Hiroshima

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Se cumplen hoy, 6 de agosto, 74 años del ataque atómico sobre la ciudad japonesa de  Hiroshima, un ataque tan brutal como innecesario, una demostración de fuerza cuya finalidad iba más allá de terminar con la guerra.

El 6 de agosto de 1945, lunes, el cielo amaneció claro. En un día soleado y caluroso, los habitantes de Hiroshima se disponían a iniciar sus quehaceres cotidianos. Pasadas las 7 de la mañana sonó la alarma antiaérea y corrieron a protegerse en los refugios. Salieron sobre las 8, convencidos de que esta había sido falsa. Sin embargo, poco después, a las 8:15, una luz cegadora cubrió el firmamento y enseguida escucharon un estruendo como nunca antes. Había estallado, a 580 metros de altura, la primera bomba atómica de la historia. El azul del cielo desapareció y se volvió rojo intenso a causa de la enorme bola de fuego que generó la explosión. Parecía que lloraba lágrimas de sangre, fuego hecho líquido.

Ese mismo día el presidente de los Estados Unidos de América, Harry S. Truman –un mediocre político que no esperaba llegar a presidente tan pronto (Roosevelt había fallecido el 12 de abril, él era vicepresidente) y confesaba sentirse abrumado en el cargo– se dirigió a sus conciudadanos en los siguientes términos: “Hace poco tiempo un avión norteamericano ha lanzado una bomba sobre Hiroshima inutilizándola para el enemigo. Los japoneses comenzaron la guerra por el aire en Pearl Harbor y han sido correspondidos sobradamente. Pero este no es el final, con esta bomba hemos añadido una dimensión nueva y revolucionaria a la destrucción (…) Si no aceptan nuestras condiciones pueden esperar una lluvia de fuego que sembrará más ruinas que todas las hasta ahora vistas sobre la tierra.”

Efectivamente, no era el final. Solo tres días después, el 9 de agosto, el centro de Nagasaki era arrasado por una segunda bomba atómica. Esta –llamada Fat Man (hombre gordo)– era de plutonio, la primera –alguien que debía tener instintos sádicos la bautizó con el nombre de Little Boy (Niño pequeño)– de uranio. Las dos sumamente letales y de consecuencias imprevisibles, tanto que sus secuelas se prolongaron durante varias generaciones y aún persisten. “A día de hoy, los hospitales de la Cruz Roja Japonesa siguen atendiendo a miles de supervivientes, afectados por las consecuencias a largo plazo que han padecido, mientras que casi dos tercios de las muertes registradas entre los supervivientes está causada por distintos tipos de cáncer”, denuncia el Comité Internacional de Cruz Roja según la noticia de Europa Press publicada hace poco.

Pero todo esto, entonces, a los responsables de aquellos actos de terrorismo [terrorismo = sucesión de actos de violencia ejecutados para infundir terror (RAE)] les importaba simple y llanamente un bledo. La guerra en Europa había terminado, los nazis se habían rendido el 7 de mayo de forma incondicional. Era evidente que Japón no tardaría no capitular, la guerra la tenía más que perdida ya. Pero ¿cómo no probar la bomba? A raíz del descubrimiento de la fisión nuclear a finales de 1938, un grupo de científicos se dedicaron especialmente a estudiar este fenómeno. Leo Szilard, Eugene Paul Wigner, Albert Einstein y otros recibieron del gobierno estadounidense, en 1939, un crédito inicial para llevar a cabo una exhaustiva investigación de la energía nuclear. La intervención de Estados Unidos en la guerra hizo aumentar notablemente los presupuestos de las investigaciones y las aceleró. Los trabajos para la consecución de la primera bomba nuclear de fisión fueron llevados a cabo en Los Álamos bajo la dirección de Jacob Robert Oppenheimer con el nombre de proyecto Manhattan, y la prueba tuvo lugar en Alamogordo (Nuevo México) el 16 de julio de 1945.

Se había invertido mucho dinero –dos mil millones de dólares– y se había conseguido un arma que nadie más poseía. Había que mostrar al mundo –en especial a la Unión Soviética– que los Estados Unidos de América eran la primera potencia porque eran los más fuertes. Y podían ser los más agresivos frente a quien se atreviera a cuestionar su supremacía.

Tras la cruenta experiencia de la Primera Guerra Mundial, “los gobiernos democráticos no pudieron resistir la tentación de salvar las vidas de sus ciudadanos mediante el desprecio absoluto de la vida de las personas de los países enemigos. La justificación del lanzamiento de la bomba atómica sobre Hiroshima y Nagasaki en 1945 no fue que era indispensable para conseguir la victoria, para entonces absolutamente segura, sino que era un medio de salvar vidas de soldados estadounidenses. Pero es posible que uno de los argumentos que indujo a los gobernantes de los Estados Unidos a adoptar la decisión fuese el deseo de impedir que su aliado, la Unión Soviética, reclamara un botín importante tras la derrota de Japón” (Eric Hobsbawm, Historia del siglo XX, 1995, 35).

Solo en los primeros momentos que siguieron al estallido de ambas bombas, fallecieron cerca de 250.000 civiles. A ellos hay que sumar las muertes causadas por los efectos de la radiación nuclear, con lo que la cifra –los cálculos difieren según fuentes– podría rondar el medio millón. Por no hablar de los terribles efectos psicológicos y de que siempre hay buitres carroñeros de aspecto humano que sacan provecho de la desgracia de los demás, sea cual sea esta. Así, miles de niños quedaron huérfanos y otros tantos murieron de hambre. “A otros, la Yakuza, la mafia japonesa, los obligaba a trabajar. Numerosas niñas desaparecieron sin que se haya llegado nunca a conocer su destino.” (Dora Luz Romero: “Hiroshima, 70 años después de la bomba atómica”, El País, 5 de agosto de 2015).

El horror en toda su intensidad, el horror por el terror, y del terror, fue, a pesar de todo lo expuesto, celebrado como un triunfo sin precedentes por la opinión pública estadounidense, que festejó la masacre. Una encuesta de la revista Fortune, realizada en diciembre de 1945, reveló que menos del 5 % de los americanos pensaban que la bomba no tenía que haberse lanzado. Aún hoy una mayoría de estadounidenses –más del 50 por cien– justifican tal atrocidad. No deja de ser preocupante, muy preocupante.

Japón se rindió incondicionalmente también el 15 de agosto. De no haber estallado las dos bombas atómicas puede que lo hubiera más tarde. ¿Unos días? ¿Unas semanas? Desde luego, no mucho más. Pero, como decíamos, la decisión de lanzar las dos bombas atómicas tenía otras motivaciones. Había que justificar la inversión de dos mil millones de dólares, demostrar el poderío a los soviéticos. ¿Por qué, si no, se probaron dos tipos de bomba? Podríamos concluir, pues, que tal barbarie aceleró –muy poco, eso sí– el final de la Segunda Guerra Mundial, pero inició otra: la Guerra Fría.

El asesinato de los Rosenberg

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Julius y Ethel Rosenberg durante su juicio en 1951. / AP

El 19 de junio de 1953 la Administración de los Estados Unidos de América llevaba a cabo uno de tantos execrables crímenes de su historia. A las ocho de la tarde de dicho día, poco después de ponerse el sol, la cámara de la muerte de la prisión de Sing Sing fue el último lugar que vieron Julius y Ethel Rosenberg. Concretamente la cámara de la muerte del penal, pues allí fueron asesinados en la silla eléctrica.

Julius y Ethel Rosenberg eran un matrimonio joven –él treinta y cinco años, ella treinta siete–, padres de dos hijos –Michael, de diez años de edad, y Robert, de seis–, acusados de espiar para la Unión Soviética revelando secretos acerca de la bomba atómica y condenados por ello a ser ejecutados en la silla eléctrica. Ese día se cumplía el catorce aniversario de su boda. Llevaban detenidos desde julio de 1950 y, tras un largo proceso plagado de irregularidades, habían sido condenados a muerte el 5 de abril del año siguiente. Él era ingeniero eléctrico, ella peleaba por ser actriz y cantante. Ambos eran neoyorquinos, del Lower East Side. Con dieciséis años, Julius Rosenberg, cuyo padre era sastre, al tiempo que estudiaba en el City College de Nueva York ingresó en la Liga de los Jóvenes Comunistas, encorajinado ante el ascenso del nazismo y cansado de contemplar diariamente las desigualdades sociales y raciales de su país, de las que el Lower East era un ejemplo manifiesto.

Julius y Ethel Rosenberg. Fotografías de sus fichas policiales.

Julius y Ethel Rosenberg. Fotografías de sus fichas policiales.

En 1948 la Unión Soviética llevó a cabo las primeras pruebas con la bomba atómica. Un año después, la contrainteligencia del FBI afirmaba que el KGB, el servicio secreto ruso, poseía valiosa información sobre el proyecto Manhattan, el plan secreto de los Estados Unidos sobre la energía atómica. ¿Cómo había llegado a sus manos? Las pistas condujeron a Klaus Fuchs, un físico de origen alemán que había trabajado en el proyecto en el centro de investigación nuclear de Los Álamos (Nuevo México). A través de Fuchs, el FBI llegó hasta David Greenglass, hermano de Ethel, sargento del ejército y especialista en mecánica que también había trabajado en Los Álamos. Greenglass confesó haber pasado secretos a los soviéticos e implicó a su hermana y al esposo de esta, que fueron detenidos. Pronto, Julius fue acusado de ser el máximo responsable de la red de espionaje, aunque el fiscal no consiguió aportar prueba solvente al respecto, como tampoco de ninguno de los demás hechos que se le imputaba tanto a él como a su esposa. El furor anticomunista reinante, explotado por McCarthy hasta el paroxismo, y la oportunidad de presentar ante la opinión pública un éxito que mostraba que el Estado velaba por la seguridad de los suyos, hacía que de la ejecución del matrimonio se pudiera sacar demasiado provecho como para ser indulgentes.

Ethel y Julius Rosenberg separados por una red de alambre tras ser declarados culpables. / Roger Higgins©

Ethel y Julius Rosenberg separados por una red de alambre tras ser declarados culpables. / Roger Higgins©

No fueron pocos los que afirmaron que el juicio era una farsa, lo que, no obstante, no impidió que este terminara con el peor veredicto posible: la condena a ser ejecutados. El juez, Irving R. Kaufman, al leer la sentencia dijo: Su crimen es peor que el asesinato. Y argumentó: Yo creo que vuestra conducta, entregando en manos de los rusos la bomba atómica años antes de que Rusia pudiera disponer de tal fórmula, ha provocado la agresión comunista en Corea, que ha costado más de cincuenta mil víctimas. ¡Quién sabe si otros millones de inocentes no pagarán el precio de vuestra traición! Con vuestra traición, vosotros, Julius y Ethel Rosenberg, sin ninguna duda habéis cambiado el curso de la historia en perjuicio de nuestro país. El hermano de Ethel se libró de la pena capital al haber acusado a esta y a su cuñado. Ya muertos, declararía que lo hizo en falso. La maquinaria coercitiva del estado se había puesto en marcha y nadie ni nada la detendría; hasta los hijos de los Rosenberg fueron expulsados de la escuela.

Manifestación en Nueva York tras conocerse la sentencia contra los Rosenberg. / © Bettmann/CORBIS

Manifestación en Nueva York tras conocerse la sentencia contra los Rosenberg. / © Bettmann/CORBIS

En todo el mundo occidental se organizaron actos de protesta contra la condena impuesta a los Rosenberg. Empezaron las apelaciones y los retrasos en la aplicación de la pena, al tiempo que en muchas ciudades tenían lugar mítines y manifestaciones y se mandaban peticiones de clemencia a la Casa Blanca. Sartre había dicho: No os asombréis si gritamos de un extremo al otro de Europa: ¡Cuidado! ¡Norteamérica está rabiosa! Rompamos todos los lazos que nos unen a ella si no queremos ser mordidos y contagiados de hidrofobia. La desmesura era tal que hasta el papa, Pio XII, había pedido indulgencia a Eisenhower.

Desde varios días antes de la fecha fijada para la ejecución las movilizaciones se sucedieron en varias ciudades estadounidenses y europeas. Diariamente, numerosas personas se manifestaban frente a la Casa Blanca. El día 15 un nutrido grupo de manifestantes con carteles pidiendo que no se les ejecutara acompañaron al hijo mayor del matrimonio, Michael, a la Casa Blanca para pedir clemencia para con sus padres. Con ellos iba su abuela, que llevaba de la mano al hijo pequeño. Michael entregó una carta para el presidente Eisenhower en la que, entre otras cosas, decía: Espero que reciba usted mi carta, porque es una carta para que no permita usted que pase nada a mi mamá y a mi papá. Nadie quiso recibir al chico.

La cámara de la muerte del penal de Sing Sing era una habitación grande, bien iluminada. En uno de sus lados, centrada, se situaba la silla eléctrica, de madera, austera, con brazos en los que atar las extremidades superiores de los condenados, llena de correas para inmovilizar completamente el cuerpo. Frente a ella cuatro bancos, también de madera, para los asistentes al macabro espectáculo. Al dar las ocho entró Julius. No sabía qué hacer, se le veía desconcertado, aturdido. Permaneció de pie, inmóvil, se apreciaba un ligero temblequeo en sus piernas. Se sentó ayudado por los guardias, que le indicaron cómo debía colocarse. Lo ataron y acto seguido le pusieron una especie de máscara que solo dejaba al aire las fosas nasales y la boca, levantaron la pernera derecha del pantalón y sujetaron a la pantorrilla una plancha de metal por la que penetraría la corriente eléctrica, complementando la que llegaba directamente a la cabeza. Julius parecía un muñeco articulado que adoptaba la postura que marcaban los titiriteros de la muerte. El director del presidio dio la señal. Se oyó el ruido de la llave eléctrica que daba paso a la corriente. Julius dio un respingo. Sus manos y pies se contrajeron. Se oyó un seco quejido. El cuerpo se sacudía con la corriente. Minuto largo después cesó el zumbido. Se acercaron los médicos. Un guardia abrió la camisa de Julius, sin muchos miramientos. No la desbrochó, se limitó a desgarrarla. Los facultativos le auscultaron. Todavía respiraba. Otra descarga. Otros interminables cincuenta y siete segundos que parecieron eternos. Las convulsiones del cuerpo eran más violentas que la primera vez, pero no ya no se oyó quejido alguno. La boca comenzó a ponerse morada y una baba sanguinolenta salió de su boca. Olía a quemado. Se detuvo la descarga. Los médicos volvieron a reconocerlo. Declaro muerto a este hombre, pronunció uno de ellos. Apenas habían pasado un par de largos minutos. Dos guardias con bata blanca desataron el cuerpo y lo colocaron en una camilla de ruedas. Tenía los ojos hundidos y estaba blanco como el mármol.

Julius y Ethel Rosenberg en sus respectivos ataúdes tras ser asesinados en la silla eléctrica./ Getty Images

Julius y Ethel Rosenberg en sus respectivos ataúdes tras ser asesinados en la silla eléctrica./ Getty Images

Eran las ocho y seis minutos de la tarde. Inmediatamente entró Ethel. Ethel confiaba hasta el último momento en que se paralizaría la orden. Tal vez por ello daba la impresión de estar más serena que Julius y por eso la dejaron en segundo lugar, por considerar que moralmente era más fuerte que su marido. Las autoridades carcelarias entendieron que se hallaba más entera y es costumbre dejar al más entero para el final cuando se trata de ejecuciones múltiples. Le habían cortado el pelo para que le llegase mejor la corriente, llevaba un vestido verde, los labios apretados. Su muerte fue más cruel aún, ya que hicieron falta cinco descargas. Se dijo luego que la causa radicó en que la silla estaba diseñada para un cuerpo “normal” y, supuestamente, masculino, y no para una mujer pequeña y frágil como ella. Tardó casi cinco minutos en morir. Tras la cuarta descarga, los dos médicos aplicaron sendos estetoscopios sobre su cuerpo para comprobar si había muerto. No estaban seguros. El verdugo, Joseph P. Francel, abandonó por un momento el cuadro de interruptores, situado a unos tres metros de la silla, para preguntar si era necesaria otra descarga. Los médicos asintieron con la cabeza. Volvieron a atar bien sujeta a Ethel y tras la quinta descarga uno de los médicos pudo decir por fin Declaro muerta a esta mujer.

Instantánea del funeral de Julius y Ethel Rosenberg. / Archivos de la familia Meeropol

Instantánea del funeral de Julius y Ethel Rosenberg. / Archivos de la familia Meeropol

No cruzar. Línea de policía, se indicaba en las vallas de madera tras las cuales debían colocarse en fila centenares de personas que querían rendirles un último homenaje ante sus cuerpos en la funeraria J.J. Morris, donde habían sido velados toda la noche entre otros, por la señora Sophie Rosenberg y la señora Tessie Greenglass, madres de Julius y Ethel respectivamente. Llegado el momento, poco antes de las dos de la tarde, los policías empezaron a apartar a la gente y a hacer sitio para que pudieran salir los féretros en sendos coches fúnebres. Sus familiares se colocaron detrás y la gente les siguió. Las aceras estaban igualmente llenas de personas, varias filas se situaban a ambos lados de la calzada. Había muchos policías y guardias a caballo.

Entierro de los Rosenberg en el cementerio de Pine Lawn. / AP

Entierro de los Rosenberg en el cementerio de Pine Lawn. / AP

El cortejo emprendió camino al cementerio de Wellwood en Pine Lawn, en Long Island, en Nueva York, a poco más de tres kilómetros de distancia. Más de dos mil personas les acompañaron hasta allí. La policía llegó a hablar de siete mil vehículos en línea, cifra que sin duda exageró para justificar las innumerables trabas que ponía a quienes querían llegar hasta el cementerio escudándose en problemas de tráfico. Llegados a Pine Lawn, bajaron los ataúdes de los vehículos. Ramos y coronas de flores fueron depositados inmediatamente junto a ellos. Sophie Rosenberg, madre de Julius, se deshacía en llantos. Emanuel Bloch, el abogado del matrimonio y tutor de sus hijos, con traje negro, la sujetaba y trataba de reconfortarla. Bloch pronunció el panegírico. Reivindicó su inocencia y calificó de asesinato lo ocurrido.

Manuel Cerdà ©

Los otros Mayos del 68: Checoslovaquia

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Tanques del Pacto de Varsovia invaden Praga (agosto de 1968). Josef Koudelka / Magnum ©

El crecimiento económico de los años 50 y 60 del siglo XX alcanzó todos los países industrializados, incluidos los del Este. El índice de crecimiento de la URSS en los años 50 llegó a ser más alto que el de cualquier país occidental. Checoslovaquia –un estado vigente entre 1918-1939 y 1946-1992, formado por los pueblos checo y eslovaco, que comprendía los territorios de Bohemia y Moravia (actual República Checa) y Eslovaquia– alcanzaba en la década de 1960 unos niveles de prosperidad que nunca antes había conocido, a pesar de que la Unión Soviética había vetado en 1947 su incorporación al Plan Marshall.

En 1960 se dotó de una nueva constitución y en 1965 emprendió una nueva política económica dado el fracaso de los objetivos previstos en el quinquenio precedente. Entre las medidas de esta nueva política económica destacaba el mayor protagonismo que ahora pasaban a tener la industria ligera y los consumidores y la apertura a los mercados occidentales. Asimismo, Checoslovaquia se convirtió en un Estado federal (Chequia y Eslovaquia). La mayor bonanza económica fue acompañada de medidas liberalizadoras en lo político y lo cultural, así como de una renovación en la cúpula política dirigente. A principios de 1968 el estalinista Antonín Novotný hubo de renunciar a los cargos de secretario general del Partido Comunista y de presidente de la República. Para este último cargo fue elegido Ludvik Svoboda, y para el primero Alexander Dubček, gran inspirador de unas reformas que pretendían establecer un socialismo más humano.

Alocución de Alexander Dubček a sus compatriotas en repudio a la invasión soviética.

Alocución de Alexander Dubček a sus compatriotas en repudio a la invasión soviética.

“Hemos de eliminar todo aquello que estrangula la actividad artística y científica”, dijo Alexander Dubček poco después de ser nombrado secretario general del Partido Comunista. Este movimiento liberalizador –respaldado por la mayoría de la población, intelectuales y gente del mundo de la cultura– ha pasado a la historia con el nombre de Primavera de Praga. Las reformas impulsadas por Dubček comprendían la abolición de la censura de prensa y el derecho de los ciudadanos a expresarse libremente. En abril de 1968 Comité Central del Partido Comunista checoeslovaco hizo pública una declaración en la que criticaba la obediencia incondicional a la política del propio partido, algo totalmente insólito en el bloque soviético.

Al igual que ocurrió con Estados Unidos, la Unión Soviética –la segunda gran potencia mundial, con aspiraciones de convertirse en la primera– no podía consentir fisuras ni en su seno ni en el de sus países satélite. Solamente se es fuerte desde la homogeneidad. En el mes de julio los dirigentes soviéticos –al frente de los cuales estaba Leonidas Brežnev– manifestaron tener en su poder pruebas de que la República Federal Alemana pretendía anexionarse la zona norte de Checoslovaquia, por lo “ofrecía” al Ejército Rojo para que defendiera el país de la supuesta futura agresión. Lógicamente –digo lógicamente porque lo contrario hubiera significado algo totalmente opuesto al espíritu que animaba todas estas reformas– se rechazó la propuesta, una propuesta que no dejaba de ser un aviso recordatorio de que la URSS era la única que podía ejercer el control (en todos los sentidos) de los países autodenominados socialistas.

Praga agosto de 1968. Josef Koudelka / Magnum©

Praga agosto de 1968. Josef Koudelka / Magnum©

La política reformadora no por ello se detuvo, más bien al contrario. ¿Consentir una grieta en el sistema que mostrara al mundo que un estado socialista no tenía por qué reprimir las libertades individuales? Impensable en plena guerra fría. El 21 de agosto de 1968 Checoslovaquia fue invadida por tropas del Pacto de Varsovia. El pueblo checoslovaco, que había disfrutado por poco tiempo de aquella Primavera de Praga, veía cómo los soviéticos entraban a la capital. En total, más de 600.000 soldados, 7.500 tanques y 1.000 aviones. Ante el temor de aquello terminara en un baño de sangre, el Gobierno checoslovaco ordenó a sus fuerzas que no opusieran resistencia. Dubček y Svoboda fueron obligados a trasladarse a Moscú en una especie de paripé que pretendía disfrazar de conversaciones amistosas lo que no dejaba de ser una imposición. El pueblo se manifestó pacíficamente contra la invasión con eslóganes que, entre otros, nos recuerdan los del Mayo del 68 francés: ¡Americanos abandonad Vietnam; soviéticos, abandonad Checoslovaquia!; Lenin, despierta, Brežnev se ha vuelto loco; Stalin aplaude, Lenin desaprueba, pero que, al mismo tiempo, dejaban bien a las claras sus intenciones. No se trataba de pertenecer a uno de los dos bloques, el mundo no podía dividirse entre “buenos” y “malos”. Se podía construir una sociedad más justa e igualitaria, una sociedad comunista (o socialista, es lo mismo), desde el respeto a la libertad individual de cada uno. Esta es, a mi juicio, la principal lección que podemos extraer de aquellos hechos.

Praga agosto de 1968.

Praga agosto de 1968.

Tras las “amistosas conversaciones”, y ante el cariz que cobraban los acontecimientos, el Gobierno checoslovaco anunció que abandonaba el programa de reformas en una intervención que la radio emitió en directo, por lo que la gente pudo oír los quebrantos de la voz de Dubček, fruto sin duda de la impotencia. Una vez más la fuerza se imponía a cualquier otra consideración. Una vez más, el disconforme se convertía en enemigo. Los ilusionados manifestantes no perdonaron a Dubček su reacción y la resistencia pacífica no fue obstáculo para que hubiera decenas de muertes, la mayoría de jóvenes. Se produjeron entre ochenta y doscientos muertos en combates ocasionales. Más de cien mil personas abandonaron el país y las detenciones alcanzaron un número indeterminado pero importante. Poco después, las reformas económicas comenzaron a anularse y se restablecieron las condiciones de censura. Dubček se mantuvo en el cargo hasta abril de 1969, ya sin el enorme respaldo popular de que había gozado al inicio de las reformas. Al año siguiente sería expulsado del Partido Comunista. Todo volvía a la “normalidad”.

Mayo del 68 (1): La década dorada

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Iniciamos con esta la primera de una serie de nueve entradas sobre los hechos de Mayo del 1968. Las dos primeras pretenden contextualizar los sucesos propiamente conocidos como Mayo del 68, que explicaremos en las tres siguientes. A estas cinco, añadiremos una sobre la música de Mayo del 68 y tres más, que hemos titulado “Los otros Mayos del 68”, en las que analizaremos lo sucedido en la antigua Checoslovaquia, Estados Unidos y México, contestaciones que parten del mismo contexto y que completan ese convulso año. El resto las iremos publicando en las próximas semanas.

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“¿Qué es lo que hace que las casas de hoy sean tan diferentes, tan atractivas?” (1956). Richard Hamilton.

Tanto la década de 1960 como la precedente de 1950 se caracterizaron por un acelerado crecimiento económico (el mayor del siglo) de los países norteamericanos y europeos, una expansión industrial capitaneada por los Estados Unidos –país que durante la Segunda Guerra Mundial no había sufrido daños en su infraestructura industrial, urbana, de transportes y comunicaciones– y basada en el enorme potencial de la tecnología americana (made in America) y la pujanza militar de la ya primera nación del mundo. Este boom económico y la aplicación de la revolución tecnológica iniciada durante la guerra a las necesidades de las personas transformaron por completo la vida cotidiana en los países ricos (y en menor medida también en los pobres).

50s-familyA nivel social, el crecimiento económico conllevó un importante aumento del consumo por amplios sectores de la población. Surgió una nueva forma de vida: el American way of life se convirtió en un modelo para el resto del mundo que tenía su traslación europea en el denominado Estado de bienestar.

El modelo se fue generalizando cada día con más fuerza entre las clases medias, contribuyendo a su difusión el hecho que la información comenzase ahora a llegar a todos. En 1947 se había inventado el transistor y, poco después, la televisión empezaba a implantarse en los países desarrollados.

 Las casas comenzaron a llenarse de electrodomésticos. Los transportes experimentaron una segunda revolución con la producción masiva de coches utilitarios. En estas décadas la producción de automóviles y de objetos para el hogar se triplicó. El turismo dejaba de ser algo reservado únicamente a los más pudientes. Nacía la sociedad de consumo.

Cold-war-flagNo obstante, este momento fue también el del comienzo de la Guerra Fría (competencia entre dos potencies con distintas ideologías políticas: EEUU y la URSS), con la consiguiente rivalidad en armamento nuclear y en la carrera espacial, y el de la escalada de nuevos conflictos bélicos: guerra de Corea, rebelión mau-mau en Kenia, operación militar estadounidense en Indonesia, inicio del movimiento a favor de la independencia de Argelia, guerra del Vietnam…

Por otro lado, ese ascenso del consumo no fue acompañado de un mayor nivel de libertades civiles. En Estados Unidos, por ejemplo, se seguía considerando la homosexualidad una enfermedad que podía curarse ¡con la lobotomía!, al tiempo que el racismo seguía estando a la orden del día. La aparente “homogeneidad” norteamericana tenía enormes desigualdades sociales (y raciales).

Lobotomía. Fotografía: Walter Freeman (16 de diciembre de 1960)

Lobotomía. Fotografía: Walter Freeman (16 de diciembre de 1960)

No es de extrañar, pues, que la generación beat tuviera su origen en Estados Unidos ni que fuera en ese mismo país donde el movimiento estudiantil comenzara sus protestas de forma cada vez más contundente (California). Y, al igual que se había difundido el American way of life, se difundían ahora los síntomas de descontento hacia una sociedad que se mostraba cada día más competitiva, individualista y faltada de solidaridad. La insatisfacción permanente caracterizó a las nuevas generaciones que veían que esa sociedad de aparente bienestar no dejaba al ser humano desarrollarse libremente –“El hombre no es otra cosa que lo que él se hace”, había dicho Sartre en 1946– ni era capaz de acabar con los conflictos bélicos, la escalada armamentística, o las desigualdades de todo tipo (económicas, de raza, de género…).

Las muestras de disconformidad y descontento hacia la nueva sociedad vinieron de la mano de los jóvenes. La juventud irrumpía por primera vez como sujeto histórico, accediendo a ese Estado de bienestar como consumidor y, por tanto, como protagonista. “El descontento de los jóvenes no era menguado por la conciencia de estar viviendo unos tiempos que habían mejorado asombrosamente, mucho mejores de lo que sus padres jamás creyeron que llegarían a ver. Los nuevos tiempos eran los únicos que los jóvenes universitarios conocían (…) La explosión de descontento estudiantil se produjo en el momento culminante de la gran expansión mundial, porque estaba dirigido, aunque fuese vaga y ciegamente, contra lo que los estudiantes veían como característico de esa sociedad, no contra el hecho que la sociedad anterior no hubiera mejorado lo bastante las cosas. Paradójicamente, el hecho de que el impulso del nuevo radicalismo procediese de grupos no afectados por el descontento económico estimuló incluso a los grupos acostumbrados a movilizarse por motivos económicos a descubrir que, al fin y al cabo, podían pedir a la sociedad mucho más de lo que habían imaginado”. (Hobsbawm: Historia del siglo XX, 1994).