Los otros Mayos del 68: Checoslovaquia

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Tanques del Pacto de Varsovia invaden Praga (agosto de 1968). Josef Koudelka / Magnum ©

El crecimiento económico de los años 50 y 60 del siglo XX alcanzó todos los países industrializados, incluidos los del Este. El índice de crecimiento de la URSS en los años 50 llegó a ser más alto que el de cualquier país occidental. Checoslovaquia –un estado vigente entre 1918-1939 y 1946-1992, formado por los pueblos checo y eslovaco, que comprendía los territorios de Bohemia y Moravia (actual República Checa) y Eslovaquia– alcanzaba en la década de 1960 unos niveles de prosperidad que nunca antes había conocido, a pesar de que la Unión Soviética había vetado en 1947 su incorporación al Plan Marshall.

En 1960 se dotó de una nueva constitución y en 1965 emprendió una nueva política económica dado el fracaso de los objetivos previstos en el quinquenio precedente. Entre las medidas de esta nueva política económica destacaba el mayor protagonismo que ahora pasaban a tener la industria ligera y los consumidores y la apertura a los mercados occidentales. Asimismo, Checoslovaquia se convirtió en un Estado federal (Chequia y Eslovaquia). La mayor bonanza económica fue acompañada de medidas liberalizadoras en lo político y lo cultural, así como de una renovación en la cúpula política dirigente. A principios de 1968 el estalinista Antonín Novotný hubo de renunciar a los cargos de secretario general del Partido Comunista y de presidente de la República. Para este último cargo fue elegido Ludvik Svoboda, y para el primero Alexander Dubček, gran inspirador de unas reformas que pretendían establecer un socialismo más humano.

Alocución de Alexander Dubček a sus compatriotas en repudio a la invasión soviética.

Alocución de Alexander Dubček a sus compatriotas en repudio a la invasión soviética.

“Hemos de eliminar todo aquello que estrangula la actividad artística y científica”, dijo Alexander Dubček poco después de ser nombrado secretario general del Partido Comunista. Este movimiento liberalizador –respaldado por la mayoría de la población, intelectuales y gente del mundo de la cultura– ha pasado a la historia con el nombre de Primavera de Praga. Las reformas impulsadas por Dubček comprendían la abolición de la censura de prensa y el derecho de los ciudadanos a expresarse libremente. En abril de 1968 Comité Central del Partido Comunista checoeslovaco hizo pública una declaración en la que criticaba la obediencia incondicional a la política del propio partido, algo totalmente insólito en el bloque soviético.

Al igual que ocurrió con Estados Unidos, la Unión Soviética –la segunda gran potencia mundial, con aspiraciones de convertirse en la primera– no podía consentir fisuras ni en su seno ni en el de sus países satélite. Solamente se es fuerte desde la homogeneidad. En el mes de julio los dirigentes soviéticos –al frente de los cuales estaba Leonidas Brežnev– manifestaron tener en su poder pruebas de que la República Federal Alemana pretendía anexionarse la zona norte de Checoslovaquia, por lo “ofrecía” al Ejército Rojo para que defendiera el país de la supuesta futura agresión. Lógicamente –digo lógicamente porque lo contrario hubiera significado algo totalmente opuesto al espíritu que animaba todas estas reformas– se rechazó la propuesta, una propuesta que no dejaba de ser un aviso recordatorio de que la URSS era la única que podía ejercer el control (en todos los sentidos) de los países autodenominados socialistas.

Praga agosto de 1968. Josef Koudelka / Magnum©

Praga agosto de 1968. Josef Koudelka / Magnum©

La política reformadora no por ello se detuvo, más bien al contrario. ¿Consentir una grieta en el sistema que mostrara al mundo que un estado socialista no tenía por qué reprimir las libertades individuales? Impensable en plena guerra fría. El 21 de agosto de 1968 Checoslovaquia fue invadida por tropas del Pacto de Varsovia. El pueblo checoslovaco, que había disfrutado por poco tiempo de aquella Primavera de Praga, veía cómo los soviéticos entraban a la capital. En total, más de 600.000 soldados, 7.500 tanques y 1.000 aviones. Ante el temor de aquello terminara en un baño de sangre, el Gobierno checoslovaco ordenó a sus fuerzas que no opusieran resistencia. Dubček y Svoboda fueron obligados a trasladarse a Moscú en una especie de paripé que pretendía disfrazar de conversaciones amistosas lo que no dejaba de ser una imposición. El pueblo se manifestó pacíficamente contra la invasión con eslóganes que, entre otros, nos recuerdan los del Mayo del 68 francés: ¡Americanos abandonad Vietnam; soviéticos, abandonad Checoslovaquia!; Lenin, despierta, Brežnev se ha vuelto loco; Stalin aplaude, Lenin desaprueba, pero que, al mismo tiempo, dejaban bien a las claras sus intenciones. No se trataba de pertenecer a uno de los dos bloques, el mundo no podía dividirse entre “buenos” y “malos”. Se podía construir una sociedad más justa e igualitaria, una sociedad comunista (o socialista, es lo mismo), desde el respeto a la libertad individual de cada uno. Esta es, a mi juicio, la principal lección que podemos extraer de aquellos hechos.

Praga agosto de 1968.

Praga agosto de 1968.

Tras las “amistosas conversaciones”, y ante el cariz que cobraban los acontecimientos, el Gobierno checoslovaco anunció que abandonaba el programa de reformas en una intervención que la radio emitió en directo, por lo que la gente pudo oír los quebrantos de la voz de Dubček, fruto sin duda de la impotencia. Una vez más la fuerza se imponía a cualquier otra consideración. Una vez más, el disconforme se convertía en enemigo. Los ilusionados manifestantes no perdonaron a Dubček su reacción y la resistencia pacífica no fue obstáculo para que hubiera decenas de muertes, la mayoría de jóvenes. Se produjeron entre ochenta y doscientos muertos en combates ocasionales. Más de cien mil personas abandonaron el país y las detenciones alcanzaron un número indeterminado pero importante. Poco después, las reformas económicas comenzaron a anularse y se restablecieron las condiciones de censura. Dubček se mantuvo en el cargo hasta abril de 1969, ya sin el enorme respaldo popular de que había gozado al inicio de las reformas. Al año siguiente sería expulsado del Partido Comunista. Todo volvía a la “normalidad”.

Mayo del 68 (1): La década dorada

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Iniciamos con esta la primera de una serie de nueve entradas sobre los hechos de Mayo del 1968. Las dos primeras pretenden contextualizar los sucesos propiamente conocidos como Mayo del 68, que explicaremos en las tres siguientes. A estas cinco, añadiremos una sobre la música de Mayo del 68 y tres más, que hemos titulado “Los otros Mayos del 68”, en las que analizaremos lo sucedido en la antigua Checoslovaquia, Estados Unidos y México, contestaciones que parten del mismo contexto y que completan ese convulso año. El resto las iremos publicando en las próximas semanas.

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“¿Qué es lo que hace que las casas de hoy sean tan diferentes, tan atractivas?” (1956). Richard Hamilton.

Tanto la década de 1960 como la precedente de 1950 se caracterizaron por un acelerado crecimiento económico (el mayor del siglo) de los países norteamericanos y europeos, una expansión industrial capitaneada por los Estados Unidos –país que durante la Segunda Guerra Mundial no había sufrido daños en su infraestructura industrial, urbana, de transportes y comunicaciones– y basada en el enorme potencial de la tecnología americana (made in America) y la pujanza militar de la ya primera nación del mundo. Este boom económico y la aplicación de la revolución tecnológica iniciada durante la guerra a las necesidades de las personas transformaron por completo la vida cotidiana en los países ricos (y en menor medida también en los pobres).

50s-familyA nivel social, el crecimiento económico conllevó un importante aumento del consumo por amplios sectores de la población. Surgió una nueva forma de vida: el American way of life se convirtió en un modelo para el resto del mundo que tenía su traslación europea en el denominado Estado de bienestar.

El modelo se fue generalizando cada día con más fuerza entre las clases medias, contribuyendo a su difusión el hecho que la información comenzase ahora a llegar a todos. En 1947 se había inventado el transistor y, poco después, la televisión empezaba a implantarse en los países desarrollados.

 Las casas comenzaron a llenarse de electrodomésticos. Los transportes experimentaron una segunda revolución con la producción masiva de coches utilitarios. En estas décadas la producción de automóviles y de objetos para el hogar se triplicó. El turismo dejaba de ser algo reservado únicamente a los más pudientes. Nacía la sociedad de consumo.

Cold-war-flagNo obstante, este momento fue también el del comienzo de la Guerra Fría (competencia entre dos potencies con distintas ideologías políticas: EEUU y la URSS), con la consiguiente rivalidad en armamento nuclear y en la carrera espacial, y el de la escalada de nuevos conflictos bélicos: guerra de Corea, rebelión mau-mau en Kenia, operación militar estadounidense en Indonesia, inicio del movimiento a favor de la independencia de Argelia, guerra del Vietnam…

Por otro lado, ese ascenso del consumo no fue acompañado de un mayor nivel de libertades civiles. En Estados Unidos, por ejemplo, se seguía considerando la homosexualidad una enfermedad que podía curarse ¡con la lobotomía!, al tiempo que el racismo seguía estando a la orden del día. La aparente “homogeneidad” norteamericana tenía enormes desigualdades sociales (y raciales).

Lobotomía. Fotografía: Walter Freeman (16 de diciembre de 1960)

Lobotomía. Fotografía: Walter Freeman (16 de diciembre de 1960)

No es de extrañar, pues, que la generación beat tuviera su origen en Estados Unidos ni que fuera en ese mismo país donde el movimiento estudiantil comenzara sus protestas de forma cada vez más contundente (California). Y, al igual que se había difundido el American way of life, se difundían ahora los síntomas de descontento hacia una sociedad que se mostraba cada día más competitiva, individualista y faltada de solidaridad. La insatisfacción permanente caracterizó a las nuevas generaciones que veían que esa sociedad de aparente bienestar no dejaba al ser humano desarrollarse libremente –“El hombre no es otra cosa que lo que él se hace”, había dicho Sartre en 1946– ni era capaz de acabar con los conflictos bélicos, la escalada armamentística, o las desigualdades de todo tipo (económicas, de raza, de género…).

Las muestras de disconformidad y descontento hacia la nueva sociedad vinieron de la mano de los jóvenes. La juventud irrumpía por primera vez como sujeto histórico, accediendo a ese Estado de bienestar como consumidor y, por tanto, como protagonista. “El descontento de los jóvenes no era menguado por la conciencia de estar viviendo unos tiempos que habían mejorado asombrosamente, mucho mejores de lo que sus padres jamás creyeron que llegarían a ver. Los nuevos tiempos eran los únicos que los jóvenes universitarios conocían (…) La explosión de descontento estudiantil se produjo en el momento culminante de la gran expansión mundial, porque estaba dirigido, aunque fuese vaga y ciegamente, contra lo que los estudiantes veían como característico de esa sociedad, no contra el hecho que la sociedad anterior no hubiera mejorado lo bastante las cosas. Paradójicamente, el hecho de que el impulso del nuevo radicalismo procediese de grupos no afectados por el descontento económico estimuló incluso a los grupos acostumbrados a movilizarse por motivos económicos a descubrir que, al fin y al cabo, podían pedir a la sociedad mucho más de lo que habían imaginado”. (Hobsbawm: Historia del siglo XX, 1994).