¿Y qué opinión quieren que tengan luego esos jóvenes de nuestros barrios olvidados?

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Supongo que todos conocerán el vídeo, pues se ha hecho viral y encendido las redes sociales, que muestra la agresión de un policía nacional a una mujer en Valencia. En él se ve a dos oficiales de la Policía Nacional hablando, o discutiendo, con una mujer, en plena calle, ya entrada la noche. La mujer vocifera contra los policías, grita entrecortadamente “a mí no me tocas” cuando el policía interrumpe con “¿O te enteras?”. Ella responde: “o te meto una hostia en todos los cojones…”. En ese instante el policía que le habla le da una bofetada que la tumba, mientras su compañero mira sin intervenir.

Si no lo han visto –dura solo cinco segundos– pueden hacerlo antes de continuar leyendo.

La agresión sucede en Barona, en el barrio de Orriols de la capital, un barrio que, de acuerdo con Wikipedia, tiene una población en torno a los 30.000 habitantes y cuenta con una tasa de paro del 40%, y una presencia de inmigrantes del 30%. Es decir, un barrio como en el que viven los chicos –Robin, Johnny y Tomate– que protagonizan mi última novela, Prudencio Calamidad. Luego no querrán que otros jóvenes como ellos –sin trabajo ni futuro– piensen, o se expresen, en los términos que lo hacen los tres muchachos cuando hablan con Prudencio, un genio –dice él– que va a estar a su disposición para satisfacer cuantos deseos quieran durante doce horas.

─ Son unos cabrones, Prude, unos hijos de puta, el recetario en una mano y la porra en la otra. No hacen más que joder.  Ellos y los maderos.  Documentación, venga. Papeles, rápido. No saben otra. Vacía los bolsillos, quítate las zapatillas, las manos sobre el capó, te registran como si fueras del ISIS ese, te empujan, y si te sueltan una hostia pues ya sabes, jódete. El otro día trescientos pavos me clavaron por una china de mierda que me encontraron en el bolsillo, tan mierda que si siquiera me había dado cuenta que la llevaba. Se la quedaron, claro. Se lo quedan todo, costo, maría, farlopa, jaco, ellos también se ponen, y pasan.  Van por ahí, multan a los coches mal aparcados, paran a uno, paran a otro, según la pinta que te vean. Si les pareces un fumeta cuando lo que pasa es que vienes de currar y estás que echas el bofe, como le pasó a un colega que currela en una panadería, si llevas el pelo demasiado largo o demasiado corto, sudadera con capucha, aunque no la lleves puesta, y pantalones anchos y caídos, si están aburridos o no han cumplido su cupo diario de multas y detenciones, te dan la receta, te canean o te enchironan, depende. Si eres gitano, o negro o un machupichu, lo llevas claro. Y si es por la noche peor aún, por la noche vienen los maderos, y a nadie le gusta trabajar de noche ─explicaba Robin.

─ No os caen muy bien que digamos.

─ El único modo de caer bien estos es que lo hagan por un agujero del que no puedan salir nunca ─afirmó Johnny.

─ Te cuento. ¿Sabes qué hacen los monos que machacan nuestras calles? Un ejemplo. En el bloque que yo vivo, bueno, al lado, hay un bar, el bar Adelina. Allí paran dos a almorzar todos los días, se toman su buen bocata a mitad mañana con su birra o su vinillo. Los veo yo, ¡hostia!, los vemos todos, nadie tiene que contármelo. Pues allí dejan el coche donde les sale de los cojones. ¡Como a ellos nadie les va a multar! Bien papeados, cogen el recetario y a multar a los coches que están mal aparcados. Mientras, el suyo sigue frente a unos contenedores, donde pone que si dejas el carro ahí se lo llevará la grúa. Una multa, otra, cuanto antes acaben antes se tomarán la birrilla. ¡Y diles algo! Sin decirles nada ya te miran mal. Si les miras dicen que les has provocado.

─ Mi madre ─terció Tomate─ es de Massapena, un pequeño pueblo cerca de aquí, unos quince kilómetros creo que habrá. Mis abuelos vivían allí hasta hace poco, en una casita de campo. Mi abuelo era… ¿Cómo se llama eso de las abejas? ¡Ah, sí!, apicultor. Ya estaba jubilado, pero seguía haciendo cosas en un pequeño huerto que tiene. Había plantado ajetes y espárragos. Mi madre, un día que fue a verles, se llevó unos manojos, para venderlos en el mercadillo de los jueves. ¡Hostia!, unos euros, una mierda, para la compra del día, poco más. Fue llegar y aparecer de repente dos monos, le quitaron los manojos y le pusieron una multa de mil quinientos pavos por no tener licencia para vender. ¡Mil quinientos pavos! Y le requisaron lo que había sacado. Para ellos, claro. Hay que ser hijoputa. ¿Sabes qué cuestan los permisos que piden? Entre licencia, seguro y demás, unos cuatrocientos ñapos al mes, y tampoco hay plazas, que ya estuvimos mirándolo. Esperando se quedarán a que la paguemos, que nos embarguen. Como no se lleven mi picha, que es lo más valioso que tengo. Mi madre lloró, les contó que estábamos muy mal, que por unos ajetes y unos putos espárragos no hacían daño a nadie. O se calla de una puta vez o se viene con nosotros, eso le contestaron. ¿Son o no unos hijos de puta? Hasta ellos lo saben. Viven de eso.

Manuel Cerdà: Prudencio Calamidad (2017). Disponible solo a través de Amazon.

Publicada originalmente en: https://musicadecomedia.wordpress.com/2017/12/26/y-que-opinion-quieren-que-tengan-luego-esos-jovenes-de-nuestros-barrios-olvidados/

Asalto al furgón blindado

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Salieron a toda velocidad y giraron a su derecha. A unos ciento cincuenta metros estaba el furgón. Detuvieron el vehículo a menos de diez metros del lugar, en el carril-bus. A los custodios del traslado del dinero apenas les dio tiempo a reaccionar. Antes siquiera de que pudieran darse cuenta de lo que estaba ocurriendo, los amigos se habían puesto las máscaras antigás y los chubasqueros, sacado del maletero los fusiles, ya cargados, y lanzado contra ellos las granadas, al tiempo que arrojaban un bote de humo y seguían disparando proyectiles de gas pimienta, los cuales, según lo previsto, impactaron en el cuerpo de los policías. Trataban así de sumar el dolor del choque de las bolas con sus cuerpos a los efectos debilitantes del gas. No disponían de mucho tiempo. De acuerdo con las estimaciones de Argararemon durante los ensayos, no debían tardar más de un minuto en cargar el dinero en el coche sustraído y largarse tan rápidamente, o más, de lo que habían llegado. La confusión era tremenda, las personas que circulaban por las inmediaciones se alejaron velozmente del lugar, despavoridos, algunos con ojos llorosos y dificultades para respirar.

Los coches que circulaban por la calzada se detuvieron en seco y hubo alguna que otra colisión. El humo impedía ver lo que realmente sucedía, el caos era absoluto y los policías y guardias de seguridad nada podían hacer. Un par de los primeros, no obstante, consiguió salir del área afectada. Medio aturdidos, pudieron comprobar cómo los asaltantes habían cargado ya las sacas en el maletero de su vehículo y se disponían a subir en él para, obviamente, iniciar la huida. Entrenados para afrontar las más diversas situaciones, aunque ninguna tan inconcebible como la que estaban viviendo, consiguieron armar sus pistolas. Argararemon se dio cuenta de que apuntaban a las cabezas de los chicos. Inexplicablemente, ninguno de los dos acertó el blanco, sus tiros se desviaron hasta el punto que su objetivo parecía ser alguna de las nubes que decoraban el cielo.

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Publicada originalmente en: https://musicadecomedia.wordpress.com/2017/12/19/asalto-al-furgon-blindado/

Eso de la relatividad no acabo yo de pillarlo

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─ Calma, entenderéis lo de la relatividad, no es tan complicado. Imaginaos que vais en un cohete espacial a una velocidad cercana a la luz, lo que por ahora está fuera de vuestra capacidad. Cuando regresarais encontraríais a todos más viejos. En cambio, ellos os seguirían viendo igual.

─ ¿Perdón? ¿Comorrr?

─ Un momento. Sigamos con el ejemplo. En ese viaje, que realizáis a una velocidad casi idéntica a la de la luz, vamos a decir que empleáis un tiempo de treinta años, unos diez mil días. Hablo de tiempo como lo medís los humanos, quede claro. Para los que se hubieran quedado en tierra habríais tardado eso, pero para vosotros habrían trascurrido menos de dos horas. Así, los demás os verían tal cual los dejasteis antes de iniciar el viaje y vosotros a ellos con treinta años más.

─ Flipante, tío. Menuda rayada. Como en las pelis.

─ Hay películas de ciencia-ficción que plantean cuestiones más verosímiles que las que postulan muchos científicos. Pero bueno, esa es otra historia. ¿Cómo es posible? Cuanto más cerca se está de la velocidad de la luz, más lentamente transcurre el tiempo; para vosotros, claro.

─ Ya estamos con el lío otra vez.

─ No, ya veréis cómo no. Vamos a suponer que la velocidad de la luz es de solo cien kilómetros por hora. Si fuera esa, podríais observar sin problema los efectos de la relatividad.

─ Eso de la relatividad no acabo yo de pillarlo, colega, ¡qué quieres que te diga! ─intervino Johnny.

─ Ni yo ─dijo Tomate.

─ Un tal Einstein… ¿Sabéis quién fue?

─ Pues sí, sabemos quién fue. ¡Que no somos tan negaos, tío! Mira, en el pafeto de El Rana hay una foto suya sacando la lengua. Es un científico de esos, un viejales de lo más cachondo ─aclaró Johnny.

─ Conocéis, pues, su teoría de la relatividad.

─ Joder, tío, tampoco es eso.

─ Bien, pues según Einstein, todo movimiento es relativo. Como os decía, depende del observador y de cómo se mida. También dijimos que la velocidad de la luz no cambia. ¿A qué se debería entonces que en el supuesto viaje a que nos referíamos el tiempo transcurrido no fuera el mismo, por qué a los que no viajaron los veríais treinta años más viejos y ellos no apreciarían cambio físico alguno en vosotros? Según Einstein el tiempo varía según la velocidad a la que se viaja. Para viajar se necesita energía, cuando os movéis gastáis energía, si corréis un buen rato os cansáis porque habéis gastado energía. La energía transforma la masa, un jugador de fútbol suele perder entre dos y tres kilos durante los noventa minutos que dura el partido. ¿Por qué? Porque ha empleado su energía, ha realizado un trabajo, un esfuerzo.

─ Quieto parao Baldomero, que no me entero. Si no trabajáramos ¿viviríamos más?

─ Posiblemente.

─ Pues viviremos mil años, porque al paso que vamos…

Manuel Cerdà: Prudencio Calamidad (2017). Disponible solo a través de Amazon.

Publicada originalmente en: https://musicadecomedia.wordpress.com/2017/12/18/eso-de-la-relatividad-no-acabo-yo-de-pillarlo/

Vuestro mundo no es nuestro mundo

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Nosotros no podemos conceder bienes materiales, al menos de la forma que queréis. No fabricamos cosas, no podemos crear de la nada bienes y riquezas. Además, trastocaría en exceso vuestro modo de vida. Sois demasiado ambiciosos, nunca tenéis bastante, y ello podría llegar a tener consecuencias imprevisibles para nosotros. Hubo un tiempo, en los albores de la vida en sociedad, en que ambos mundos, el humano y el nuestro, aunque separados, mantenían estrechas relaciones entre sí. ¿Sabéis que ocurrió? Que nuestros conocimientos fueron utilizados por parte de las élites, de los que mandan, para someter a los demás. Caímos en su trampa, puesto que en nuestra mentalidad no se consideraba que nuestros poderes pudieran servir para hacer otra cosa que no fuera el bien. Cuando nos dimos cuenta era demasiado tarde. Hubo de entre los nuestros quienes no dudaron en traicionar los principios por los que nos habíamos regido desde siempre, genios mediocres que alcanzaban de ese modo un protagonismo que por sus méritos nunca hubieran logrado. Sí, no somos perfectos. Desde entonces nos apartamos para siempre de los mortales, nos alejamos de ellos. El vuestro no es nuestro mundo y nada queremos de él, estamos bien como estamos y donde estamos.

Manuel Cerdà: Prudencio Calamidad (2017). Disponible solo a través de Amazon.

Publicada originalmente en: https://musicadecomedia.wordpress.com/2017/12/17/vuestro-mundo-no-es-nuestro-mundo/

Una cosa, Prude, los yanquis de ahora son los descendientes de los cachoperros estos, ¿no?

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Un rufián de baja estopa, un hombre de aspecto descuidado y repulsivo con chistera, traje negro, chaleco rojo y pañuelo gris plata anudado al cuello, rifle en mano, hablaba, discutía más bien, con un hombre, en camisa interior color salmón y los correspondientes pantalones azules de los soldados estadounidenses de la Unión, y una mujer que calentaba sus manos en una hoguera, con un vestido hecho trizas del que solamente conservaba la falda, rota, y un corpiño, ambos de color crudo, dejando así al descubierto parte de sus espléndidas piernas y su hermoso busto.

─ ¿Es esa?

─ Esa es.

─ Sí esta buena, sí.

─ Menudo polvazo tiene.

La arrolladora sensualidad que desprendía aquella mujer rubia de veintipocos años ─pelo liso y largo, mirada penetrante y serena, poderosa y cálida, límpida y transparente como su rostro, de marcadas facciones, pero capaz de expresar la mayor de las ternuras─ cautivó a los muchachos casi tanto como en su momento impactó en el ánimo de Naive.

─ ¿Os gusta?

─ Más que a mi hermanita Peppa Pig. Se vuelve loca cuando la ve y se pone a dar palmas ─dijo Robin.

─ ¿Comprendéis entonces que a Naive se le caiga la baba con ella?

─ ¿La baba? La baba y el babo. Y el nabo. Bueno, el nabo no, no se cae, se levanta. ¡No es espabilado el tío, no!

─ ¿Y ahora qué hacen? ─quiso averiguar Tomate.

Argararemon les explicó el argumento de la película y las circunstancias que habían llevado a sus protagonistas, el soldado y la joven, ante el individuo con chistera que cada vez encontraban más baboso. El soldado buscaba algo en el carromato del supuesto buhonero, un traficante de armas, les aclaró. La curiosidad por la trama disminuyó notablemente cuando vieron aparecer a la actriz con un ligero vestido rojo que ella misma había confeccionado simplemente haciendo unos agujeros y unos cortes a la tela tomada de los productos que llevaba el buhonero en su tartana, un vestido tan simple y sensual como sus movimientos

─ ¿Qué, os sigue gustando? ─preguntó Argararemon con fingida ingenuidad, seguro de cuál iba a ser la respuesta de los jóvenes.

─ Hasta al más lelo de los lelos le molaría una tía así, a no ser que sea un bujarra.

─ ¿No sale en bolas? ─preguntó Tomate.

─ Bueno, en las próximas imágenes se le ve el trasero.

─ ¿El culo? ¡Coño, tío!, pasa, vamos ahí.

─ No es necesario, van a continuación, ahora mismo, aunque tampoco se ve gran cosa, no creáis.

El sombrío villano traficante de armas aparecía ahora en primer plano cantando y exhibiendo una viscosa sonrisa. En el interior del carromato llevaba atados, con las manos en la espalda, al soldado y a la mujer. Este, con el canto afilado de una pequeña piedra trataba de liberar como podía a su compañera de infortunio. Sus esfuerzos, sin embargo, resultaban inútiles. Ella le sugirió que usase los dientes, lo que hizo el soldado aplicándose con ahínco.  Entre el traqueteo de la tartana y la complicada posición de ambos, que limitaba considerablemente sus movimientos, la corta falda del personaje que interpretaba Candice Bergen se subió hasta dejar su trasero tan cerca del rostro del soldado que su nariz rozaba una y otra vez sus nalgas, para deleite y regocijo de los muchachos. En ese momento Argararemon paró la “proyección”.

─ ¿Qué ha pasado, tío? ¿Se ha jodido la cinta o qué?

─ Nada, ya habéis visto suficiente, ya sabéis quién fascinó a Naive y por qué.

─ Pero colega, que ahora es cuando molaba esto.

─ Tranquilos, a ella no se le ve más de lo que ya habéis visto, de su físico me refiero, claro.

─ Bueno, pero la peli está guapa. Ponla otra vez, anda. Además, a tías como esa no les hace falta enseñar mucho para ponerte cachondo perdido.

─ Eso mismo opina Naive, aunque no es tanto su libido la que se satisface y regocija con la presencia de la actriz, que también, como su ánimo al contemplar su serena belleza, sus rasgos firmes pero vulnerables, su exacerbada sensualidad, la inteligencia que transmite su mirada, dulce y tierna a la vez que penetrante, la delicadeza de un proceder que combina ternura y decisión. Esas son las cualidades que ve en su personalidad y es lo que en verdad aprecia en ella. Por supuesto, no es indiferente a su físico, es humano.

─ Tú ligarías que te cagas, le das bien al bistec, y eso gusta mazo a las tías.

─ Pues ya sabéis…

─ No cortes, tío, deja la peli.

─ Ya acabaréis de verla, nos quedan aún muchas cosas que hacer.

─ Bueno, ponnos al menos el final. ¿Termina bien?

─ Según. Según quien juzgue. Bien y mal son conceptos relativos, depende de…

─ No, más rollo no. No quieres ponernos la peli porque dices que no hay tiempo, ¿y tus discursos qué?

─ De acuerdo. No termina bien, todo lo contrario.

─ Pues vale. Ponla, tío.

Argararemon hizo lo que pedían los chicos. Siguió contándoles el argumento desde el momento en que la dejaron hasta el último cuarto de hora de metraje, cuando el ejército yanqui avista el poblado indio de la tribu de los cheyenes y se dispone a atacarlo. A pesar de que estos mostraron una bandera de la Unión junto a otra blanca en señal de rendición, el oficial al mando ordenó abrir fuego. Dispararon contra ellos los cañones. Varios de sus habitantes y algunas tiendas volaron por los aires. Los intentos del soldado por detener lo que prometía ser una auténtica masacre resultaron vanos. Acto seguido, comenzó la lucha, los cheyenes contraatacaron, pero la superioridad de los azules era manifiesta. Vencida la resistencia, entraron en formación en la aldea a sangre y fuego. Ella, Candice Bergen, se encontraba entre los indios; Argararemon les explicó la razón. La película mostraba con detalle los incendios provocados de las cabañas, los caballos que no se detenían por nada y pisoteaban a unos niños, cómo de un tajo la espada de un soldado decapitaba a una india, a la protagonista que se veía obligada a matar a uno de los suyos ─un blanco─ para evitar ser violada, cómo unos soldados desnudaban a una joven cheyene, abusaban de ella salvajemente y le cortaban un pecho con un cuchillo como el que degüella una gallina, el momento en que otro soldado localizaba a un indeterminado número de ancianos, mujeres y niños que se habían refugiado en una hondonada, a los que mataron sin piedad con su armas tras previamente arrancar de allí a Candice, y todo tipo de atrocidades, entre ellas una que especialmente impactó en la conciencia de los tres amigos: el coronel al mando de la operación, sentado en una silla mientras le curaban una herida en su brazo, apuntaba fríamente y disparaba por la espalada a una niña situada frente a él que apenas se sostenía en pie. Con tanto desmán, tanta locura, ante la prepotencia del ejército, que celebraba su éxito como un equipo que ha ganado la Champions League y contaba con la presencia de un fotógrafo para plasmar su “heroica” acción, ante la arrogante arenga del general a los vencidos, a los pocos supervivientes que quedaron, los chicos enmudecieron al aparecer los títulos de crédito del fin de la película.

─ ¡La puta hostia! ─manifestó Robin al poco─, que cabrones, que hijos de puta, casi hubiera preferido no ver el final y quedarme con la tía buenorra y su culo. Bueno, es una película, pero, ¿sabes?, estoy de una mala hostia…

─ Pues es posible que te todavía te molestes más si te digo que la película está basada en un hecho real. Con todas las licencias cinematográficas de cualquier película, pero real.

─ ¿Pasó eso? ¿Así?

─ Puede que fuera incluso peor, y no fue un caso único.

─ ¿Hubo más? ¿Nadie dijo nada? ¿A los bestias esos, los robocops esos de entonces, no les pasó nada?

─ Nada. Bueno, las aspiraciones políticas del coronel al mando de la operación se frustraron para siempre.

─ Ya ves. Siempre igual, el que manda puede hacer lo que le salga de los huevos, que siempre se saldrá de rositas.

─ Una cosa, Prude ─intervino Tomate─, los yanquis de ahora son los descendientes de los cachoperros estos, ¿no?

─ Digamos que sí.

─ Digamos, digamos… Digamos que siguen haciendo lo mismo, y los demás a mamársela de canto. ¿De qué hostias va esto? ¡Puta mierda! ─exclamó Robin.

─ La civilización, chicos, daños “colaterales” del progreso.

─ ¿Colaterales?, ¿qué quiere decir colaterales? ─preguntó Johnny.

─ Efectos secundarios, daños que nadie quisiera que se produjeran pero que resultan imprescindibles para el desarrollo de la civilización, o de lo que entendéis por civilización.

─ ¿Progreso llamas a eso? ¿Civilización? Yo diría buitrear. Hay que ser hijo de puta para llamar así a eso ─prosiguió Tomate.

─ ¿Hijo de puta? De una coneja puta será. Se han reproducido que te cagas, estamos rodeados de tipejos así, de hijos de puta ─sentenció Robin.

Manuel Cerdà: Prudencio Calamidad (2017). Disponible solo a través de Amazon.

Publicada originalmente en: https://musicadecomedia.wordpress.com/2017/12/16/una-cosa-prude-los-yanquis-de-ahora-son-los-descendientes-de-los-cachoperros-estos-no/

El bien de unos, el mal de otros

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─ Bien, mal… Seguís equivocándoos, chicos. No van por ahí los tiros. ¿Existe realmente el dualismo bien/mal? ¿Quién juzga qué es el bien? Porque en función de lo que consideremos que significa el concepto de bien definiremos el mal. ¿Lo ideal y lo real son incompatibles? ¿Está reñido el bien de uno con el bien común?, como parece darse en un vuestro mundo, donde el bien de unos siempre comporta el mal de los otros.

─ ¡Hala!, ya se ha rayado otra vez. ¿Qué dices, Prude?

─ Que, tal como concebís la existencia, el beneficio de unos siempre es posible por el menoscabo de otros.

─ ¿El qué?

─ El perjuicio, el sometimiento de los demás.

─ Espera, espera, que algo creo haber cogido ─dijo Robin─. Creo, porque para entenderte a ti hay que hacer un curso. Vienes a decir que en nuestro mundo si unos viven de puta madre es porque otros las pasan canutas, ¿no? El bien de unos, el mal de otros. ¿Es así?

─ Más o menos. Digamos que así son las cosas ahora y que así han sido siempre.

─ ¿Siempre?

─ Los humanos sois como sois, ¡qué queréis que haga! Nunca os pondréis de acuerdo en sentar las bases para un bien común. Lleváis miles de años viviendo en sociedad y nunca lo habéis logrado ni lo alcanzaréis jamás. Efectivamente, el bien de unos comporta el mal de otros.

─ El bien ─intervino Johnny─ es lo que es bueno para uno. Déjate de monsergas, que eres un rollero.

─ No seré yo quien diga que lo contrario, pero piensa que si ese uno no tiene en cuenta a los demás y solo actúa para él es posible que los otros se pregunten un buen día para qué hacen las cosas, ¿para su solo beneficio? Nunca puede esa ser razón suficiente, y ese es vuestro problema, el de vuestro mundo quiero decir, no tener en cuenta a los demás. Por eso os decía que estáis siempre en permanente conflicto y nunca saldréis de ese círculo vicioso a que me refería.

─ ¿Todos somos iguales? Igual de cabrones. ¿Es lo que piensas? ¿Iguales que los manguirricachones esos que mandan y los fieles perros que les sirven? ─clamó Robin─. ¿Nosotros?

─ Otra vez juzgáis demasiado a la ligera. Solo digo que entre los humanos el bien de unos va ligado al mal de los otros. Nada más. Y que desde que sois civilización ha sido siempre igual. Para unos el bien significa lo que para otros el mal. Eso digo, solo eso. Ahora los que están en el poder aplican sus reglas, si algún día lo estáis vosotros aplicaréis las vuestras.

─ ¿Nosotros? ¿Estás puesto o qué? Nosotros… En este mundo de mierda nosotros siempre estaremos abajo ─dijo Johnny─. Y cuando ellos quieren tiran de la cadena y a tomar pol culo.

─ Nunca se sabe qué deparará el futuro. Los humanos, desde que empezasteis a vivir en comunidad, habéis evolucionado hacia un modelo de sociedad, y no me refiero solo a esta, la de ahora, la que os tocado vivir, un modelo general de sociedad que se mantiene mediante la fuerza que unos ejercen sobre otros, una fuerza que no es solo física, también emocional y económica.

─ Como no te expliques mejor, Prude.

─ En un momento determinado, hace mucho, muchísimo tiempo, el que era físicamente superior, el más fuerte, tenía más posibilidades de vivir que otros. Cuando empezó la vida en colectividad, es decir, cuando los humanos se organizaron en poblados, se hizo necesaria cierta organización y las cosas cambiaron. Poco a poco se crearon normas para regular la vida en común. Ahí empezó todo, si hay unas reglas hay que cumplirlas. Por supuesto siempre habrá quien no esté de acuerdo y prefiera otras. En tales circunstancias, es necesario un “aparato”, un conjunto de personas que gobiernen y haga que se respeten esas reglas. Así se inició vuestro modelo de sociedad, en el que siempre unos mandan y otros deben obedecer, y seguís igual. Es más, diría que vais a peor.

─ Eso que acabas de decir sí lo he pillado. Cada día peor, cada día más puteados, más jodidos.

─ Sois –enfatizó la palabra– así. Desde el origen de vuestra vida en sociedad.

─ ¿Cuándo fue eso?

─ Durante el tiempo que denomináis prehistoria. Os sonará de la escuela, ¿no?

─ No somos tan zopencos, tío. Claro ─dijo Johnny.

─ Pasó hace unos diez mil años.

─ ¿Solo? ─preguntó Johnny, socarrón.

─ Bueno, no es tanto.

─ No es tanto, dice. ¡Diez mil años! Si entonces ni siquiera sabrían limpiarse el culo, igual aún ni cagaban agachados. Como para acordarse.

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Publicada originalmente en: https://musicadecomedia.wordpress.com/2017/12/15/el-bien-de-unos-el-mal-de-otros/

Y Prudencio confesó llamarse Argararemon

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─ ¿Ese fue tu caso? ¿Estabas castigado cuando te encontramos en la botella? ─preguntó Tomate.

─ Efectivamente, me dejé llevar por la empatía hacia los humanos…

─ ¿Empaqué?

─ Empatía. Simpaticé en exceso con vuestra manera de percibir la realidad y acabé en la botella. He tenido mucho tiempo para reflexionar. Esta vez quiero hacer las cosas correctamente, no quiero más problemas.

─ ¿Qué rollo nos cuentas ahora? Eres raro de cojones. Alguien que se llama Prudencio… ─Robin seguía sin poder asimilar que tal nombre correspondiera al de un genio─. ¿No había otro nombre? ¿Todos tenéis nombres tan divertidos? ¿Qué sois, el club de los genios cachondos?

─ En realidad, mi nombre no es Prudencio.

─ ¿Y por qué nos has dicho que te llamabas así?

─ Nosotros somos entes incorpóreos.

─ ¿Sois qué? ─dijo Tomate confundido.

─ Los genios no tenemos cuerpo, digamos que somos seres sin apariencia física.

─ ¡Ah! ─soltó Tomate por decir algo.

─ Cuando debemos manifestarnos solemos adoptar la primera personalidad con que tropezamos. Simplemente adopté la forma e identidad del primer humano que vi aparte de vosotros, un hombre que paseaba por allí.

─ ¿Por el paseo? ¡La puta leche!, sí que tienes buena vista.

─ Nosotros no vemos con los ojos, sino con la mente.

─ Sí, y yo con el ojete.

─ Ya te hubieras podido haber fijado en una tía buena ─dijo Johnny.

─ ¿Para qué?

─ Para jugar a las canicas. ¡No te jode! Para qué va ser, Prude, ¿para qué?

─ Entiendo. Pero menudo chasco os hubieseis llevado, chicos. ¿Qué habrías hecho conmigo entonces por muy predispuesta que me mostrara a satisfacer vuestros deseos? Sexuales, seguro. Si no me podéis tocar, solo soy apariencia, no soy real.

─ Es verdad. Casi mejor así. Contigo ni teto, ni tato, ni teta.

Regresaron las risas. Hasta que Robin preguntó:

─ Y, si no eres real, si eres una especie de fantasma, un extraterrestre o lo que cojones sea que eres, ¿hay alguien que se trague la bola que nos cuentas?

─ Solo vosotros podéis verme.

─ ¿Los demás no?

─ No, nadie más.

─ Y lo que os cuento no es mentira, por mucho que dudéis. El País de los Genios existe y mi verdadero nombre es Argararemon.

─ ¿Argaraqué?

─ Argararemon. Argararemon Segundo, pues hay uno más sabio que yo y es Primero.

─ Vale, vale, dejémoslo en Prude. Mejor Prude. Si no te importa.

─ En absoluto.

─ ¿Y cuántos años tienes? Porque si llevabas tanto tiempo encerrado en la botella debes tener un huevo de años.

─ ¿Un huevo que significa, muchos?

─ Muchos, claro. Un huevo.

─ Este tío es la polla. Venga, dinos la verdad, ¿de dónde has salido?

─ ¿Otra vez con las dudas?

─ No te mosquees, hombre, digo genio. A ver, ¿qué puedes concedernos entonces?

─ Todo menos bienes materiales, ya os lo dije.

─ ¿Qué es eso? ─preguntó Johnny.

─ ¿Qué va a ser? Dinero, coches, casas…, alelao ─aclaró Robin─. ¿No es así, Prude?

─ Así es.

─ Nos tenía que tocar un genio cutre.

─ Ese principio, que todos los genios seguimos a rajatabla, no significa que no podáis conseguir dinero, o lo que queráis.

─ ¡Ah!, ¿no? ¿Cómo?

─ Echadle imaginación, cread las condiciones para que ello sea posible.

─ ¡Joder tío, que complicado eres! Más que cagar para adentro.

─ Bueno, ya ha pasado media hora. Os quedan once y media. ¿Pensáis ocuparlas discutiendo aquí conmigo?

Johnny, Tomate y Robin se miraron entre ellos. ¿Qué hacemos?, se preguntaban. ¿Qué hacemos?, preguntaban en realidad Johnny y Tomate a Robin, sin cuya conformidad no solían realizar nada.

Optaron por marchar de allí, con Prudencio. Si de verdad lo que habían visto hasta entonces no era magia barata y realmente aquel individuo decía la verdad ahora tendrían la oportunidad de comprobarlo.

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Publicada originalmente en: https://musicadecomedia.wordpress.com/2017/12/14/y-prudencio-confeso-llamarse-argararemon/