrando; sobre los montones de ruinas, en fila, se pasaban una a otra un cubo lleno de ladrillos que habían recogido de entre los escombros, depositándolos en la calle ordenadamente para su posterior reutilización.

Muy cerca de la puerta de Brandeburgo, en Oberwallstrasse, el edificio en que se hallaba su antiguo apartamento estaba cortado en sección, una bomba lo había destrozado. Unos cuantos niños subían y bajaban por los destartalados tramos de escalera que permanecían en pie, brincando de un sitio a otro sin preocuparles el peligro, acostumbrados a convivir con él. Un señor mayor les echó a cajas destempladas.

Siguieron por Unter den Linden hasta Alexanderplatz. Mirasen donde mirasen, el paisaje era siempre el mismo. Berlín estaba uniformemente destruido. Más chiquillos entre las ruinas, grupos de mujeres que seleccionaban ladrillos y colas, largas colas de mujeres junto a las bombas de extracción de agua para llenar sus vasijas, cubos y palanganas, frente a una de las cantinas móviles desde la que los soviéticos servían diariamente sopa caliente, o ante las panaderías, que precisamente ese día habían vuelto a abrir para elaborar un pan negro y húmedo del que, no obstante, nadie se quejaba. Al detenerse de nuevo frente a una de estas colas, un par de muchachas que se hallaban en los últimos lugares, los más próximos al vehículo en que estos viajaban, salieron corriendo al ver que paraban.

―¿Por qué huyen?

―Temen a los militares. Los rusos, te decía, han cometido muchas salvajadas.

Al apercibirse por los gritos de las demás que no se trataba de soviéticos, regresaron a sus puestos.

―Se han asustado al verles ─les explicaba una mujer─. Como observarán son unas muchachas hermosas y robustas, y las muchachas así, rollizas, son las preferidas de los rusos. Ha sido ver que un vehículo se detenía y salir pitando. Cuando llegan los rusos no dan tiempo para preguntar acerca de sus intenciones. Las mañanas son más seguras, por eso las colas son también más largas. Por la mañana los rusos están durmiendo la borrachera de la noche anterior o todavía resacosos, o enfrascados en sus tareas de soldados, pero a medida que avanza el día van bebiendo y el peligro aumenta.

―No sé yo si son más peligrosos ebrios o sobrios ─intervino otra─. Para ellos solo somos parte de la recompensa que les corresponde por haber ganado la guerra, como los relojes que tanto les gustan, o los mecheros, o las joyas.

―Son unos animales, eso nada más, unos animales ─replicó una tercera─. ¿Saben que cuando ven una bombilla encendida se la llevan consigo creyendo que la luz está en su interior?

―Conmigo se portaron muy bien ─dijo una mujer de treinta y tantos años─. Estaba escondida con mis dos hijas en una buhardilla cuando de repente entraron. Asustada, me ofrecí enseguida para evitar que le hicieran nada a mi hija mayor, de 12 años. No solo nos tocaron a ninguna, sino que nos dejaron la comida que llevaban.

―A saber qué les harías ─espetó otra de edad parecida.

―No, si todavía hay quien quiere defender a esos bárbaros ─se quejaba una anciana.

Alguien dio el aviso en ese momento de un accidente en el que había muerto un caballo, a un par de manzanas. Rápidamente, muchas mujeres abandonaron la cola. ¿Tienes un cuchillo?, se preguntaban. Esa noche, las que consiguieran llegar más pronto y dispusieran de algún instrumento cortante podrían cenar unos suculentos filetes. Una ocasión así no se presentaba todos los días.

También algunos niños marcharon corriendo al lugar del siniestro. Como si de conejos se tratara, empezaron a salir por los boquetes de los muros medio derruidos, estrechas aberturas que solamente sus menudos cuerpos podían cruzar. Se mostraban tan recelosos como las lozanas muchachas que habían salido despavoridas al verles. Con inusitada rapidez desaparecían de la vista nada más adivinar la intención de dirigirse a ellos. Volvían enseguida a sus agujeros, de los que solo salían para mendigar o escarbar en la basura en busca de comida. Sucios, famélicos, desconfiados ─algunos también mutilados─, iban provistos de palos o barras de hierro cogidas de entre los escombros.

Manuel Cerdà: fragmento de mi novela Adiós, mirlo, adiós (Bye Bye Blackbird), 2014. Nueva edición 2019.

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Se cumplen hoy, 6 de agosto, 74 años del ataque atómico sobre la ciudad japonesa de  Hiroshima, un ataque tan brutal como innecesario, una demostración de fuerza cuya finalidad iba más allá de terminar con la guerra.

El 6 de agosto de 1945, lunes, el cielo amaneció claro. En un día soleado y caluroso, los habitantes de Hiroshima se disponían a iniciar sus quehaceres cotidianos. Pasadas las 7 de la mañana sonó la alarma antiaérea y corrieron a protegerse en los refugios. Salieron sobre las 8, convencidos de que esta había sido falsa. Sin embargo, poco después, a las 8:15, una luz cegadora cubrió el firmamento y enseguida escucharon un estruendo como nunca antes. Había estallado, a 580 metros de altura, la primera bomba atómica de la historia. El azul del cielo desapareció y se volvió rojo intenso a causa de la enorme bola de fuego que generó la explosión. Parecía que lloraba lágrimas de sangre, fuego hecho líquido.

Ese mismo día el presidente de los Estados Unidos de América, Harry S. Truman –un mediocre político que no esperaba llegar a presidente tan pronto (Roosevelt había fallecido el 12 de abril, él era vicepresidente) y confesaba sentirse abrumado en el cargo– se dirigió a sus conciudadanos en los siguientes términos: “Hace poco tiempo un avión norteamericano ha lanzado una bomba sobre Hiroshima inutilizándola para el enemigo. Los japoneses comenzaron la guerra por el aire en Pearl Harbor y han sido correspondidos sobradamente. Pero este no es el final, con esta bomba hemos añadido una dimensión nueva y revolucionaria a la destrucción (…) Si no aceptan nuestras condiciones pueden esperar una lluvia de fuego que sembrará más ruinas que todas las hasta ahora vistas sobre la tierra.”

Efectivamente, no era el final. Solo tres días después, el 9 de agosto, el centro de Nagasaki era arrasado por una segunda bomba atómica. Esta –llamada Fat Man (hombre gordo)– era de plutonio, la primera –alguien que debía tener instintos sádicos la bautizó con el nombre de Little Boy (Niño pequeño)– de uranio. Las dos sumamente letales y de consecuencias imprevisibles, tanto que sus secuelas se prolongaron durante varias generaciones y aún persisten. “A día de hoy, los hospitales de la Cruz Roja Japonesa siguen atendiendo a miles de supervivientes, afectados por las consecuencias a largo plazo que han padecido, mientras que casi dos tercios de las muertes registradas entre los supervivientes está causada por distintos tipos de cáncer”, denuncia el Comité Internacional de Cruz Roja según la noticia de Europa Press publicada hace poco.

Pero todo esto, entonces, a los responsables de aquellos actos de terrorismo [terrorismo = sucesión de actos de violencia ejecutados para infundir terror (RAE)] les importaba simple y llanamente un bledo. La guerra en Europa había terminado, los nazis se habían rendido el 7 de mayo de forma incondicional. Era evidente que Japón no tardaría no capitular, la guerra la tenía más que perdida ya. Pero ¿cómo no probar la bomba? A raíz del descubrimiento de la fisión nuclear a finales de 1938, un grupo de científicos se dedicaron especialmente a estudiar este fenómeno. Leo Szilard, Eugene Paul Wigner, Albert Einstein y otros recibieron del gobierno estadounidense, en 1939, un crédito inicial para llevar a cabo una exhaustiva investigación de la energía nuclear. La intervención de Estados Unidos en la guerra hizo aumentar notablemente los presupuestos de las investigaciones y las aceleró. Los trabajos para la consecución de la primera bomba nuclear de fisión fueron llevados a cabo en Los Álamos bajo la dirección de Jacob Robert Oppenheimer con el nombre de proyecto Manhattan, y la prueba tuvo lugar en Alamogordo (Nuevo México) el 16 de julio de 1945.

Se había invertido mucho dinero –dos mil millones de dólares– y se había conseguido un arma que nadie más poseía. Había que mostrar al mundo –en especial a la Unión Soviética– que los Estados Unidos de América eran la primera potencia porque eran los más fuertes. Y podían ser los más agresivos frente a quien se atreviera a cuestionar su supremacía.

Tras la cruenta experiencia de la Primera Guerra Mundial, “los gobiernos democráticos no pudieron resistir la tentación de salvar las vidas de sus ciudadanos mediante el desprecio absoluto de la vida de las personas de los países enemigos. La justificación del lanzamiento de la bomba atómica sobre Hiroshima y Nagasaki en 1945 no fue que era indispensable para conseguir la victoria, para entonces absolutamente segura, sino que era un medio de salvar vidas de soldados estadounidenses. Pero es posible que uno de los argumentos que indujo a los gobernantes de los Estados Unidos a adoptar la decisión fuese el deseo de impedir que su aliado, la Unión Soviética, reclamara un botín importante tras la derrota de Japón” (Eric Hobsbawm, Historia del siglo XX, 1995, 35).

Solo en los primeros momentos que siguieron al estallido de ambas bombas, fallecieron cerca de 250.000 civiles. A ellos hay que sumar las muertes causadas por los efectos de la radiación nuclear, con lo que la cifra –los cálculos difieren según fuentes– podría rondar el medio millón. Por no hablar de los terribles efectos psicológicos y de que siempre hay buitres carroñeros de aspecto humano que sacan provecho de la desgracia de los demás, sea cual sea esta. Así, miles de niños quedaron huérfanos y otros tantos murieron de hambre. “A otros, la Yakuza, la mafia japonesa, los obligaba a trabajar. Numerosas niñas desaparecieron sin que se haya llegado nunca a conocer su destino.” (Dora Luz Romero: “Hiroshima, 70 años después de la bomba atómica”, El País, 5 de agosto de 2015).

El horror en toda su intensidad, el horror por el terror, y del terror, fue, a pesar de todo lo expuesto, celebrado como un triunfo sin precedentes por la opinión pública estadounidense, que festejó la masacre. Una encuesta de la revista Fortune, realizada en diciembre de 1945, reveló que menos del 5 % de los americanos pensaban que la bomba no tenía que haberse lanzado. Aún hoy una mayoría de estadounidenses –más del 50 por cien– justifican tal atrocidad. No deja de ser preocupante, muy preocupante.

Japón se rindió incondicionalmente también el 15 de agosto. De no haber estallado las dos bombas atómicas puede que lo hubiera más tarde. ¿Unos días? ¿Unas semanas? Desde luego, no mucho más. Pero, como decíamos, la decisión de lanzar las dos bombas atómicas tenía otras motivaciones. Había que justificar la inversión de dos mil millones de dólares, demostrar el poderío a los soviéticos. ¿Por qué, si no, se probaron dos tipos de bomba? Podríamos concluir, pues, que tal barbarie aceleró –muy poco, eso sí– el final de la Segunda Guerra Mundial, pero inició otra: la Guerra Fría.

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hiroshima

Un niño ante un cuadro enorme que muestra la explosión de la bomba atómica sobre Hiroshima en el Museo Memorial de la Paz de Hiroshima. Fotografía: Kimimasa Mayama / Corbis. Publicada en “The Guardian” (6 agosto 2015).

El 6 de agosto de 1945, lunes, el cielo amaneció claro. En un día soleado y caluroso, los habitantes de Hiroshima se disponían a iniciar sus quehaceres cotidianos. Pasadas las 7 de la mañana sonó la alarma antiaérea y corrieron a protegerse en los refugios. Salieron sobre las 8, convencidos de que esta había sido falsa. Sin embargo, poco después, a las 8:15, una luz cegadora cubrió el firmamento y enseguida escucharon un estruendo como nunca antes. Había estallado, a 580 metros de altura, la primera bomba atómica de la historia. El azul del cielo desapareció y se volvió rojo intenso a causa de la enorme bola de fuego que generó la explosión. Parecía que lloraba lágrimas de sangre, fuego hecho líquido.

Ese mismo día el presidente de los Estados Unidos de América, Harry S. Truman –un mediocre político que no esperaba llegar a presidente tan pronto (Roosevelt había fallecido el 12 de abril, él era vicepresidente) y confesaba sentirse abrumado en el cargo– se dirigió a sus conciudadanos en los siguientes términos: “Hace poco tiempo un avión norteamericano ha lanzado una bomba sobre Hiroshima inutilizándola para el enemigo. Los japoneses comenzaron la guerra por el aire en Pearl Harbor y han sido correspondidos sobradamente. Pero este no es el final, con esta bomba hemos añadido una dimensión nueva y revolucionaria a la destrucción (…) Si no aceptan nuestras condiciones pueden esperar una lluvia de fuego que sembrará más ruinas que todas las hasta ahora vistas sobre la tierra.”

Efectivamente, no era el final. Solo tres días después, el 9 de agosto, el centro de Nagasaki era arrasado por una segunda bomba atómica. Esta –llamada Fat Man (hombre gordo)– era de plutonio, la primera –alguien que debía tener instintos sádicos la bautizó con el nombre de Little Boy (Niño pequeño)– de uranio. Las dos sumamente letales y de consecuencias imprevisibles, tanto que sus secuelas se prolongaron durante varias generaciones y aún persisten. “A día de hoy, los hospitales de la Cruz Roja Japonesa siguen atendiendo a miles de supervivientes, afectados por las consecuencias a largo plazo que han padecido, mientras que casi dos tercios de las muertes registradas entre los supervivientes está causada por distintos tipos de cáncer”, denuncia el Comité Internacional de Cruz Roja según la noticia de Europa Press publicada tal día como hoy con motivo del setenta aniversario de la atrocidad.

Pero todo esto, entonces, a los responsables de aquellos actos de terrorismo [terrorismo = sucesión de actos de violencia ejecutados para infundir terror (RAE)] les importaba simple y llanamente un bledo. La guerra en Europa había terminado, los nazis se habían rendido el 7 de mayo de forma incondicional. Era evidente que Japón no tardaría no capitular, la guerra la tenía más que perdida ya. Pero ¿cómo no probar la bomba? A raíz del descubrimiento de la fisión nuclear a finales de 1938, un grupo de científicos se dedicaron especialmente a estudiar este fenómeno. Leo Szilard, Eugene Paul Wigner, Albert Einstein y otros recibieron del gobierno estadounidense, en 1939, un crédito inicial para llevar a cabo una exhaustiva investigación de la energía nuclear. La intervención de Estados Unidos en la guerra hizo aumentar notablemente los presupuestos de las investigaciones y las aceleró. Los trabajos para la consecución de la primera bomba nuclear de fisión fueron llevados a cabo en Los Alamos bajo la dirección de Jacob Robert Oppenheimer con el nombre de proyecto Manhattan, y la prueba tuvo lugar en Alamogordo (Nuevo México) el 16 de julio de 1945.

Se había invertido mucho dinero –dos mil millones de dólares– y se había conseguido una arma que nadie más poseía. Había que mostrar al mundo –en especial a la Unión Soviética– que los Estados Unidos de América eran la primera potencia porque eran los más fuertes. Y podían ser los más agresivos frente a quien se atreviera a cuestionar su supremacía.

Tras la cruenta experiencia de la Primera Guerra Mundial, “los gobiernos democráticos no pudieron resistir la tentación de salvar las vidas de sus ciudadanos mediante el desprecio absoluto de la vida de las personas de los países enemigos. La justificación del lanzamiento de la bomba atómica sobre Hiroshima y Nagasaki en 1945 no fue que era indispensable para conseguir la victoria, para entonces absolutamente segura, sino que era un medio de salvar vidas de soldados estadounidenses. Pero es posible que uno de los argumentos que indujo a los gobernantes de los Estados Unidos a adoptar la decisión fuese el deseo de impedir que su aliado, la Unión Soviética, reclamara un botín importante tras la derrota de Japón” (Eric Hobsbawm, Historia del siglo XX, 1995, 35).

Solo en los primeros momentos que siguieron al estallido de ambas bombas, fallecieron cerca de 250.000 civiles. A ellos hay que sumar las muertes causadas por los efectos de la radiación nuclear, con lo que la cifra –los cálculos difieren según fuentes– podría rondar el medio millón. Por no hablar de los terribles efectos psicológicos y de que siempre hay buitres carroñeros de aspecto humano que sacan provecho de la desgracia de los demás, sea cual sea esta. Así, miles de niños quedaron huérfanos y otros tantos murieron de hambre. “A otros, la Yakuza, la mafia japonesa, los obligaba a trabajar. Numerosas niñas desaparecieron sin que se haya llegado nunca a conocer su destino.” (Dora Luz Romero: “Hiroshima, 70 años después de la bomba atómica”, El País, 5 de agosto de 2015).

El horror en toda su intensidad, el horror por el terror, y del terror, fue, a pesar de todo lo expuesto, celebrado como un triunfo sin precedentes por la opinión pública estadounidense, que festejó la masacre. Una encuesta de la revista Fortune, realizada en diciembre de 1945, reveló que menos del 5 % de los americanos pensaban que la bomba no tenía que haberse lanzado. Aún hoy una mayoría de estadounidenses –más del 50 por cien– justifican tal atrocidad. No deja de ser preocupante, muy preocupante.

Japón se rindió incondicionalmente también el 15 de agosto. De no haber estallado las dos bombas atómicas puede que lo hubiera más tarde. ¿Unos días? ¿Unas semanas? Desde luego, no mucho más. Pero, como decíamos, la decisión de lanzar las dos bombas atómicas tenía otras motivaciones. Había que justificar la inversión de dos mil millones de dólares, demostrar el poderío a los soviéticos. ¿Por qué, si no, se probaron dos tipos de bomba? Podríamos concluir, pues, que tal barbarie aceleró –muy poco, eso sí– el final de la Segunda Guerra Mundial, pero inició otra: la Guerra Fría.