Entre los burócratas, generales,
políticos y jefes de Estado se encuentra el más exquisito porcentaje de
individuos fundamentalmente estúpidos, cuya capacidad de hacer daño al prójimo
ha sido (o es) peligrosamente potenciada por la posición de poder que han
ocupado (u ocupan). ¡Ah!, y no nos olvidemos de los prelados. […]
No resulta difícil comprender
de qué manera el poder político, económico o burocrático aumenta el potencial
nocivo de una persona estúpida. […] Los estúpidos son peligrosos y
funestos porque a las personas razonables les resulta difícil imaginar y
entender un comportamiento estúpido. Una persona inteligente puede entender la
lógica de un malvado. Las acciones de un malvado siguen un modelo de
racionalidad: racionalidad perversa, si se quiere, pero al fin y al cabo
racionalidad. […]
Se pueden prever las acciones de un malvado,
sus sucias maniobras y sus deplorables aspiraciones, y muchas veces se pueden
preparar las oportunas defensas.
Con una persona estúpida […] es absolutamente
imposible. […] Frente a un individuo estúpido, uno está completamente
desarmando. […]
La persona inteligente sabe que es inteligente.
El malvado es consciente de que es un malvado. El incauto está penosamente
imbuido del sentido de su propia candidez. Al contrario que todos estos
personajes, el estúpido no sabe que es estúpido. Esto contribuye poderosamente
a dar mayor fuerza, incidencia y eficacia a su acción devastadora. El estúpido
no está inhibido por aquel sentimiento que los anglosajones llaman self-consciousness.
Con la sonrisa en los labios, como si hiciese la cosa más natural del mundo, el
estúpido aparecerá de improviso para echar a perder tus planes, destruir tu
paz, complicarte la vida y el trabajo, hacerte perder dinero, tiempo, buen
humor, apetito, productividad, y todo esto sin malicia, sin remordimiento y sin
razón. Estúpidamente.
Carlo. M.
Cipolla: Fragmento de “Las leyes fundamentales de la estupidez humana”, en Allegro ma non troppo, 1988.
Sem você (1957) es una bella canción, una de tantas, que
compusieron Tom Jobim y Vinicius de Moraes. La versión que suena en el vídeo es
la que grabaron en 1993 en el álbum Songbook Vinicius de Moraes (vol. 3).
Las imágenes son
de la película –excelente– Carol (2015), dirigida por Todd Haynes, con
Cate Blanchett y Rooney Mara.
Samuel deambuló por las iluminadas calles cercanas
al teatro. Era de noche, una noche rara para Londres, calurosa y estrellada. A
medida que avanzaba hacia el este, las calles se estrechaban y perdían
resplandor y esplendor. No sabía dónde estaba, pero el silencio, la soledad, el
abandono, la oscuridad, le indicaban que había elegido una mala ruta. La
miseria no está lejos del bienestar, pensó Samuel, que apenas había caminado
una hora. Junto al pestilente canal de Soochow Creek vio dos cadáveres abandonados
a las puertas de un edificio. Era la morgue. […]
Se hallaba en pleno East End, en el distrito de
Whitechapel […]. Numerosas prostitutas poblaban las calles, unos viejos faroles
con cristales tan sucios que apenas dejaban traspasar la ya de por sí tenue luz
que desprendían, señalaban la presencia de diversos antros, lóbregos y
peligrosos para cualquier extraño.
Entró en uno de ellos. Tuvo que atravesar un oscuro
patio al fondo del cual se distinguía una exigua luz en una puerta que daba
acceso a una sala de variedades sin nombre alguno. En la fachada solo se leía
en una vieja chapa oxidada de latón Music-hall.
Era un local sucio, con el suelo de tierra lleno de porquería. El mostrador
estaba cargado de botellas y el resto de la sala permanecía casi a oscuras.
Toda clase de sujetos, la mayoría andrajosos, tan sucios como el resto del
local, viejos casi todos ─o sumamente desgastados por el paso del tiempo─,
bebían cerveza en grandes cantidades, y whisky, acompañados algunos de viejas
prostitutas, de ajados rostros y grises cabellos adornados con rosas marchitas,
con la blusa abierta, que ofrecían sus servicios y los de algunas jóvenes de
unos catorce o quince años, de lívidas mejillas, vestidas con mugrientas y
raídas sedas y terciopelos, todo ello en medio de un griterío infernal.
Un par de jovencitas se quitaban la ropa al son de
conocidas melodías a las que el propio dueño del local ponía letra, pues nadie
tenía dinero suficiente para pagarse un letrista.
―¿Le gustan? ¿Quiere pasar un buen rato con alguna
de ellas? ¿O prefiere…? ─le preguntó un sujeto con evidentes síntomas de
embriaguez.
―Deja al señor en paz ─escuchó que decía alguien.
Un hombre que tendría más o menos la edad de Samuel,
al menos de apariencia, de rostro cuarteado, curtido por el sol, sin afeitar,
cuya afilada mirada, férrea y agresiva, reflejaba un temperamento duro,
recriminaba al pesado beodo. Sus modales respondían a los de un tipo rudo, a la
vez que astuto y osado, puede que temerario y cruel. Vestía una amplia y sucia
camisa azul y viejos y anchos pantalones negros que sujetaba con un gran
cinturón del que pendía un machete. […]
―Ande, tome una copa conmigo, no sabe dónde se ha
metido. Aquí, si no va con cuidado, le robarán hasta el alma. […] Permítame que
me presente. Me llamó, Skull.
―¿Skull? ─preguntó Samuel extrañado─. No me cuadra
con su acento. ¿De dónde es usted?
―Soy argentino, señor mío. Skull es como me conocen
todos aquí, así que ese es mi nombre. ¿No sabe qué significa Skull? ─Samuel se
encogió de hombros─. Cráneo, amigo, significa cráneo, cabeza.
―Por su sensatez, supongo. Veo que sabe obrar con
cautela.
―No señor, no. ¡Sensatez! ─y soltó una enorme
risotada─. Con eso no hubiera llegado a ningún sitio. Por las cabezas de los
demás. ¿No ha oído hablar de los coleccionistas de cráneos?
Samuel le miró de arriba abajo. Advirtió el machete.
―¿Se dedica a cortar cabezas humanas? ─preguntó
atónito.
―¿Humanas? ¡Jamás! ¡Andá a la reconcha de tu madre!
¿Por quién me toma usted? De todos modos, cabezas ya no se cortan apenas, ahora
se prefiere el bicho entero. No me confunda con uno de esos desesperados
aventureros que están a la que caiga. Soy un hombre de negocios. Verá. Yo era
cazador de animales y los vendía a los zoológicos, pero pronto la gente se
cansó de ver fieras, ya no era novedad, quería otras cosas. Me dediqué
entonces, le hablo de hará unos veinte o veinticinco años, a lo que algunos
ignorantes llaman zoos humanos. Tiene narices la cosa. ¿Humanos? Si así fuera,
quien acudiera a ver a los salvajes es que no se diferencia de ellos. No,
amigo, no. Yo cazo bichos de apariencia humana.
―Recuerdo haber visto en París…
―¿En París? Entonces, sí. Debe haber visto en el
jardín de no sé qué…
―El Jardín de Aclimatación.
―Eso es, amigo. ¡Un éxito! Estuvo usted allí, claro.
Todo el mundo pasó por el dichoso jardín ese. ¿Qué vio?
―No recuerdo el nombre de su… ¿especie?
―Digamos especie. Está bien.
―Aunque a mí me parecieron tan humanos como
nosotros, el color de su piel algo rojizo, pero por lo demás…
―Creo adivinar que no le gustó.
―No. La verdad es que no. Había quienes les
arrojaban alimentos o cualquier cosa para ver cómo reaccionaban. Reían a todo
pulmón con su manera de comportarse. Vi cómo un grupo se desternillaba al ver
una mujer enferma temblequeando en su choza.
―Serían los galibis, seguro. Fue un gran éxito. Pero
le entiendo. Es usted una persona sensible. Mal asunto, amigo mío, este mundo
no es para los sensibles. De todos modos, no se engañe, no son seres humanos.
No es que se lo diga yo, lo dice la ciencia, y la razón. ¿Cree usted que un
estado como el francés consentiría los asesinatos? Y no crea que es exclusivo
de Francia, exhibiciones de este tipo se pueden contemplar en Hamburgo,
Londres, Barcelona, Nueva York, Ginebra… ¿Se han vuelto todos locos acaso?
La mirada de Samuel reflejaba el desconcierto que
sentía oyendo a Skull, no tanto por lo que decía como por la manera en que lo
hacía.
―¿Le sorprende que hable así? ─prosiguió Skull─.
Aquí donde me ve, tengo mi cultura y mis estudios de antropología. Unos empresarios
circenses se pusieron en contacto conmigo precisamente por esto último. La
gente estaba harta de ver animales, como le decía, ya no eran novedad alguna. Y
así empezó la cosa. Luego me independicé. Nada de intermediarios, directamente
con los máximos responsables. En 1881 el profesor Virchow, de Berlín, me
encargó la captura de un centenar de primitivos de la Tierra del Fuego. Por
supuesto, con el beneplácito de los gobiernos chileno y alemán. Era una misión
científica. Primero fueron expuestos en diversas ciudades y, después, sirvieron
para la experimentación en laboratorios y hospitales. Hasta el rey Leopoldo II
de Bélgica me mandó a una misión para la Exposición Universal de Bruselas de
hace cuatro o cinco años. Nada menos que casi trescientos negros del Congo, de
todas las edades. Le traje también otros animales. En fin, un negocio como otro
cualquiera, aunque duro y arriesgado, se lo aseguro. Qué hago en un antro como
este, se preguntará. Reclutar gente para la próxima expedición. A África.
―Bueno, yo he de marcharme.
―Como quiera, amigo, pero antes acabe el vaso ¿no?
Samuel apuró el whisky de un trago e inmediatamente
el camarero, desde detrás del mostrador, volvió a llenar el vaso. Samuel sacó
un billete de cinco libras para que se cobrase y salir de allí.
―¿Qué hace? ¿Se ha vuelto loco? ─exclamó Skull al
tiempo que cogía el billete, aún en la mano de Samuel─. Por menos, aquí pueden
rebanarle el cuello. Esconda eso ─le metió las cinco libras en el bolsillo y le
dio al mozo un par de chelines─. Aún sobra ─añadió─. Vamos, le acompañaré a la
calle, pero antes permítame que le enseñe el suntuoso local al que le ha
conducido su temeridad.
Skull cogió del brazo a Samuel y lo llevó a una
primera estancia situada en el piso de arriba a la que se accedía por una
escalera, junto a la entrada del establecimiento. La oscuridad era casi absoluta
y le costó llegar a distinguir la gran cantidad de hombres y mujeres que
descansaban, dormían o dormitaban en el suelo o apoyados en las mesas y bancos,
echados unos sobre otros.
―Es gente que no tiene dónde caerse muerta, vienen
aquí, toman una bebida cualquiera y pueden permanecer en esta habitación hasta
el cierre el establecimiento. Ya ve, amigo, así es la vida. Ande, vámonos, le
noto agobiado.
Una vez fuera, le indicó que fuese en línea recta
hasta el final de la calle, siempre por el medio de la calzada, evitando los
cruces con los oscuros callejones. Al final de la misma, nada más girar a la
derecha, encontraría otro Music-hall
de bastante mejor reputación que el acababa de abandonar y le sería fácil coger
un coche.
Samuel hizo lo que el estrafalario personaje le aconsejaba. Llegando al extremo de la calle, sin embargo, vio bajo un farol una pequeña que no tendría más de cinco o seis años, sentada en el suelo, con un mendrugo de pan, con el que más jugaba que comía, seco y duro. Le miraba fijamente, con esa falta de pudor que caracteriza las miradas de los niños. No pudo más que detenerse. Aquel rostro demacrado, aquellos enclenques brazos y piernas, el vestido hecho jirones, las manos y cara sucias… Había visto tantos niños así, él era uno de ellos, y su amigo Esclafit, y sus hermanos, y tantos otros… […] Era una niña rubita, de grandes ojos que se hundían en el rostro, pero de mirada inexpresiva. Podría pasar por un ángel con un buen baño y ropa limpia, cambiar su aspecto costaría menos que una botella de champán, pero ¿y su mirada?, ¿cómo podría su mirada convertirse en la de una niña dichosa, feliz?, ¿cómo cambiar su vida? […] Samuel le sonrió, la niña hizo un gesto, una mueca cercana una sonrisa. Echó mano de la cartera, sacó un billete de cinco libras y cuando iba a entregárselo sintió un fuerte golpe en la cabeza. Cayó al suelo, inconsciente.