Mayo del 68 (4): El poder está en la calle

13-mayo

El lunes 13 París se llenaba de manifestantes. Entre la plaza de la República y la plaza Denfert-Rochereau –casi cinco kilómetros las separan, con el Sena de por medio– no cabía un alma. Sobre un millón de personas secundaron la llamada, al tiempo que nueve millones de trabajadores franceses se declaraban en huelga general. Ya no eran únicamente estudiantes quienes se manifestaban por las calles de París. Buen aniversario, mi general, gritaban, pues se cumplían diez años con De Gaulle al frente de la presidencia de la República francesa. Diez años es suficiente. Otros eran menos irónicos: De Gaulle asesino, De Gaulle al paredón. Gobierno popular reclamaban obreros y estudiantes. Mayores emocionados con el puño en alto cantaban La Internacional mezclados con los jóvenes, que coreaban Esto solo es el principio, continuemos la lucha; El poder está en la calle; Políticos, vuestros discursos nos importan un carajo. Soyez réalistes demandez l'impossibleResultaba incontable el número de banderas rojas y negras que ondeaban, así como el de pancartas con todo tipo de eslóganes, algunos tan ingeniosos como las pintadas que llenaban muchas fachadas y elementos del mobiliario urbano de clara inspiración situacionista: Seamos realistas, pidamos lo imposible; Prohibido prohibir; La imaginación al poder; Bajo los adoquines está la playa; No le pongas parches, la estructura está podrida; El patrón te necesita, tú no necesitas al patrón; El amor es un acto político: La verdad es revolucionaria. La presencia policial era esta vez prácticamente nula, si bien helicópteros del ejército sobrevolaban la ciudad. Los manifestantes iban prácticamente pegados unos a otros.

Asamblea de los trabajadores de la factoría de Renault de Boulogne Billancourt (14 de mayo).

Asamblea de los trabajadores de la factoría de Renault de Boulogne Billancourt (14 de mayo).

La gran manifestación del lunes 13 marcó un punto de inflexión en el desarrollo de los acontecimientos. El martes 14 los más de quince mil trabajadores de la constructora aeronáutica Sud Aviation, cerca de Nantes, ocuparon la factoría encerrando a los directores en sus despachos. Las plantas de Renault en Cleon, Flins, Le Mans y Boulogne Billancourt se declararon en huelga. El 15 los estudiantes se adueñaban otra vez de la Sorbona, reabierta desde el día 13, y tomaban el Teatro del Odéon. Ese día actuaba un ballet estadounidense. Más de cuatro mil jóvenes rodearon el teatro y, apenas terminada la representación, unos pocos abrieron las puertas de par en par. Rápidamente fue ocupado y pasó a convertirse en un lugar de mitin permanente, de encuentro de estudiantes, trabajadores y actores y de agitación política ininterrumpida.Le théâtre de l'Odéon, occupé par des étudiants et des artistes en mai 1968 Dos grandes banderas, una roja y otra negra, ondeaban en la fachada del teatro. Dentro, en la entrada, se veía una gran pancarta en la que ponía: En las actuales circunstancias, el Odéon está cerrado para los espectadores burgueses. El paro en París, Lyon y la Normandía industrial era absoluto el jueves 16. El 17 se unían a la huelga los controladores aéreos del aeropuerto de Orly y los trabajadores de la ORTF, la televisión francesa, y el 18 los del sector del carbón, el transporte público de París, los Ferrocarriles Nacionales, los astilleros, y el gas y la electricidad.

La irrupción de la clase obrera en escena cambió las cosas. Aunque en 1968 los salarios de los trabajadores franceses seguían estando a la alza, muchos de ellos tenían sueldos realmente bajos. El 25% de todos los trabajadores recibían menos de 500 francos al mes. Algunos de los no cualificados únicamente cobraban 400 francos mensuales. El desempleo era de medio millón de personas, en un periodo que era considerado como el boom de la posguerra.

36973978El Partido Comunista lanzó un manifiesto en el que señalaba que los acontecimientos maduraban rápidamente para terminar con el poder gaullista. El Comité director de la CGT declaró la huelga general indefinida, mientras que la Federación de la Izquierda Democrática y Socialista hacía también público un comunicado denunciando que el poder era incapaz de responder a los problemas del momento, por lo que exigía la inmediata dimisión del gobierno y la convocatoria de elecciones generales. Francia entera era un hervidero social. El lunes 21 se calculaba que había más de diez millones de huelguistas. El viernes 24 eran los agricultores de Nantes quienes mostraban su descontento bloqueando las carreteras de acceso a la ciudad. Se creó un Comité Central de Huelga que organizó la distribución de comida y gasolina, el control del tráfico y otras actividades de la vida diaria, apoderándose del ayuntamiento durante seis días y llegando a imprimir su propia moneda. Nantes comenzó a ser llamada “la ciudad de los trabajadores”. Nada funcionaba en las mayores ciudades, ni correos, ni teléfonos, ni metro, ni ferrocarriles, llegándose incluso en París a racionar la gasolina. La práctica totalidad de las universidades francesas estaban en poder de los estudiantes y los obreros ocupaban las fábricas.

Los bomberos intentan apagar el incendio de la Bolsa de París.

Los bomberos intentan apagar el incendio de la Bolsa de París.

Ante el cariz de la situación, el entonces presidente de la República, el general De Gaulle, intervino en la televisión el 24 para tratar de apaciguar los ánimos. Pero sus palabras se ahogan entre el griterío de 30.000 personas que marchaban hacia la Bastilla. La sede de la Bolsa –símbolo por excelencia del capitalismo– era atacada e incendiada, un acto que para el artista Jean Jacques Lebel significó el plus ultra de la realización social del happening.

En el Barrio Latino, en el que los trotskistas controlan la situación, la agitación iba in crescendo. Otros intentaron tomar los ministerios de Finanzas y de Justicia, acciones que impidieron grupos menos radicales. Cohn-Bendit se vio obligado a exiliarse esa misma noche. Según este, “si el 25 de mayo Paris se hubiera despertado para ver sus Ministerios más importantes ocupados, el gaullismo hubiera acabado de una vez”. Pero no fue así. Comenzaron entonces las divergencias en el seno del movimiento y las negociaciones con los sindicatos. Pompidou ofreció un aumento del 35% del salario mínimo y el 10% del conjunto de los salarios. El día 26 el Secretario General de la CGT (Confédération Générale du Travail) ratificó el acuerdo. El conflicto se convirtió de nuevo un tema estudiantil. El 28 dimitió el ministro de Educación y el día 30 De Gaulle disolvió la Asamblea. “Todo el pueblo francés debe implicarse para evitar que la existencia normal sea rota por aquellos elementos que intentar evitar que los estudiantes estudien y que los trabajadores trabajen”, declaró.

Taller popular.

Taller popular.

El 5 de junio únicamente una minoría de trabajadores seguía en huelga.  El jueves 6 el transporte público de París, el ferrocarril y la función pública reemprendían la actividad y la Federación de la Educación Nacional llamaba a sus afiliados a poner fin a la huelga, si bien el Sindicato Nacional de Enseñanza Secundaria decidía proseguirla. Veinticuatro horas después, el 7, los empleados de correos, telégrafos y teléfonos (PTT) regresaban a sus puestos de trabajo. Ese mismo día la factoría de la Renault en Flins era desalojada por la fuerza, aunque los enfrentamientos entre trabajadores y fuerzas de seguridad prosiguieron, no obstante, los días siguientes. Un estudiante de secundaria, Gilles Tautin, de diecisiete años, que formaba parte de una delegación de las juventudes comunistas marxistas-leninistas que había acudido a solidarizarse con los obreros, caía al Sena huyendo de la policía y moría ahogado. También en la factoría de la Peugeot en Sochaux, sus veinticinco mil empleados mantenían el paro y eran reprimidos por la CRS, falleciendo el día 11 dos trabajadores, Pierre Beylot y Henri Blanchet, el primero de bala, el segundo al caerse de un muro. Había, además, ciento cincuenta heridos. La CGT llamó a la huelga general para el día siguiente. Curiosamente, ese mismo día se retomaba el curso en los institutos de secundaria.

La campaña electoral había empezado, estaba prohibida cualquier manifestación en la calle mientras durase y se había ilegalizado varias organizaciones de izquierda: Juventud Comunista Revolucionaria, Voix ouvrière, la Federación de Estudiantes Revolucionarios, la Unión de Juventudes Comunistas Marxistas-leninistas, el Movimiento 22 de Marzo… Huelgas y acciones de protesta continuaron, cada vez menos numerosas, más aisladas. El 14 de junio la policía desalojaba el Odéon y dos días después la Sorbona. Todo se resquebrajaba. Cada día más trabajadores reprendían el trabajo, con mejores condiciones económicas, eso sí.

Militantes gaullistas se manifiestan el 30 de mayo en la avenida de los Campos Elíseos.

Militantes gaullistas se manifiestan el 30 de mayo en la avenida de los Campos Elíseos.

El 23 tenía lugar la primera vuelta de las elecciones. La participación alcanzó el ochenta por cien y la gaullista Unión de Demócratas por la República obtuvo el 43,65 por cien, la Federación de la Izquierda Democrática y Socialista de Mitterrand el 16,53 y el Partido Comunista el 20,02. El 24 finalizaban la huelga los operarios de la Citroën. Tres días después la Escuela de Bellas Artes, que seguía ocupada por los estudiantes, era desalojada violentamente por la policía. El 30 se celebró la segunda vuelta de las elecciones. De Gaulle ganó con el 60% de los votos.

Primero de Mayo

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“Demonstration in Battersea” (1939). Clive Branson.

Uno de los pilares sobre los que se sustentó el proceso de industrialización fue la sobreexplotación de la clase obrera. El trabajo es inherente a la condición humana. La historia es el resultado de la interacción del hombre con la naturaleza, su necesidad de transformarla para poder subsistir y obtener bienes a tal efecto; no es otra cosa que la creación del hombre a través del trabajo. Siempre se ha trabajado, desde los albores de la humanidad, si no hubiera sido imposible evolucionar. Pero ninguna sociedad, hasta la industrial, se había organizado en función del trabajo y del capital por él generado.

El trabajo fue desde estos momentos una mercancía más, al tiempo que la producción se separaba de la vida y se empezaba a producir para los mercados. Desde entonces el trabajo se medirá en tiempo, y en función de las horas o los días que cada productor dedique a tal menester obtendrá una remuneración económica para hacer frente a las exigencias de la vida. También, dicho tiempo vendrá determinado por las necesidades del mercado, al que ha de acoplarse el proceso de producción. El trabajador, pues, dependerá de factores exógenos a la hora de encontrar ocupación, y serán también estos los que, en última instancia, la determinen.

Niña en una fábrica textil de Lincolnton (Estados Unidos) en 1908. Fotografía de Lewis Hine.

Niña en una fábrica textil de Lincolnton (Estados Unidos) en 1908. Fotografía de Lewis Hine.

La principal diferencia del trabajo en la nueva sociedad industrial radicará sobre todo en las condiciones en que ahora se pasa a desenvolverse este: largas y agotadoras jornadas laborales a cambio de un salario insuficiente para poder hacer frente a las necesidades de la vida –incluidas las más apremiantes–, lo que para la clase obrera se traducirá en una mala y exigua alimentación, la imposibilidad de poder residir en otro sitio que no fuera un reducido habitáculo absolutamente insuficiente para albergar a los que allí se hacinaban –la vivienda pasa también a ser una mercancía y los alquileres se disparan–, tener que vestirse con géneros de mala calidad que apenas resguardaban del frío, estar expuestos a todo tipo de enfermedades –especialmente las infecto-contagiosas, que son precisamente las más relacionadas con el estado físico y el grado de higiene y limpieza–, a sufrir accidentes a causa del cansancio, etc. Por otra parte, esta situación comportará la desestructuración de la familia. En la época preindustrial, niños y mujeres trabajaban en el marco de la economía familiar, compaginándose el trabajo para terceros con otras tareas, al ritmo que la propia familia se marcaba en función de sus necesidades. Ahora, en cambio, el trabajo había que buscarlo fuera del hogar, siendo lo más habitual que padre, madre e hijos encontrasen ocupaciones distintas y en horarios diferentes, lo que imposibilitaba cualquier posibilidad de profundizar en los vínculos familiares.

Así las cosas, en 1899 tuvo lugar en París el Congreso Fundacional de la II Internacional, en el que se acordó celebrar el 1 de mayo de 1890 una jornada de lucha a favor de la mejora de las condiciones de trabajo y, en concreto, de la reducción del horario laboral a ocho horas. La elección de la fecha se tomó en recuerdo de los sucesos de Chicago de 1866 en los que cinco obreros de afiliación anarquista –que desde entonces se conocerían como los “mártires de Chicago”– fueron ajusticiados por su participación en las jornadas de lucha para reivindicar las ocho horas.

Ya hacía tiempo que se venían sucediendo protestas para reivindicar la jornada laboral de ocho horas en las más importantes ciudades industriales de Estados Unidos. El 1 de mayo de 1886, 200.000 trabajadores se declararon la huelga. En Chicago –donde las condiciones de vida de los trabajadores eran posiblemente las peores– esta prosiguió   los días 2 y 3 de mayo.

El 4 más de 20.000 se concentraron pacíficamente en Haymarket Square. La manifestación contaba con el preceptivo permiso del alcalde, pero alguien –nunca se ha sabido quién– lanzó una bomba a la policía cuando intentaba disolver el acto. Mató a un oficial e hirió a otros agentes. La policía abrió fuego sobre la multitud, matando e hiriendo a un número desconocido de obreros. Se declaró el estado de sitio y el toque de queda, y en los días siguientes se detuvo a centenares de obreros. De ellos, finalmente se abrió juicio a 31, cifra que luego se redujo a 8, tres de los cuales fueron condenados a prisión y cinco a morir en la horca. Desde el primer momento fue evidente que el juicio estuvo plagado de irregularidades, nada se pudo demostrar sobre su participación en los hechos. Pero se trataba de un acto de venganza y de dar un escarmiento a los “enemigos de la sociedad”.

Manifestación del Primero de Mayo en la plaza de la Concordia de París (1890).

Manifestación del Primero de Mayo en la plaza de la Concordia de París (1890).

Desde 1890 el Primero de Mayo ha venido celebrándose con regularidad –incluso estando prohibida cualquier manifestación, como en la España franquista– y ha constituido un significativo punto de referencia del movimiento obrero. Su legalización en diversos países a lo largo del siglo XX, no obstante, ha desvirtuado en cierta medida su sentido originario, adquiriendo la jornada un tono cada día más lúdico a pesar de que las condiciones de vida y trabajo cada día se acercan más a las de los tiempos que motivaron su nacimiento.

Que hoy en día, 125 años después, no se haya conseguido ya no reducir la jornada de 8 horas que entonces se demandaba, sino que tener un trabajo estable con un salario más o menos digno con dicho horario sea el sueño de muchos, dice muy poco en favor de la sociedad que hemos creado, y digo hemos, no han, pues que el destino de la mayoría dependa cada vez de menos personas no es responsabilidad exclusiva de quienes detentan el poder financiero y de los políticos que eles siguen cual perros falderos, también los es que quienes por acción u omisión permiten –o permitimos– tal estado de cosas. ¿Cómo es esa palabra tan explotada en todos los ámbitos? ¿Progreso?

Dachau: 70 años de la liberación del más emblemático de los campos nazis

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El campo de Dachau

Mañana, 29 abril, se cumplen 70 años de la liberación del campo de concentración de Dachau, el primero de los campos nazis, el único activo durante todo el tiempo que estos estuvieron el poder (1933-1945), prototipo de todos los demás y, por todo ello, el más emblemático.

Entró en funcionamiento el 22 de marzo de 1933 (Hitler había sido nombrado canciller el 30 de enero). En un principio sus prisioneros eran izquierdistas –comunistas sobre todo– y opositores al régimen nazi en general. Claro que ser opositor al régimen significaba muchas cosas, y a aquellos siguieron homosexuales, gitanos, testigos de Jehová y, por supuesto, judíos. Más tarde, albergó también a prisioneros de guerra, especialmente tras la remodelación de que fue objeto en 1937, cuando ya padecía serios problemas de hacinamiento.

Dachau poco después de su puesta en funcionamiento. / USHMM Photo Archives

Dachau poco después de su puesta en funcionamiento. / USHMM Photo Archives

A partir de entonces puede hablarse de dos campos en Dachau. El primero, denominado “Campo pequeño”, alojaba los desgraciados que habían sido trasladados de otros campos. El otro, de trabajo, era para prisioneros más sanos que los anteriores. Los del “Campo pequeño” eran en su mayor parte judíos a la espera de “la solución final”, concentrados aquí en los últimos meses, cuando los nazis empezaron a darse cuenta que lo más seguro era que perdieran la guerra; hasta entonces, no hubo prácticamente judíos en Dachau. A lo largo de su existencia, más de doscientas mil personas de todas las edades sufrieron infinidad de penalidades y al menos treinta mil murieron como consecuencia del trabajo forzado y las insalubres condiciones que tuvieron que soportar, o bien por torturas y ejecuciones.

Explanada sobre la que se levantó el campo de Dachau. A uno y otro lado de las hileras de cipreses estaban los barracones.

Explanada sobre la que se levantó el campo de Dachau. A uno y otro lado de las hileras de cipreses estaban los barracones.

El campo de Dachau es también símbolo de la connivencia de los alemanes con el nacionalsocialismo. No olvidemos que Hitler llegó al poder nada menos que con los votos de diecisiete millones de electores (el 43,9 por cien). Dachau, una pequeña ciudad de Baviera, de poco más de ocho mil habitantes, a 13 kilómetros de Múnich, el gran bastión nazi, recibió con suma satisfacción ser elegida como emplazamiento de tan macabra instalación. Todo el mundo estaba encantado y la prensa local destacaba las grandes “esperanzas para el mundo empresarial” que ello suponía. La gente se mostraba satisfecha de tener –así lo denominaba la propaganda nazi– “un campo modélico”. El paisaje elegido era ciertamente bello. El campo se levantó –sobre una  fábrica de pólvora en desuso– en lo que también fue una antigua colonia para artistas, atraídos por la luz difusa que se alzaba de la llanura pantanosa que hubiera hecho las delicias de los miembros de la escuela de Barbizón. Difícil imaginar que pudiera ser escenario de la brutalidad nazi, pero por su situación y cercanía a Dachau igual de difícil resulta imaginar que nadie sospechara que lo que ocurría allí dentro distaba mucho de lo que decía la propaganda oficial.

La liberación

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Soldados estadounidenses ante uno de los vagones que descubrieron atestados de cadáveres.

A las siete y media en punto del 29 de abril, un soleado domingo, las tropas estadounidenses salieron de Großinzemoos –donde estaban apostadas, a unos cuarenta kilómetros de Múnich– camino a Dachau. Habían recibido la orden el día anterior. Al llegar a Dachau mucha gente en la calle les saludaba entusiastamente. Tras algunos enfrentamientos, una patrulla de Inteligencia y Reconocimiento llegó a las afueras del campo de concentración. Desde las torres de vigilancia, los soldados alemanes dispararon su metralleta. Los estadounidenses contestaron y los sometieron rápidamente. Junto a las vías del tren encontraron estacionados más de veinte vagones. Al abrirlos vieron que estaban atestados de cadáveres: hombres, mujeres, niños, viejos, jóvenes, de todas las edades, amontonados, en todas las posiciones posibles, esqueletos revestidos de piel, la mayoría de rostros demacrados y expresión horrorizada. Los cuerpos caían en avalancha, eran ligeros, livianos, y estaban apelotonados sobre las puertas, llenas de arañazos. Les había dejado encerrados a todos sin comida ni bebida.

Unos soldados llegaron a la Jourhaus, como se denominaba el edificio de acceso al campo que albergaba las dependencias administrativas y de mando, la única entrada al campo, presidida por una gran águila sobre una cruz gamada en el centro de una corona de laurel, por donde todos los prisioneros tuvieron que pasar necesariamente y cruzar las puertas de hierro forjado que exhibían la leyenda “El trabajo os hará libres”. Ni un tiro. Los SS que habían disparado durante la primera aproximación se pusieron en fila con las manos sobre la cabeza, tras la alambrada, vigilados por los infantes norteamericanos. Solo voces: Die sind da! Die Amerikaner! Die Amerikaner! Die sind da! Un par de SS les abrieron. Saludaron. Entraron los soldados, al frente de los cuales estaba Félix L. Sparks, un comandante de batallón del 157 Regimiento de Infantería de los Estados Unidos. Transcurrieron unos minutos, no muchos, dos o tres. Salieron con varios miembros de las SS y soldados alemanes manos en alto. Se rendían. Entregaban el campo. En la misma entrada se encontraban los primeros presos liberados, miembros del Comité Internacional de Prisioneros que estos habían puesto en marcha el mismo mes de abril ante los continuos rumores de una pronta intervención aliada.

Prisioneros de Dachau el día de su liberación.

Prisioneros de Dachau el día de su liberación.

Nada más cruzar la Jourhaus se accedía a una amplia explanada en la que se pasaba lista varias veces al día a los prisioneros. Estaba vacía. De los treinta y dos barracones, que se alineaban frente a la misma en dos largas hileras de dieciséis cada una, empezó de pronto a salir gente, y más gente. De cualquier lugar aparecían prisioneros, casi todos con el uniforme de franela a rayas azules y blancas, pelados la mayoría. Los primeros en ocupar la explanada gritaban locos de alegría y se abrazaban a sus libertadores; su aspecto era bastante saludable. Libres, somos libres, exclamaban, mientras confraternizaban con los soldados, que les ofrecían cigarrillos, chicles, agua, lo que llevaran encima. Les manoseaban, eran reales, al fin habían llegado. A medida que el recinto iba llenándose la apariencia de los prisioneros se volvía más enclenque, sus fuerzas ya no daban para más y caminaban pausadamente, arrastrándose prácticamente. Pronto estuvieron rodeados de cadáveres vivientes, esqueléticos, famélicos. Todos parecían ser muy viejos. Algunos les miraban extrañados, es posible que no se dieran cuenta de lo que estaba sucediendo. Seguían existiendo pero habían dejado de vivir hacía mucho tiempo, eran idénticos a los muertos que habían descubierto en los vagones, los mismos ojos, inmensos, más grandes que sus órbitas, la misma mirada perdida.

Soldados norteamericanos junto a una de tantas pilas de cadáveres que encontraron.

Soldados norteamericanos junto a una de tantas pilas de cadáveres que encontraron.

Avanzaron por la calle central, adornada a una y otra parte por álamos que habían plantado los propios presos. Entraron en un barracón. Docenas de seres mugrientos que no se podían mover se hacinaban en los camastros de tres pisos, en unas celdillas, nichos, donde apenas cabían; algunos tumbados en el suelo. Entraron en otro. Lo mismo. Cada barracón tenía capacidad para poco más doscientas personas pero en cada uno se hacinaban más de mil. En el de enfermería, más de novecientas personas prácticamente agonizaban. Un pestilente olor embotaba los sentidos. Había gente que gemía sin cesar y entre los que estaban tumbados resultaba difícil saber quién estaba muerto y quién no.

Fotografía que muestra supuestamente la ejecución de las tropas de las SS en un depósito de carbón en la zona del campo de concentración de Dachau durante su liberación. / US Army

Fotografía que muestra supuestamente la ejecución de las tropas de las SS en un depósito de carbón en la zona del campo de concentración de Dachau durante su liberación. / US Army

Cadáveres por todas partes, totalmente desnudos. Centenares. A montones. Se escucharon repetidas ráfagas de metralleta. Unos soldados estadounidenses habían disparado contra un grupo de Waffen SS que permanecían escondidos y los habían detenido. Al llegar a la explanada junto a la Jourhaus los infantes estadounidenses encañonaban con sus armas a unos cuarenta soldados alemanes. Los prisioneros avanzaban hacia ellos. Los norteamericanos no sabían qué hacer, asustados al ver aquella marea de gente silenciosa y decidida, con la mirada fija en sus captores. El teniente al mando les dijo que bajaran las armas y se apartaran de allí. Los prisioneros siguieron aproximándose, lentamente, para ver bien los rostros de aquellos criminales, para comprobar si también sentían miedo, si al igual que ellos temían una muerte cruel, injusta e innecesaria. El cerco se estrechaba. Los soldados norteamericanos escucharon los gritos, de unos y de otros, las imprecaciones y las lamentaciones. Al poco, con idéntica parsimonia, los prisioneros volvieron a sus barracones. Los cuarenta alemanes habían sido linchados.

Unos de los barracones el día de la liberación.

Unos de los barracones el día de la liberación.

Sobre el mediodía la situación parecía estar totalmente controlada. Casi cuatrocientos soldados alemanes eran ahora los prisioneros; algunos estaban heridos. Por megafonía, el comandante se dirigió a los treinta y dos mil prisioneros que poblaban el campo explicándoles que eran libres pero que era necesario esperar la llegada de los sanitarios y que se necesitaba tiempo y control para organizar la evacuación de todos ellos. No esperaban encontrarse con una situación tan espeluznante, añadió. Se oyeron nuevas ráfagas de ametralladora. Alguien dijo que un teniente había ordenado disparar sobre los soldados alemanes junto a las vías del ferrocarril.

Llegaron al poco los sanitarios. Llevaban consigo unos depósitos de DDT y con una especie de manguera rociaban a todo el mundo, soldados y prisioneros, con desinfectante por todo el cuerpo, por entre las mangas, las perneras, por debajo de la ropa. Otros, mientras, fumigaban los barracones. Empezaron a poner inyecciones contra el tifus, la disentería, contra cualquier enfermedad infectocontagiosa para la tuvieran un posible antídoto. Pronto, sin embargo, se acabaron las existencias.

Los prisioneros de mejor condición física ayudaban a los soldados en la penosa tarea de sacar muertos de todas partes apilándolos para no sabían muy bien qué finalidad posterior. El número de cadáveres parecía no terminar nunca; en los vagones, junto al crematorio –que parce que nunca llegó a estar activo–, entre las hileras de barracas de madera, por todas partes yacían cuerpos descomponiéndose.

Civiles de Dachau transportando cadáveres a los carromatos.

Civiles de Dachau transportando cadáveres a los carromatos.

Los víveres del municipio de Dachau fueron requisados por el ejército estadounidense para poder alimentar a los internos del campo. También sus habitantes fueron movilizados para las labores de limpieza y saneamiento, debiendo sacar los centenares de cadáveres que seguían apiñados en los vagones de la muerte y por cualquier parte. Con las manos desnudas, en volandas, los depositaban en un carromato. Treinta y dos carros habían sido llevados del pueblo a tal efecto. Se llenaban rápidamente, los cuerpos no pesaban, solo eran huesos y piel, pero seguía habiendo montones. Algunos empezaban a estar medio descompuestos.

Civiles de Dachau en una de sus visitas obligadas al campo.

Civiles de Dachau en una de sus visitas obligadas al campo.

Además de obligar a los vecinos a vaciar de cadáveres del campo y exhibir por las calles de la localidad los cuerpos de aquellos infelices, los soldados empezaron a exigir a la población civil la visita al campo para que por sí mismos constatasen hasta qué punto, con su apoyo al nazismo y su indolencia, habían colaborado en la que consideraban la mayor monstruosidad perpetrada por los seres humanos en toda la historia. No creían que estando tan cerca del campo les hubiera podido pasar desapercibida tanta salvajada. Ya en Berlín, pegaron carteles von unas fotografías del campo de concentración de Dachau en las que se veían los montones de cuerpos esqueléticos que horrorizaron a los soldados estadounidenses y dieron lugar a los episodios de venganza del primer día de ocupación. Las imágenes eran de lo más explícitas y bajo ellas, en gruesos caracteres, figuraba impresa la pregunta ¿Quién es el culpable? Un poco más adelante otro cartel respondía a la pregunta del primero: ¡Esta ciudad es culpable! ¡Vosotros sois culpables!, se leía.