El jueves negro

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Wall Street el 24 de octubre de 1929. / The Library of the Congress (Washington).

Tal día como hoy, 24 de octubre, de 1929, tenía lugar el hundimiento de la bolsa en Wall Street (Nueva York), originando una grave crisis mundial, la mayor que el capitalismo había conocido hasta entonces, que daría origen a la Gran Depresión. Cayó jueves, siendo por ello conocido como el “jueves negro”.

Durante los llamados “felices años veinte” había dinero, mucho dinero, y los bancos del Estado bajaron los tipos de interés. La economía de Estados Unidos era la más pujante del mundo, todo eran beneficios. Invertir en bolsa era una manera rápida y fácil de obtener suculentos dividendos, todos sus valores avanzaban. ¡Pero si hasta en los principales hoteles de todos los estados del país los bancos llegaron a instalar unas máquinas que, sobre largas cintas de papel, proporcionaban información al instante de la evolución de las operaciones de Wall Street! Invertir en bolsa parecía el deporte nacional, era como jugar en el casino. Todo el mundo especulaba, incluso llegaron a venderse acciones de sociedades inexistentes. La economía se hinchó como un globo que se sabía que explotaría de un momento a otro, pero nadie dejaba de soplar mientras siguiera proporcionando beneficios. Y al final, claro, estalló. ¿Les suena la historia sin remitirnos a tiempos tan lejanos?

Les consecuencias del crac fueron, en un período de cuatro años, la reducción de la producción hasta la mitad y la multiplicación per ocho de la cifra de parados. El 1933, el presidente estadounidense F.D. Roosevelt creó el New Deal con el objetivo de luchar contra la Gran Depresión, que no remitió hasta el inicio de la Segunda Guerra Mundial.

En la actualidad, una medida como la de Roosevelt parece una utopía. Parafraseando la letra de las “Coplas de Don Hilarión”, de La verbena de la Paloma, adelantamos una barbaridad, una brutalidad, una bestialidad.

Los últimos asesinatos del franquismo

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“El que suscribe nunca ha tenido, desde que asiste a procesos políticos en España, un sentimiento tan acusado de asistir a tal simulacro de proceso, en definitiva una farsa siniestra, sobre todo si pensamos en la suerte que se reserva a los acusados.”

Estas palabras fueron escritas por Christian Grobet, abogado suizo (aunque nacido en Nueva York), miembro de la Liga Suiza de los Derechos Humanos que, en calidad de observador de la Federación Internacional de los Derechos del Hombre, asistió al primero de los consejos de guerra que acabó con la condena a muerte por fusilamiento de once militantes antifranquistas, de los cuales cinco fueron fusilados tal día como hoy, 27 de septiembre, de hace cuarenta años. Un día antes, el Consejo de Ministros indultó a los otros seis.

No fue al alba –como dice la canción que en su memoria escribió Luis Eduardo Aute los días previos a las ejecuciones– sino un poco después, aunque eso es lo de menos. A las 8:30 de la mañana un pelotón de guardias civiles y policías, todos voluntarios, ponía fin a la vida de Ángel Otaegui, miembro de ETA, de 33 años, en el penal burgalés de Villalón. Cinco minutos más tarde, en un claro del bosque situado al junto al cementerio de Cerdanyola del Vallès (Barcelona), era fusilado Juan Paredes Manot Txiki, también miembro de ETA, a los 21 años. A partir de las 9:20, en el de tiro de Hoyo de Manzanares (Madrid), y a intervalos precisos de veinte minutos, eran asesinados los otros tres, militantes del FRAP: José Luis Sánchez Bravo, de 22 años; Ramón García Sanz, de 27, y José Humberto Baena Alonso, de 24.

El Consejo de Guerra sumarísimo, como relató Grobet y otros, estuvo plagado de irregularidades. Fue una farsa en la que los fiscales militares ni siquiera pudieron aportar prueba alguna que corroborase su versión: ni testigos, ni huellas dactilares, ni las armas con las que se suponía habían cometido los atentados por los que se les juzgaba. Nada. Hoy se sabe que varios de ellos no tenían responsabilidad alguna en los hechos. Entonces también. Pero es que se trataba, ante todo, de una venganza, una más. Por eso no se tuvo en cuenta ninguna de las peticiones de clemencia que llegaban de todo el mundo, pues la sentencia levantó una oleada de protestas a nivel internacional. Ni los ruegos del papa Pablo VI, ni las palabras de su propio hermano Nicolás –“Tú eres un buen cristiano, después te arrepentirás”– hicieron mella en Franco, que cuando se acostó la noche del 26 dio la orden de que no se le despertara bajo ningún concepto. Por supuesto, menos caso se hizo aún a gestos como los del primer ministro sueco Olof Palme, que hucha en mano pedía ayuda para las familias de los condenados, ni a que el presidente mexicano Luis Echeverría pidiera la expulsión de España de la ONU. Es más, apenas cuatro días antes la policía expulsó del país a un grupo de intelectuales franceses –entre ellos Yves Montand, Costa-Gavras y Regis Debray– al pretender difundir un escrito de condena suscrito por Jean Paul Sartre, André Malraux, Louis Aragon y Pierre Mendès France.

Todo ello se achacó –una vez más– a la alianza conspirativa de los eternos enemigos de esa España “Una, Grande y Libre”. En la concentración que se preparó para apoyar al régimen en la plaza de Oriente de Madrid el 1 de octubre de dicho año, el dictador –acompañado entre otros del futuro rey de España Juan Carlos de Borbón– dijo: “Todo lo que en España y Europa se ha armado obedece a una conspiración masónico-izquierdista, en contubernio con la subversión comunista-terrorista en lo social, que si a nosotros nos honra, a ellos les envilece”.

Fueron los últimos crímenes de la dictadura, un régimen que nació matando y continuó haciéndolo hasta el final. Eso sí, Franco –que moría apenas dos meses después– falleció en un hospital y fue enterrado con todos los honores. Vino luego la Monarquía, la Transición, la democracia parlamentaria, y en 1977 la Ley de Amnistía declaró exentos de cualquier responsabilidad todos los hechos y delitos de intencionalidad política ocurridos entre el 18 de julio de 1936 y el 15 de diciembre de 1976. Ello, evidentemente incluía a los dos bandos. Así, los torturadores y asesinos del franquismo se libraran de ser juzgados algún día.

Nunca ha habido el menor interés por revertir la situación. Antes al contrario, se ha obstaculizado cuanto se ha podido –y más– el cumplimiento de la Ley de Memoria Histórica de España y la investigación de los crímenes de la represión franquista que abrió el juez Baltasar Garzón –que investigaba también otros casos de corrupción en los que aparecen implicados relevantes cargos políticos– solo sirvió como excusa para apartar al molesto juez de la carrera judicial.

Ahora, el proceso abierto por la juez argentina María Servini de Cubría para investigar el genocidio y los crímenes de lesa humanidad del franquismo ya ven con qué interés ha sido acogido por las autoridades españolas. La Fiscalía española no considera “necesario” detener a los principales inculpados. Servini declaraba hace solo unos días al diario Público: “Tengo la sensación de que me ponen palos en las ruedas para investigar”.

Bien está, pues, que al menos recordemos este vil quíntuple asesinato y que sigamos clamando por la no impunidad de estos criminales y sus cómplices. Y que reflexionemos sobre el hecho de que los que hoy consideramos víctimas de la lucha por la libertad en su día fueron calificados de terroristas y criminales.

¿Para qué escribimos los historiadores? ¿Para quién?

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¿Para qué escribimos los historiadores? ¿Para quién? ¿Se trata de que los conocimientos históricos puedan estar al alcance de todo el mundo o el receptor es en última y definitiva instancia el especialista?

A medida que la historia ha ido avanzando como ciencia, ha tenido lugar un progresivo distanciamiento entre lo que ocupa a los profesionales de la historia y lo que preocupa cotidianamente los hombres y mujeres de la sociedad en que vivimos.

Hablando de esta cuestión con otros historiadores siempre se llega a la conclusión que es casi insalvable conseguir que la gente se interese por aquello que hacemos. Todos quienes, de una manera u otra, hemos hecho de la historia una profesión, somos conscientes, pienso, que nuestra producción no tiene demasiado eco más allá de nosotros mismos. Sin embargo, nadie negamos que la historia sea una de las ciencias sociales que más ha evolucionado en los últimos tiempos. Todos hablamos de los notables avances que la ciencia histórica ha experimentado en las últimas décadas. La adopción de nuevos temas de estudio, desde nuevos postulados más rigurosos y científicos, ha dado como resultado una significativa renovación historiográfica que ha dinamizado, como se ha dicho repetidamente en multitud de escritos, el estado de la investigación.

history-books-jiri-flogel-shutterstock_17307667Esta investigación ha sido llevada a cabo, como es lógico, desde la Universidad, pero sus resultados a duras penas si son conocidos fuera del mundo universitario. No deja de ser, pues, una gran contradicción el hecho de que los avances de una ciencia que precisamente se califica de social sean en gran parte desconocidos por la sociedad. Pero lo que es más grave: no se trata tanto que los resultados de las investigaciones no trasciendan a la gente en general –al fin y al cabo no todo el mundo está enterado, ni tiene por que estarlo, de los últimos avances en la investigación sobre el cáncer, por poner un ejemplo de la utilidad social del conocimiento científico–, como que estos no tienen apenas ningún tipo de incidencia sobre la sociedad.

Es posible que el poco interés que la gente muestra hacia aquello que los historiadores sacamos a la luz, fundamentalmente a través de la palabra escrita, sea porque lo hacemos más que con un lenguaje comprensible con un dialecto que hay que aprender antes, porque si no resulta ininteligible, incluso a veces para nosotros mismos cuando se trata de un tema que se aleja en demasía de la que es nuestra especialidad. No hay comunicación entre quienes producen los conocimientos históricos y quienes tendrían que ser sus lógicos destinatarios más allá del ámbito académico y que ya hace tiempo que calificamos como los verdaderos protagonistas de la historia: la gente.

Si no nos comunicamos es que tenemos un serio problema a la hora de plasmar en palabras aquello que hemos estudiado (sin duda porque creemos que es un tema de interés). O bien porque el interés que nos suscita el tema objeto de nuestra investigación no va mucho más lejos del, por otro lado comprensible, «currículum profesional». Cuando alguien realmente tiene necesidad de comunicar algo, siempre encuentra el medio de hacerse entender. La cuestión es con quién queremos comunicarnos. Si es principalmente con aquellos que después pueden hacer una crítica, favorable por supuesto, de nuestro trabajo o que nos juzgarán en una próxima oposición, es suficiente emplear el dialecto al cual nos referíamos antes. Tenemos la garantía que se entenderá; no en balde somos nosotros quienes lo hemos elaborado. Pero difícilmente será asequible para quien no forme parte de la comunidad en la cual se habla este dialecto.

El problema fundamental, por tanto, no es a nuestro parecer más que el de la postura que el historiador tomará ante el mundo que lo rodea y de cuál será su función social y la de la misma historia en cuanto que disciplina. El historiador también es un producto de la historia y su obra tendrá mucho que ver con la posición desde la cual la aborde. Es muy probable que si uno se interroga sobre estas cuestiones y cree que este mundo es todavía demasiado injusto y desigual como para no intentar su transformación pienso que, más allá dlibrose los beneficios que le pueda comportar de cara a la carrera profesional, estará de acuerdo que “la justificación última de cualquier investigación histórica tiene que ser la de aumentar la conciencia de nosotros mismos, de nuestras acciones y pensamientos, la de permitir que nos vemos en perspectiva y la de ayudarnos en el camino a esa mayor libertad que viene del autoconocimiento» (E.H. Carr, ¿Qué es la historia?, 1961).

Si el historiador utiliza fundamentalmente la publicación de los resultados de sus investigaciones para que estas sean conocidas por los otros, sí se divulga, al menos en buena parte, aquello que se hace. Ahora bien, ¿quiénes son esos otros? Si atendemos a la respuesta social que estas publicaciones generan apreciaremos que el esfuerzo se evapora en el camino que va de la escritura y su impresión a la lectura. Y es que la gente difícilmente se puede sentir reconocida. El problema es, pues, una cuestión de lenguaje, y el lenguaje que nosotros empleamos no parece que sirva para la que considerábamos su finalidad principal: la comunicación. Pero no es que a la gente no le interese la historia. Los hechos no dicen esto. Solo hay que ver el éxito de la novela histórica, de los documentales, de las películas o de las series de televisión sobre historia.

Decía Marc Bloch (Introducción a la historia, 1949) que no conseguía «imaginar mayor halago para un escritor que saber hablar por igual a los doctos y a los escolares». Pero nosotros hablamos a los doctos y nos olvidamos demasiado a menudo de los escolares. Una excesiva especialización cada vez mayor de las distintas áreas del saber histórico se acompaña de una ausencia casi total de planteamientos globalizadores y de elementos de reflexión y de una producción historiográfica centrada básicamente en las monografías. No es fácil que, en este contexto, la sociedad se interese por la historia que hacemos, lo cual no deja de tener una justa correspondencia: tampoco nosotros nos interesamos demasiado por la sociedad.

“Los libros” (2004). Claude Verlinde

“Los libros” (2004). Claude Verlinde

Que la historia sea el estudio del pasado no significa que no tenga que atender las necesidades del presente. Que a la gente le interese la historia pero no la mayor parte de lo que nosotros hacemos, no ha de ser obstáculo para que vivamos en una especie de torre de marfil. La sabiduría –dijo Abbagnano– «no puede permanecer cerrada en las arcas de teorías, viejas y nuevas, tan solo accesibles a unos pocos iniciados. Un tesoro es inútil si permanece oculto y no aporta todo aquello necesario para vivir la vida. La sabiduría es para la vida, y en la vida tiene que ser comprendida y valorada» (La sabiduría de la vida, 1968).

En palabras de Witold Kula: «El historiador tiene que ser traductor, tiene que trasladar en nuestra lengua los valores otras civilizaciones. Es siempre consciente de los valores individuales que traslada y está convencido que, a pesar de todo, tal traducción es posible. El historiador la entrega a la sociedad consciente de su propia originalidad, haciéndola comprensible a los otros. Comprender a los otros, he aquí la tarea del historiador. Hay pocas más difíciles. Pero difícilmente se encontrará una más bella» (“Mon ‘éducation sentimentale», Annales ESC, 1, 1989).

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Extracto (traducido del catalán) de mi artículo “Investigació, difusió i coneixement de la historia”, Revista d’historia medieval, núm. 2, 217-225.