Con los refugiados en Marsella

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Marsella parecía concentrar toda la vigilancia que habían notado a faltar en el último tramo del trayecto. La estación de Saint-Charles se hallaba fuertemente custodiada, había mucha policía y agentes de paisano que pedían la documentación a la mayoría de cuantos circulaban por ella. Descendieron la escalinata de Saint-Charles.

Eran casi las diez de la mañana y la ciudad presentaba un ajetreo que ni París antes de declararse la guerra. Todos parecían tener prisa. Marsella se había convertido en una babel donde se juntaba un alto e indeterminado número de perseguidos por el Reich en Alemania y los países ocupados por sus tropas y de refugiados españoles. Enseguida, prácticamente a los pies de la escalinata, vieron el rótulo del hotel Splendide, el mismo en que se hospedaba Varian Fry, el representante del Comité Americano de Rescate de Emergencia.

El hall estaba abarrotado de gente de todas las edades que, en fila, aguardaban pacientemente alguna cosa. Habitación no, pues no había, les dijeron en recepción. Sam, entonces, preguntó por Varian Fry.

―¡Ah! Ustedes también vienen a ver al americano. Está en su habitación. Pónganse a la cola ─dijo el recepcionista.

―¿Todas estas personas esperan para hablar con el señor Fry? ─preguntó Sam, asombrado.

―Hay días que más. Ya le hemos dicho que busque algún piso por ahí para establecer su oficina. No podemos ni pasar.

Nada más establecerse Fry en el Splendide y comenzar su tarea, se corrió la voz de que un americano acababa de llegar a Marsella, tenía dinero ─tres mil dólares en efectivo─ y ayudaba a escapar a los perseguidos por el nazismo. Recibía en su habitación a los que figuraban en sus listas, unos pocos cada día, pero en una semana a lo sumo comenzaron a formarse largas colas frente a la misma. Y es que la atestada Marsella se hubiera quedado casi vacía de la noche a la mañana si los allí concentrados contasen con los papeles preceptivos para poder abandonarla. Muchos eran los que de buena mañana hacían cola en cualquiera de las oficinas de las organizaciones que atendían a los refugiados, y luego en otra, y en otra más, y así día tras otro, esperando que la fortuna les sonriese, vestidos con sus mejores ropas para causar buena impresión.

En medio de las protestas de los refugiados, que creían que pretendía saltarse la cola, Sam subió a la habitación de Fry. Se presentó como el americano que esperaba. Fry lo saludó afectuosamente y expresó su alegría por verle, ya dudaba de obtener refuerzos y se hallaba ciertamente desbordado. Cuando bajaron a recepción ─Fry tenía una habitación reservada en previsión de cualquier eventualidad─ al director del hotel casi le da un síncope al enterarse de que su nuevo huésped era un colaborador suyo. ¿Más gente todavía? Fry le explicó que, ahora que estaba Sam y contaban con más recursos, en breve dejarían de utilizar el hotel como oficina. Conseguir alojamiento para los Morel no era fácil, el Splendide estaba lleno, también los demás hoteles, tampoco entre los particulares que alquilaban habitaciones había posibilidad alguna. Finalmente, el director del hotel accedió a acondicionar un cuarto destinado a otros menesteres.

Varian Fry, periodista de treinta y dos años, delgado, más alto que la media, moreno, de ojos verdes, que había estudiado en Harvard, era un hombre cuyo aspecto ─gafas redondas y amplia frente─ no engañaba. Afable, dinámico e inteligente, creía firmemente en los derechos humanos. Hablaba un correcto francés y algo de alemán. Había pedido cuatro semanas de permiso en su trabajo como editor en el Foreign Policy Association’s Headline Books. Sam se entendió enseguida con él. Fry le explicó que no le llevó mucho tiempo darse cuenta de que no todos los miembros de la lista se hallaban en peligro mortal. Había muchos artistas “degenerados” que gozaban de gran celebridad y, por lo tanto, de cierta protección en la Francia de Vichy, pero existían otros que carecían de nombradía y se hallaban en verdadero peligro. Sin consultar con nadie, siguió contándole, cambió la táctica del Comité y se dispuso a ayudar al mayor número de personas que reuniesen los requisitos de la ley acerca del visado especial, estuvieran o no en la lista. […]

La complicidad entre Sam y Fry fue inmediata. Fry encargó a Sam poner orden entre toda aquella gente que se agolpaba en el hall del Splendide y buscar un sitio donde establecer una oficina. Consiguió alquilar un apartamento en el número 60 de la calle Grignan, estableciendo allí el Centro Americano de Socorros. Casi enfrente del mismo, Sam contempló una papelería en cuyo escaparate había dos carteles: uno decía Comercio judío, el otro anunciaba que A partir del 1 de noviembre la dirección de esta casa será católica y francesa, así como su personal.

El primer día en las nuevas oficinas fue especialmente agotador, una larga cola se formó desde el despacho hasta la calle. Doscientas o trescientas personas calcularon que habría. Desde las ocho de la mañana no pararon de recibir gente ─cada día entrevistaban entre sesenta y setenta personas─, solo habían podido hacer un par de breves descansos para comer alguna cosa. Aunque contaban con la colaboración de unos pocos expatriados estadounidenses, ciudadanos franceses y refugiados, era imposible atender a todo el mundo.

Era tarde, más de las once de la noche. Casi todos habían marchado ya. Sam y Varian se disponían a cerrar el despacho. Un hombre de mediana edad, con un traje cruzado gris marengo, camisa blanca con el cuello recién almidonado, corbata a rayas en tonos azules, bien afeitado y peinado, al que había entrevistado Sam a primera hora de la tarde y denegado por el momento el visado puesto que entendía que había casos más urgentes, permanecía sentado en una silla en el recibidor del oscuro piso en que habían establecido la oficina. Con la cabeza gacha, la mano derecha sobre la frente y el codo apoyado en la rodilla, pensaron que se había quedado dormido. En cierto modo así era, no parecía consciente cuando le avisaron de que iban a cerrar, se mostraba un tanto perplejo. Al reconocer a Sam se puso de rodillas, implorando. Por favor, tengan compasión, no puedo quedarme aquí, y mi mujer está embarazada, suplicaba entrecortadamente. Varian y Sam trataban de calmarlo sin resultado alguno. Le decían que estudiarían su caso con mayor detenimiento, que igual ─dijo Sam─ se había precipitado en sus conclusiones, que marchara tranquilo, que al día siguiente hablarían.

―Vengo escuchando la misma cantinela todos los días. En embajadas, consulados, oficinas de repatriados. De entrada, ya te dicen que no es posible, y si insistes que ya veremos mañana.

El hombre estaba visiblemente alterado, fuera de sí.

―De verdad se lo digo. Mañana…

―Mañana, mañana… Mañana me dirán lo mismo. Claro, como no soy uno de esos artistas a los que protegen. Yo soy un simple comerciante de provincias, como yo hay miles. ¿Vale más su vida que la mía?

―Tranquilícese, hombre. Vamos a hablar, pasemos dentro.

Varian se disponía a abrir de nuevo la puerta del despacho cuando de pronto el hombre empezó a sudar y a respirar con dificultad. Dijo sentirse mareado, le faltaba el aire, no podía pronunciar palabra. Se agarró fuertemente el brazo izquierdo y cayó al suelo inconsciente. Varian lo cogió, estaba muerto.

Manuel Cerdà: Adiós, mirlo, adiós (Bye Bye Blackbird).

Mi vecino, el Open Arms y la señora Calvo

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Entraba en casa y me encuentro a un vecino en el portal. Cuánto tiempo, cómo va y otras frases similares y habituales dan paso a un comentario suyo sobre los migrantes bastante desafortunado. Viene a decir que estos no son náufragos y que en realidad van a buscarlos. Lo ha ‘visto’ en la tele, aclara cuando le pregunto algo así como ¿qué cojones dices? Llega el ascensor y me subo. Eso sí, con un poco más de mala leche. Me acuerdo entonces que un día me dijo que en las elecciones de 2015 –en las últimas ni lo sé ni me importa– había votado a Podemos para las Cortes valencianas y a Compromís para el Ayuntamiento de Valencia. Eso me dijo. Si no fue verdad, tanto me da que me da lo mismo.

¿Y al capullo este que mosca le ha picado ahora?, pienso. Ya en casa busco en internet noticias sobre el Open Arms. Tecleo en Google ‘Open’ y como sugerencias de resultados de búsqueda aparecen en segundo lugar, tras ‘Open Arms’, ‘Open Arms mafia’. Acabáramos. No refugiados, ni humanidad, ni tragedia, no. Mafia. Acojonante.

Luego hago clic en ‘Última hora’ y me encuentro unas declaraciones de la vicepresidenta del Gobierno en funciones, Carmen Calvo, que acaban de rematarme. Esto ya no me resulta acojonante, me deja acojonado, que no es lo mismo. Dice la vicepresidenta en una entrevista a la cadena SER que el Open Arms “tiene licencia para ayuda humanitaria, para transporte de víveres”, “Esa es la licencia que tiene desde el punto de vista de la concesión administrativa y la legalidad española, y ese es su cometido”. Y remata: “Las instituciones, los poderes y los ciudadanos, todos estamos sometidos a las leyes, y todo el mundo sabe lo que puede hacer y lo que no y nadie está a salvo de esto, incluido un barco como este”. [Sonido de fanfarria]

A ver si me aclaro, señora. ¿De verdad se cree lo que está diciendo? Parece ser que así es, que siquiera es consciente del cinismo y la hipocresía que hay tras sus palabras. Tal es la prepotencia con la que, como política curtida, está acostumbrada a actuar que se lo cree y todo. Miedo me da.

Verá, señora Calvo, la Constitución de 1978 –por la que actualmente nos regimos– reconoce una serie de derechos que en la práctica no se cumplen y estoy seguro que usted lo reconocerá. Vamos con unos pocos. El artículo 14 dice que “los españoles son iguales ante la ley”, el 27.1 que “todos tienen el derecho a la educación”, el 35.1 garantiza “el derecho al trabajo, a la libre elección de profesión u oficio, a la promoción a través del trabajo y a una remuneración suficiente para satisfacer sus necesidades y las de su familia”, el 39.1 afirma que “los poderes públicos aseguran la protección social, económica y jurídica de la familia”, el 39.4 que “los niños gozarán de la protección prevista en los acuerdos internacionales que velan por sus derechos”, el 43.1 “reconoce el derecho a la protección de la salud”, el 47 dice que “todos los españoles tienen derecho a disfrutar de una vivienda digna y adecuada. Los poderes públicos promoverán las condiciones necesarias y establecerán las normas pertinentes para hacer efectivo este derecho”, el 50 que “los poderes públicos garantizarán, mediante pensiones adecuadas y periódicamente actualizadas, la suficiencia económica a los ciudadanos durante la tercera edad”, y podríamos seguir.

Dice usted también en la mencionada entrevista que “la ignorancia de la ley no exime de su cumplimiento”. Pues este es su caso. El suyo, el del Gobierno, el de su partido, el de sus militantes… Ninguno de los artículos citados esa ‘ley de leyes’ que es la Constitución los cumplen. Ni uno. La supuesta igualdad ante la ley viene determinada ante todo por el dinero que tenga uno para costearse un buen abogado. El derecho a la educación existe, claro, y además la enseñanza es obligatoria hasta los 16 años, pero ¿las condiciones en que estudia el hijo de una familia trabajadora –no digo ya en paro– son las mismas que las de aquel que proviene de una familia acaudalada? Por no hablar de la enseñanza superior, cuyas matriculas son cada vez más elevadas. Decir que se garantiza “el derecho al trabajo, a la libre elección de profesión u oficio” parece una broma de mal gusto. ¿Es necesario recordar las escandalosas cifras de paro, los trabajos en precario mal remunerados, los salarios indignos e insuficientes, la falta de una adecuada cobertura social? Así, decir que “los poderes públicos aseguran la protección social, económica y jurídica de la familia” es una falacia (según el INE, el 21,6% de los españoles vive por debajo del umbral de la pobreza y el 16,9% de los hogares tiene ‘mucha dificultad’ para llegar a fin de mes), como también afirmar que “los niños gozarán de la protección prevista en los acuerdos internacionales que velan por sus derechos” cuando en España uno de cada tres niños vive por debajo del umbral de la pobreza y uno de cada diez es pobre severo. Lo mismo cabe decir del “derecho a la protección de la salud” con hospitales saturados, faltos de medios y recursos, y una medicina en manos privadas que proletariza a los profesionales y sirve a quienes más tienen sin los inconvenientes de la pública. En cuanto al “derecho a disfrutar de una vivienda digna y adecuada” ya no sé qué calificativo emplear, pero el año pasado hubo casi 60.000 desahucios. Muchos de estos desahuciados han tenido que vivir –malvivir siendo precisos– de la pensión de sus padres cuando estas, ya de por sí, para la mayoría de ellos resultaban, como mucho, justitas para ir tirando.

Nada de esto cumplen. Le recuerdo sus palabras: “la ignorancia de la ley no exime de su cumplimiento”. Pues háganlo. ¡Ah!, claro, es que no pueden. La ley… La ley siempre favorece a los poderosos, incluida su Constitución. La justicia, no obstante, es algo muy distinto. A la pregunta que lanzaba Kropotkin en Palabras de un rebelde (París 1885) a los jóvenes que se iniciaban en la vida pública –‘¿Qué partido tomaréis: el de la ley contra justicia o el de la justicia contra la ley?’– ustedes no tienen duda alguna: el de la ley contra la justicia. No le quepa duda. Va, a ver si ahora el Open Arms regresa a España y pueden multarlo con 901.000 euros por incumplir la prohibición de Fomento de “realizar operaciones de búsqueda y salvamento”.

Le recuerdo que en el Mediterráneo está también el Ocean Viking, fletado por Médicos sin Fronteras (MSF) y SOS Méditerranée, con 356 migrantes a bordo. Igual le pueden poner otra multa.

Sobre las olas. Consideraciones en torno a los refugiados rescatados por el Open Arms y el Ocean Viking.

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Sobre las olas se puede navegar plácidamente por propia voluntad o zozobrar. En este último caso, nunca por voluntad propia.

¿Solidaridad? No es cuestión de solidaridad, ni de caridad, ni mucho menos de política, tratados o leyes, a no ser que sea la ley del mar. Es únicamente de pura humanidad. Humanidad han mostrado, y siguen mostrando, tener muy poca, o ninguna, los políticos de todas las tendencias. Como dice el fundador y director de Proactiva Open Arms, Òscar Camps, y pueden escuchar en este vídeo, “Me caería la cara de vergüenza si yo fuera un líder, un político o un presidente de gobierno en estos momentos, porque lo que estamos viviendo ciudadanos españoles a bordo del Open Arms es injustificable”.

Me produce impotencia, rabia, pero sobre todo repugnancia lo que se está haciendo con los refugiados rescatados por el Open Arms y el Ocean Viking. Y me preocupa, me asusta, la falta de respuesta de los españoles en su conjunto.

Puede que al final acaben desembarcando todos en algún puerto, pero el daño causado en ellos por los sufrimientos físicos que se les han infligido difícilmente llegarán a superarlo. Claro que al menos no perdieron la vida en alta mar. No pasarán a engrosar la triste y repulsiva de lista de muertos por huir de la guerra, de la violencia y de los conflictos étnicos, una lista que jamás recogerá, por imposible, todos los nombres de quienes han sido engullidos por las olas.

Plegaria. El tango de la muerte.

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¿Se repite la historia? Las situaciones son distintas, pero las condiciones que las han generado y sus protagonistas no, las mismas y los mismos. De ahí esa especie de déjà vu que he tenido al contemplar las imágenes de este vídeo. El vídeo recoge diversos testimonios documentales de la tragedia a que se ven abocados los refugiados que llegan, o tratan de llegar, a Europa. He procurado que sean todos de este año –algunos de ayer mismo– y lo he acompañado con la música de un tango titulado Plegaria, que compuso en 1931 Eduardo Bianco.

En 1933 el NSDAP (Partido Nacionalsocialista Obrero Alemán), que lideraba Hitler, llegaba al poder aupado fervorosamente por millones de alemanes, nada menos que diecisiete millones les votaron (un 43,9 por cien). El tango no se resintió. Es más, a los nazis les encantaba, y como todo lo que les gustaba lo utilizaron para sus perversos fines. El paradigma de tal circunstancia es Plegaria, el “tango de la muerte”.

Su compositor, Eduardo Bianco, no era alemán, sino argentino, pero nazi como el que más. Plegaria era un tango ya conocido desde que en 1931 Bianco lo dedicase al rey Alfonso XIII. No es de extrañar. Dedicó también tangos a Benito Mussolini y frecuentó a Adolf Hitler y a otros líderes del régimen nazi. De hecho, Bianco lo tocó frente a Hitler y Goebbels en 1939. Y Plegaria inició así su funesta trayectoria. Era el tema preferido por los mandamases de los campos de exterminio para que las orquestas de presos interpretaran cuando llegaban los trenes repletos de prisioneros. Lo último que esperaban era ser recibidos con música. Nada malo nos puede suceder, pensaban. Y confiados avanzaban hacia la cámara de gas creyendo que iban a las duchas para ser desinfectados.

Dice Rafael Sánchez Ferlosio en un duro poema publicado en 1993 que “Vendrán más años malos / y nos harán más ciegos; / vendrán más años ciegos / y nos harán más malos. / Vendrán más años tristes / y nos harán más fríos / y nos harán más secos / y nos harán más torvos”. Pues parece ser que han llegado, aunque seguirán llegando más. De eso no tengo la más mínima duda. Los seres humanos hemos dado suficientes muestras de que la solución de los problemas que causamos no está en nosotros; nosotros somos el problema.

Sustituyan las cámaras de gas por el mar y los campos de exterminio por los campos de refugiados y es posible que les suceda algo parecido a lo que me pasó a mí viendo las imágenes. ¿No hemos aprendido nada del pasado? No nos engañemos. Al ser humano actual el pasado le importa un bledo, el futuro le trae sin cuidado y del presente solo preocupa, y se ocupa, de aquello que le afecta directamente, muy directamente.

Hay, sin embargo, una diferencia sustancial entre el momento actual y el genocidio nazi. Los alemanes que habían aupado a Hitler al poder podían alegar –aunque no fuese así en la gran mayoría de los casos– que nada sabían de lo que estaba sucediendo en aquellos campos con aquella pobre gente, que cómo iban a imaginar que barbaridades como esa pudieran siquiera tener lugar, que nada sabían. Hoy no. Hoy lo sabemos, hay testimonios de sobra, lo vemos todos los días, en internet, en la prensa, en televisión… ¿Y…? Y nada. Se nos llena como mucho la boca hablando de humanidad, pero a la hora de la verdad miramos hacia otro lado. Sí, cada día somos más torvos.

Todo esto me lleva a pensar que lo peor está aún por llegar. O tal vez lo mejor. Nunca se sabe. Según cómo se mire.