Refugiados en Marsella

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El viejo puerto de Marsella en 1943.

Marsella parecía concentrar toda la vigilancia que habían notado a faltar en el último tramo del trayecto. La estación de Saint-Charles se hallaba fuertemente custodiada, había mucha policía y agentes de paisano que pedían la documentación a la mayoría de cuantos circulaban por ella. Descendieron la escalinata de Saint-Charles.

Eran casi las diez de la mañana y la ciudad presentaba un ajetreo que ni París antes de declararse la guerra. Todos parecían tener prisa. Marsella se había convertido en una babel donde se juntaba un alto e indeterminado número de perseguidos por el Reich en Alemania y los países ocupados por sus tropas y de refugiados españoles. Enseguida, prácticamente a los pies de la escalinata, vieron el rótulo del hotel Splendide, el mismo en que se hospedaba Varian Fry, el representante del Comité Americano de Rescate de Emergencia.

Colas de refugiados ante el hotel Splendide (1940) / Hans Cahnmann—Varian Fry Institute.

El hall estaba abarrotado de gente de todas las edades que, en fila, aguardaban pacientemente alguna cosa. Habitación no, pues no había, les dijeron en recepción. Sam, entonces, preguntó por Varian Fry.

―¡Ah! Ustedes también vienen a ver al americano. Está en su habitación. Pónganse a la cola ─dijo el recepcionista.

―¿Todas estas personas esperan para hablar con el señor Fry? ─preguntó Sam, asombrado.

―Hay días que más. Ya le hemos dicho que busque algún piso por ahí para establecer su oficina. No podemos ni pasar.

Varian Fry en Marsella.

Nada más establecerse Fry en el Splendide y comenzar su tarea, se corrió la voz de que un americano acababa de llegar a Marsella, tenía dinero ─tres mil dólares en efectivo─ y ayudaba a escapar a los perseguidos por el nazismo. Recibía en su habitación a los que figuraban en sus listas, unos pocos cada día, pero en una semana a lo sumo comenzaron a formarse largas colas frente a la misma. Y es que la atestada Marsella se hubiera quedado casi vacía de la noche a la mañana si los allí concentrados contasen con los papeles preceptivos para poder abandonarla. Muchos eran los que de buena mañana hacían cola en cualquiera de las oficinas de las organizaciones que atendían a los refugiados, y luego en otra, y en otra más, y así día tras otro, esperando que la fortuna les sonriese, vestidos con sus mejores ropas para causar buena impresión.

En medio de las protestas de los refugiados, que creían que pretendía saltarse la cola, Sam subió a la habitación de Fry. Se presentó como el americano que esperaba. Fry lo saludó afectuosamente y expresó su alegría por verle, ya dudaba de obtener refuerzos y se hallaba ciertamente desbordado. Cuando bajaron a recepción ─Fry tenía una habitación reservada en previsión de cualquier eventualidad─ al director del hotel casi le da un síncope al enterarse de que su nuevo huésped era un colaborador suyo. ¿Más gente todavía? Fry le explicó que, ahora que estaba Sam y contaban con más recursos, en breve dejarían de utilizar el hotel como oficina. Conseguir alojamiento para los Morel no era fácil, el Splendide estaba lleno, también los demás hoteles, tampoco entre los particulares que alquilaban habitaciones había posibilidad alguna. Finalmente, el director del hotel accedió a acondicionar un cuarto destinado a otros menesteres.

Varian Fry, periodista de treinta y dos años, delgado, más alto que la media, moreno, de ojos verdes, que había estudiado en Harvard, era un hombre cuyo aspecto ─gafas redondas y amplia frente─ no engañaba. Afable, dinámico e inteligente, creía firmemente en los derechos humanos. Hablaba un correcto francés y algo de alemán. Había pedido cuatro semanas de permiso en su trabajo como editor en el Foreign Policy Association’s Headline Books. Sam se entendió enseguida con él. Fry le explicó que no le llevó mucho tiempo darse cuenta de que no todos los miembros de la lista se hallaban en peligro mortal. Había muchos artistas “degenerados” que gozaban de gran celebridad y, por lo tanto, de cierta protección en la Francia de Vichy, pero existían otros que carecían de nombradía y se hallaban en verdadero peligro. Sin consultar con nadie, siguió contándole, cambió la táctica del Comité y se dispuso a ayudar al mayor número de personas que reuniesen los requisitos de la ley acerca del visado especial, estuvieran o no en la lista. […]

La complicidad entre Sam y Fry fue inmediata. Fry encargó a Sam poner orden entre toda aquella gente que se agolpaba en el hall del Splendide y buscar un sitio donde establecer una oficina. Consiguió alquilar un apartamento en el número 60 de la calle Grignan, estableciendo allí el Centro Americano de Socorros. Casi enfrente del mismo, Sam contempló una papelería en cuyo escaparate había dos carteles: uno decía Comercio judío, el otro anunciaba que A partir del 1 de noviembre la dirección de esta casa será católica y francesa, así como su personal.

El primer día en las nuevas oficinas fue especialmente agotador, una larga cola se formó desde el despacho hasta la calle. Doscientas o trescientas personas calcularon que habría. Desde las ocho de la mañana no pararon de recibir gente ─cada día entrevistaban entre sesenta y setenta personas─, solo habían podido hacer un par de breves descansos para comer alguna cosa. Aunque contaban con la colaboración de unos pocos expatriados estadounidenses, ciudadanos franceses y refugiados, era imposible atender a todo el mundo.

Era tarde, más de las once de la noche. Casi todos habían marchado ya. Sam y Varian se disponían a cerrar el despacho. Un hombre de mediana edad, con un traje cruzado gris marengo, camisa blanca con el cuello recién almidonado, corbata a rayas en tonos azules, bien afeitado y peinado, al que había entrevistado Sam a primera hora de la tarde denegado por el momento el visado puesto que entendía que había casos más urgentes, permanecía sentado en una silla en el recibidor del oscuro piso en que habían establecido la oficina. Con la cabeza gacha, la mano derecha sobre la frente y el codo apoyado en la rodilla, pensaron que se había quedado dormido. En cierto modo así era, no parecía consciente cuando le avisaron de que iban a cerrar, se mostraba un tanto perplejo. Al reconocer a Sam se puso de rodillas, implorando. Por favor, tengan compasión, no puedo quedarme aquí, y mi mujer está embarazada, suplicaba entrecortadamente. Varian y Sam trataban de calmarlo sin resultado alguno. Le decían que estudiarían su caso con mayor detenimiento, que igual ─dijo Sam─ se había precipitado en sus conclusiones, que marchara tranquilo, que al día siguiente hablarían.

―Vengo escuchando la misma cantinela todos los días. En embajadas, consulados, oficinas de repatriados. De entrada, ya te dicen que no es posible, y si insistes que ya veremos mañana.

El hombre estaba visiblemente alterado, fuera de sí.

―De verdad se lo digo. Mañana…

―Mañana, mañana… Mañana me dirán lo mismo. Claro, como no soy uno de esos artistas a los que protegen. Yo soy un simple comerciante de provincias, como yo hay miles. ¿Vale más su vida que la mía?

―Tranquilícese, hombre. Vamos a hablar, pasemos dentro.

Varian se disponía a abrir de nuevo la puerta del despacho cuando de pronto el hombre empezó a sudar y a respirar con dificultad. Dijo sentirse mareado, le faltaba el aire, no podía pronunciar palabra. Se agarró fuertemente el brazo izquierdo y cayó al suelo inconsciente. Varian lo cogió, estaba muerto.

Manuel Cerdà: fragmento de mi novela Adiós, mirlo, adiós (Bye Bye Blackbird), 2014. Nueva edición 2019.

Vivir: de lo que se pueda, como se pueda (si se puede)

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El Cabanyal (Valencia). Juanjo Monzó (18/07/2010) / Las Provincias.

Aquí casi todos estamos sin trabajo. No hay y muchos ya no cobran nada del paro. Hay que vivir de lo que se pueda, como se pueda, si se puede. Cosas materiales, compañero, que hay que pagar con pasta, todos los meses, el alquiler, el butano, la luz, el agua, los impuestos, las multas… y otras cosas que parece mentira que cobren lo que cobran. ¡Menudos hijos de puta! ¿Sabes qué nos costó el otro día vacunar a mi hermanita de la triple no sé qué? Más de setenta euracos, setenta y algo, casi ochenta, ¿qué te parece? ¿Qué hacemos?, ¿no la vacunamos? Pues no hay guita no hay vacuna. ¿Qué te parece, Prude? Hay que buscarse la vida. ¿Cómo? Como sea. ¿Tú qué harías en mi caso? Lo intentamos por lo que ellos dicen que es legal y nos dicen que no puede ser, que no hay trabajo, que nos jodamos y nos conformemos, que la cosa está mal. ¡Y tan mal! Dinero, dinero. Si los tienes comes, si no que te den. ¿Qué haces? ¿Pedir limosna? Si no fuera por la maría y el costo ¿de dónde hubiera salido la pasta para la vacuna?

Manuel Cerdà: Prudencio Calamidad (2017). Disponible solo a través de Amazon.

¿Y qué opinión quieren que tengan luego esos jóvenes de nuestros barrios olvidados?

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Supongo que todos conocerán el vídeo, pues se ha hecho viral y encendido las redes sociales, que muestra la agresión de un policía nacional a una mujer en Valencia. En él se ve a dos oficiales de la Policía Nacional hablando, o discutiendo, con una mujer, en plena calle, ya entrada la noche. La mujer vocifera contra los policías, grita entrecortadamente “a mí no me tocas” cuando el policía interrumpe con “¿O te enteras?”. Ella responde: “o te meto una hostia en todos los cojones…”. En ese instante el policía que le habla le da una bofetada que la tumba, mientras su compañero mira sin intervenir.

Si no lo han visto –dura solo cinco segundos– pueden hacerlo antes de continuar leyendo.

La agresión sucede en Barona, en el barrio de Orriols de la capital, un barrio que, de acuerdo con Wikipedia, tiene una población en torno a los 30.000 habitantes y cuenta con una tasa de paro del 40%, y una presencia de inmigrantes del 30%. Es decir, un barrio como en el que viven los chicos –Robin, Johnny y Tomate– que protagonizan mi última novela, Prudencio Calamidad. Luego no querrán que otros jóvenes como ellos –sin trabajo ni futuro– piensen, o se expresen, en los términos que lo hacen los tres muchachos cuando hablan con Prudencio, un genio –dice él– que va a estar a su disposición para satisfacer cuantos deseos quieran durante doce horas.

─ Son unos cabrones, Prude, unos hijos de puta, el recetario en una mano y la porra en la otra. No hacen más que joder.  Ellos y los maderos.  Documentación, venga. Papeles, rápido. No saben otra. Vacía los bolsillos, quítate las zapatillas, las manos sobre el capó, te registran como si fueras del ISIS ese, te empujan, y si te sueltan una hostia pues ya sabes, jódete. El otro día trescientos pavos me clavaron por una china de mierda que me encontraron en el bolsillo, tan mierda que si siquiera me había dado cuenta que la llevaba. Se la quedaron, claro. Se lo quedan todo, costo, maría, farlopa, jaco, ellos también se ponen, y pasan.  Van por ahí, multan a los coches mal aparcados, paran a uno, paran a otro, según la pinta que te vean. Si les pareces un fumeta cuando lo que pasa es que vienes de currar y estás que echas el bofe, como le pasó a un colega que currela en una panadería, si llevas el pelo demasiado largo o demasiado corto, sudadera con capucha, aunque no la lleves puesta, y pantalones anchos y caídos, si están aburridos o no han cumplido su cupo diario de multas y detenciones, te dan la receta, te canean o te enchironan, depende. Si eres gitano, o negro o un machupichu, lo llevas claro. Y si es por la noche peor aún, por la noche vienen los maderos, y a nadie le gusta trabajar de noche ─explicaba Robin.

─ No os caen muy bien que digamos.

─ El único modo de caer bien estos es que lo hagan por un agujero del que no puedan salir nunca ─afirmó Johnny.

─ Te cuento. ¿Sabes qué hacen los monos que machacan nuestras calles? Un ejemplo. En el bloque que yo vivo, bueno, al lado, hay un bar, el bar Adelina. Allí paran dos a almorzar todos los días, se toman su buen bocata a mitad mañana con su birra o su vinillo. Los veo yo, ¡hostia!, los vemos todos, nadie tiene que contármelo. Pues allí dejan el coche donde les sale de los cojones. ¡Como a ellos nadie les va a multar! Bien papeados, cogen el recetario y a multar a los coches que están mal aparcados. Mientras, el suyo sigue frente a unos contenedores, donde pone que si dejas el carro ahí se lo llevará la grúa. Una multa, otra, cuanto antes acaben antes se tomarán la birrilla. ¡Y diles algo! Sin decirles nada ya te miran mal. Si les miras dicen que les has provocado.

─ Mi madre ─terció Tomate─ es de Massapena, un pequeño pueblo cerca de aquí, unos quince kilómetros creo que habrá. Mis abuelos vivían allí hasta hace poco, en una casita de campo. Mi abuelo era… ¿Cómo se llama eso de las abejas? ¡Ah, sí!, apicultor. Ya estaba jubilado, pero seguía haciendo cosas en un pequeño huerto que tiene. Había plantado ajetes y espárragos. Mi madre, un día que fue a verles, se llevó unos manojos, para venderlos en el mercadillo de los jueves. ¡Hostia!, unos euros, una mierda, para la compra del día, poco más. Fue llegar y aparecer de repente dos monos, le quitaron los manojos y le pusieron una multa de mil quinientos pavos por no tener licencia para vender. ¡Mil quinientos pavos! Y le requisaron lo que había sacado. Para ellos, claro. Hay que ser hijoputa. ¿Sabes qué cuestan los permisos que piden? Entre licencia, seguro y demás, unos cuatrocientos ñapos al mes, y tampoco hay plazas, que ya estuvimos mirándolo. Esperando se quedarán a que la paguemos, que nos embarguen. Como no se lleven mi picha, que es lo más valioso que tengo. Mi madre lloró, les contó que estábamos muy mal, que por unos ajetes y unos putos espárragos no hacían daño a nadie. O se calla de una puta vez o se viene con nosotros, eso le contestaron. ¿Son o no unos hijos de puta? Hasta ellos lo saben. Viven de eso.

Manuel Cerdà: Prudencio Calamidad (2017). Disponible solo a través de Amazon.