30 años de la caída del Muro de Berlín

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La noche del 9 de noviembre de 1989, jueves, Sam y Martha seguían por televisión las noticias que llegaban desde Berlín, donde el símbolo por excelencia de la división del mundo en bloques ─el muro levantado en 1961 que separaba el este del oeste─ parecía tener las horas contadas. También, con él, el final de una época. A lo largo de la tarde habían escuchado en la radio que el secretario de agitación y propaganda del Partido Socialista Unificado de la República Democrática Alemana, Günter Schabowski, había anunciado la revocación de las limitaciones que impedían a los ciudadanos del este viajar fuera de sus fronteras. Nadie esperaba tal medida, ni el propio Schabowski parecía ser consciente del efecto que iban a causar sus palabras.

La segunda edición del telediario de la televisión española abría a las nueve de la noche con imágenes de Willy Brandt dirigiéndose a la multitud congregada junto a la Puerta de Brandeburgo y de aquellos que derribaban el muro con martillos, picos, con cualquier objeto a mano. Mucha gente se concentraba a una y otra parte del mismo y se sucedían las muestras de alegría de los primeros que cruzaban el muro y de los primeros que los recibían. Instantes después el plano medio de la presentadora ocupaba la pantalla. Buenas noches. Berlín, como acaban de ver, es un clamor de libertad. Miles de personas han tomado, literalmente, un muro que hasta hace veinticuatro horas significaba la división entre el Este y el Oeste. Hoy mismo, fuerzas policiales de la Alemania Oriental han comenzado el derribo de la vergonzosa muralla y los dirigentes de las dos Alemanias ya proclaman a los cuatro vientos su deseo de lograr una nación unida. Las superpotencias, mientras tanto, han acogido con satisfacción el derribo del muro, pero no han ocultado su preocupación por la perspectiva de una sola Alemania. En esta oleada imparable de cambios, esta misma tarde ha llegado la noticia de la dimisión del número uno del régimen búlgaro Todor Zhivkov. En Moscú, el Kremlin se ha felicitado por la apertura del Muro de Berlín y el proceso de cambios abiertos en la Alemania del este. Sin embargo, el portavoz oficial, Gerasimov, ha advertido al Gobierno federal alemán que las fronteras actuales no deben modificarse ni debe hablarse de reunificación alemana.

Tras un breve reportaje sobre la rueda de prensa de Gerasimov, la locutora explicó las reacciones de las principales potencias. Salieron entonces imágenes de Kennedy pidiendo la desaparición del muro. Estados Unidos se pregunta cuál va a ser su papel en la nueva Europa, aunque todos tienen claro que las relaciones van a cambiar mucho entre los dos bloques, comentaba la corresponsal de Televisión Española desde Nueva York. El embajador de la RFA decía que era un día de la libertad que incoaba un proceso que llevaría a una democracia con elecciones libres, a una relación en que las personas podrán determinar su propia vida en libertad.

―No lo entiendo. Parece ser que a todo el mundo le ha pillado por sorpresa. ¡Vaya mierda, pues, de servicios secretos! No me lo creo, querida.

Continuaron atentos a la radio ─todas las emisoras hablaban del tema en parecidos términos─ y a la espera de la tercera edición del telediario. Casi a la una de la madrugada el presentador comunicaba que se hallaban en disposición de poder ofrecer la crónica sobre lo que estaba sucediendo en Berlín que previamente habían anunciado. El enviado especial refería que en Berlín Este había normalidad absoluta en las calles. Solo algunos curiosos, decía, se han acercado a la puerta de Brandeburgo. En el Oeste, en el Checkpoint Charlie, paso fronterizo entre los dos Berlines, llegan los primeros curiosos y las primeras cámaras de televisión. Todos esperan a los primeros que quieran cruzar, pero la policía del Este no sabe nada de la nueva normativa. Mientras sale la nueva ley sobre libertad de viajes, los otros alemanes tienen que solicitar salir al extranjero, pero ninguna autoridad puede rechazar esa petición. Volvía a aparecer el corresponsal: Poco antes de la medianoche aquí, en Glienicke, la frontera se ha abierto de manera informal para todos los alemanes del Este que querían venir aquí, al Oeste. Seguían imágenes de una pareja que acababa de cruzar tras presentar solo el carné de identidad, al que se limitaron a ponerle un sello. Es la primera vez que están en el Oeste, pero no se piensan quedar. En casa, en el Este, al otro lado, les espera su hijo, y a las ocho el trabajo, como cada día.

―Ya empieza la cantinela. La libertad, un clamor de libertad… Ya son libres los desgraciados alemanes del este que durante tanto tiempo han tenido que sufrir la arbitrariedad y tiranía del régimen comunista. ¡Bienvenidos a la democracia, amigos! Ahora podréis votar cada tiempo y, ¿cómo decía el embajador?, determinar vuestra vida en libertad. Claro que sí, faltaría más. A disfrutar de la libertad, que ya era hora, a comer hamburguesas, a vestirse con vaqueros, a beber Coca-Cola… Llegó la democracia por fin. ¡La hostia!, no saben lo que les espera. Un mercado laboral despiadado, cada vez más competitivo y peor retribuido desde la crisis del petróleo de 1973; unas políticas neoliberales encabezadas por mamporreros del capital como Reagan o Thatcher; un capitalismo que quiere volver a los orígenes, a los mejores tiempos del laissez-faire. Reconversiones industriales brutales, privatización de industrias y empresas públicas, limitación del gasto público y de las prestaciones sociales, política monetarista, estricta observancia de la “disciplina” del mercado, menor intervención de los Gobiernos en la economía… Sí, ¡bienvenidos a la democracia! Lo que temo especialmente es que con la caída del Muro desaparece cualquier referencia a otro sistema que no sea el capitalista, al menos entre los países más industrializados. El rostro más desagradable del capitalismo, el verdadero, ya no necesita caretas.

―Así es, Sam. Se trata de que la gente vea que ha llegado el fin de los totalitarismos y que este es el mejor de los mundos posibles.

―Pura propaganda, puta propaganda. ¿Es que aquí, entre nosotros, el primer mundo, no hay quien vive en una situación incomparablemente peor que la tenían los alemanes del este? Nos estamos acostumbrando a ver de nuevo mendigos por las calles. El tres por cien de los neoyorkinos no tiene techo bajo el que cobijarse; en el Reino Unido son unos cuatrocientos mil. Lo leí hace poco en la prensa. Esto era inimaginable, nadie hubiera vaticinado algo así hace treinta años. ¿Qué se ha hecho mal? Los países capitalistas son más ricos que nunca, vale, pero no sus habitantes. Pero, claro, nuestros pobres son únicamente desheredados que no supieron aprovechar las oportunidades del sistema. Miremos para otro lado. ¿Qué pasará cuando los nuevos “ciudadanos demócratas” vean los escaparates llenos de esos productos hasta ahora solo reservados a nosotros, pero no tengan dinero para comprarlos? ¡Cuánta hipocresía! La que se nos viene encima, Martha.

Manuel Cerdà: Adiós, mirlo, adiós (Bye Bye Blackbird), 2016 (nueva edición 2019).

Murió Fidel Castro

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Discurso de Fidel Castro en la ONU (1960) / Cubadebate.

Fidel Castro nació el 13 de agosto de 1926 en la ciudad de Mayarí (zona sudoriental de la isla de Cuba) en el seno de una familia acomodada (su padre era un emigrante gallego). Estudió en un colegio de jesuitas y en la Universidad de La Habana. Fue presidente de la Federación de Estudiantes y se doctoró en leyes en 1950. Tres años después, el 26 de julio de 1953, al frente de 165 jóvenes, intentó derrocar el régimen de Fulgencio Batista con el asalto al cuartel de Moncada, en Santiago. La operación fracasó y fue condenado a 15 años de prisión. Fue amnistiado, con los otros encarcelados, en 1955 y se exilió a México, donde fundó el Movimiento 26 de Julio.

En México conoció al Che Guevara y, asesorado por Alberto Bayo, preparó la invasión de Cuba. Con 82 hombres desembarcó en el yate Granma en la playa de las Coloradas, en la costa oriental de la isla. Era el 2 de diciembre de 1956 y la acción supuso el inicio de dos años de lucha guerrillera en la Sierra Maestra que terminaron con la derrota del Ejército de Batista y la huida del dictador en la madrugada del 1 de enero de 1959.

El 15 de febrero de ese año fue nombrado Primer Ministro por el presidente Urrutia. Castro partía de un proyecto que podríamos calificar de reformista, con medidas como la expropiación –previa indemnización– de las explotaciones agrarias mayores de 460 hectáreas y su redistribución en lotes individuales a los campesinos, o la participación de los obreros en los beneficios de las fábricas. Sin embargo, inmediatamente chocó con los intereses de las grandes compañías azucareras norteamericanas. Fue entonces cuando se llevó a cabo una radical reforma agraria (17 de mayo de 1959) por la que se expropiaron, sin indemnización, numerosos latifundios azucareros, la mayoría de ellos de capital norteamericano. Ello supuso el inicio del enfrentamiento con Estados Unidos, que se agravó cuando en marzo de 1960 decretó las primeras nacionalizaciones de refinerías de petróleo estadounidenses. El Congreso de Estados Unidos autorizó poco después al presidente Eisenhower a que estableciera y mantuviera un embargo total sobre todo el comercio entre EE UU y la isla, y en enero de 1961 el país norteamericano rompía las relaciones diplomáticas con Cuba.

Paralelamente, se nacionalizaron los colegios religiosos, se inició una campaña contra el analfabetismo y la educación y la salud pasaron a ser universales y gratuitas.

El 14 de abril de 1961 Castro dirigió las operaciones que frustraron el desembarco de elementos contrarrevolucionarios, asesorados por EE UU, en la bahía de Cochinos, una operación que tuvo como principal consecuencia el acercamiento del régimen cubano a la Unión Soviética. Pocos días después Cuba era declarada República Democrática Socialista. Las Organizaciones Revolucionarias se trasformaron en el Partido Unido de la Revolución Socialista (1962) y, finalmente, en Partido Comunista Cubano (1 de octubre de 1965). Castro, que ya lo era de las Organizaciones Revolucionarias, continuó en el cargo de secretario de general.

Las numerosas dificultades económicas derivadas del bloqueo económico reforzaron las relaciones económicas y políticas con la Unión Soviética y marcaron el nuevo rumbo de la Revolución. Con la entrada en vigor de la primera constitución socialista de Cuba (1976), Castro asumió cargos de jefe de Estado, presidente del Consejo de Estado y presidente del Consejo de Ministros. Al desintegrarse la Unión Soviética en 1991 el régimen perdió el soporte económico que hasta entonces le brindaba aquella, acentuándose así el aislamiento internacional.

Castro reaccionó a la intensificación del embargo norteamericano con el endurecimiento de la represión sobre la disidencia y, en el terreno económico, en 1993 legalizó la libre circulación del dólar e introdujo algunos elementos del sistema de mercado para afrontar la grave penuria en que estaba sumido el país.

Gravemente enfermo, en julio de 2006 fue hospitalizado para ser sometido a una intervención quirúrgica y delegó los poderes en el su hermano Raúl Castro. En febrero de 2008 anunció públicamente la dimisión de la presidencia y en abril de 2011 renunció definitivamente a dirigir el Partido Comunista, dimisiones que justificó per la su precaria salud. Ambos cargos fueron asumidos por Raúl. Este ha sido quien ha comunicado en una alocución en la televisión estatal su fallecimiento, acaecido ayer, 25 de noviembre del 2016, a las 10:29 horas de la noche. Tenía 90 años.

Para unos Fidel fue el dictador que sumió a su pueblo en una despótica tiranía. Para otros el azote del imperialismo y el sinónimo de la Revolución, de la dignidad y de la lucha de los desposeídos.

Cuba nunca fue el paraíso de la clase obrera, pero tampoco el infierno. Mas es innegable que, no obstante el bloqueo económico y la dependencia del bloque Oriental, Cuba es el país de Latinoamérica donde menos diferencias sociales existen y donde hay mayores índices de asistencia hospitalaria y menos subalimentación y analfabetismo.

Fidel Castro ocupará un lugar privilegiado en la historia del siglo XX (y parte del XXI). ¿Cómo qué? Dependerá del posicionamiento ideológico de cada uno. La historia nunca podrá ser objetiva. Sí ha de serlo el historiador. Este sigue un método, y en la correcta aplicación de este es donde radica la objetividad. Por ello me gustaría acabar este artículo con algunas consideraciones sobre Cuba con la única finalidad de que reflexionemos sobre el hecho de que son muchos los matices que hay entre el blanco y el negro.

Sobre la dictadura de Fidel Castro. Se ha acusado al régimen cubano de ser una dictadura personal. Si así hubiese sido, una vez que Fidel Castro dejó de ser presidente se debería haber terminado la dictadura, como ocurrió en España a la muerte de Franco. Sin embargo, nada de eso pasó. Es más, la contestación al régimen en el interior del país dista mucho de ser la que la oposición de Miami y los Estados Unidos desearían. Y no será por falta de medios. También está aquí en España el rey como jefe de Estado permanente, y además con derecho a sucesión. Pero claro, somos una democracia.Sobre la disidencia. Se confunde intencionadamente la disidencia cubana con la emigración, haciendo ver que todo aquel que sale de la isla lo hace por la opresión y miseria a que lo somete el régimen cubano. Del embargo y la política hostil y genocida del gobierno de Estados Unidos no se dice apenas nada. Lo que para otros países se llama emigración –desplazamiento a otro lugar generalmente en busca de mejores condiciones laborales– a la hora de hablar de Cuba se convierte en disidencia.

Sobre la inmovilidad del régimen. Una cosa es que el régimen cubano no haya evolucionado tal como desearían las democracias occidentales y otra que este sufra un anquilosamiento del que nunca vaya a salir. El régimen se ha abierto a la apertura a las inversiones extranjeras, ha asumido la desregulación parcial del comercio exterior, la despenalización de la posesión de divisas extranjeras, la revitalización del turismo, y emprendido otras reformas. Aún más importante, los gobernantes han diversificado las relaciones comerciales del país y han firmado acuerdos con otros Estados. ¿El resultado? El crecimiento medio anual del PIB cubano ha sido aproximadamente del 5%, uno de los mayores de Latinoamérica.

Sobre los derechos humanos. Acostumbrados estamos de oír que en Cuba no se respetan los derechos humanos, pero lo cierto es que ninguna organización seria ha acusado jamás a Cuba –donde, en la práctica, existe una moratoria sobre la pena de muerte desde 2001– de llevar a cabo desapariciones, ejecuciones extrajudiciales ni torturas físicas a los detenidos. No se puede decir lo mismo de Estados Unidos. No existe un solo caso de estos tres tipos de crímenes en Cuba. “Ya que hablamos de terribles violaciones de los derechos humanos, ¿por qué no empezamos por la protección que da todavía hoy Estados Unidos en Miami a dos terroristas confesos, los exiliados cubanos Luis Posada Carriles y Orlando Bosch, acusados de hacer estallar un avión civil cubano el 6 de octubre de 1976 y matar a 73 personas? Un acto que aún no ha denunciado toda la gente de Miami que sigue alimentando viejos resentimientos contra Cuba y que no ha protestado contra las 3.000 víctimas cubanas asesinadas por actos terroristas financiados y dirigidos desde Estados Unidos. ¿Será que hay un doble rasero, un rechazo al mal terrorismo (Al Qaeda) y una aceptación del bueno (anticubano)? (Ignacio Ramonet: “Ver la verdad”, Foreign Policy, 2006).

¿En Cuba no se respetan los derechos humanos? ¿Y aquí sí? Los derechos básicos de las personas son el derecho al trabajo, a la vivienda, a la integración social, a la alimentación, a la no exclusión, a la vida digna, a la educación. En Cuba  todos los ciudadanos tienen derecho y acceso gratis a todos los médicos, hospitales y clínicas. La educación es para todos, y obligatoria. No hay universidades privadas y todos sus ciudadanos tienen acceso gratis a todos los centros educacionales del país. No hay analfabetismo. En el 2006 alcanzó la tasa de mortalidad infantil más baja de su historia con 5,3 por cada mil nacidos vivos. La medicina cubana es de las mejores del mundo –hay muchos estadounidenses que estudian medicina en Cuba (véase el documental de Oliver Stone Comandante)– y Cuba envía miles de médicos, enfermeros y maestros a varios países, particularmente del tercer mundo, en una inusual muestra de solidaridad en los tiempos que corren. Así, hay unos 30.000 médicos cubanos que trabajan de forma gratuita en más de treinta países, más o menos como si Estados Unidos enviara 900.000 médicos a los países pobres.

Finalmente, mira por dónde, el Consejo de Derechos Humanos de la ONU retiró a Cuba de su lista negra en 2007 pese a la oposición de Washington y los votos negados en bloque por Europa.

Sobre la pobreza. Cuba es un país pobre, se nos dice. Desde luego rico no es, pero una vez más no se relaciona esto con el embargo. Aun así, ha logrado aumentar la esperanza de vida y reducir la mortalidad infantil. Decía un columnista de The New York Times que “si Estados Unidos tuviera un índice de mortalidad infantil tan bajo como el de Cuba, salvaría a 2.212 bebés más al año”.

Sobre la democracia. En Cuba no hay democracia, dicen. Puntualicemos: no hay democracia parlamentaria. Además, en base a qué argumento se afirma que la democracia parlamentaria es el régimen más perfecto de todos. ¿Perfecto para quién? ¿Para las grandes multinacionales, los especuladores y los organismos financieros internacionales? ¿Por qué es necesaria la existencia de partidos políticos? ¿Es que sin ellos las ideas y los proyectos no existen? ¿Son monopolio exclusivo de aquellos? ¿A quiénes representan en realidad los partidos políticos, quién los financia y cómo?

En Cuba también hay elecciones. Los candidatos, militen o no en el Partido Comunista, son elegidos por el pueblo mediante sufragio directo por todos los ciudadanos mayores de 16 años. El recuento de los votos es público y puede presenciarlo quien quiera, publicándose los resultados con inmediatez. Contrariamente a lo que ocurre en las democracias liberales, en las que la propaganda electoral despilfarra millones de euros o dólares y se asemeja más a una campaña de marketing para la venta de un producto que a una exposición de ideas y proyectos, en Cuba  no existen campañas por ningún candidato, solamente se coloca la biografía y una foto de cada nominado en lugares visibles y los electores votan por quien considere con más méritos y condiciones para representarlo.

¿Que a la hora de la verdad la Asamblea Nacional, así como las locales y provinciales, están supeditados a las decisiones del poder político? ¿Que una cosa es la teoría y otra la práctica? Por supuesto. Pero no es menos cierto que entre nosotros se da esa misma subordinación respecto al poder económico.

Cómo vive la otra mitad

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Niños durmiendo en la calle. / Jacob Riis.

Cómo vive la otra mitad: estudios entre las casas de vecindad de Nueva York (título original en inglés How the Other Half Lives: Studies Among the Tenements of New York) es un libro excepcional de la historia de Nueva York publicado en 1888, una denuncia de las paupérrimas condiciones de vida a que estaban abocados los habitantes de los barrios obreros de la metrópoli a finales del siglo XIX, especialmente los de Lower East Side, en el sureste de Manhattan, uno de los barrios más antiguos de Nueva York al tiempo que de los más degradados y, con diferencia, el más densamente poblado, con mucha diferencia, nada menos que la zona más habitada del planeta.

Su autor fue Jacob Riis (1849-1914), fotoperiodista y reformador social danés que había emigrado a Estados Unidos en 1870 en busca, como tantos otros, como los protagonistas de su obra, del sueño americano. Riis podría decirse que lo consiguió, pero era consciente de que su caso no dejaba de ser una excepción. Empezó a trabajar como reportero en la prensa neoyorkina y en 1877 el New York Tribune le encargó las crónicas policiales. La circunstancia le permitió conocer los bajos fondos de Nueva York para documentarse. De la experiencia saldría Cómo vive la otra mitad.

La fotografía social no era algo nuevo del todo. Once años antes de que apareciera la obra de Riis, el geógrafo y fotógrafo británico John Thompson había publicado un álbum titulado La vida de las calles de Londres (título original en inglés Street Life in London). Pero Riis iba más allá. No se trataba solo de fotografiar el entorno de miseria y depauperación en que vivía olvidada esa otra mitad, ni siquiera de acompañar estas con descripciones más o menos críticas acerca de sus infortunadas e injustas condiciones de vida. Riis incorporaba a su texto –de casi trescientas páginas– fotografías que él mismo tomaba –en 1887 se había inventado el flash y pudo y supo captar con su cámara imágenes de ambientes que hasta entonces, por falta de luz, no era posible–, pero también se servía de otros elementos gráficos como planos, documentos, estadísticas y otros testimonios, incluidos los de los habitantes de los barrios marginales de Nueva York, la “otra mitad”. Esa conjunción de recursos tan variados, más que la calidad literaria del texto, muy dickensiano, promovió una nueva manera de narrar desde el convencimiento de que la ficción debía estar al servicio de la realidad.

Puede que aquí radique el mayor logro de Cómo vive la otra mitad, en el que Riis incluyó 15 imágenes en semitonos y 43 dibujos basados en las fotografías a lo largo de los veinticinco capítulos que describen por zonas, comunidades y temas la miserable vida de los pobres. El paisaje fundamental de la obra “es la casa de vecindad. Al principio fue el hogar espacioso y amable de los knickerbockers, que es como llamaban a los descendientes de los primeros colonos holandeses, es decir, a los neoyorquinos de pura cepa. Luego, fruto de las primeras oleadas inmigratorias y del traslado de los aristócratas a otros lugares, ‘las amplias habitaciones se subdividieron en varias más pequeñas, desdeñando las necesidades de luz y ventilación’. El paso siguiente fue la ocupación de la parte posterior de las casas: ‘Allí donde el imperturbable holandés tenía el huerto para cultivar sus tulipanes o las primeras coles del año, se construyó una casa, generalmente de madera, y que al principio solía tener dos plantas. Más tarde se le añadió otro piso, y luego otro. Donde antes vivían dos familias, se instalaron diez’. Aún faltaba un escalón: la conversión de las casas y bloques en barracones. El ejemplo es el famoso edificio de Gotham Court donde una epidemia de cólera provocó un índice de muerte de 105 por mil habitantes. (…) Su punto de vista es el de un higienista clásico, que exhibe incluso sus prejuicios (fuente de sus escasos errores de perspectiva), y baste para ello examinar el capítulo dedicado a Chinatown. Su escritura es clara y austera. Riis escribe siempre desde el lugar de Dios, evitando cualquier encarnación narrativa, más o menos emocional. A pesar de ello su vida y su larga experiencia de reportero de sucesos se advierte en algunas ráfagas. Como esa noche helada de noviembre en que sigue a un niño descalzo hasta una taberna de Mulberry Street, y ve cómo el niño entra y pide cerveza, y Riis se alza y prohíbe que le sirvan. Hasta que el tabernero le amenaza y le advierte que mejor se largue mientras llena impertérrito la jarra del niño. Yo querría saber qué pasó entonces, pero Riis tiene demasiado trabajo para seguir en Mulberry”. (Arcadi Espada, “La mitad en un cuarto”, El País, 24 de julio de 2004).

Veamos las quince fotografías de Cómo vive la otra mitad (vía Preus Museum, Horten, Noruega):

“Five Cent a Spot” Unauthorized Lodgings in a Bayard Street Tenement. Via Preus Museum

Cinco centavos la noche. Hostal no autorizado en una casa de vecindad de la calle Bayard.

“Mulberry Bend.” Via Preus Museum

Curva de [la calle] Mulberry (Mulberry Bend).

“Home of an Italian Ragpicker.” Via Preus Museum

Casa de un chatarrero italiano.

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Cotarro del bandido (calle Mulberry).

One of four Pedlars Who Slept in the Celler of 11 Ludlow Street Rear. Via Preus Museum

Uno de los cuatro buhoneros que dormían en el sótano de un edificio en Ludlow Street.

Baxter Street in Mulberry Bend. Via Preus Museum

Calle Baxter en la Curva de [la calle] Mulberry (Mulberry Bend).

Elizabeth Street Police Station-Womans Lodgers. Via Preus Museum

Comisaría de policía de la calle Elizabeth. Mujeres alojadas en sus bajos.

A Class in the Condemned Essex Market School, With the Gas Burning by Day. Via Preus Museum

Una clase en la escuela declarada en ruinas en el mercado de la calle Essex (Lower East Side), aprovechando las horas de calor que desprendía la combustión de gas.

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Patio de una casa de vecindad.

Group of Men. New York. Via Preus Museum

Grupo de hombres.

Hell on Earth. Via Preus Museum

El infierno en la tierra.

Bohemian Cigarmakers at work in their Tenement. Via Preus Museum

Familia oriunda de Bohemia trabajando el tabaco en su estancia de la casa de vecindad donde moraban.

Talmud School in Hester Street. Via Preus Museum

Escuela Talmud en la calle Hester.

Shoemaker Working in a house in the Yard of 219 Broome Street

Zapatero de la calle Ludlow trabajando en su morada.

n Poverty Gap, an English Coal-Heaver`s Home. Via Preus Museum

Morada de un carbonero y su familia.

Muy famosas han llegado a ser las fotografías que tomó Riis de niños durmiendo en la calle, si bien en la obra lo que aparece son dos dibujos hechos a partir de ellas. Estas son las instantáneas y sus correspondientes ilustraciones.

 

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En su día, el libro de Riis causó un gran impacto, llegando a impresionar a Theodore Roosevelt, quien al ser elegido presidente de Estados Unidos en 1901 promovió una serie de reformas sociales que paliaran la aterradora situación de esa otra mitad. Hoy se sigue reeditando como un clásico y sus imágenes son piezas de museo. Como tal las contemplamos, como algo del pasado. Y es lógico que así lo hagamos, con el distanciamiento que da el tiempo. Lo que ya no es tan lógico es que el enfriamiento se haya extendido también a las imágenes que vemos hoy en día, muchísimo más terribles que las de Riis, como si hubiéramos asumido que sea como sea que nos organicemos en sociedad, gobierne quien gobierne, siempre habrá excluidos y nunca desparecerá la desigualdad. Y así nos va. Esa otra mitad es hoy mayor que entonces.

La reunificación de Alemania y el triunfo del capitalismo

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Guardias fronterizos de la RDA presencian el derribo del Muro de Berlín (noviembre de 1989) / Reuters.

En un lúcido e interesante artículo que publicó la por entonces prestigiosa revista Debats (núm. 40, 1992) –nada que ver con la actual, anodina e insustancial, entregada al servicio de la endogamia académica–, Charles S. Maier apuntaba el hecho de que los cambios sociales que se iniciaron a finales de la década de 1960 –que se materializan en un recrudecimiento de los conflictos de clase, la contestación del movimiento estudiantil y la aparición de los llamados nuevos movimientos sociales– acabaron por erosionar tanto el statu quo político imperante en la Europa Occidental como en la  Oriental.

Los fenómenos sociales y las dificultades económicas de los años de 1970 tuvieron, lógicamente, diferente respuesta en el Este y en el Oeste. Mientras que este último mostró una notable capacidad de restructuración económica de la mano del neoliberalismo, las oligarquías burocráticas de los países de economía planificada no podían seguir el camino reformista de apertura hacia Occidente emprendido en los años de 1960 sin que ello pusiera en peligro el conjunto del sistema. La URSS y las democracias populares dieron marcha atrás a las reformas económicas que habían empezado a implantar y que suponían una mayor descentralización, más estímulos al trabajo y una cierta autonomía a las empresas. Estas medidas habían dado sus frutos y posibilitado un mejor bienestar para amplias capas de la población. Sin embargo, tras los sucesos de Checoslovaquia de 1968, las cosas cambiaron. El Nuevo Sistema Económico, que tan buenos resultados había proporcionado en el sentido apuntado en la República Democrática Alemana (RDA), tomó otro rumbo y se volvió a una política económica basada en la centralización.

Así, escribe Maier, “todos los fenómenos sociales que tanto alarmaron a los conservadores occidentales en relación con el funcionamiento de sus sociedades durante los 70 acabaron realmente subvirtiendo una década más tarde, y de manera mucho más efectiva, a los regímenes comunistas rivales. La competición por recursos escasos entre intereses en conflicto, los insidiosos movimientos pacifistas o la anarquía derivada del rock and roll ‘sobrecargaron’ al comunismo mucho más de lo que nunca llegaron a hacer con la democracia”.

LA RDA parecía ser la más sólida de todas las democracias populares. Desde 1953 no se habían dado estallidos violentos y la población disfrutaba de un aceptable nivel de bienestar, lo que no obviaba que esta pudiera apreciar las grandes diferencias de su nivel de vida con respecto al de la República Federal Alemana (RFA). Solo así se explica que en el verano de 1989 los turistas de la RDA de vacaciones en otras democracias populares comenzarán a refugiarse en las embajadas de Alemania Occidental en Budapest y Praga, así como en la representación permanente de la RFA en Berlín Oriental. El gran número de refugiados hizo que el gobierno de Bonn tuviera que cerrar las embajadas hasta que por fin, en septiembre, el nuevo gobierno reformista húngaro autorizó la salida general de los ciudadanos de la RDA de su país. No deja de ser sintomático el hecho de que, de las 343.854 personas que en 1989 pasaron de la RDA a la RFA, el 86 por cien tuviera estudios medios y el 24 estudios superiores, como también lo es, por otra parte, que en Alemania Oriental un 60 por cien de la población tuviera televisión y automóvil y un 15 poseyera, además, una segunda residencia.

Las multitudinarias manifestaciones que desde este momento se produjeron provocaron la caída de Honecker (octubre de 1989) y la apertura del Muro de Berlín un mes después. El camino de la reunificación estaba abierto. El propio Kohl presentó en noviembre al Bundestag un conjunto de diez puntos para “recuperar la unidad estatal de Alemania” que, a pesar de contar con el rechazo de la oposición y de destacados intelectuales como Günter Grass y con las reticencias de Francia y Gran Bretaña, contarán con el beneplácito de Gorbachov y despertarán el entusiasmo de los ciudadanos de la RDA. En septiembre de 1990 se reunían en Moscú los ministros de Asuntos Exteriores de la RFA y de las cuatro potencias vencedoras de la Segunda Guerra Mundial (Unión Soviética, Estados Unidos, Gran Bretaña y Francia) y el presidente de la RFA, Lothar Maizière, para firmar el Tratado sobre la regulación final respecto a Alemania, que entró en vigor el 3 de octubre de ese mismo año.

Terminaba de este modo el mundo dividido y, historiográficamente hablando, el siglo XX, pues –como acertadamente señaló Hobsbawm– no son los años los que fijan los límites de los periodos de la historia, sino los procesos sociales y económicos. Y se iniciaba un tiempo histórico nuevo con Estados Unidos como único poder global y su modelo político-económico-social como único posible. Se cerraba una batalla por la conquista de la mente humana, que dijo Kennedy, y comenzaba un nuevo tipo de sociedad “constituida por un conjunto de individuos egocéntricos completamente desconectados entre sí que persiguen tan solo su propia gratificación (ya se la denomine beneficio, placer o de otra forma)” [Hobsbawm 1994: Historia del siglo XX]. El capitalismo había impuesto su lógica, había triunfado. Y en esas seguimos.

Chile, 11 de septiembre de 1973

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Última imagen del presidente chileno Salvador Allende, en el exterior del Palacio de La Moneda, acompañado del Grupo de Amigos del Presidente (GAP), su servicio de guardia personal, durante el golpe de Estado el 11 de septiembre de 1973 (The New York Times, 26 de enero de 1974. Fotografía de Leopoldo Víctor Vargas ©)

El 11 de setiembre de 1973 tuvo lugar un golpe de estado en Chile encabezado por el abyecto Augusto Pinochet que terminó con la vida del presidente Salvador Allende y con el proyecto de la llamada “vía pacífica hacia el socialismo”.

En 1970 la democracia cristiana perdió las elecciones a favor de la Unidad Popular, dirigida por el socialista Salvador Allende. Este aceleró el programa de nacionalizaciones y la reforma agraria, aumentó el poder adquisitivo de las clases populares y programó cambios estructurales y la reforma de la constitución de 1925. La crisis mundial de 1973 y la oposición de la derecha y de la democracia cristiana neutralizaron los esfuerzos de la Unidad Popular (partidos socialista y comunista y otros grupos de izquierda).

En plena guerra fría, su proceso constituía un ejemplo que podía ser seguido por otros países. Y esto no se podía consentir. Allende nacionalizó la banca, las minas de cobre y algunas grandes empresas. Los intereses económicos de la clase dirigente y del capital estadounidense resultaban claramente dañados.

Así, el 11 de septiembre de 1973 la ultraderecha dio un golpe de estado militar, promovido por los Estados Unidos y estableció una dictadura militar, presidida por Pinochet. El nuevo régimen abolió el parlamentarismo, aniquiló los sectores progresistas chilenos –3.216 ejecutados políticos, de los cuales mil permanecen desaparecidos– e impuso un liberalismo económico drástico que favoreció el regreso de las compañías extranjeras desde 1975, devolvió los latifundios expropiados y abandonó la industria nacional aduciendo que no era competitiva con la extranjera. Chile se convirtió, de este modo, en una especie de laboratorio donde experimentar la política económica ultraliberal que más tarde pondrían en práctica Margaret Thatcher y Ronald Reagan y que nos llevaría a eso que llaman crisis y que no es más que la culminación de un proceso largamente preparado.

Además del sufrimiento, del dolor, de sumir al país en la tristeza y en el miedo, de torturar y matar impunemente, el coste social de la nueva política fue enorme: el poder adquisitivo de las clases trabajadora y media se hundió, la inflación no disminuyó substancialmente y la desocupación alcanzó índices extremos.

Allende murió –se suicidó– durante el asalto al Palacio de la Moneda. Pinochet lo hizo en su cama.