El poder y los intelectuales

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En el texto de la contraportada de mi novela Adiós, mirlo, adiós (Bye Bye Blackbird), entre otras cosas, se dice: “El lector advertirá [en ella] muchas situaciones en las que verá reflejadas las actuales circunstancias que vivimos tras el triunfo del pensamiento único”. Si leen el texto que sigue es probable, pues, que estén de acuerdo conmigo. Cada uno, sin embargo, que extraiga sus propias reflexiones sobre las relaciones entre el poder y los intelectuales en los momentos que vivimos.

―No andaba errado Greg. Lo que dice es cierto, mis fuentes son absolutamente fiables. La CIA financia el Congreso por la Libertad de la Cultura, entre otras muchas más actividades.

―¿Se lo has dicho a Greg?

(…)

―¿Tienes pruebas de todo esto?

―De unas cosas más, de otras menos, pero sí. En todo caso, las suficientes para demostrar cómo está organizada la farsa. Se crean unas fundaciones bajo el auspicio de la CIA, simples “buzones”, llamémoslas fundaciones tapadera. Solo se necesita una dirección postal, pues su única función es recibir dinero de la CIA. Luego lo trasfieren a otro sitio, a otra fundación, una contribución a unos proyectos comunes. Todo aparentemente legal, un complejo entramado entre fundaciones y programas hace que el dinero se emplee siempre de manera indirecta. Así es muy difícil que alguien relacione directamente una donación con un fin concreto, como le pasó incluso al propio Greg. Ahora bien, esas “ayudas” deben ser necesariamente incluidas como activos por parte de sus receptores en un impreso que han de remitir todos los años al Servicio de Impuestos Internos. Toda organización sin ánimo de lucro está obligada a ello. Cuando caí en la cuenta, empecé a examinar impreso por impreso. Até cabos. Todo es muy simple, demasiado, se crea una fundación acudiendo a un personaje adinerado, se le dice lo que se pretende hacer y se solicita su colaboración. Es usted uno de los grandes hombres de este país le dicen, confiamos es usted, su colaboración es fundamental para el mundo libre, y le explican lo que esperan de él.

―Y acepta, claro.

―Claro. En el fondo, piensa, está defendiendo los intereses de la nación y los suyos propios. Si el Gobierno se ha fijado en mí, haré lo que me pida, montaré la fundación, lo que haga falta. Entonces se le dan subvenciones, se le ayuda, recibe donaciones y promueve iniciativas sin ánimo de lucro. La propia CIA se encarga de que las “donaciones” sean generosas y la fundación recién creada entrega el dinero a la otra fundación que previamente han designado los hombres de la CIA. La Ford, por ejemplo, ha donado al Congreso varios millones de dólares. La Rockefeller lo ha hecho de forma más que generosa y ha llegado a financiar también revistas como Preuves, Encounter o Partisan Review. La Fairfield, la Ford, la Rockefeller y la Carnegie son las mejor consideradas a la hora de llevar adelante la financiación encubierta. Directores y empleados de alto rango mantienen estrechas relaciones con la Agencia, incluso alguno, como veis, es miembro de ella.

―Lo que no acabo de entender es que nadie supiese nada de esto antes ─observó Martha.

―Al principio es normal que nadie sospechara. Todo lo más las dudas venían de cuál sería en verdad su función, a quien beneficiaría esta en última instancia. Pero después quien no sabía es porque no quería saber. O eso, o gran parte de la intelectualidad es simplemente boba. Un ejemplo. Significativo. En Bellagio, un pequeño pueblo italiano situado junto al lago Como, en la Lombardía, está Villa Serbelloni, al final de un promontorio, con magníficas vistas al lago. Es una majestuosa mansión, lujosa, parece Versalles. Se construyó en el siglo XVIII y pasó a ser propiedad de la princesa Della Torre e Tasso, una americana llamada Ella Walker, que la donó a la Fundación Rockefeller, la cual, a su vez, la puso a disposición del Congreso. Allí pasan temporadas los invitados más ilustres, y también aquellos que interesa que se crean importantes. Escritores, artistas, músicos… Todo gratis, por supuesto. Hay nada menos que cincuenta y tres empleados para satisfacer todos los caprichos, pues algunos tienen gustos muy caros. Uno puede defender el sistema capitalista, o el que sea, desde el rigor y la honestidad, nada hay de malo en ello. Yo mismo sigo creyendo que no hay modelo alternativo de sociedad hoy por hoy, pero me produce un profundo desencanto que la intelectualidad supedite su supervivencia como tal a los dictados del poder. ¿A nadie de los que frecuentaban Villa Serbelloni le extrañó tanto lujo? ¿Les parecía normal? En fin, que es mejor no preguntar ─Lary estaba tan indignado como Greg en su momento.

―Todo ha sido un montaje, una farsa. Es triste, muy triste ─Martha no daba crédito a lo que escuchaba.

―Muchos participaron honestamente, creyendo en lo que hacían. Pero la mayoría lo han hecho movidos por el prestigio, por el reconocimiento profesional. Se celebran muchos congresos, simposios, encuentros, hay una larga lista de influyentes y reputadas revistas en las que publicar, y continuamente se organizan exposiciones, conciertos, giras. La recompensa profesional no es poca. Además, hay que comer, y vivir, y a ser posible bien. Por otra parte, se selecciona con mucho tino a quién se invita. Se escoge a especialistas en temas que no sean “conflictivos”, y claro que se sienten libres, en su campo nadie les dice nada. Y eso, lamento decirlo, es puro dirigismo. Eso sí que no. ¡Hasta ahí podríamos llegar! Potenciar unos valores frente a otros sin explicar con qué función es inadmisible.

―¡Y luego critican el dirigismo soviético! Se gratifica muy bien a todo el mundo, se les da un trato exquisito. ¿Quién no desea que le paguen por lo que le gusta hacer, por un trabajo que nace de la vocación? Mejor obviar ciertos temas. Es significativo que ninguno de los beneficiarios de toda esta corrupción moral y económica haya cuestionado en ningún momento las intervenciones de Estados Unidos en Irán, Guatemala, Corea, el asesinato en masa en las colonias de Indochina y Argelia, los linchamientos de negros por el Ku Klux Klan en el sur de América.

―Bueno, nunca antes los intelectuales han tenido la oportunidad de expresar “libremente” sus ideas sin el riesgo de morir de hambre ─manifestó Lary─, pero resulta deplorable que esa oportunidad haya llevado a un amansamiento como este, a un sometimiento que en el fondo se justifica únicamente por los beneficios profesionales que reporta a una amplia mayoría.

―¿Soy demasiado retorcido si sospecho que uno de los objetivos de la CIA era precisamente acabar con la idea del intelectual “libre”, independiente de todo poder? Ni Sartre, ni Camus, ni Hemingway, ni Caldwell, ni Sinclair, estoy seguro que tampoco Ginsberg, Rahv o Howe, por nombrar los primeros que me vienen a la mente, necesitaron de la CIA ni de la Fairfield, la Ford o la Rockefeller, ni siquiera del Departamento de Estado, para que su obra sea considerada de lo mejor que se ha publicado en las últimas décadas. No, ¿verdad? Evidentemente no todos pueden ser como ellos, pero se les hace creer que así es y una cosa retroalimenta a la otra.

Manuel Cerdà: Tiempos de cerezas y adioses (2018). A la venta a través de Amazon y librerías que distribuyen libros editados en su plataforma CreateSpace.

50 años de Mayo del 68

The Guardian

The Guardian/Claude-Henri Bernardot/Musée des Beaux-Arts de Dole©

El próximo 2 de mayo de hace cincuenta años –cuando aún sonaban las voces de centenares de miles de personas que se habían manifestado el día antes, Primero de Mayo, en las principales ciudades francesas– los estudiantes ocuparon las aulas de la Universidad de Nanterre, a las afueras de París, un campus creado ex profeso para dar cabida al cada vez mayor número de jóvenes que, al amparo del boom económico, accedían a la Universidad. El número de estudiantes universitarios franceses al término de la Segunda Guerra Mundial era de menos de 100.000 y en 1960 ya estaba por encima de los 200.000.

Fue el origen inmediato de los hechos de Mayo del 68, como nos referimos a los sucesos revolucionarios que tuvieron lugar en Francia los meses de mayo y junio del 1968. Sobre ellos publiqué en 2015 una serie de seis entradas, a las que seguían otras tres sobre lo que se ha venido en denominar “el espíritu de Mayo del 68” (que hacían referencia a lo que entonces llamé “los otros mayos del 68”), en las que trataba de analizar lo sucedido en la antigua Checoslovaquia, Estados Unidos y México, contestaciones que, en definitiva, partían del mismo contexto y respondían a una misma motivación: “La explosión de descontento estudiantil se produjo en el momento culminante de la gran expansión mundial, porque estaba dirigido, aunque fuese vaga y ciegamente, contra lo que los estudiantes veían como característico de esa sociedad, no contra el hecho que la sociedad anterior no hubiera mejorado lo bastante las cosas. Paradójicamente, el hecho de que el impulso del nuevo radicalismo procediese de grupos no afectados por el descontento económico estimuló incluso a los grupos acostumbrados a movilizarse por motivos económicos a descubrir que, al fin y al cabo, podían pedir a la sociedad mucho más de lo que habían imaginado”. (Hobsbawm: Historia del siglo XX, 1994).

Cincuenta años después, mi valoración acerca de su significado y repercusión es la misma que la que tenía en 2015. Tras los hechos de Mayo del 68 se produjo un desmenuzamiento en migajas de un movimiento hasta entonces homogéneo –el movimiento obrero (el movimiento estudiantil lo que pretendía era emular sus grandes gestas)–, que se consolidó nada más acabar estos. Empezó entonces la época de los nuevos movimientos sociales –ecologismo, feminismo, pacifismo, antirracismo…– y del acuerdo tácito entre gobiernos, sindicatos, empresarios y financieros de que el sistema capitalista es la única alternativa viable: o eso, o el ‘comunismo’ practicado por la Unión Soviética. Hay que reformar este, sí, pero sin cuestionarlo, pues el sistema –ha demostrado que podía hacerlo– era capaz de satisfacer ampliamente las demandas de esos nuevos colectivos. Lo único que había que hacer es aceptar la realidad (el sistema).

Poco más puedo añadir a lo que ya escribí en la serie de nueve entradas a que antes hacía mención. Les dejo, pues, con un breve extracto de cada una de ellas y el enlace a las mismas por si les apetece leerlas.

Mayo del 68 (1): La década dorada

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Tanto la década de 1960 como la precedente de 1950 se caracterizaron por un acelerado crecimiento económico (el mayor del siglo) de los países norteamericanos y europeos, una expansión industrial capitaneada por los Estados Unidos –país que durante la Segunda Guerra Mundial no había sufrido daños en su infraestructura industrial, urbana, de transportes y comunicaciones– y basada en el enorme potencial de la tecnología americana (made in America) y la pujanza militar de la ya primera nación del mundo. Este boom económico y la aplicación de la revolución tecnológica iniciada durante la guerra a las necesidades de las personas transformaron por completo la vida cotidiana en los países ricos (y en menor medida también en los pobres).

Las muestras de disconformidad y descontento hacia la nueva sociedad vinieron de la mano de los jóvenes. La juventud irrumpía por primera vez como sujeto histórico, accediendo a ese Estado de bienestar como consumidor y, por tanto, como protagonista.

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Mayo del 68 (2): Los tiempos están cambiando

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Como respuesta a esta nueva forma de vida surgida tras la Segunda Guerra Mundial y a una cultura cada vez más “oficial” (bendecida desde todas las instancias) nacen dos grandes movimientos contraculturales. Uno se articulará alrededor de la música sobre todo: el pop-rock, la psicodelia. El movimiento hippie buscará reemplazar la organización familiar tradicional, de rígidas normas de conducta, por una vida comunitaria, optando por una vestimenta informal y descuidada e incorporando el uso de las drogas como medio para liberarse de la realidad opresora. Su símbolo sería el festival de Woodstock (1969), en Vermont (EE UU). El otro gran movimiento buscará referentes políticos y tratará de adecuar las tradicionales posiciones de la izquierda revolucionaria a los nuevos tiempos, estando fuertemente marcado por ellas y por el antiimperialismo, el anticolonialismo y la lucha por acabar con las desigualdades. Estos jóvenes leían a Marx, a Marcuse, a Sartre… Su símbolo sería el Mayo del 68 francés.

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Mayo del 68 (3): Prohibido prohibir

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El origen inmediato de los hechos de Mayo del 68 fue un conflicto estudiantil: el día 2 de mayo –cuando aún sonaban las voces de centenares de miles de personas que se habían manifestado el día antes, Primero de Mayo, en las principales ciudades francesas– los estudiantes ocuparon las aulas de la Universidad de Nanterre, a las afueras de París, un campus creado ex profeso para dar cabida al cada vez mayor número de jóvenes que, al amparo del boom económico, accedían a la Universidad. El número de estudiantes universitarios franceses al término de la Segunda Guerra Mundial era de menos de 100.000 y en 1960 ya estaba por encima de los 200.000 (en el curso de los diez años siguientes se triplicaría hasta llegar hasta los 651.000).

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Mayo del 68 (4): El poder está en la calle

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El lunes 13 París se llenaba de manifestantes. Entre la plaza de la República y la plaza Denfert-Rochereau –casi cinco kilómetros las separan, con el Sena de por medio– no cabía un alma. Sobre un millón de personas secundaron la llamada, al tiempo que nueve millones de trabajadores franceses se declaraban en huelga general. Ya no eran únicamente estudiantes quienes se manifestaban por las calles de París. Buen aniversario, mi general, gritaban, pues se cumplían diez años con De Gaulle al frente de la presidencia de la República francesa. Diez años es suficiente. Otros eran menos irónicos: De Gaulle asesinoDe Gaulle al paredónGobierno popular reclamaban obreros y estudiantes. Mayores emocionados con el puño en alto cantaban La Internacional mezclados con los jóvenes, que coreaban Esto solo es el principio, continuemos la luchaEl poder está en la callePolíticos, vuestros discursos nos importan un carajo. Resultaba incontable el número de banderas rojas y negras que ondeaban, así como el de pancartas con todo tipo de eslóganes, algunos tan ingeniosos como las pintadas que llenaban muchas fachadas y elementos del mobiliario urbano de clara inspiración situacionista: Seamos realistas, pidamos lo imposibleProhibido prohibirLa imaginación al poderBajo los adoquines está la playaNo le pongas parches, la estructura está podrida

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Mayo del 68 (y 5): Bajo los adoquines no estaba la playa

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La historia, como la vida, nunca sucede ni como los que han vivido un momento dado hubieran deseado ni como los demás después desearíamos que hubiera sucedido. Decía uno de los eslóganes de Mayo del 68 que “bajo los adoquines, la playa” (Sous les pavès, la plage). Pero no, no estaba la playa, y si estaba –o está– no se levantaron los suficientes adoquines como para llegar hasta ella.

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La música de Mayo del 68

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No es de la música que escuchaban aquellos jóvenes que protagonizaron la revolución cultural de 1968 –tanta y tan diversa que sobrepasaría con creces los límites de cualquiera de nuestras publicaciones– de la que nos ocupamos en esta entrada que completa la serie que dedicamos a Mayo del 68, sino de canciones compuestas dicho año a raíz de los hechos que tuvieron lugar en Francia, en París especialmente, hechos que, por otra parte, son los que hemos tratado en esta serie.

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Los otros Mayos del 68: Estados Unidos

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Decía Anthony Gyddens (“Aquel Mayo del 68 en California”, El País, 6 de mayo de 2008) que “desde una perspectiva europea podría parecer que París fue el foco principal de 1968, pero créanme que no fue así. En Europa los radicales eran bastante tradicionales”. Los verdaderos radicales estaban en California, donde ser revolucionario implicaba la politización, pero también, y, sobre todo, una forma de vida.

Esos movimientos se manifestaron radicalmente en contra de la guerra de Vietnam, del racismo y la obligatoria conformidad con las reglas establecidas y se solaparon con el movimiento hippie o con los Panteras Negras. La conjunción de ideas e intereses dio como resultado una oleada de protestas sin parangón hasta entonces. En los años 60 se formaron en Estados Unidos las comunas más extensas en las que se intentaba llevar a cabo un estilo de vida completamente alternativo. Las universidades, cada vez más masificadas, se mostraban especialmente activas. Los estudiantes se preguntaban no qué podían hacer ellos por su país, como habían hecho sus padres y abuelos, sino qué podía hacer su país por ellos.

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Los otros Mayos del 68: Checoslovaquia

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Al igual que ocurrió con Estados Unidos, la Unión Soviética –la segunda gran potencia mundial, con aspiraciones de convertirse en la primera– no podía consentir fisuras ni en su seno ni en el de sus países satélite. Solamente se es fuerte desde la homogeneidad. En el mes de julio los dirigentes soviéticos –al frente de los cuales estaba Leonidas Brežnev– manifestaron tener en su poder pruebas de que la República Federal Alemana pretendía anexionarse la zona norte de Checoslovaquia, por lo “ofrecía” al Ejército Rojo para que defendiera el país de la supuesta futura agresión. Lógicamente –digo lógicamente porque lo contrario hubiera significado algo totalmente opuesto al espíritu que animaba todas estas reformas– se rechazó la propuesta, una propuesta que no dejaba de ser un aviso recordatorio de que la URSS era la única que podía ejercer el control (en todos los sentidos) de los países autodenominados socialistas.

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Los otros Mayos del 68: México

© Armando Lenin Salgado 27 de septiembre de 1968

El Comité Olímpico Internacional (COI) había designado en 1963 a México como sede de los Juegos Olímpicos de 1968, convirtiéndose así en el primer país del llamado Tercer mundo que acogía tan importante cita. El COI lo presidía un estadounidense, Avery Brundage, y la elección de México tenía una clara intencionalidad política: gracias a la ayuda de los Estados Unidos, el país azteca alcanzaba la estabilidad económica y social y se mostraba dinámico y emprendedor. Los demás países pobres debían tomar nota. A mediados de la década de 1940 habían empezado a llegar a México los capitales norteamericanos, iniciándose así la colonización económica del país. Eran los años de gobierno ininterrumpido del Partido Revolucionario Institucional (PRI), que con una política interior autoritaria y corrupta, y al servicio de los Estados Unidos, dejaba de lado los grandes problemas estatales: migración, desigualdades, fracaso de la reforma agraria, paro, delincuencia…, problemas que generaban gran descontento y habían ocasionado diversas protestas estudiantiles y la creación de guerrillas urbanas.

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Tiempos de cerezas y adioses: dos novelas en una

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Tiempos de cerezas y adioses reúne en un solo volumen El corto tiempo de las cerezas y Adiós, mirlo, adiós (Bye Bye Blackbird), dos novelas de carácter histórico publicadas, respectivamente, en 2015 y 2016.

Aunque una y otra pueden leerse de forma independiente, forman una única unidad narrativa tanto en su trama como en su discurso y se enmarcan en el periodo histórico comprendido entre 1820 y 1990.

El corto tiempo de las cerezas narra la historia de Samuel Valls y abarca desde 1849 (año de su nacimiento) hasta 1912. Samuel es el cuarto hijo de una familia de campesinos sin tierra que se ve obligada a trasladarse a la ciudad y buscar trabajo sus fábricas. Pero Samuel no tiene intención de deslomarse trabajando como su padre para terminar tan pobre como empezó. Sin miedo a la pobreza y sin ambiciones materiales, desde los doce años decide ser el único dueño de su destino.

A partir de ahí la vida de Samuel se despega, definitivamente, del futuro que le tenía asignado su origen. Vive de lo saca recogiendo cerezas y llevándolas a Farinetes, el dueño del cerezo bajo el cual tan a gusto se sentía, o hierbas para el curandero Guisambola. Mas Samuel se va haciendo adulto, y de la mano de su amigo Esclafit, empieza a sentir necesidades que nunca se le hubieran ocurrido. Quiere entenderlo todo, saberlo todo, controlar su mundo… y aprende a leer.

Trabajará en un periódico, se verá obligado a huir a Barcelona al verse involucrado en la huelga general revolucionaria de Alcoi de julio de 1873, y después de peripecias de todo tipo, viudo y sin problemas económicos, terminará instalándose en París con su hija Camila, soprano.

A través de los ojos de Samuel, Manuel Cerdà nos narra los hechos que, desde el siglo XIX, llevaron a los convulsos acontecimientos que recorrieron todo el siglo XX. Nos da las claves y nos deja preparados para adentrarnos en su siguiente novela justo en el momento en que ese mundo que vivía y se creía indemne iba a tener un final trágico con el estallido de la Primera Guerra Mundial.

Adiós, mirlo, adiós (Bye Bye Blackbird) nos cuenta la vida de Sam Sutherland, nieto de Samuel e hijo de Camila, ahora cantante de jazz, y William, un estadounidense que había conocido en París en 1903. Acompañando a Sam, autor de artículos y novelas, asistiremos a la historia de Europa a lo largo del siglo XX, un siglo en el que ‘ha habido más muertos por violencia que en toda la historia de la humanidad’.

Adiós, mirlo, adiós es “una historia novelada, la misma que escribió Ken Follet en los tres tomos como tres ladrillos que constituyen la Trilogía del siglo, pero para mí mucho mejor (…) porque está mejor escrita, carece del tono didáctico y machacón de la trilogía de Follet, no tiene tanta paja y, sobre todo, tiene mucha más alma, más sentimiento más emoción.

Manuel Cerdà se retrata, huye de lo políticamente correcto y dice cosas que no gustarán a todos, pero que yo no tengo más remedio que suscribir como parte de mi propio pensamiento. ‘La libertad para actuar es una falacia, nadie es libre. Somos lo que somos y lo que la historia nos ha hecho’. Esas palabras las pone Manuel Cerdà en boca de un Sam desencantado y frustrado, pero sé que son sus propias palabras, que la frustración y el desencanto de Sam son también los de Manuel Cerdà. Porque la frustración y el desencanto de Sam son mi propia frustración y mi propio desencanto.

Texto extraído de las reseñas de Rosa Berros Canuria “El corto tiempo de las cerezas” y “Adiós, mirlo, adiós”, publicadas respectivamente en Cuéntame una historia (9-IX-2017) y Revista MoonMagazine (7-XI-2016)

Manuel Cerdà: Tiempos de cerezas y adioses (2018). A la venta a través de Amazon y librerías que distribuyen libros editados en su plataforma CreateSpace.