Mayo del 68 (1): La década dorada

Iniciamos con esta la primera de una serie de nueve entradas sobre los hechos de Mayo del 1968. Las dos primeras pretenden contextualizar los sucesos propiamente conocidos como Mayo del 68, que explicaremos en las tres siguientes. A estas cinco, añadiremos una sobre la música de Mayo del 68 y tres más, que hemos titulado “Los otros Mayos del 68”, en las que analizaremos lo sucedido en la antigua Checoslovaquia, Estados Unidos y México, contestaciones que parten del mismo contexto y que completan ese convulso año. El resto las iremos publicando en las próximas semanas.

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“¿Qué es lo que hace que las casas de hoy sean tan diferentes, tan atractivas?” (1956). Richard Hamilton.

Tanto la década de 1960 como la precedente de 1950 se caracterizaron por un acelerado crecimiento económico (el mayor del siglo) de los países norteamericanos y europeos, una expansión industrial capitaneada por los Estados Unidos –país que durante la Segunda Guerra Mundial no había sufrido daños en su infraestructura industrial, urbana, de transportes y comunicaciones– y basada en el enorme potencial de la tecnología americana (made in America) y la pujanza militar de la ya primera nación del mundo. Este boom económico y la aplicación de la revolución tecnológica iniciada durante la guerra a las necesidades de las personas transformaron por completo la vida cotidiana en los países ricos (y en menor medida también en los pobres).

50s-familyA nivel social, el crecimiento económico conllevó un importante aumento del consumo por amplios sectores de la población. Surgió una nueva forma de vida: el American way of life se convirtió en un modelo para el resto del mundo que tenía su traslación europea en el denominado Estado de bienestar.

El modelo se fue generalizando cada día con más fuerza entre las clases medias, contribuyendo a su difusión el hecho que la información comenzase ahora a llegar a todos. En 1947 se había inventado el transistor y, poco después, la televisión empezaba a implantarse en los países desarrollados.

 Las casas comenzaron a llenarse de electrodomésticos. Los transportes experimentaron una segunda revolución con la producción masiva de coches utilitarios. En estas décadas la producción de automóviles y de objetos para el hogar se triplicó. El turismo dejaba de ser algo reservado únicamente a los más pudientes. Nacía la sociedad de consumo.

Cold-war-flagNo obstante, este momento fue también el del comienzo de la Guerra Fría (competencia entre dos potencies con distintas ideologías políticas: EEUU y la URSS), con la consiguiente rivalidad en armamento nuclear y en la carrera espacial, y el de la escalada de nuevos conflictos bélicos: guerra de Corea, rebelión mau-mau en Kenia, operación militar estadounidense en Indonesia, inicio del movimiento a favor de la independencia de Argelia, guerra del Vietnam…

Por otro lado, ese ascenso del consumo no fue acompañado de un mayor nivel de libertades civiles. En Estados Unidos, por ejemplo, se seguía considerando la homosexualidad una enfermedad que podía curarse ¡con la lobotomía!, al tiempo que el racismo seguía estando a la orden del día. La aparente “homogeneidad” norteamericana tenía enormes desigualdades sociales (y raciales).

Lobotomía. Fotografía: Walter Freeman (16 de diciembre de 1960)

Lobotomía. Fotografía: Walter Freeman (16 de diciembre de 1960)

No es de extrañar, pues, que la generación beat tuviera su origen en Estados Unidos ni que fuera en ese mismo país donde el movimiento estudiantil comenzara sus protestas de forma cada vez más contundente (California). Y, al igual que se había difundido el American way of life, se difundían ahora los síntomas de descontento hacia una sociedad que se mostraba cada día más competitiva, individualista y faltada de solidaridad. La insatisfacción permanente caracterizó a las nuevas generaciones que veían que esa sociedad de aparente bienestar no dejaba al ser humano desarrollarse libremente –“El hombre no es otra cosa que lo que él se hace”, había dicho Sartre en 1946– ni era capaz de acabar con los conflictos bélicos, la escalada armamentística, o las desigualdades de todo tipo (económicas, de raza, de género…).

Las muestras de disconformidad y descontento hacia la nueva sociedad vinieron de la mano de los jóvenes. La juventud irrumpía por primera vez como sujeto histórico, accediendo a ese Estado de bienestar como consumidor y, por tanto, como protagonista. “El descontento de los jóvenes no era menguado por la conciencia de estar viviendo unos tiempos que habían mejorado asombrosamente, mucho mejores de lo que sus padres jamás creyeron que llegarían a ver. Los nuevos tiempos eran los únicos que los jóvenes universitarios conocían (…) La explosión de descontento estudiantil se produjo en el momento culminante de la gran expansión mundial, porque estaba dirigido, aunque fuese vaga y ciegamente, contra lo que los estudiantes veían como característico de esa sociedad, no contra el hecho que la sociedad anterior no hubiera mejorado lo bastante las cosas. Paradójicamente, el hecho de que el impulso del nuevo radicalismo procediese de grupos no afectados por el descontento económico estimuló incluso a los grupos acostumbrados a movilizarse por motivos económicos a descubrir que, al fin y al cabo, podían pedir a la sociedad mucho más de lo que habían imaginado”. (Hobsbawm: Historia del siglo XX, 1994).

El museo de mamá, la CIA y el expresionismo abstracto

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Tres damas de la alta sociedad, tan altruistas ellas y tan sensibilizadas con los graves problemas que sufría en aquellos momentos la sociedad estadounidense (la Bolsa de Wall Street se había hundido hacía poco), fueron las responsables de que el 7 de noviembre de 1929 abriera sus puertas por primera vez el Museo de Arte Moderno de Nueva York (MoMA). Eran las mecenas y coleccionista de arte Lillie P. Bliss, la galerista y coleccionista Mary Quinn Sullivan, y Abby Aldrich Rockefeller, de profesión su apellido, casada con el multimillonario John Davison Rockefeller, Jr.

El edificio Heckscher (esquina de la Quinta Avenida y la calle 57), primera sede del MoMA. A la derecha el hotel Plaza.

El edificio Heckscher (esquina de la Quinta Avenida y la calle 57), primera sede del MoMA. A la derecha el hotel Plaza.

El MoMA, el primer museo de arte moderno del mundo, nació con la finalidad de potenciar “las artes visuales de nuestro tiempo”. Pero no cualquier arte visual. Con el tiempo –cada vez más aquel proveniente de las tendencias abstraccionistas, es decir, “el arte por el arte”, sin contacto con la realidad, una especie de ente metafísico que se rige por sus propias leyes. También –cómo no– para arrebatar a París el título capital mundial del arte, que pasaba a Nueva York, la gran potencia del mundo tras el fin de la Primera Guerra Mundial.

Nelson Rockefeller, que fue director de MoMA durante las décadas de 1950 y 1960, veía el MoMA como una parte de su propia familia, hasta el punto de que lo llamaba “el museo de mamá”. Tras la Segunda Guerra Mundial –como cuenta, y demuestra, Frances Stonor Saunders en su libro La CIA y la guerra fría cultural (1999)– la CIA encontró en el MoMA un fiel colaborador en su campaña para crear un frente cultural “democrático” en su batalla “por la conquista de la mente humana”, como afirmaría más tarde Kennedy.

Jackson Pollock, Mark Rothko y Franz Kline.

Jackson Pollock, Mark Rothko y Franz Kline.

La CIA y el MoMA invirtieron vastas sumas de dinero en la promoción de la pintura abstracta expresionista y los pintores correspondientes como un antídoto contra el arte con contenido social. En palabras del propio Nelson Rockefeller, “la pintura de la libre empresa”. Exposiciones fuertemente subvencionadas de pintura expresionista abstracta fueron organizadas por toda Europa, se movilizó a los críticos de arte y las revistas especializadas publicaron como artículos y  venga artículos llenos de generosos elogios.

Y así acabaron aquellos pintores que fueron utilizados para tal fin, ajenos a los tejemanejes que unos y otros se traían entre manos. Pollock murió en un accidente de coche, conducía borracho, como solía estar siempre, se convirtió en un alcohólico. Rothko, enganchado a los tranquilizantes y el alcohol, terminó suicidándose. También Franz Kline se mató con el alcohol. La fama les había encumbrado; la fama les destruyó. Además, con espurios fines.

La masacre de Fort Robinson (1879): la historia como instrumento de resistencia

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Little Wolf y Dull Knife en 1873.

Los cheyenes del norte protagonizaron una tenaz resistencia a la colonización blanca del siglo XIX, hasta que en 1867 se firmó el tratado de Medicine Lodge entre los blancos y los jefes de distintas tribus indias que, en teoría, ponía fin a las hostilidades. Pero los problemas no acabaron aquí. Los cheyenes pronto se sintieron engañados, no habían podido entender el contenido de algunas de las cláusulas de lo que firmaban, como que debían trasladarse al sur, a una reserva en la actual Oklahoma. Su deseo era permanecer en el norte, incluso una delegación suya fue a Washington, en 1872, para expresarle personalmente dicho deseo al presidente Grant. Se les permitió seguir en sus tierras, pero temporalmente.

Al morir el general Custer en la batalla de Little Big Horn, en 1876, los propios cheyenes se dieron cuenta enseguida que el hecho les pasaría factura, aunque ellos nada tuvieron que ver. La represión sobre los indios en general les alcanzaría también a ellos; ya lo sabían de otras veces. Buscaron refugio en las montañas, pero los soldados les descubrieron, les persiguieron, destruyeron sus víveres y provisiones y mataron a la mayoría de sus caballos. Acabaron por rendirse en abril de 1877 y se les trasladó a Fort Robinson. El gobierno, no obstante, quería agrupar a los cheyenes del norte con los del sur y, finalmente, los del norte aceptaron trasladarse al sur. Fueron setenta días de dura marcha, hasta llegar en agosto de 1877 a Darlington Agency (Fort Reno), cerca de la actual Oklahoma City. Su existencia, ya difícil de por sí, pasó a ser insoportable. Los cheyenes del sur ─por muy cheyenes que fueran─ no dejaban de ser unos desconocidos para ellos, sus fuerzas físicas ─tras las penalidades sufridas─ estaban al límite de la extenuación, faltaban comida y ropas, el clima les era extraño. Solo había destinado un médico y apenas había medicinas. Así las cosas, las enfermedades pronto hicieron mella entre los cheyenes del norte y muchos fallecieron; dos tercios enfermaron y cuarenta y uno murieron durante aquel invierno.

“Danza del sol” (cheyenes del norte). Fotografía de Edward Curtis (1908)

“Danza del sol” (cheyenes del norte). Fotografía de Edward Curtis (1908)

Había que huir de allí, de “la tierra de la enfermedad”, hacia el norte de nuevo, a sus tierras, a su hábitat natural. Trescientos cincuenta y tres cheyenes, liderados por Dull Knife y Little Wolf, se fueron y se enfrentaron a los soldados, a los que eludían constantemente, pues sabían moverse mejor que ellos por aquellos escarpados terrenos. Se dividieron en dos grupos. Los de Dull Knife fueron localizados y, no sin algún que otro conato de resistencia, acabaron por rendirse, siendo trasladados de nuevo a Fort Robinson.

Las condiciones de vida no mejoraron y al anochecer del 9 de enero de 1879 Dull Knife y los suyos escaparon. Solo tenían cinco rifles y unas pocas pistolas viejas, pero con tan pobre armamento consiguieron hacer frente al ejército, si bien la mitad murió por el camino, la mayoría en enfrentamientos con los soldados. Para sorpresa de los mandos militares, que no acababan de entender cómo se les escurrían cada dos por tres, cruzaron el río White, prosiguiendo la marcha por un desfiladero. El ejército les seguía los pasos. Los que llegaron a superar la cumbre fueron perseguidos durante once días. El día once los soldados consiguieron rodearlos en un revolcadero de búfalos en Antelope Creek, a unos cuarenta kilómetros de Fort Robinson. Casi todos fueron asesinados. Sesenta y seis cayeron por las balas. La rebelión de los cheyenes del norte había terminado.

After the final battle at The Pit. Painting by Frederic Remington, 1897

Tras la batalla de Fort Robinson. Pintura de Frederic Remington (1897)

En 1987 un grupo de cuatro miembros del Laboratorio de Arqueología de la Universidad de Dakota del Sur y tres representantes del Dull Knife Memorial College y del Northern Cheyenne Cultural Committee llevaron a cabo una actuación arqueológica con la finalidad de esclarecer la verdad sobre lo acaecido durante la huida de los cheyenes durante su rebelión de Fort Robinson*.

La controversia no era banal en absoluto, pues la versión oficial, u oficiosa, establecía una ruta para la huida, mientras que la tradición oral cheyene sostenía que había sido otra. Según la primera, los cheyenes habrían protagonizado una huida vergonzosa al escapar por la sierra en una noche de luna llena. De ser así, significaba que actuaron con la mayor de las torpezas, y Dull Knife y los suyos eran mucho más listos. ¿Cómo iban a seguir la ruta que señalaban los blancos, a llanura abierta? Eso los convertía en objetivos fáciles, ya que había luna llena. Era, por tanto, una cuestión trascendental, se trataba del orgullo de un pueblo.

Fotograma de “Cheyenne Autumn”.

Fotograma de “Cheyenne Autumn”.

La tradición oral de los cheyenes difería notablemente respecto a la historia académica y el discurso ofrecido desde el poder y otras instancias. Así, por ejemplo, John Ford trató el suceso en El gran combate (Cheyenne Autumn) lógicamente desde la perspectiva blanca. Fue de este modo que –cuando el Dull Knife Memorial College, una escuela pública de los cheyenes del norte, inició el proceso de adquisición de 365 acres de tierra cerca de Fort Robinson y se propuso acondicionar un sendero conmemorativo para explicar su historia– se inició la intervención antes mencionada. El trabajo de campo consistió en la inspección visual y en diversas excavaciones tras dividir el área en tres secciones, técnicas que se complementaron con tres detectores de metales para hallar restos de la munición usada. En la que la historiografía señalaba como ruta de huida no se hallaron artefactos de ninguna clase, lo que no ocurrió en el trazado defendido por los cheyenes. El peso de la evidencia, como señalaban los autores, se inclinaba por tanto a favor de la tradición oral cheyene, y concluían diciendo que “cuando la historia y la arqueología son usadas por los grupos dominados, se pueden convertir en instrumentos capaces de de permitirles liberarse de la participación en la ideología dominante”.

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* MCDONALD, J.DOUGLAS; ZIMMERMAN, LARRY J.; MCDONALD, A.L.; TALL BULL, WILLIAM; RISING SUN, TED (1993): “La rebelión de los cheyenes del Norte (1879): el uso de la historia oral y la arqueología como instrumentos de resistencia”, Taller d’història, núm. 1, 1993, 37-44. Publicado originariamente en The Archaoelogy of Inequality (1991), Blackwell, Cambridge (Massachussets).