¿Para qué escribimos los historiadores? ¿Para quién?

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¿Para qué escribimos los historiadores? ¿Para quién? ¿Se trata de que los conocimientos históricos puedan estar al alcance de todo el mundo o el receptor es en última y definitiva instancia el especialista?

A medida que la historia ha ido avanzando como ciencia, ha tenido lugar un progresivo distanciamiento entre lo que ocupa a los profesionales de la historia y lo que preocupa cotidianamente los hombres y mujeres de la sociedad en que vivimos.

Hablando de esta cuestión con otros historiadores siempre se llega a la conclusión que es casi insalvable conseguir que la gente se interese por aquello que hacemos. Todos quienes, de una manera u otra, hemos hecho de la historia una profesión, somos conscientes, pienso, que nuestra producción no tiene demasiado eco más allá de nosotros mismos. Sin embargo, nadie negamos que la historia sea una de las ciencias sociales que más ha evolucionado en los últimos tiempos. Todos hablamos de los notables avances que la ciencia histórica ha experimentado en las últimas décadas. La adopción de nuevos temas de estudio, desde nuevos postulados más rigurosos y científicos, ha dado como resultado una significativa renovación historiográfica que ha dinamizado, como se ha dicho repetidamente en multitud de escritos, el estado de la investigación.

history-books-jiri-flogel-shutterstock_17307667Esta investigación ha sido llevada a cabo, como es lógico, desde la Universidad, pero sus resultados a duras penas si son conocidos fuera del mundo universitario. No deja de ser, pues, una gran contradicción el hecho de que los avances de una ciencia que precisamente se califica de social sean en gran parte desconocidos por la sociedad. Pero lo que es más grave: no se trata tanto que los resultados de las investigaciones no trasciendan a la gente en general –al fin y al cabo no todo el mundo está enterado, ni tiene por que estarlo, de los últimos avances en la investigación sobre el cáncer, por poner un ejemplo de la utilidad social del conocimiento científico–, como que estos no tienen apenas ningún tipo de incidencia sobre la sociedad.

Es posible que el poco interés que la gente muestra hacia aquello que los historiadores sacamos a la luz, fundamentalmente a través de la palabra escrita, sea porque lo hacemos más que con un lenguaje comprensible con un dialecto que hay que aprender antes, porque si no resulta ininteligible, incluso a veces para nosotros mismos cuando se trata de un tema que se aleja en demasía de la que es nuestra especialidad. No hay comunicación entre quienes producen los conocimientos históricos y quienes tendrían que ser sus lógicos destinatarios más allá del ámbito académico y que ya hace tiempo que calificamos como los verdaderos protagonistas de la historia: la gente.

Si no nos comunicamos es que tenemos un serio problema a la hora de plasmar en palabras aquello que hemos estudiado (sin duda porque creemos que es un tema de interés). O bien porque el interés que nos suscita el tema objeto de nuestra investigación no va mucho más lejos del, por otro lado comprensible, «currículum profesional». Cuando alguien realmente tiene necesidad de comunicar algo, siempre encuentra el medio de hacerse entender. La cuestión es con quién queremos comunicarnos. Si es principalmente con aquellos que después pueden hacer una crítica, favorable por supuesto, de nuestro trabajo o que nos juzgarán en una próxima oposición, es suficiente emplear el dialecto al cual nos referíamos antes. Tenemos la garantía que se entenderá; no en balde somos nosotros quienes lo hemos elaborado. Pero difícilmente será asequible para quien no forme parte de la comunidad en la cual se habla este dialecto.

El problema fundamental, por tanto, no es a nuestro parecer más que el de la postura que el historiador tomará ante el mundo que lo rodea y de cuál será su función social y la de la misma historia en cuanto que disciplina. El historiador también es un producto de la historia y su obra tendrá mucho que ver con la posición desde la cual la aborde. Es muy probable que si uno se interroga sobre estas cuestiones y cree que este mundo es todavía demasiado injusto y desigual como para no intentar su transformación pienso que, más allá dlibrose los beneficios que le pueda comportar de cara a la carrera profesional, estará de acuerdo que “la justificación última de cualquier investigación histórica tiene que ser la de aumentar la conciencia de nosotros mismos, de nuestras acciones y pensamientos, la de permitir que nos vemos en perspectiva y la de ayudarnos en el camino a esa mayor libertad que viene del autoconocimiento» (E.H. Carr, ¿Qué es la historia?, 1961).

Si el historiador utiliza fundamentalmente la publicación de los resultados de sus investigaciones para que estas sean conocidas por los otros, sí se divulga, al menos en buena parte, aquello que se hace. Ahora bien, ¿quiénes son esos otros? Si atendemos a la respuesta social que estas publicaciones generan apreciaremos que el esfuerzo se evapora en el camino que va de la escritura y su impresión a la lectura. Y es que la gente difícilmente se puede sentir reconocida. El problema es, pues, una cuestión de lenguaje, y el lenguaje que nosotros empleamos no parece que sirva para la que considerábamos su finalidad principal: la comunicación. Pero no es que a la gente no le interese la historia. Los hechos no dicen esto. Solo hay que ver el éxito de la novela histórica, de los documentales, de las películas o de las series de televisión sobre historia.

Decía Marc Bloch (Introducción a la historia, 1949) que no conseguía «imaginar mayor halago para un escritor que saber hablar por igual a los doctos y a los escolares». Pero nosotros hablamos a los doctos y nos olvidamos demasiado a menudo de los escolares. Una excesiva especialización cada vez mayor de las distintas áreas del saber histórico se acompaña de una ausencia casi total de planteamientos globalizadores y de elementos de reflexión y de una producción historiográfica centrada básicamente en las monografías. No es fácil que, en este contexto, la sociedad se interese por la historia que hacemos, lo cual no deja de tener una justa correspondencia: tampoco nosotros nos interesamos demasiado por la sociedad.

“Los libros” (2004). Claude Verlinde

“Los libros” (2004). Claude Verlinde

Que la historia sea el estudio del pasado no significa que no tenga que atender las necesidades del presente. Que a la gente le interese la historia pero no la mayor parte de lo que nosotros hacemos, no ha de ser obstáculo para que vivamos en una especie de torre de marfil. La sabiduría –dijo Abbagnano– «no puede permanecer cerrada en las arcas de teorías, viejas y nuevas, tan solo accesibles a unos pocos iniciados. Un tesoro es inútil si permanece oculto y no aporta todo aquello necesario para vivir la vida. La sabiduría es para la vida, y en la vida tiene que ser comprendida y valorada» (La sabiduría de la vida, 1968).

En palabras de Witold Kula: «El historiador tiene que ser traductor, tiene que trasladar en nuestra lengua los valores otras civilizaciones. Es siempre consciente de los valores individuales que traslada y está convencido que, a pesar de todo, tal traducción es posible. El historiador la entrega a la sociedad consciente de su propia originalidad, haciéndola comprensible a los otros. Comprender a los otros, he aquí la tarea del historiador. Hay pocas más difíciles. Pero difícilmente se encontrará una más bella» (“Mon ‘éducation sentimentale», Annales ESC, 1, 1989).

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Extracto (traducido del catalán) de mi artículo “Investigació, difusió i coneixement de la historia”, Revista d’historia medieval, núm. 2, 217-225.

Mayo del 68 (1): La década dorada

Iniciamos con esta la primera de una serie de nueve entradas sobre los hechos de Mayo del 1968. Las dos primeras pretenden contextualizar los sucesos propiamente conocidos como Mayo del 68, que explicaremos en las tres siguientes. A estas cinco, añadiremos una sobre la música de Mayo del 68 y tres más, que hemos titulado “Los otros Mayos del 68”, en las que analizaremos lo sucedido en la antigua Checoslovaquia, Estados Unidos y México, contestaciones que parten del mismo contexto y que completan ese convulso año. El resto las iremos publicando en las próximas semanas.

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“¿Qué es lo que hace que las casas de hoy sean tan diferentes, tan atractivas?” (1956). Richard Hamilton.

Tanto la década de 1960 como la precedente de 1950 se caracterizaron por un acelerado crecimiento económico (el mayor del siglo) de los países norteamericanos y europeos, una expansión industrial capitaneada por los Estados Unidos –país que durante la Segunda Guerra Mundial no había sufrido daños en su infraestructura industrial, urbana, de transportes y comunicaciones– y basada en el enorme potencial de la tecnología americana (made in America) y la pujanza militar de la ya primera nación del mundo. Este boom económico y la aplicación de la revolución tecnológica iniciada durante la guerra a las necesidades de las personas transformaron por completo la vida cotidiana en los países ricos (y en menor medida también en los pobres).

50s-familyA nivel social, el crecimiento económico conllevó un importante aumento del consumo por amplios sectores de la población. Surgió una nueva forma de vida: el American way of life se convirtió en un modelo para el resto del mundo que tenía su traslación europea en el denominado Estado de bienestar.

El modelo se fue generalizando cada día con más fuerza entre las clases medias, contribuyendo a su difusión el hecho que la información comenzase ahora a llegar a todos. En 1947 se había inventado el transistor y, poco después, la televisión empezaba a implantarse en los países desarrollados.

 Las casas comenzaron a llenarse de electrodomésticos. Los transportes experimentaron una segunda revolución con la producción masiva de coches utilitarios. En estas décadas la producción de automóviles y de objetos para el hogar se triplicó. El turismo dejaba de ser algo reservado únicamente a los más pudientes. Nacía la sociedad de consumo.

Cold-war-flagNo obstante, este momento fue también el del comienzo de la Guerra Fría (competencia entre dos potencies con distintas ideologías políticas: EEUU y la URSS), con la consiguiente rivalidad en armamento nuclear y en la carrera espacial, y el de la escalada de nuevos conflictos bélicos: guerra de Corea, rebelión mau-mau en Kenia, operación militar estadounidense en Indonesia, inicio del movimiento a favor de la independencia de Argelia, guerra del Vietnam…

Por otro lado, ese ascenso del consumo no fue acompañado de un mayor nivel de libertades civiles. En Estados Unidos, por ejemplo, se seguía considerando la homosexualidad una enfermedad que podía curarse ¡con la lobotomía!, al tiempo que el racismo seguía estando a la orden del día. La aparente “homogeneidad” norteamericana tenía enormes desigualdades sociales (y raciales).

Lobotomía. Fotografía: Walter Freeman (16 de diciembre de 1960)

Lobotomía. Fotografía: Walter Freeman (16 de diciembre de 1960)

No es de extrañar, pues, que la generación beat tuviera su origen en Estados Unidos ni que fuera en ese mismo país donde el movimiento estudiantil comenzara sus protestas de forma cada vez más contundente (California). Y, al igual que se había difundido el American way of life, se difundían ahora los síntomas de descontento hacia una sociedad que se mostraba cada día más competitiva, individualista y faltada de solidaridad. La insatisfacción permanente caracterizó a las nuevas generaciones que veían que esa sociedad de aparente bienestar no dejaba al ser humano desarrollarse libremente –“El hombre no es otra cosa que lo que él se hace”, había dicho Sartre en 1946– ni era capaz de acabar con los conflictos bélicos, la escalada armamentística, o las desigualdades de todo tipo (económicas, de raza, de género…).

Las muestras de disconformidad y descontento hacia la nueva sociedad vinieron de la mano de los jóvenes. La juventud irrumpía por primera vez como sujeto histórico, accediendo a ese Estado de bienestar como consumidor y, por tanto, como protagonista. “El descontento de los jóvenes no era menguado por la conciencia de estar viviendo unos tiempos que habían mejorado asombrosamente, mucho mejores de lo que sus padres jamás creyeron que llegarían a ver. Los nuevos tiempos eran los únicos que los jóvenes universitarios conocían (…) La explosión de descontento estudiantil se produjo en el momento culminante de la gran expansión mundial, porque estaba dirigido, aunque fuese vaga y ciegamente, contra lo que los estudiantes veían como característico de esa sociedad, no contra el hecho que la sociedad anterior no hubiera mejorado lo bastante las cosas. Paradójicamente, el hecho de que el impulso del nuevo radicalismo procediese de grupos no afectados por el descontento económico estimuló incluso a los grupos acostumbrados a movilizarse por motivos económicos a descubrir que, al fin y al cabo, podían pedir a la sociedad mucho más de lo que habían imaginado”. (Hobsbawm: Historia del siglo XX, 1994).

El derecho a la pereza

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Bremen (Alemania), 1962. Fotografía de Henri Cartier-Bresson.

En estos tiempos en que el trabajo parece que se implora, en que gobernantes y políticos mendigan a los inversores unas migajas de su hacienda como buenos mamporreros que son del poder para que sus administrados puedan seguir existiendo –que no viviendo– con trabajos precarios y sueldos de miseria, en que se asume la marginalidad y la pobreza como algo inherente a cualquier forma de organización social, es más necesario que nunca reivindicar el valor de la propia vida y la toma de las propias decisiones. Y, en consecuencia, el derecho a la pereza, entendida esta como el derecho a vivir, a que el trabajo sea una prolongación de la vida y no al revés. La explotación no alcanza únicamente el tiempo de trabajo, también el dedicado al ocio.

Vivimos tiempos de metamorfosis social. Las bases sobre las que se sustenta la sociedad actual responden a un modelo que comienza a tambalearse. Ya no es el modelo de sociedad que surgió con la Revolución industrial y la Revolución francesa, el capital industrial pasa a ser un apéndice del financiero, la economía productiva está subordinada a la economía especulativa.

Por otra parte, las innovaciones tecnológicas son de tal magnitud que es imposible que pueda haber trabajo –digno y bien remunerado– para todos. El crecimiento continuo es a todas luces inviable. Siempre consumiendo, siempre comprando. ¿Qué? ¿Con qué dinero? La brecha entre ricos y pobres se amplía a marchas forzadas. Puede que también sea inviable que se trabaje menos y se viva mejor –en las condiciones actuales desde luego que no–, pero no por ello hay que pensar que nuestra manera de organizarnos sea inmutable. Los valores que sustentan nuestros principios pueden llegar a ser otros. ¿Por qué no? Cuáles, no lo sé. Cuándo y cómo tampoco. No soy futurólogo. Pero nunca está de más reivindicar el derecho a la pereza. La riqueza no la ha creado solo el capital, ni los bienes, ni la tecnología. Digo yo que el trabajo algo habrá tenido que ver.

“Le droit à la paresse”, edición de 1883.

“Le droit à la paresse”, edición de 1883.

El derecho a la pereza es el título de un opúsculo que publicó Paul Lafargue en 1883, Le droit à la paresse, y que previamente había aparecido en varias entregas en 1880 en el periódico L’Egalité. Lafargue fue un socialista francés que nació en Santiago de Cuba en 1842, pues su padre era un importante propietario de plantaciones de café en el país caribeño. Allí empezó a estudiar medicina, si bien terminó la carrera en Francia, de donde fue expulsado por sus actividades políticas. Se refugió en Inglaterra y fue entonces que conoció a Karl Marx, de quien terminó siendo su yerno (por cierto, a este no le hacía demasiada gracia que se casara con su hija Laura, no creía que pudiera ofrecerle un futuro demasiado prometedor).

Poco después, Marx lo envió a España, donde intentó fundar una sección marxista de la Primera Internacional, destinada a contrarrestar la influencia bakuninista. Acogido por Pablo Iglesias en Madrid, fue uno de los impulsores del movimiento socialista español. Regresó Francia en 1882 y fundó, con Guesdes, el Partido Obrero, que acabaría integrándose en la Sección Francesa de la International Obrera, germen del actual Partido Socialista de Francia.

Paul Lafargue en 1871.

Paul Lafargue en 1871.

Paul Lafargue se suicidó junto con Laura el 26 de noviembre de 1911, dejando un escrito en el que explicaba los motivos: “Estando sano de cuerpo y espíritu, me quito la vida antes de que la impecable vejez me arrebate uno después de otro los placeres y las alegrías de la existencia, y de que me despoje también de mis fuerzas físicas e intelectuales; antes de que paralice mi energía, de que resquebraje mi voluntad y de que me convierta en una carga para mí y para los demás. (…) Muero con la alegría suprema de tener la certidumbre de que, en un futuro próximo, triunfará la causa por la que he luchado durante 45 años. !Viva el comunismo! !Viva el socialismo internacional!”. Paul tenía 69 años y Laura 66, y ambos, sin descendencia, habían acordado tal medida hacía tiempo

Gran expositor de las doctrinas marxistas, escribió Le Socialisme et la conquête des pouvoirs publics (1899) y Le déterminisme économique de K .Marx (1909), entre otras obras. Pero ninguna como El derecho a la pereza, que gozó de gran popularidad en su momento si bien esta fue decayendo a medida que el socialismo –sobre todo después de la Revolución rusa de 1917– hizo suyo el término productividad. En El derecho a la pereza defendía una sociedad basada en la utilización de las máquinas y la tecnología para liberar al ser humano del trabajo, al que nadie debería dedicar más de tres horas diarias, pudiendo disfrutar del resto del tiempo para su propia realización personal. ¿Hay algo más actual en un mundo en que la tecnología ha alcanzando niveles inimaginables hace solo pocas décadas atrás?

Una extraña locura se ha apoderado de las clases obreras de las naciones donde domina la civilización capitalista. Esta locura trae como resultado las miserias individuales y sociales que, desde hace siglos, torturan a la triste humanidad. Esta locura es el amor al trabajo, la pasión moribunda por el trabajo, llevada hasta el agotamiento de las fuerzas vitales del individuo y de sus hijos, escribe Lafargue. Las máquinas [sustituyan máquinas si quieren por el instrumento o aparato que consideren] deben estar al servicio del hombre, no al revés, hay suficientes adelantos tecnológicos para no trabajar más de tres o cuatro horas diarias, pero la codicia… ¿Por qué han de existir los menesterosos cuando cada día se avanza más en la tecnología, en la ciencia? Si todas las necesidades humanas pueden satisfacerse. Pero, sobre todo, se pregunta Lafargue, ¿por qué hay tanta gente que acepta su triste suerte con absoluta resignación? Su respuesta: El proletariado, traicionando sus instintos y olvidando su misión histórica, se dejó pervertir por el dogma del trabajo (…) Un ciudadano que entrega su trabajo por dinero se degrada a la categoría de los esclavos, comete un crimen, que merece años de prisión. Cierto, ¿qué es eso del amor al trabajo? El trabajo un vicio, ¡qué acertado! No comprenden que el sobretrabajo que se infligieron en los tiempos de pretendida prosperidad es la causa de su miseria presente. (…) Dennos trabajo; no es el hambre sino la pasión del trabajo lo que nos atormenta. Y estos miserables, que apenas tienen la fuerza como para mantenerse en pie, venden doce y catorce horas de trabajo a un precio dos veces menor que en el momento en que tenían pan sobre la mesa. Y los filántropos de la industria aprovechan la desocupación para fabricar a mejor precio.

Ahora bien, prosigue Lafargue, convencer al proletariado de que la palabra que se les inoculó es perversa es una tarea ardua superior a mis fuerzas. ¿Cómo pedir a un proletariado corrompido por la moral capitalista que tome una resolución viril? Todo es inútil: burgueses que comen en exceso, clase doméstica que supera a la clase productiva, naciones extranjeras y bárbaras que se sacian de mercancías europeas; nada, nada puede llegar a absorber las montañas de productos que se acumulan más altas y más enormes que las pirámides de Egipto: la productividad de los obreros europeos desafía todo consumo, todo despilfarro (…) a pesar de la sobreproducción de mercancías, a pesar de las falsificaciones industriales, los obreros invaden el mercado de manera innumerable, implorando: ¡trabajo!, ¡trabajo! Como los loros de la Arcadia, repiten la lección de los economistas: «Trabajemos, trabajemos para incrementar la riqueza nacional». ¡Idiotas! Pero si hasta Dios descansó para toda la eternidad tras seis días de trabajo. Eso sí, él mandaba, y les dijo a los demás que debían ganar el pan con el sudor de su frente, de la suya, no la de él, él a descansar. Trabajen, trabajen, proletarios, para aumentar la riqueza social y sus miserias individuales; trabajen, trabajen, para que, volviéndose más pobres, tengan más razones para trabajar y ser miserables. Hay que luchar por el placer, no por el trabajo, por los Derechos de la Pereza, mil veces más nobles y más sagrados.

Insisto: más actual imposible.