No decirle mariquita

Si consideran este vídeo merecedor de su reconocimiento les agradeceré que pongan un ‘me gusta’ en YouTube. Muchas gracias.

«No decirle mariquita, que tiene nombre también”. Así comienza esta sevillana compuesta por José Valladares que interpreta él mismo. Estoy convencido de que lo hizo con toda su buena voluntad, pero le salió un dislate de proporciones considerables. ¿Qué culpa tiene el pobre homosexual si “Dios quiso hacerle hombre cuando venía para mujer»?, se pregunta. No tiene culpa de que «su madre le pariera mariquita». Él es «bueno y decente», y «devoto y creyente». Total, que quería hacer una canción en defensa de la homosexualidad y compuso una sevillana delo más homófoba.

No me gustan las sevillanas. Y, por supuesto, esta no es una excepción. Sin embargo, cuando casualmente la escuché, la asocié enseguida a toda esta gente que va de abanderado de la vida con su bandera de España, esa que quieren que jamás deje de ser “una, grande y libre”. «No decirle mariquita, que tiene nombre también”, canta Valladares. Para estos se me ocurren muchos nombres sin tener que llamarlos mariquita: maricón (con acento en la n que decía mi admirado Pepe Rubianes, pues les jode más), chupapollas, facha, cahoperros… Todos aquellos improperios que puedan molestar a quienes salen en el vídeo como los que simpatizan con ellos.

Que pasen un buen día. Los fachas no.

Limpiando museos, que buena falta les hace

Sucedió hace cinco años, pero sigue siendo admirable un hecho como este, una acción semejante a la que protagonizó una señora de la limpieza que mostró saber mucho más de qué va todo esto del arte contemporáneo que sus promotores y practicantes.

Fue a finales de octubre de 2015 en la espaciosa sala del Museion, el museo de arte moderno de Bolzano (Italia). Dos modelnas creadoras de eso que llaman arte conceptual, “de moda porque es fácil y porque es algo que hasta las personas sin habilidades pueden hacer” (Eric Hobsbawm, A la zaga, 1998), realizaron una chuminada –también conocida como instalación– que titularon ¿Dónde vamos a bailar esta noche? Consistía –como pueden observar en la fotografía que encabeza el artículo– en un montón de botellas de champán vacías, confetis y desperdicios varios de una supuesta fiesta que había finalizado. Con ella, las modelnas creadoras pretendían “representar el hedonismo y la corrupción política de los años 80” (del siglo pasado). Pues vale. Por pretender que no quede. Pero del dicho al hecho ya sabe. Aquello era, en definitiva, simplemente un montón de mierda.

Por mucho enterado que haya en el mundo del arte, que los hay, la única persona que supo valorar en su justo término la instalación fue la limpiadora. Le ordenaron que limpiara la planta baja del museo, y eso fue, exactamente, lo que hizo. Recogió toda aquella inmundicia y dejó la sala como los chorros del oro. Toda la basura estaba en bolsas para reciclar, lo que permitió al museo recuperar gran parte de los trastos para complacencia de enterados, pijos y esnobs. Si la señora de la limpieza confundió el arte con la basura, fue porque los demás –creadoras incluidas– confundieron antes la basura con el arte.

No sé si a esta mujer le costaría el puesto de trabajo su acción –en la doble acepción que el vocablo tiene en el habla coloquial y en el lenguaje artístico–. Confío en que no. Yo, la verdad, la nombraría asesora de limpieza de museos. Y, ¡hala!, a limpiarlos a fondo, que buena falta les hace.

El té que compartieron un estadounidense y un soviético a mediados de los años 20

El estadounidense es Vincent Youmans, el soviético Dmitri Shostakóvich, dos grandes compositores del siglo XX. El té lo hizo el primero, aunque lo compartieron los dos. Eso sí, por separado y con un par de años de diferencia. Hoy, a pesar del paso de los años, sigue sabiendo delicioso, incluso a quien, como un servidor, el té no le gusta.

Vincent Youmans (1898-1946) fue uno de los grandes compositores del teatro y del cine musicales estadounidenses. Autor de una docena de musicales para Broadway y otras tantas bandas sonoras para filmes musicales de Hollywood, uno de sus éxitos más notables fue No, No, Nanette, musical estrenado en Broadway y el londinense West End en 1925. A él pertenece la canción que justifica el título de la entrada, “Té para dos” (Tea for Two), celebérrima canción versionada y grabada infinidad de veces, probablemente la más popular del centenar que nos legó.

Dmitri Shostakóvich (1906-1975) era un compositor de estilo muy diferente al de Youmans. El primero representante indiscutible de la llamada ‘música popular’; el segundo –si bien con matices, con muchos matices– de la que se denomina ‘música culta’. Shostakóvich es autor de tres óperas, varios ballets, quince sinfonías, numerosos conciertos instrumentales, preludios y sonatas para piano.

Dos años después del estreno de No, No, Nanette, en 1927 –cuando la canción ya era conocida y había logrado el favor del público–, Shostakóvich hizo una curiosa apuesta con el director de orquesta Nikolai Malko, también soviético. Se jugó cien rublos a que era capaz de realizar una versión orquestal de Tea for Two en una hora, habiéndola oído solo una vez. Ganó. La estrenó en Moscú el 25 de noviembre de 1928 con el título de Tahití Trot, y acabó incluyéndola en su ballet La edad de oro.

Vamos, pues, con las dos versiones. La de Youmans, en su orquestación original, a cargo de Jason Graae y Rebecca Luker durante un recital ofrecido con motivo del estreno en 1972 en Chicago de No, No, Nanette. La imagen del vídeo, lamentablemente, no es de muy buena calidad. La versión de Shostakóvich, Tahití Trot, en un fragmento del documental Bolshoi Ballet in Cinema de la temporada 2019-2020.

Que la vida sea amable con ustedes.