Mayo del 68 (2): Los tiempos están cambiando

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Xavier Miserachs 1968 ©

Como respuesta a esta nueva forma de vida surgida tras la Segunda Guerra Mundial y a una cultura cada vez más “oficial” (bendecida desde todas las instancias) nacen dos grandes movimientos contraculturales. Uno se articulará alrededor de la música sobre todo: el pop-rock, la psicodelia. El movimiento hippie buscará reemplazar la organización familiar tradicional, de rígidas normas de conducta, por una vida comunitaria, optando por una vestimenta informal y descuidada e incorporando el uso de las drogas como medio para liberarse de la realidad opresora. Su símbolo sería el festival de Woodstock (1969), en Vermont (EE UU). El otro gran movimiento buscará referentes políticos y tratará de adecuar las tradicionales posiciones de la izquierda revolucionaria a los nuevos tiempos, estando fuertemente marcado por ellas y por el antiimperialismo, el anticolonialismo y la lucha por acabar con las desigualdades. Estos jóvenes leían a Marx, a Marcuse, a Sartre… Su símbolo sería el Mayo del 68 francés.

La década de 1960 del siglo XX fue, pues, diferente a todas las anteriores y mostró al mundo que esa sociedad surgida del Estado de bienestar no era más justa e igualitaria que las anteriores, ni menos represiva. Los jóvenes se sentían descontentos con el presente que vivían, lleno de trabas y convencionalismos de todo tipo, y desconfiaban del futuro que les esperaba. El movimiento de crítica radical tuvo su máxima expresión en el Mayo del 68 francés, pero ese mismo año fue el que asesinaron a Martin Luther King y Robert F. Kennedy, tuvo lugar la invasión de Checoslovaquia y la matanza de la plaza de las Tres Culturas en México D.F. Estos acontecimientos reflejaban, pues, que los tiempos estaban cambiando, parafraseando la famosa canción de Bob Dylan (The Times They Are a-Changin’, 1964):

screen-shot-2013-10-11-at-12-13-29-amVengan padres y madres de alrededor de la tierra

y no critiquen lo que no pueden entender,

sus hijos e hijas están fuera de su control,

su viejo camino envejece rápidamente,

por favor, dejen paso al nuevo si no pueden echar una mano

porque los tiempos están cambiando.

El cambio fue, sobre todo, cultural. Por primera vez en la historia empieza a crearse una cultura específicamente juvenil, cada vez más potente, consecuencia del profundo cambio en la relación existente entre las distintas generaciones. La juventud pasa a ser ahora en un grupo social independiente, algo que nunca había sucedido, y será la protagonista indiscutible de radicalización política de los años sesenta. La juventud dejaba de ser un simple estado que anticipaba la edad adulta. “Espero morir antes de llegar a viejo”, decían The Who en My generation. Aquellos jóvenes creían –así habían visto que sucedía con sus padres– que a partir de los treinta años la vida se encorsetaba, se volvía monótona y acomodaticia, y expresaban en sus acciones la insatisfacción por vivir en una sociedad de consumo en la que todo era mercancía y espectáculo. No eran conscientes, sin embargo, que el auge de su cultura suponía un estupendo negocio. La juventud se convirtió, de este modo, en un importante sujeto de consumo en las economías de mercado desarrolladas. Así, lo que realmente definió el movimiento generalizado de protesta juvenil no fue tanto el fin de un sistema económico injusto (el sistema capitalista) como el abismo histórico que separaba a las nuevas generaciones de las anteriores en la manera de concebir la existencia.

CAP A

Liberación personal y liberación social irán ahora cogidas de la mano. Mas, como certeramente señaló Hobsbawm (Historia del siglo XX, 1994), lo que resulta más significativo de todo este movimiento de contestación juvenil “es que este rechazo no se hiciera en nombre de otras pautas de ordenación social (…) sino en nombre de la ilimitada autonomía del deseo individual, con lo que se partía de la premisa de un mundo de un individualismo egocéntrico llevado hasta el límite. Paradójicamente, quienes se rebelaban contra las convenciones y las restricciones partían de la misma premisa en que se basaba la sociedad de consumo, o por lo menos de las mismas motivaciones psicológicas que quienes vendían productos de consumo y servicios habían descubierto que eran más eficaces para la venta”.

Lo que en definitiva ocurrió el mes de mayo de 1968, como ha explicado Edgar Morin (“Complejidad y ambigüedad”, Debats, núm. 21), fue que se dio una especie de conexión fuerte entre las aspiraciones juveniles, por una parte, y las aspiraciones a la vez libertarias y comunitarias de los movimientos revolucionarios marginales, por otra, una coincidencia de aspiraciones que ya se había manifestado anteriormente en el hervidero cultural californiano y, más en general, en los Estados Unidos. De hecho, hasta que la clase obrera no se sumó a la contestación, el sistema no vio peligro alguno en los hechos de Mayo del 68.

 

¿Para qué escribimos los historiadores? ¿Para quién?

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¿Para qué escribimos los historiadores? ¿Para quién? ¿Se trata de que los conocimientos históricos puedan estar al alcance de todo el mundo o el receptor es en última y definitiva instancia el especialista?

A medida que la historia ha ido avanzando como ciencia, ha tenido lugar un progresivo distanciamiento entre lo que ocupa a los profesionales de la historia y lo que preocupa cotidianamente los hombres y mujeres de la sociedad en que vivimos.

Hablando de esta cuestión con otros historiadores siempre se llega a la conclusión que es casi insalvable conseguir que la gente se interese por aquello que hacemos. Todos quienes, de una manera u otra, hemos hecho de la historia una profesión, somos conscientes, pienso, que nuestra producción no tiene demasiado eco más allá de nosotros mismos. Sin embargo, nadie negamos que la historia sea una de las ciencias sociales que más ha evolucionado en los últimos tiempos. Todos hablamos de los notables avances que la ciencia histórica ha experimentado en las últimas décadas. La adopción de nuevos temas de estudio, desde nuevos postulados más rigurosos y científicos, ha dado como resultado una significativa renovación historiográfica que ha dinamizado, como se ha dicho repetidamente en multitud de escritos, el estado de la investigación.

history-books-jiri-flogel-shutterstock_17307667Esta investigación ha sido llevada a cabo, como es lógico, desde la Universidad, pero sus resultados a duras penas si son conocidos fuera del mundo universitario. No deja de ser, pues, una gran contradicción el hecho de que los avances de una ciencia que precisamente se califica de social sean en gran parte desconocidos por la sociedad. Pero lo que es más grave: no se trata tanto que los resultados de las investigaciones no trasciendan a la gente en general –al fin y al cabo no todo el mundo está enterado, ni tiene por que estarlo, de los últimos avances en la investigación sobre el cáncer, por poner un ejemplo de la utilidad social del conocimiento científico–, como que estos no tienen apenas ningún tipo de incidencia sobre la sociedad.

Es posible que el poco interés que la gente muestra hacia aquello que los historiadores sacamos a la luz, fundamentalmente a través de la palabra escrita, sea porque lo hacemos más que con un lenguaje comprensible con un dialecto que hay que aprender antes, porque si no resulta ininteligible, incluso a veces para nosotros mismos cuando se trata de un tema que se aleja en demasía de la que es nuestra especialidad. No hay comunicación entre quienes producen los conocimientos históricos y quienes tendrían que ser sus lógicos destinatarios más allá del ámbito académico y que ya hace tiempo que calificamos como los verdaderos protagonistas de la historia: la gente.

Si no nos comunicamos es que tenemos un serio problema a la hora de plasmar en palabras aquello que hemos estudiado (sin duda porque creemos que es un tema de interés). O bien porque el interés que nos suscita el tema objeto de nuestra investigación no va mucho más lejos del, por otro lado comprensible, «currículum profesional». Cuando alguien realmente tiene necesidad de comunicar algo, siempre encuentra el medio de hacerse entender. La cuestión es con quién queremos comunicarnos. Si es principalmente con aquellos que después pueden hacer una crítica, favorable por supuesto, de nuestro trabajo o que nos juzgarán en una próxima oposición, es suficiente emplear el dialecto al cual nos referíamos antes. Tenemos la garantía que se entenderá; no en balde somos nosotros quienes lo hemos elaborado. Pero difícilmente será asequible para quien no forme parte de la comunidad en la cual se habla este dialecto.

El problema fundamental, por tanto, no es a nuestro parecer más que el de la postura que el historiador tomará ante el mundo que lo rodea y de cuál será su función social y la de la misma historia en cuanto que disciplina. El historiador también es un producto de la historia y su obra tendrá mucho que ver con la posición desde la cual la aborde. Es muy probable que si uno se interroga sobre estas cuestiones y cree que este mundo es todavía demasiado injusto y desigual como para no intentar su transformación pienso que, más allá dlibrose los beneficios que le pueda comportar de cara a la carrera profesional, estará de acuerdo que “la justificación última de cualquier investigación histórica tiene que ser la de aumentar la conciencia de nosotros mismos, de nuestras acciones y pensamientos, la de permitir que nos vemos en perspectiva y la de ayudarnos en el camino a esa mayor libertad que viene del autoconocimiento» (E.H. Carr, ¿Qué es la historia?, 1961).

Si el historiador utiliza fundamentalmente la publicación de los resultados de sus investigaciones para que estas sean conocidas por los otros, sí se divulga, al menos en buena parte, aquello que se hace. Ahora bien, ¿quiénes son esos otros? Si atendemos a la respuesta social que estas publicaciones generan apreciaremos que el esfuerzo se evapora en el camino que va de la escritura y su impresión a la lectura. Y es que la gente difícilmente se puede sentir reconocida. El problema es, pues, una cuestión de lenguaje, y el lenguaje que nosotros empleamos no parece que sirva para la que considerábamos su finalidad principal: la comunicación. Pero no es que a la gente no le interese la historia. Los hechos no dicen esto. Solo hay que ver el éxito de la novela histórica, de los documentales, de las películas o de las series de televisión sobre historia.

Decía Marc Bloch (Introducción a la historia, 1949) que no conseguía «imaginar mayor halago para un escritor que saber hablar por igual a los doctos y a los escolares». Pero nosotros hablamos a los doctos y nos olvidamos demasiado a menudo de los escolares. Una excesiva especialización cada vez mayor de las distintas áreas del saber histórico se acompaña de una ausencia casi total de planteamientos globalizadores y de elementos de reflexión y de una producción historiográfica centrada básicamente en las monografías. No es fácil que, en este contexto, la sociedad se interese por la historia que hacemos, lo cual no deja de tener una justa correspondencia: tampoco nosotros nos interesamos demasiado por la sociedad.

“Los libros” (2004). Claude Verlinde

“Los libros” (2004). Claude Verlinde

Que la historia sea el estudio del pasado no significa que no tenga que atender las necesidades del presente. Que a la gente le interese la historia pero no la mayor parte de lo que nosotros hacemos, no ha de ser obstáculo para que vivamos en una especie de torre de marfil. La sabiduría –dijo Abbagnano– «no puede permanecer cerrada en las arcas de teorías, viejas y nuevas, tan solo accesibles a unos pocos iniciados. Un tesoro es inútil si permanece oculto y no aporta todo aquello necesario para vivir la vida. La sabiduría es para la vida, y en la vida tiene que ser comprendida y valorada» (La sabiduría de la vida, 1968).

En palabras de Witold Kula: «El historiador tiene que ser traductor, tiene que trasladar en nuestra lengua los valores otras civilizaciones. Es siempre consciente de los valores individuales que traslada y está convencido que, a pesar de todo, tal traducción es posible. El historiador la entrega a la sociedad consciente de su propia originalidad, haciéndola comprensible a los otros. Comprender a los otros, he aquí la tarea del historiador. Hay pocas más difíciles. Pero difícilmente se encontrará una más bella» (“Mon ‘éducation sentimentale», Annales ESC, 1, 1989).

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Extracto (traducido del catalán) de mi artículo “Investigació, difusió i coneixement de la historia”, Revista d’historia medieval, núm. 2, 217-225.

Mayo del 68 (1): La década dorada

Iniciamos con esta la primera de una serie de nueve entradas sobre los hechos de Mayo del 1968. Las dos primeras pretenden contextualizar los sucesos propiamente conocidos como Mayo del 68, que explicaremos en las tres siguientes. A estas cinco, añadiremos una sobre la música de Mayo del 68 y tres más, que hemos titulado “Los otros Mayos del 68”, en las que analizaremos lo sucedido en la antigua Checoslovaquia, Estados Unidos y México, contestaciones que parten del mismo contexto y que completan ese convulso año. El resto las iremos publicando en las próximas semanas.

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“¿Qué es lo que hace que las casas de hoy sean tan diferentes, tan atractivas?” (1956). Richard Hamilton.

Tanto la década de 1960 como la precedente de 1950 se caracterizaron por un acelerado crecimiento económico (el mayor del siglo) de los países norteamericanos y europeos, una expansión industrial capitaneada por los Estados Unidos –país que durante la Segunda Guerra Mundial no había sufrido daños en su infraestructura industrial, urbana, de transportes y comunicaciones– y basada en el enorme potencial de la tecnología americana (made in America) y la pujanza militar de la ya primera nación del mundo. Este boom económico y la aplicación de la revolución tecnológica iniciada durante la guerra a las necesidades de las personas transformaron por completo la vida cotidiana en los países ricos (y en menor medida también en los pobres).

50s-familyA nivel social, el crecimiento económico conllevó un importante aumento del consumo por amplios sectores de la población. Surgió una nueva forma de vida: el American way of life se convirtió en un modelo para el resto del mundo que tenía su traslación europea en el denominado Estado de bienestar.

El modelo se fue generalizando cada día con más fuerza entre las clases medias, contribuyendo a su difusión el hecho que la información comenzase ahora a llegar a todos. En 1947 se había inventado el transistor y, poco después, la televisión empezaba a implantarse en los países desarrollados.

 Las casas comenzaron a llenarse de electrodomésticos. Los transportes experimentaron una segunda revolución con la producción masiva de coches utilitarios. En estas décadas la producción de automóviles y de objetos para el hogar se triplicó. El turismo dejaba de ser algo reservado únicamente a los más pudientes. Nacía la sociedad de consumo.

Cold-war-flagNo obstante, este momento fue también el del comienzo de la Guerra Fría (competencia entre dos potencies con distintas ideologías políticas: EEUU y la URSS), con la consiguiente rivalidad en armamento nuclear y en la carrera espacial, y el de la escalada de nuevos conflictos bélicos: guerra de Corea, rebelión mau-mau en Kenia, operación militar estadounidense en Indonesia, inicio del movimiento a favor de la independencia de Argelia, guerra del Vietnam…

Por otro lado, ese ascenso del consumo no fue acompañado de un mayor nivel de libertades civiles. En Estados Unidos, por ejemplo, se seguía considerando la homosexualidad una enfermedad que podía curarse ¡con la lobotomía!, al tiempo que el racismo seguía estando a la orden del día. La aparente “homogeneidad” norteamericana tenía enormes desigualdades sociales (y raciales).

Lobotomía. Fotografía: Walter Freeman (16 de diciembre de 1960)

Lobotomía. Fotografía: Walter Freeman (16 de diciembre de 1960)

No es de extrañar, pues, que la generación beat tuviera su origen en Estados Unidos ni que fuera en ese mismo país donde el movimiento estudiantil comenzara sus protestas de forma cada vez más contundente (California). Y, al igual que se había difundido el American way of life, se difundían ahora los síntomas de descontento hacia una sociedad que se mostraba cada día más competitiva, individualista y faltada de solidaridad. La insatisfacción permanente caracterizó a las nuevas generaciones que veían que esa sociedad de aparente bienestar no dejaba al ser humano desarrollarse libremente –“El hombre no es otra cosa que lo que él se hace”, había dicho Sartre en 1946– ni era capaz de acabar con los conflictos bélicos, la escalada armamentística, o las desigualdades de todo tipo (económicas, de raza, de género…).

Las muestras de disconformidad y descontento hacia la nueva sociedad vinieron de la mano de los jóvenes. La juventud irrumpía por primera vez como sujeto histórico, accediendo a ese Estado de bienestar como consumidor y, por tanto, como protagonista. “El descontento de los jóvenes no era menguado por la conciencia de estar viviendo unos tiempos que habían mejorado asombrosamente, mucho mejores de lo que sus padres jamás creyeron que llegarían a ver. Los nuevos tiempos eran los únicos que los jóvenes universitarios conocían (…) La explosión de descontento estudiantil se produjo en el momento culminante de la gran expansión mundial, porque estaba dirigido, aunque fuese vaga y ciegamente, contra lo que los estudiantes veían como característico de esa sociedad, no contra el hecho que la sociedad anterior no hubiera mejorado lo bastante las cosas. Paradójicamente, el hecho de que el impulso del nuevo radicalismo procediese de grupos no afectados por el descontento económico estimuló incluso a los grupos acostumbrados a movilizarse por motivos económicos a descubrir que, al fin y al cabo, podían pedir a la sociedad mucho más de lo que habían imaginado”. (Hobsbawm: Historia del siglo XX, 1994).