30 años de la caída del Muro de Berlín

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La noche del 9 de noviembre de 1989, jueves, Sam y Martha seguían por televisión las noticias que llegaban desde Berlín, donde el símbolo por excelencia de la división del mundo en bloques ─el muro levantado en 1961 que separaba el este del oeste─ parecía tener las horas contadas. También, con él, el final de una época. A lo largo de la tarde habían escuchado en la radio que el secretario de agitación y propaganda del Partido Socialista Unificado de la República Democrática Alemana, Günter Schabowski, había anunciado la revocación de las limitaciones que impedían a los ciudadanos del este viajar fuera de sus fronteras. Nadie esperaba tal medida, ni el propio Schabowski parecía ser consciente del efecto que iban a causar sus palabras.

La segunda edición del telediario de la televisión española abría a las nueve de la noche con imágenes de Willy Brandt dirigiéndose a la multitud congregada junto a la Puerta de Brandeburgo y de aquellos que derribaban el muro con martillos, picos, con cualquier objeto a mano. Mucha gente se concentraba a una y otra parte del mismo y se sucedían las muestras de alegría de los primeros que cruzaban el muro y de los primeros que los recibían. Instantes después el plano medio de la presentadora ocupaba la pantalla. Buenas noches. Berlín, como acaban de ver, es un clamor de libertad. Miles de personas han tomado, literalmente, un muro que hasta hace veinticuatro horas significaba la división entre el Este y el Oeste. Hoy mismo, fuerzas policiales de la Alemania Oriental han comenzado el derribo de la vergonzosa muralla y los dirigentes de las dos Alemanias ya proclaman a los cuatro vientos su deseo de lograr una nación unida. Las superpotencias, mientras tanto, han acogido con satisfacción el derribo del muro, pero no han ocultado su preocupación por la perspectiva de una sola Alemania. En esta oleada imparable de cambios, esta misma tarde ha llegado la noticia de la dimisión del número uno del régimen búlgaro Todor Zhivkov. En Moscú, el Kremlin se ha felicitado por la apertura del Muro de Berlín y el proceso de cambios abiertos en la Alemania del este. Sin embargo, el portavoz oficial, Gerasimov, ha advertido al Gobierno federal alemán que las fronteras actuales no deben modificarse ni debe hablarse de reunificación alemana.

Tras un breve reportaje sobre la rueda de prensa de Gerasimov, la locutora explicó las reacciones de las principales potencias. Salieron entonces imágenes de Kennedy pidiendo la desaparición del muro. Estados Unidos se pregunta cuál va a ser su papel en la nueva Europa, aunque todos tienen claro que las relaciones van a cambiar mucho entre los dos bloques, comentaba la corresponsal de Televisión Española desde Nueva York. El embajador de la RFA decía que era un día de la libertad que incoaba un proceso que llevaría a una democracia con elecciones libres, a una relación en que las personas podrán determinar su propia vida en libertad.

―No lo entiendo. Parece ser que a todo el mundo le ha pillado por sorpresa. ¡Vaya mierda, pues, de servicios secretos! No me lo creo, querida.

Continuaron atentos a la radio ─todas las emisoras hablaban del tema en parecidos términos─ y a la espera de la tercera edición del telediario. Casi a la una de la madrugada el presentador comunicaba que se hallaban en disposición de poder ofrecer la crónica sobre lo que estaba sucediendo en Berlín que previamente habían anunciado. El enviado especial refería que en Berlín Este había normalidad absoluta en las calles. Solo algunos curiosos, decía, se han acercado a la puerta de Brandeburgo. En el Oeste, en el Checkpoint Charlie, paso fronterizo entre los dos Berlines, llegan los primeros curiosos y las primeras cámaras de televisión. Todos esperan a los primeros que quieran cruzar, pero la policía del Este no sabe nada de la nueva normativa. Mientras sale la nueva ley sobre libertad de viajes, los otros alemanes tienen que solicitar salir al extranjero, pero ninguna autoridad puede rechazar esa petición. Volvía a aparecer el corresponsal: Poco antes de la medianoche aquí, en Glienicke, la frontera se ha abierto de manera informal para todos los alemanes del Este que querían venir aquí, al Oeste. Seguían imágenes de una pareja que acababa de cruzar tras presentar solo el carné de identidad, al que se limitaron a ponerle un sello. Es la primera vez que están en el Oeste, pero no se piensan quedar. En casa, en el Este, al otro lado, les espera su hijo, y a las ocho el trabajo, como cada día.

―Ya empieza la cantinela. La libertad, un clamor de libertad… Ya son libres los desgraciados alemanes del este que durante tanto tiempo han tenido que sufrir la arbitrariedad y tiranía del régimen comunista. ¡Bienvenidos a la democracia, amigos! Ahora podréis votar cada tiempo y, ¿cómo decía el embajador?, determinar vuestra vida en libertad. Claro que sí, faltaría más. A disfrutar de la libertad, que ya era hora, a comer hamburguesas, a vestirse con vaqueros, a beber Coca-Cola… Llegó la democracia por fin. ¡La hostia!, no saben lo que les espera. Un mercado laboral despiadado, cada vez más competitivo y peor retribuido desde la crisis del petróleo de 1973; unas políticas neoliberales encabezadas por mamporreros del capital como Reagan o Thatcher; un capitalismo que quiere volver a los orígenes, a los mejores tiempos del laissez-faire. Reconversiones industriales brutales, privatización de industrias y empresas públicas, limitación del gasto público y de las prestaciones sociales, política monetarista, estricta observancia de la “disciplina” del mercado, menor intervención de los Gobiernos en la economía… Sí, ¡bienvenidos a la democracia! Lo que temo especialmente es que con la caída del Muro desaparece cualquier referencia a otro sistema que no sea el capitalista, al menos entre los países más industrializados. El rostro más desagradable del capitalismo, el verdadero, ya no necesita caretas.

―Así es, Sam. Se trata de que la gente vea que ha llegado el fin de los totalitarismos y que este es el mejor de los mundos posibles.

―Pura propaganda, puta propaganda. ¿Es que aquí, entre nosotros, el primer mundo, no hay quien vive en una situación incomparablemente peor que la tenían los alemanes del este? Nos estamos acostumbrando a ver de nuevo mendigos por las calles. El tres por cien de los neoyorkinos no tiene techo bajo el que cobijarse; en el Reino Unido son unos cuatrocientos mil. Lo leí hace poco en la prensa. Esto era inimaginable, nadie hubiera vaticinado algo así hace treinta años. ¿Qué se ha hecho mal? Los países capitalistas son más ricos que nunca, vale, pero no sus habitantes. Pero, claro, nuestros pobres son únicamente desheredados que no supieron aprovechar las oportunidades del sistema. Miremos para otro lado. ¿Qué pasará cuando los nuevos “ciudadanos demócratas” vean los escaparates llenos de esos productos hasta ahora solo reservados a nosotros, pero no tengan dinero para comprarlos? ¡Cuánta hipocresía! La que se nos viene encima, Martha.

Manuel Cerdà: Adiós, mirlo, adiós (Bye Bye Blackbird), 2016 (nueva edición 2019).

La reunificación de Alemania y el triunfo del capitalismo

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WALL CULTURE SHOCK

Guardias fronterizos de la RDA presencian el derribo del Muro de Berlín (noviembre de 1989) / Reuters.

En un lúcido e interesante artículo que publicó la por entonces prestigiosa revista Debats (núm. 40, 1992) –nada que ver con la actual, anodina e insustancial, entregada al servicio de la endogamia académica–, Charles S. Maier apuntaba el hecho de que los cambios sociales que se iniciaron a finales de la década de 1960 –que se materializan en un recrudecimiento de los conflictos de clase, la contestación del movimiento estudiantil y la aparición de los llamados nuevos movimientos sociales– acabaron por erosionar tanto el statu quo político imperante en la Europa Occidental como en la  Oriental.

Los fenómenos sociales y las dificultades económicas de los años de 1970 tuvieron, lógicamente, diferente respuesta en el Este y en el Oeste. Mientras que este último mostró una notable capacidad de restructuración económica de la mano del neoliberalismo, las oligarquías burocráticas de los países de economía planificada no podían seguir el camino reformista de apertura hacia Occidente emprendido en los años de 1960 sin que ello pusiera en peligro el conjunto del sistema. La URSS y las democracias populares dieron marcha atrás a las reformas económicas que habían empezado a implantar y que suponían una mayor descentralización, más estímulos al trabajo y una cierta autonomía a las empresas. Estas medidas habían dado sus frutos y posibilitado un mejor bienestar para amplias capas de la población. Sin embargo, tras los sucesos de Checoslovaquia de 1968, las cosas cambiaron. El Nuevo Sistema Económico, que tan buenos resultados había proporcionado en el sentido apuntado en la República Democrática Alemana (RDA), tomó otro rumbo y se volvió a una política económica basada en la centralización.

Así, escribe Maier, “todos los fenómenos sociales que tanto alarmaron a los conservadores occidentales en relación con el funcionamiento de sus sociedades durante los 70 acabaron realmente subvirtiendo una década más tarde, y de manera mucho más efectiva, a los regímenes comunistas rivales. La competición por recursos escasos entre intereses en conflicto, los insidiosos movimientos pacifistas o la anarquía derivada del rock and roll ‘sobrecargaron’ al comunismo mucho más de lo que nunca llegaron a hacer con la democracia”.

LA RDA parecía ser la más sólida de todas las democracias populares. Desde 1953 no se habían dado estallidos violentos y la población disfrutaba de un aceptable nivel de bienestar, lo que no obviaba que esta pudiera apreciar las grandes diferencias de su nivel de vida con respecto al de la República Federal Alemana (RFA). Solo así se explica que en el verano de 1989 los turistas de la RDA de vacaciones en otras democracias populares comenzarán a refugiarse en las embajadas de Alemania Occidental en Budapest y Praga, así como en la representación permanente de la RFA en Berlín Oriental. El gran número de refugiados hizo que el gobierno de Bonn tuviera que cerrar las embajadas hasta que por fin, en septiembre, el nuevo gobierno reformista húngaro autorizó la salida general de los ciudadanos de la RDA de su país. No deja de ser sintomático el hecho de que, de las 343.854 personas que en 1989 pasaron de la RDA a la RFA, el 86 por cien tuviera estudios medios y el 24 estudios superiores, como también lo es, por otra parte, que en Alemania Oriental un 60 por cien de la población tuviera televisión y automóvil y un 15 poseyera, además, una segunda residencia.

Las multitudinarias manifestaciones que desde este momento se produjeron provocaron la caída de Honecker (octubre de 1989) y la apertura del Muro de Berlín un mes después. El camino de la reunificación estaba abierto. El propio Kohl presentó en noviembre al Bundestag un conjunto de diez puntos para “recuperar la unidad estatal de Alemania” que, a pesar de contar con el rechazo de la oposición y de destacados intelectuales como Günter Grass y con las reticencias de Francia y Gran Bretaña, contarán con el beneplácito de Gorbachov y despertarán el entusiasmo de los ciudadanos de la RDA. En septiembre de 1990 se reunían en Moscú los ministros de Asuntos Exteriores de la RFA y de las cuatro potencias vencedoras de la Segunda Guerra Mundial (Unión Soviética, Estados Unidos, Gran Bretaña y Francia) y el presidente de la RFA, Lothar Maizière, para firmar el Tratado sobre la regulación final respecto a Alemania, que entró en vigor el 3 de octubre de ese mismo año.

Terminaba de este modo el mundo dividido y, historiográficamente hablando, el siglo XX, pues –como acertadamente señaló Hobsbawm– no son los años los que fijan los límites de los periodos de la historia, sino los procesos sociales y económicos. Y se iniciaba un tiempo histórico nuevo con Estados Unidos como único poder global y su modelo político-económico-social como único posible. Se cerraba una batalla por la conquista de la mente humana, que dijo Kennedy, y comenzaba un nuevo tipo de sociedad “constituida por un conjunto de individuos egocéntricos completamente desconectados entre sí que persiguen tan solo su propia gratificación (ya se la denomine beneficio, placer o de otra forma)” [Hobsbawm 1994: Historia del siglo XX]. El capitalismo había impuesto su lógica, había triunfado. Y en esas seguimos.

Capituló Alemania

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Dadme diez años y no reconoceréis Alemania, había dicho Hitler en 1935 en un discurso radiado a toda la nación. Diez años después efectivamente, Alemania presentaba un aspecto irreconocible. Alemania, y gran parte de Europa, como dijera Winston Churchill, era un montón de escombros, un osario, un semillero de pestilencia y odio.

Berlín tras la capitulación. En primer término la Puerta de Brandeburgo, tras ella el bulevar Unter der Linden.

Berlín tras la capitulación. En primer término la Puerta de Brandeburgo, tras ella el bulevar Unter der Linden.

La batalla de Berlín –la última gran batalla que se libró en suelo europeo durante la Segunda Guerra Mundial– había empezado el 20 de abril de 1945, día en que Hitler cumplía 56 años. Como regalo de cumpleaños recibió de los rusos los primeros obuses que alcanzaban la capital alemana. Se luchó palmo a palmo, casa a casa, cuerpo a cuerpo. Cuando, finalmente, el 2 de mayo –Hitler se había suicidado el 30 de abril– el general Helmuth Weidling entregó la ciudad a las tropas soviéticas, esta parecía un descuidado yacimiento arqueológico contemporáneo. Sus efectos habían sido devastadores. De las 150.000 viviendas contabilizadas en el centro de la ciudad quedaban indemnes 18.000 y 32.000 habían sido destruidas por completo. Más de un millón de personas se hallaba sin hogar, malviviendo en sótanos y en los refugios antiaéreos.

El Jefe del Estado Mayor del Alto Mando de las fuerzas armadas alemanas, el general Alfred Jodl, firma, rodeado de otros jerarcas nazis, el acta de rendición incondicional para todas las fuerzas alemanas ante los Aliados. Reims, 7 de mayo de 1945.

El Jefe del Estado Mayor del Alto Mando de las fuerzas armadas alemanas, el general Alfred Jodl, firma, rodeado de otros jerarcas nazis, el acta de rendición incondicional para todas las fuerzas alemanas ante los Aliados. Reims, 7 de mayo de 1945.

Tras la liberación de Mauthausen, el 5 de mayo, los rumores de que la rendición absoluta de Alemania se produciría en cuestión de horas se dispararon. Pronto se convirtieron en certeza. Dos días más tarde, las fuerzas alemanas en Holanda, Alemania Noroccidental y Dinamarca claudicaban ante al general británico Montgomery y a las 02:41 de la mañana del 7 de mayo de 1945 se firmaba en Reims, en el Cuartel General del Comandante Supremo Aliado, la rendición incondicional del Reich por medio de su jefe del Estado Mayor del Alto Mando, el general Alfred Jodl, que ordenó que todas las fuerzas bajo el mando alemán cesarán las operaciones activas a las 23:01 horas, hora de Europa Central, el 8 de mayo de 1945.

Soldado alemán frente a las ruinas del Reichstag, aún en llamas. / Getty Images

Soldado alemán frente a las ruinas del Reichstag, aún en llamas. / Getty Images

La capitulación alemana, sin embargo, era un acto de enorme trascendencia que había de ser recogido debidamente para mostrarlo al mundo. Merecía una adecuada escenificación. No era lo mismo Reims que Berlín. Stalin montó en cólera al conocer la noticia, restaba protagonismo al Ejército Rojo. Su papel, desde luego, no fue en absoluto desdeñable. Sin la batalla de Stalingrado es posible que nunca hubiera tenido lugar el desembarco de Normandía. Por otra parte, el ejército de la Unión Soviética sufrió 8.860.400 muertos durante la Segunda Guerra Mundial, muchos más que cualquier otro país, incluida Alemania (3.200.000 soldados). También la URSS lideraba el macabro ranking de ser el estado con mayor número de civiles fallecidos por la contienda, más de diecisiete millones. Le seguía China, con diez millones. Los civiles muertos en Alemania fueron 3.640.000; en Polonia, 2.500.000; en Francia, 270.000, y en Gran Bretaña 60.000.

Soldados rusos con la gigantesca águila de bronce nazi que figuraba sobre la puerta principal de la Cancillería del Reich.

Soldados rusos con la gigantesca águila de bronce nazi que figuraba sobre la puerta principal de la Cancillería del Reich.

Berlín estaba bajo control soviético. Su ejército había conseguido entrar en solitario y alzar la bandera de la URSS sobre el Reichstag alemán, completamente en ruinas, como se ve en la icónica fotografía que encabeza este artículo y que, si bien se fechó el 2 de mayo, fue tomada en realidad el día 5. Así las cosas, Berlín, la sede del poder nazi, la capital política y administrativa de Alemania, el símbolo de la resistencia alemana, o de la obstinación, que tanto había costado vencer, el último bastión de Hitler, era obviamente el marco idóneo para un acto de tanta relevancia. Por ello, y con el asenso de los demás países aliados, se tomó el acuerdo de celebrar un acto formal de la capitulación alemana el día siguiente, 8 de mayo, en el Cuartel General Soviético de Berlín, situado en el barrio de Karlshorst, a las afueras de la capital.

El mariscal Keitel firma la capitulación alemana en Karlshorst (8 de mayo de 1945).

El mariscal Keitel firma la capitulación alemana en Karlshorst (8 de mayo de 1945).

Pasadas las diez de la noche, los representantes de los países aliados fueron los primeros en entrar en una sala en la que se había dispuesto una larga mesa rectangular y en ocupar sus asientos. Eran el general Spaatz, por Estados Unidos; el británico Arthur William Tedder, subcomandante de la fuerza expedicionaria aérea aliada; el francés De Lattre de Tassigny, comandante del I Ejército galo, y el mariscal soviético Gueorgui Zhúkov. A las once en punto, coincidiendo con la hora marcada para el fin de las operaciones alemanas, hicieron su aparición los jerarcas alemanes: el mariscal de campo Wilhelm Keitel, el almirante Von Friedeburg y el general de aviación Stumpf. Se sentaron frente a los primeros. El acto fue sucinto y solemne. En medio de un general mutismo que amplificaba los carraspeos, el chasquido de los flashes de los numerosos fotógrafos y el rodar de las cámaras cinematográficas, Keitel entregó un documento previamente autorizado por Karl Dönitz, el heredero de Hitler según su testamento, en el que se estipulaba la capitulación sin condiciones de todas las fuerzas alemanas. Todos estamparon su firma en el acuerdo y a la medianoche la delegación alemana marchó. A causa de lo avanzado de la hora, ya pasada la medianoche en Moscú, el Día de la Victoria se celebra en Rusia el 9 de mayo.

Luego, se sirvió una cena a los plenipotenciarios de los aliados en la que no faltó el caviar y el vodka ni un improvisado escenario sobre el que virtuosos soldados cantaron y bailaron. El mariscal Zhúkov sorprendió a todos cuando cogió de la mano al general De Lattre y comenzó a bailar ante él, en cuclillas. Los comensales, que ya llevaban más de dos horas de brindis, jalearon al mariscal, y De Lattre se puso también a bailar del mismo modo que su compañero entre el entusiasmo de los presentes, que acompañaban a los dos militares con rítmicas palmadas.

La guerra en Europa había terminado. El sufrimiento no.