El té que compartieron un estadounidense y un soviético a mediados de los años 20

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El estadounidense es Vincent Youmans, el soviético Dmitri Shostakóvich, dos grandes compositores del siglo XX. El té lo hizo el primero, aunque lo compartieron los dos. Eso sí, por separado y con un par de años de diferencia. Hoy, a pesar del paso de los años, sigue sabiendo delicioso, incluso a quien, como un servidor, el té no le gusta.

Vincent Youmans (1898-1946) fue uno de los grandes compositores del teatro y del cine musicales estadounidenses. Autor de una docena de musicales para Broadway y otras tantas bandas sonoras para filmes musicales de Hollywood, uno de sus éxitos más notables fue No, No, Nanette, musical estrenado en Broadway y el londinense West End en 1925. A él pertenece la canción que justifica el título de la entrada, “Té para dos” (Tea for Two), celebérrima canción versionada y grabada infinidad de veces, probablemente la más popular del centenar que nos legó.

Dmitri Shostakóvich (1906-1975) era un compositor de estilo muy diferente al de Youmans. El primero representante indiscutible de la llamada ‘música popular’; el segundo –si bien con matices, con muchos matices– de la que se denomina ‘música culta’. Shostakóvich es autor de tres óperas, varios ballets, quince sinfonías, numerosos conciertos instrumentales, preludios y sonatas para piano.

Dos años después del estreno de No, No, Nanette, en 1927 –cuando la canción ya era conocida y había logrado el favor del público–, Shostakóvich hizo una curiosa apuesta con el director de orquesta Nikolai Malko, también soviético. Se jugó cien rublos a que era capaz de realizar una versión orquestal de Tea for Two en una hora, habiéndola oído solo una vez. Ganó. La estrenó en Moscú el 25 de noviembre de 1928 con el título de Tahití Trot, y acabó incluyéndola en su ballet La edad de oro.

Vamos, pues, con las dos versiones. La de Youmans, en su orquestación original, a cargo de Jason Graae y Rebecca Luker durante un recital ofrecido con motivo del estreno en 1972 en Chicago de No, No, Nanette. La imagen del vídeo, lamentablemente, no es de muy buena calidad. La versión de Shostakóvich, Tahití Trot, en un fragmento del documental Bolshoi Ballet in Cinema de la temporada 2019-2020.

Que la vida sea amable con ustedes.

¿Quién fue Gypsy Rose Lee?

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Actualizando ayer mi blog Música de Comedia y Cabaret, como hago de vez en cuando aunque ya no está activo por si hay algún vídeo eliminado y lo puedo sustituir, me di cuenta de que el pasado 26 de abril se cumplieron 50 años del fallecimiento de Gypsy Rose Lee, actriz estadounidense y artista del burlesque norteamericano, género en el que se inició a los 15 años espoleada por su madre, quien no dudó en falsificar la fecha de su nacimiento para cumplir su sueño de verla convertida en estrella.

He buscado en internet noticias al respecto aparecidas en cualquier medio y no he encontrado la más mínima referencia. Nadie se acordó de la que en su día fue tan popular que incluso se la encontraba en sitios inimaginables para una artista de burlesque, como en los bailes de la alta sociedad. Y es que la suya fue una de esas vidas rotas, esas vidas que queman al arder como celebridades y cuyas cenizas luego no interesan a nadie. O a casi nadie, pues esta es mi conmemoración a su memoria.

Su verdadero nombre era Rose Louise Hovick y nació en Seattle (Washington) el 8 de enero de 1911, pero todos la llamaban Louise. Su padre era un hombre de negocios, John Olaf Hovick, un vendedor de anuncios publicitarios cuya aspiración era llevar una vida tranquila y sosegada. Su madre, Rose Thompson Hovick, tenía otras ambiciones. Soñaba con salir de Seattle y aspiraba a labrarse una vida muy distinta a la de su marido en el mundo del espectáculo, para ella y para su hija, en cuya beldad centraba su futuro. Cuando en 1912 tuvo otra hija, June, le pareció que era aún más bella y fotogénica. No se lo pensó dos veces y decidió hacer carrera en el mundo del vodevil con sus hijas. Su marido se opuso y se divorció de él. Cuando Louise tenía 7 años y June 5 ya habían conseguido cierto renombre como Baby June and Her Farmboys. June era la estrella y por sus actuaciones venían a ganar unos 1.500 dólares a la semana, cantidad más que respetable que, sin embargo, no les alcanzaba para poder seguir el alto nivel de vida que, según muchos, llevaba su madre.

Sin embargo, había una forma de vodevil que todavía atraía multitudes: el burlesque. Eventualmente, Rose, Louise y compañía tuvieron que actuar en una local de burlesque. En algún momento durante su estancia allí, la estríper que hacía uno de los números principales no pudo continuar su actuación y Rose, que nunca dejó pasar una oportunidad, sugirió que la terminara Louise, que solo tenía 15 años. Subió al escenario vistiendo poco más que una falda de hierba y lenta, provocativamente, continuó el estriptis. El público respondió favorablemente. Louise finalmente había encontrado su vocación, o, más bien, la que su madre había previsto. Fue entonces que cambió su nombre de nacimiento (Rose Louise Hovick) y formó su nombre artístico anteponiendo al suyo la palabra Gypsy (gitana) –por su afición a leer las hojas de té para predecir el futuro– y añadiendo Lee porque le pareció que, de ese modo, sonaba mejor. Como Gypsy Rose Lee inició una exitosa carrera en el burlesque, incorporando humor e inteligencia, así como la necesaria eliminación de varias prendas de ropa en sus actuaciones.

Tentada por el cine, decidió probar suerte en el mismo. Rodó cinco películas entre 1937 y 1943, pero su carrera cinematográfica fue un fracaso. En la década de 1950 se la consideraba la reina del burlesque. Ella se sentía a gusto con el rol, tanto como a disgusto en su vida personal. Había pasado por tres matrimonios, a cual más infeliz, y las disputas con su madre eran continuas. Mamá Rose era inflexible y no dudaba en recurrir al chantaje emocional y la manipulación.

Al morir su madre en 1954, Gypsy Rose se sintió libre de ataduras y escribió un libro de memorias titulado Gypsy: A Memoir (Nueva York, Harper & Bros., 1957). El libro se convirtió en un best seller y no tardó en llamar la atención de los productores de Broadway. Una historia como la suya prometía, y así nació el que muchos consideran el mejor musical de Broadway de todos los tiempos: Gypsy. Con libreto de Arthur Laurents, música de Jule Styne y letras de Stephen Sondheim, se estrenó en 1959 y fue un éxito inmediato, superando todas las previsiones. Fue producido por David Merrick, con coreografía de Jerome Robbins, y protagonizado por Ethel Merman, La Gran Dama de Broadway, como Rose, y Sandra Church en el papel de Louise. Otros montajes de Gypsy se estrenaron después, pero para mí ninguno como el de 2015 en el West End (Savoy Theatre), con una inconmensurable Imelda Staunton haciendo de Rose. En 1962, tres años después de su presentación en 1959, se estrenó la versión cinematográfica de 1962 Gypsy (La reina del Vaudeville), con Natalie Wood como Gypsy Rose Lee y Rosalind Russell como su madre (Rose).

Termino con unos vídeos. Los dos primeros, con la auténtica Gypsy Rose Lee en sendas secuencias de las películas Stage Door Canteen (1943, Tres días de amor y fe), típico filme rodado en plena Segunda Guerra Mundial en el que célebres artistas entretienen a los soldados que regresan del frente, en esta ocasión en un club de Broadway, y Screaming Mimi (1958, La caza del asesino). Los otros dos son sendos resúmenes de la producción de 2015 del West End y de la película de 1962.

Quede aquí el testimonio de mi recuerdo hacia Gypsy Rose Lee, una mujer cuya vida fue consumida por el mundo del espectáculo, como tantas otras, alimento de ambiciones ajenas e instrumento y víctima de una sociedad en que la vida misma que se entiende básicamente como espectáculo.

My Heart Belongs to Daddy (Mi corazón pertenece a papi)

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Como decía en la entrada de ayer dedicada a los peques, la de hoy es para los padres (no para las madres), pues es el Día del Padre. Quienes celebren la efeméride recibirán las correspondientes felicitaciones de manera virtual o, en todo caso, sin contacto alguno con aquellos que les agasajan. No puede ser de otro modo mientras la pandemia de coronavirus siga haciendo estragos entre nosotros. De manera virtual también –tampoco puede ser de otro modo–, esta bella y exuberante mujer les ofrece nada menos que su corazón. Su corazón pertenece a papi, dice cantando Marilyn Monroe en el vídeo que figura al inicio. Así que, por una vez –esperemos que así sea–, sus seres queridos y Marilyn les felicitan de igual manera.

Habrán adivinado ya que estoy hablando de la canción My Heart Belongs to Daddy (Mi corazón pertenece a papi), que interpreta Marilyn Monroe en la estupenda película de George Cukor Let’s Make Love (1960, El multimillonario) y compuso Cole Porter para su musical Leave It to Me!, estrenado en 1938. Ambientado en la Unión Soviética, fue un éxito, pero después de la Segunda Guerra Mundial su tratamiento cómico de los soviets y de los nazis parecía fuera de lugar. No volvió a reponerse hasta finales de la década de 1980. No sucedió lo mismo con My Heart Belongs to Daddy, pues figura desde entonces entre los grandes estándares de la música popular y ha sido grabada por todo tipo de cantantes y músicos instrumentistas.

La versión que interpreta Marilyn en El multimillonario es un tanto distinta a la original. La introducción cambia por completo, pues ella se presenta como Lolita, a quien no se le permite “jugar con chicos”. ¿Por qué Lolita? Lolita, la excelente novela de Vladimir Nabokov, hacía apenas dos años que había sido publicada en Estados Unidos (la primera edición data de 1955, en Francia). Nadie quería publicarla, la consideraban una novela pornográfica. Dado el éxito alcanzado en Francia, finalmente el negocio pudo más. Por otra parte, en aquellos momentos Marilyn Monroe estaba casada con el dramaturgo Arthur Miller, activista en la lucha por las libertades civiles, perseguido por el Comité de Actividades Antiamericanas y uno de los pocos intelectuales que no cedió a las prebendas de que comenzaron a disfrutar aquellos que colaboraron en el Congreso por la Libertad Cultural impulsado por la CIA, como tampoco lo hizo Vladimir Nabokov. El propio Miller se encargó de revisar el guión. Además, Yves Montand era claramente de izquierdas y George Cukor vivía abiertamente, aunque sin alardes, su homosexualidad. También en el caso de Porter esta era conocida y aceptada por todos, incluso por su esposa. ¿Puede que, tras tantos años de macartismo, todo ello influyera? No sé, solo son suposiciones mías.

Que pasen un buen día (o lo mejor posible).