All too Soon (Demasiado pronto) es un tema que compuso Duke Ellington
en 1940 con letra de Carl Sigman y que ha sido grabado por numerosos cantantes
e instrumentistas.
La versión que
suena en el vídeo es la que grabó ese gran saxofonista que fue Johnny Hodges
(1907-1970) en el álbum Buenos Aires Blues (1963). En cuanto a las imágenes corresponden a
la película de Ingmar Bergman Summer with Monika (1953, Un verano con
Mónica), con Harriet Andersson y Lars Ekborg.
“¿En qué consiste mi crimen? En que he trabajado por el establecimiento de un sistema social donde sea imposible que mientras unos amontonan millones otros caen en la degradación y la miseria. Así como el agua y el aire son libres para todos, así la tierra y las invenciones de los hombres de ciencia deben ser utilizadas en beneficio de todos. Vuestras leyes están en oposición con las de la naturaleza, y mediante ellas robáis a las masas el derecho a la vida, la libertad, el bienestar”.
Son palabras que George Engel –un alemán de 50 años, tipógrafo de profesión
y anarquista de convicción– pronunció ante el tribunal de la Corte Suprema del
Estado de Illinois cuando se le preguntó si tenía algo que decir antes de que
se dictara sentencia. El veredicto se hizo público el 14 de septiembre de 1887
y condenó a muerte por ahorcamiento a Engel y Adolf Fischer (alemán de 30 años,
periodista), Albert Parsons (estadounidense de 39 años, periodista), August
Vincent Theodore Spies (alemán de 31 años, periodista) y Louis Lingg (alemán de
22 años, carpintero). Los cuatro primeros fueron ahorcados el 11 de noviembre
de 1887, hoy hace, pues, 132 años. Lingg se suicidó en su celda antes del
ahorcamiento. También se condenó a cadena perpetua al pastor metodista y obrero
del textil Samuel Fielden (inglés de 39 años) y a Michael Schwab (alemán de 33
años, tipógrafo), y a quince años de trabajos forzados a Oscar Neebe
(estadounidense de 36 años, vendedor). Todos ellos estaban acusados de asesinato
al ser considerados cabecillas de una conspiración anarquista cuya acción causó
la muerte de ocho policías al arrojar una bomba uno de sus miembros el 4 de
mayo de 1886 durante una concentración de protesta cerca de Haymarket Square
(Chicago). Claro que según fuentes oficiales. La realidad fue otra, como
veremos.
El origen de todo
ello hay que enmarcarlo en la lucha por la jornada laboral de ocho horas. Esta
se remonta a los primeros momentos del proceso de industrialización. Ya en 1817
Robert Owen fijó la jornada laboral de ocho horas en la colonia que había
fundado en New Lanark (Escocia). También en Francia, ya creada la Asociación
Internacional de Trabajadores (AIT), la conquista de la jornada laboral de ocho
horas cobró fuerza y, al tiempo, fue extendiéndose por los países
industrializados de Europa.
Emigrantes
británicos y centroeuropeos llevaron a Estados Unidos la aspiración a las ocho
horas y la experiencia de lucha. La amplitud de la agitación por parte de los
trabajadores norteamericanos condujo al Gobierno federal a instituir la misma
en 1868. Eso sí, solo para los empleados públicos. Las empresas, sin embargo,
podían ampliarla hasta las 18 horas en caso de necesidad (la duración media de
la jornada laboral era de entre once y doce horas).
La medida,
obviamente, no satisfizo al conjunto de la clase obrera y la reivindicación de
que se extendiera a todos los oficios se generalizó. Así, en 1885 la Federación
de Gremios y Uniones Organizadas de Estados Unidos y Canadá aprobó una
resolución en la que decía que “la duración legal de la jornada de trabajo
desde el 1º de mayo de 1886 será de ocho horas, y recomendamos a las
organizaciones sindicales de este país hacer promulgar leyes conformes a esta
resolución, a partir de la fecha convenida”.
Las protestas
para reivindicar la jornada laboral de ocho horas se sucedieron en las más
importantes ciudades industriales de Estados Unidos y para el 1 de mayo se
prepararon manifestaciones en los principales núcleos industriales con esta
consigna:
¡A partir de
hoy, ningún obrero debe trabajar más de ocho horas por día!
¡Ocho horas
de trabajo!
¡Ocho horas
de reposo!
¡Ocho horas
de educación!
El 1 de mayo de
1886, más de 200.000 trabajadores norteamericanos se declararon la huelga. En
Chicago –donde las condiciones de vida de los trabajadores eran posiblemente
las peores– esta prosiguió los días 2 y 3 de mayo.
Y llegó el día 4 y los sucesos a que nos referíamos al principio. Esa noche del tuvo lugar una concentración de protesta cerca de Haymarket Square en demanda de mejoras laborales y de la jornada de ocho horas, que reunió a cuatro mil personas. La manifestación contaba con el preceptivo permiso del alcalde, pero alguien –nunca se ha sabido quién– lanzó una bomba a la policía cuando intentaba disolver el acto. Mató a un oficial y un agente e hirió a varios más, seis de los cuales fallecerían poco después. La policía abrió fuego sobre la multitud, matando e hiriendo a un gran número de obreros. Según un comunicado de la propia policía de Chicago más de cincuenta “agitadores” resultaron heridos, muchos de ellos mortalmente. Mas, como señala Maurice Dommanget en su clásica obra Historia del Primero de Mayo (primera edición, en francés, 1953), “se trata, evidentemente, una subestimación bien compresible”. El número de víctimas fue mucho mayor: más de doscientos de los concentrados en Haymarket –mujeres y niños incluidos– resultaron heridos o muertos.
Grabado de 1886 que muestra la explosión de la bomba en la plaza de Haymarket y la inmediata carga policial.
Se declaró el estado de sitio y el toque de queda, y en los días siguientes se detuvo a centenares de obreros. De ellos, finalmente se abrió juicio a 31, cifra que luego se redujo a 8, tres de los cuales fueron condenados a prisión y cinco a morir en la horca, como veíamos antes. Desde el primer momento fue evidente que el juicio estuvo plagado de irregularidades, nada se pudo demostrar sobre su participación en los hechos. Pero se trataba de un acto de venganza y de dar un escarmiento a los “enemigos de la sociedad”.
Grabado de 1889 sobre los mismos hechos.
En 1899 tuvo
lugar en París el Congreso Fundacional de la II Internacional, en el que se
acordó celebrar el 1 de mayo de 1890 una jornada de lucha a favor de la mejora
de las condiciones de trabajo y, en concreto, de la reducción del horario
laboral a ocho horas. La elección de la fecha se tomó en recuerdo de los
sucesos de Chicago y en concreto en memoria de los cinco obreros ajusticiados,
que desde entonces se conocerían como los “mártires de Chicago”. Y así fue como
el Primero de Mayo pasó a ser en el mundo occidental el Día Internacional de
los Trabajadores (menos, curiosamente, en Estados Unidos).
Guardias fronterizos de la RDA presencian el derribo del Muro de Berlín (noviembre de 1989). / Archivo Radiotelevisión Española.
La noche del 9 de noviembre de 1989, jueves, Sam y Martha
seguían por televisión las noticias que llegaban desde Berlín, donde el símbolo
por excelencia de la división del mundo en bloques ─el muro levantado en 1961
que separaba el este del oeste─ parecía tener las horas contadas. También, con
él, el final de una época. A lo largo de la tarde habían escuchado en la radio
que el secretario de agitación y propaganda del Partido Socialista Unificado de
la República Democrática Alemana, Günter Schabowski, había anunciado la
revocación de las limitaciones que impedían a los ciudadanos del este viajar
fuera de sus fronteras. Nadie esperaba tal medida, ni el propio Schabowski
parecía ser consciente del efecto que iban a causar sus palabras.
La segunda edición del telediario de la televisión española
abría a las nueve de la noche con imágenes de Willy Brandt dirigiéndose a la
multitud congregada junto a la Puerta de Brandeburgo y de aquellos que
derribaban el muro con martillos, picos, con cualquier objeto a mano. Mucha
gente se concentraba a una y otra parte del mismo y se sucedían las muestras de
alegría de los primeros que cruzaban el muro y de los primeros que los
recibían. Instantes después el plano medio de la presentadora ocupaba la
pantalla. Buenas noches. Berlín, como
acaban de ver, es un clamor de libertad. Miles de personas han tomado,
literalmente, un muro que hasta hace veinticuatro horas significaba la división
entre el Este y el Oeste. Hoy mismo, fuerzas policiales de la Alemania Oriental
han comenzado el derribo de la vergonzosa muralla y los dirigentes de las dos
Alemanias ya proclaman a los cuatro vientos su deseo de lograr una nación unida.
Las superpotencias, mientras tanto, han acogido con satisfacción el derribo del
muro, pero no han ocultado su preocupación por la perspectiva de una sola
Alemania. En esta oleada imparable de cambios, esta misma tarde ha llegado la
noticia de la dimisión del número uno del régimen búlgaro Todor Zhivkov. En
Moscú, el Kremlin se ha felicitado por la apertura del Muro de Berlín y el
proceso de cambios abiertos en la Alemania del este. Sin embargo, el portavoz
oficial, Gerasimov, ha advertido al Gobierno federal alemán que las fronteras actuales
no deben modificarse ni debe hablarse de reunificación alemana.
Tras un breve reportaje sobre la rueda de prensa de
Gerasimov, la locutora explicó las reacciones de las principales potencias.
Salieron entonces imágenes de Kennedy pidiendo la desaparición del muro. Estados Unidos se pregunta cuál va a ser su
papel en la nueva Europa, aunque todos tienen claro que las relaciones van a
cambiar mucho entre los dos bloques, comentaba la corresponsal de Televisión
Española desde Nueva York. El embajador de la RFA decía que era un día de la libertad que incoaba un proceso
que llevaría a una democracia con elecciones libres, a una relación en que las
personas podrán determinar su propia vida en libertad.
―No lo entiendo. Parece ser que a todo el mundo le ha
pillado por sorpresa. ¡Vaya mierda, pues, de servicios secretos! No me lo creo,
querida.
Continuaron atentos a la radio ─todas las emisoras hablaban
del tema en parecidos términos─ y a la espera de la tercera edición del
telediario. Casi a la una de la madrugada el presentador comunicaba que se hallaban
en disposición de poder ofrecer la crónica sobre lo que estaba sucediendo en
Berlín que previamente habían anunciado. El enviado especial refería que en
Berlín Este había normalidad absoluta en las calles. Solo algunos curiosos, decía, se han acercado a la puerta de
Brandeburgo. En el Oeste, en el Checkpoint Charlie, paso fronterizo entre los
dos Berlines, llegan los primeros curiosos y las primeras cámaras de televisión.
Todos esperan a los primeros que quieran cruzar, pero la policía del Este no sabe
nada de la nueva normativa. Mientras sale la nueva ley sobre libertad de
viajes, los otros alemanes tienen que solicitar salir al extranjero, pero
ninguna autoridad puede rechazar esa petición. Volvía a aparecer el
corresponsal: Poco antes de la medianoche
aquí, en Glienicke, la frontera se ha abierto de manera informal para todos los
alemanes del Este que querían venir aquí, al Oeste. Seguían imágenes de una
pareja que acababa de cruzar tras presentar solo el carné de identidad, al que
se limitaron a ponerle un sello. Es la
primera vez que están en el Oeste, pero no se piensan quedar. En casa, en el
Este, al otro lado, les espera su hijo, y a las ocho el trabajo, como cada día.
―Ya empieza la cantinela. La libertad, un clamor de
libertad… Ya son libres los desgraciados alemanes del este que durante tanto
tiempo han tenido que sufrir la arbitrariedad y tiranía del régimen comunista.
¡Bienvenidos a la democracia, amigos! Ahora podréis votar cada tiempo y, ¿cómo
decía el embajador?, determinar vuestra vida en libertad. Claro que sí,
faltaría más. A disfrutar de la libertad, que ya era hora, a comer
hamburguesas, a vestirse con vaqueros, a beber Coca-Cola… Llegó la democracia
por fin. ¡La hostia!, no saben lo que les espera. Un mercado laboral
despiadado, cada vez más competitivo y peor retribuido desde la crisis del
petróleo de 1973; unas políticas neoliberales encabezadas por mamporreros del
capital como Reagan o Thatcher; un capitalismo que quiere volver a los
orígenes, a los mejores tiempos del laissez-faire.
Reconversiones industriales brutales, privatización de industrias y empresas
públicas, limitación del gasto público y de las prestaciones sociales, política
monetarista, estricta observancia de la “disciplina” del mercado, menor
intervención de los Gobiernos en la economía… Sí, ¡bienvenidos a la
democracia! Lo que temo especialmente es que con la caída del Muro desaparece
cualquier referencia a otro sistema que no sea el capitalista, al menos entre
los países más industrializados. El rostro más desagradable del capitalismo, el
verdadero, ya no necesita caretas.
―Así es, Sam. Se trata de que la gente vea que ha llegado el
fin de los totalitarismos y que este es el mejor de los mundos posibles.
―Pura propaganda, puta propaganda. ¿Es que aquí, entre
nosotros, el primer mundo, no hay quien vive en una situación incomparablemente
peor que la tenían los alemanes del este? Nos estamos acostumbrando a ver de
nuevo mendigos por las calles. El tres por cien de los neoyorkinos no tiene
techo bajo el que cobijarse; en el Reino Unido son unos cuatrocientos mil. Lo
leí hace poco en la prensa. Esto era inimaginable, nadie hubiera vaticinado
algo así hace treinta años. ¿Qué se ha hecho mal? Los países capitalistas son
más ricos que nunca, vale, pero no sus habitantes. Pero, claro, nuestros pobres
son únicamente desheredados que no supieron aprovechar las oportunidades del
sistema. Miremos para otro lado. ¿Qué pasará cuando los nuevos “ciudadanos
demócratas” vean los escaparates llenos de esos productos hasta ahora solo
reservados a nosotros, pero no tengan dinero para comprarlos? ¡Cuánta
hipocresía! La que se nos viene encima, Martha.