¿Quién mató a Kennedy?

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John F. Kennedy y su esposa, Jackie, en Dallas momentos antes del magnicidio. / Ken features. El País.

Muchos son los episodios de la historia de la humanidad cuya verdad lo más probable es que nunca se sabrá. Uno de ellos es el asesinato de John Fitzgerald Kennedy en Dallas el 22 de noviembre de 1963.

A los pocos días del magnicidio, el 29 de noviembre, el nuevo presidente de Estados Unidos, Lyndon B. Johnson, establecía una comisión para investigar sus circunstancias: The President’s Commission on the Assassination of President Kennedy, más conocida como Comisión Warren por ser su presidente Earl Warren, magistrado y presidente de la Corte Suprema de los Estados Unidos.

Diez meses después, el 27 de septiembre de 1964 –hoy, pues, se cumplen 52 años– esta hacía público un informe que concluía con que Lee Harvey Oswald había sido el único responsable del atentado. Es decir, que había actuado solo.

Desde el primer momento el informe de la Comisión Warren solo satisfizo a los ya convencidos y las críticas se multiplicaron desde todas las instancias. Y es que más que resolver el enigma lo que en realidad logró fue todo lo contrario. Muy pocos creyeron que Oswald llevó a cabo el asesinato de Kennedy en solitario como afirmaba la comisión. Lo que, por otra parte, no era nada nuevo. Meses antes, entre marzo y abril de 1964, la revista española Triunfo publicó a lo largo de cinco semanas –conjuntamente con el semanario francés L’Express– un informe elaborado por Thomas G. Buchanan cuyo título general era “Los asesinatos de Kennedy” que contenía una minuciosa y detallada información, muy bien argumentada y escrita, en la que cuestionaba las conclusiones a que había llegado la Comisión Warren.

Buchanan era un ingeniero estadounidense que trabaja en la sede de la IBM en París. Colaboraba en L’Express y había recalado en la capital gala tras ser despedido del The Washington Star en 1948 por estar afiliado al Partido Comunista de América. Minucioso y exhaustivo, su informe desmontaba la práctica totalidad de las conclusiones de la Comisión Warren. Y eso que era previo. Veamos algunas de sus principales cuestionamientos.

Una bala que supuestamente dispara Oswald desde un piso del depósito de libros en que trabajaba atraviesa la cabeza del presidente, por detrás. Sale por el cuello, hace un enorme agujero en el parabrisas y aparece después en la camilla de Kennedy casi intacta. No resulta muy creíble. Otra bala le hiere en la espalda, pero los cirujanos que tratan de salvarle de la vida no se dan cuenta. ¡Vaya profesionales! Se olvidaron de dar la vuelta al cuerpo. ¿No es también increíble?

Luego está el tema de la puntería de Oswald. En su día, el ejército de Estados Unidos lo calificó de tirador mediocre. ¡Menos mal que era mediocre! El mediocre resulta ser según la Comisión Warren uno de los mejores tiradores del mundo, capaz de dar en el blanco a tanta distancia y además con un fusil semiautomático que tuvo que cargar dos veces. Y para todo ello dispuso solamente de cinco segundos y medio. Difícil también creer algo así.

Esto nos lleva a la hipótesis de que al menos había dos asesinos. Si así es, ¿cómo se las apañó el segundo asesino para escapar? Nada más ser alcanzado el presidente por los disparos, se acordonó y registró el edificio. No había duda de que desde allí habían salido los tiros. Con quinientos hombres rodeando el edificio ¿cómo escapa nadie? A no ser que llevara uniforme de policía.

Habrán oído más de una vez aquello de averigua a quién beneficia el crimen y sabrás quién fue el asesino. La política exterior de Kennedy, su intento de coexistencia pacífica con la Unión Soviética y la decisión de retirar las tropas de Vietnam en 1965 implicaba una drástica reducción de los beneficios de la industria armamentística. Además, para algunos miembros del alto mando del ejército esta política era una muestra de debilidad, una rendición en toda regla. Kennedy quería normalizar las relaciones con la Unión Soviética y era consciente de los intereses que había detrás de los que se oponían a cualquier pacto con “el enemigo”. Por ello recortó el poder de la CIA quitándoles el control de las operaciones paramilitares secretas a favor del Departamento de Defensa.

Por otra parte, no se entiende que un viaje oficial del presidente tuviera tantos fallos de seguridad, impropios de la Casa Blanca. El itinerario era de por sí poco seguro, y encima iban en un coche descubierto. ¿Cómo no creer en un complot para acabar con su vida en el que estuvieran implicadas altas instancias de la Administración?

Y la autopsia misma. ¿Quién realizó la autopsia? El médico personal de Kennedy, representante de la familia, fue expulsado de la morgue y de la autopsia se encargaron tres forenses sin experiencia supervisados en todo momento por altos mandos militares.

En 1976 se estableció un Comité Selecto de la Cámara sobre Asesinatos (US House of Representatives Select Committee on Assassinations) para investigar los asesinatos de Kennedy y de Martin Luther King, otro que tampoco está nada claro. En julio de 1979 hizo público un informe en el que se decía que ambos asesinatos, “probablemente”, eso sí, fueron el resultado de sendas conspiraciones: la primera, la que terminó con la vida de Kennedy, obra de miembros de la mafia; la que mató a Luther King de hombres de negocios de ideología ultraderechista. Al mismo tiempo, eliminaba cualquier sospecha de que la CIA y la FBI estuviesen implicados.

Según este comité, Oswald había tenido numerosas conexiones con Carlos Marcello, un conocido padrino de la mafia de Nueva Orleans. Y también las tuvo el asesino de Oswald, Jack Ruby, muy vinculado al sindicato del crimen, concretamente a Sam Giancana, el jefe de la mafia de Chicago, que fue asesinado en junio de 1975. Otras pistas conducían a Santos Trafficante, padrino de la organización en Tampa (Florida). Sin embargo, uno y otro negaron cualquier implicación.

Poco antes de su muerte, acaecida en 2007, el agente de la CIA Everette Howard Hunt dijo que el asesinato de Kennedy era obra de un complot organizado por varios altos mandos de la CIA, un plan al que se refirió como The Big Event, cuyo autor intelectual habría sido el propio Lyndon B. Johnson. Así lo explicaba el diario digital español El Confidencial en un artículo titulado “El hombre clave en el asesinato de Kennedy y lo que dejó grabado en vídeo antes de morir” (29 de noviembre de 2015):

“En 2003, Saint John [hijo de Hunt] logró convencer a su padre para que contara todo lo que sabía sobre el asesinato de JFK, después de que este hubiera intentando vender su historia, sin éxito, a Kevin Costner, que, siempre según su hijo, le había prometido una enorme suma de dinero por el secreto que nunca aportó.

En los cuatro años que le quedaban de vida, Hunt se dejó entrevistar en vídeo por su hijo, que contó con la ayuda del escritor y especialista en el asesinato de JFK Eric Hamburg, y dejó decenas de notas manuscritas además de unas abultadas memorias. En las entrevistas (…) se puede ver al viejo espía en sus horas más bajas, tratando de revelar lo que sabe sin dejar al descubierto las miserias de su familia, sus antiguas lealtades profesionales ‘y lo poco que quedaba de su buen nombre’.

Tras la muerte de Hunt, su hijo ofreció las grabaciones a los grandes medios estadounidenses, pero muy pocos se interesaron por ellas. Un productor de 60 Minutes –el más exitoso programa informativo de la televisión estadounidense (…)– se pasó días estudiando el material, pero la historia fue abortada por la dirección. Al final, sólo Rolling Stone y un puñado de medios alternativos llevaron a portada las revelaciones de Hunt. El libro que Saint John publicó sobre su padre, Bond of Secrecy (Trine Day), no recibió apenas promoción ni atención”.

Así pues, ¿quién mató a Kennedy? Me temo que, como decía al principio, nunca se sabrá a ciencia cierta. Como tampoco –y ¡ojalá me equivoque– puede que nunca se sepa la verdad de los hechos de Iguala (México, Estado de Guerrero), en los que ‘desparecieron’ 43 estudiantes de la Escuela Normal Rural de Ayotzinapa (257 km. al sureste de Iguala) hace ya dos años.

Chile, 11 de septiembre de 1973

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Última imagen del presidente chileno Salvador Allende, en el exterior del Palacio de La Moneda, acompañado del Grupo de Amigos del Presidente (GAP), su servicio de guardia personal, durante el golpe de Estado el 11 de septiembre de 1973 (The New York Times, 26 de enero de 1974. Fotografía de Leopoldo Víctor Vargas ©)

El 11 de setiembre de 1973 tuvo lugar un golpe de estado en Chile encabezado por el abyecto Augusto Pinochet que terminó con la vida del presidente Salvador Allende y con el proyecto de la llamada “vía pacífica hacia el socialismo”.

En 1970 la democracia cristiana perdió las elecciones a favor de la Unidad Popular, dirigida por el socialista Salvador Allende. Este aceleró el programa de nacionalizaciones y la reforma agraria, aumentó el poder adquisitivo de las clases populares y programó cambios estructurales y la reforma de la constitución de 1925. La crisis mundial de 1973 y la oposición de la derecha y de la democracia cristiana neutralizaron los esfuerzos de la Unidad Popular (partidos socialista y comunista y otros grupos de izquierda).

En plena guerra fría, su proceso constituía un ejemplo que podía ser seguido por otros países. Y esto no se podía consentir. Allende nacionalizó la banca, las minas de cobre y algunas grandes empresas. Los intereses económicos de la clase dirigente y del capital estadounidense resultaban claramente dañados.

Así, el 11 de septiembre de 1973 la ultraderecha dio un golpe de estado militar, promovido por los Estados Unidos y estableció una dictadura militar, presidida por Pinochet. El nuevo régimen abolió el parlamentarismo, aniquiló los sectores progresistas chilenos –3.216 ejecutados políticos, de los cuales mil permanecen desaparecidos– e impuso un liberalismo económico drástico que favoreció el regreso de las compañías extranjeras desde 1975, devolvió los latifundios expropiados y abandonó la industria nacional aduciendo que no era competitiva con la extranjera. Chile se convirtió, de este modo, en una especie de laboratorio donde experimentar la política económica ultraliberal que más tarde pondrían en práctica Margaret Thatcher y Ronald Reagan y que nos llevaría a eso que llaman crisis y que no es más que la culminación de un proceso largamente preparado.

Además del sufrimiento, del dolor, de sumir al país en la tristeza y en el miedo, de torturar y matar impunemente, el coste social de la nueva política fue enorme: el poder adquisitivo de las clases trabajadora y media se hundió, la inflación no disminuyó substancialmente y la desocupación alcanzó índices extremos.

Allende murió –se suicidó– durante el asalto al Palacio de la Moneda. Pinochet lo hizo en su cama.

El museo de mamá, la CIA y el expresionismo abstracto

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Tres damas de la alta sociedad, tan altruistas ellas y tan sensibilizadas con los graves problemas que sufría en aquellos momentos la sociedad estadounidense (la Bolsa de Wall Street se había hundido hacía poco), fueron las responsables de que el 7 de noviembre de 1929 abriera sus puertas por primera vez el Museo de Arte Moderno de Nueva York (MoMA). Eran las mecenas y coleccionista de arte Lillie P. Bliss, la galerista y coleccionista Mary Quinn Sullivan, y Abby Aldrich Rockefeller, de profesión su apellido, casada con el multimillonario John Davison Rockefeller, Jr.

El edificio Heckscher (esquina de la Quinta Avenida y la calle 57), primera sede del MoMA. A la derecha el hotel Plaza.

El edificio Heckscher (esquina de la Quinta Avenida y la calle 57), primera sede del MoMA. A la derecha el hotel Plaza.

El MoMA, el primer museo de arte moderno del mundo, nació con la finalidad de potenciar “las artes visuales de nuestro tiempo”. Pero no cualquier arte visual. Con el tiempo –cada vez más aquel proveniente de las tendencias abstraccionistas, es decir, “el arte por el arte”, sin contacto con la realidad, una especie de ente metafísico que se rige por sus propias leyes. También –cómo no– para arrebatar a París el título capital mundial del arte, que pasaba a Nueva York, la gran potencia del mundo tras el fin de la Primera Guerra Mundial.

Nelson Rockefeller, que fue director de MoMA durante las décadas de 1950 y 1960, veía el MoMA como una parte de su propia familia, hasta el punto de que lo llamaba “el museo de mamá”. Tras la Segunda Guerra Mundial –como cuenta, y demuestra, Frances Stonor Saunders en su libro La CIA y la guerra fría cultural (1999)– la CIA encontró en el MoMA un fiel colaborador en su campaña para crear un frente cultural “democrático” en su batalla “por la conquista de la mente humana”, como afirmaría más tarde Kennedy.

Jackson Pollock, Mark Rothko y Franz Kline.

Jackson Pollock, Mark Rothko y Franz Kline.

La CIA y el MoMA invirtieron vastas sumas de dinero en la promoción de la pintura abstracta expresionista y los pintores correspondientes como un antídoto contra el arte con contenido social. En palabras del propio Nelson Rockefeller, “la pintura de la libre empresa”. Exposiciones fuertemente subvencionadas de pintura expresionista abstracta fueron organizadas por toda Europa, se movilizó a los críticos de arte y las revistas especializadas publicaron como artículos y  venga artículos llenos de generosos elogios.

Y así acabaron aquellos pintores que fueron utilizados para tal fin, ajenos a los tejemanejes que unos y otros se traían entre manos. Pollock murió en un accidente de coche, conducía borracho, como solía estar siempre, se convirtió en un alcohólico. Rothko, enganchado a los tranquilizantes y el alcohol, terminó suicidándose. También Franz Kline se mató con el alcohol. La fama les había encumbrado; la fama les destruyó. Además, con espurios fines.