Dibujo de 1883 publicado en la revista humorística estadounidense “Puck”.
Los pobres […] creen que el trabajo ennoblece, libera. La nobleza de un minero en el fondo de su pozo, de una rebanada de panadería en la panadería o de una excavadora en una zanja, los golpea con admiración y los seduce. Se les ha dicho a menudo que la herramienta es sagrada y que finalmente los hemos convencido. El gesto más bello del hombre es el que levanta una carga, blande un instrumento, piensan. ‘Yo trabajo’, dicen, con orgullo doloroso y lamentable. La calidad de bestia de carga parece, en sus ojos, más cercana al ideal humano.
No puede uno ir y decirles que el trabajo no ennoblece y no libera; que el ser que se etiqueta a sí mismo como trabajador restringe, por este mismo hecho, sus facultades y sus aspiraciones como hombre; que para castigar a los ladrones y otros criminales y obligarlos a volver a sí mismos, los condenamos a trabajar, los hacemos trabajadores. Se niegan a creerle. Hay, sobre todo, una convicción que les es querida: es que el trabajo, tal como existe, es absolutamente necesario.
No se puede imaginar semejante tontería. La mayor parte del trabajo de hoy es completamente inútil. Como resultado de la falta total de solidaridad en las relaciones humanas, como resultado de la aplicación general de la doctrina imbécil que afirma que la competencia es fructífera, los nuevos medios de acción que los descubrimientos diarios ponen al servicio de la humanidad se desprecian, se olvidan. La competencia es estéril, restringe la iniciativa en lugar de desarrollarla. Se opone, por miedo al mañana –ese miedo al mañana siempre mucho más fuerte que el odio de los rivales– a cualquier intento un poco audaz, aferrándose a los viejos métodos.
Solo la solidaridad tendría la energía y la audacia necesarias para rechazar todas las reliquias del pasado y usar resueltamente los nuevos métodos. […] Al negarse a entender algo tan simple, al persistir en creer en la necesidad del trabajo en sus condiciones actuales y en la utilidad de su glorificación, los pobres juegan el juego de sus tiranos y perpetúan su propia esclavitud.
Cada vez que escucho un discurso
político o leo a aquellos que nos dirigen, me asusta, desde hace años, no oír
nada que produzca un sonido humano. Son siempre las mismas palabras que dicen
las mismas mentiras. Que los hombres se acomoden a ellas, que la cólera del
pueblo no haya abatido todavía los fantoches, es una prueba, a mi modo de ver,
de que los hombres no conceden ninguna importancia a sus gobiernos y que en verdad
juegan toda una parte de sus vidas y de sus llamados intereses vitales.
Agosto de 1937.
El individuo que tanto prometía
y que trabaja ahora en una oficina. No hace nada, por otra parte, vuelve a su
casa, se acuesta y espera fumando la hora de la cena, se acuesta otra vez y
duerme hasta la mañana siguiente. El domingo se levanta muy tarde y, acodado en
la ventana, contempla la lluvia o el sol, los transeúntes o el silencio. Así
todo el año. Espera. Espera morir. Para qué las promesas, ya que de todos modos…
La política y la suerte de los
hombres están labradas por hombres sin ideal ni grandeza. Los que llevan en sí
la grandeza, no hacen política. Así en todo. Pero se trata ahora de crear en sí
un nuevo hombre. Se trata de que los hombres de acción sean también hombres de
ideal y los poetas industriales. Se trata de vivir sin sueños, de llevarlos a
la acción. No hay que perderse ni renunciar a ellos.
No tenemos tiempo de ser
nosotros mismos. No tenemos tiempo más que de ser felices.
Diciembre de 1937.
Lo que tiene de sórdido y
miserable la condición de un hombre que trabaja y una civilización fundada
sobre hombres que trabajan.
Pero se trata de subsistir, de
no ceder. La reacción natural es siempre la de dispersarse fuera de las horas
de trabajo, de crear en torno a sí admiraciones fáciles, un público, un
pretexto a cobardías y comedias (la mayoría de los hogares fueron creados para
eso). Otra reacción inevitable es hacer frases. Esta última suele ir también
junto con aquella, si se agrega el abandono físico, la incultura del cuerpo y
el relajamiento de la voluntad.
En primer lugar hay que
callarse, suprimir al público y saber juzgarse; equilibrar una aplicada cultura
del cuerpo con una aplicada consciencia de vivir; abandonar toda pretensión y
consagrarse a un doble trabajo de liberación respecto al dinero y a nuestras
propias vanidades y cobardías. Vivir en regla. No están de más dos años en una
vida para reflexionar sobre un solo punto. Hay que liquidar todos los estados
anteriores y esforzarse, primeramente, en no olvidar lo aprendido, y luego en aprender
pacientemente.
A ese precio hay una oportunidad
entre diez de escapar a la más sórdida y miserable de las condiciones: el
hombre que trabaja.
Abril de 1938.
Albert Camus: Carnets
(primera edición 1962, París; primera edición en español 1963, Buenos aires).
El secreto domina el mundo y, en primer lugar, lo hace como secreto de la dominación.
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Nuestra sociedad se basa en el
secreto, desde las “sociedades-pantalla” que ponen a cubierto los bienes
concentrados de los poseedores, hasta el “secreto-defensa” que cubre
actualmente un inmenso espacio de plena libertad extrajudicial del Estado;
desde los secretos, a menudo pavorosos, de la fabricación pobre, que se
esconde tras la publicidad, hasta las proyecciones del futuro extrapolado,
sobre las cuales la dominación lee por sí sola el progreso más probable de lo
que afirma no tener ninguna clase de existencia, calculando las respuestas que
aportará misteriosamente. […]
Los rumores mediático-policiales
adquieren al instante, o en el peor de los casos tras haber sido repetidos tres
o cuatro veces, el peso indiscutible de pruebas históricas seculares. […]
La imbecilidad cree que todo
está claro cuando la televisión muestra una imagen bella y la comenta con una
mentira. La semielite se contenta con saber que todo es oscuro, ambivalente,
“montado” en función de códigos establecidos. Una elite más restringida querría
saber lo verdadero, muy difícil de distinguir en cada caso, a pesar de todos
los datos reservados y todas las confidencias de que pueda disponer. Porque esa
elite quisiera conocer el método de la verdad, aunque esa voluntad suya está
por regla general abocada al fracaso.
El secreto domina el mundo y, en
primer lugar, lo hace como secreto de la dominación. […]
Las migajas de información que les ofrecen a esos parientes de la tiranía del engaño, normalmente están infectadas de mentira, son incontrolables, manipuladas. Sin embargo resultan placenteras para aquellos que acceden a ellas, puesto que les hace sentirse superiores a todos los que no saben nada. Constituyen el privilegio de los espectadores de primera clase: los que cometen la estupidez de creer que pueden comprender algo, no sirviéndose de lo que se les oculta sino ¡creyendo en lo que se les revela! […]
Con la victoria total del
secreto, la dimensión general de los ciudadanos, la completa pérdida de la
lógica y los progresos de la venalidad y dejadez universales, se dieron todas
las condiciones favorables para que la Mafia llegara a ser una potencia modera
y ofensiva. […]
La Mafia no es ajena al mundo;
está perfectamente integrada en él. En el momento de lo espectacular integrado,
la Mafia reina como el modelo de todas las empresas comerciales
avanzadas. […]
De las redes de
promoción-control se resbala insensiblemente a las de
vigilancia-desinformación. En otras épocas se conspiraba siempre contra un
orden establecido. Hoy en día conspirar a favor es un nuevo oficio de
gran futuro. Bajo la dominación espectacular, se conspira para mantenerla y
para asegurar que solo ella podrá denominar su buena marcha. […]
Llegadas las cosas a este punto,
puede verse a algunos actores colectivos empleados por los más modernos medios
de edición, es decir, por aquellos que tienen la mejor difusión comercial. […]
Se encargan de expresar el estilo de vida y de pensamiento de la época no en
virtud de su personalidad, sino según las órdenes. […]
Dado que las fuentes de
información son rivales, las falsificaciones también lo son.
Es a partir de tales condiciones
de su práctica cuando puede hablarse de una tendencia de rentabilidad
decreciente del control, a medida que se aproxima a la totalidad del espacio
social y que, consecuentemente, aumenta su personal y sus medios. Pues aquí
cada medio aspira, y trabaja, por llegar a un fin. La vigilancia se vigila a sí
misma y conspira contra ella misma. […]
La aparición de la dominación
espectacular constituye una transformación social tan profunda que ha cambiado
radicalmente el arte de gobernar. […] No solamente se hace creer a los sujetos
que, en lo esencial, aún están en un mundo que ha de desaparecer, sino que los
propios gobernantes experimentan a veces la inconsecuencia de creerse en él.
[…]
Hay que concluir que es
inminente e inevitable un relevo en la casta corporativa que administra la
dominación, y especialmente dirige la protección de esa dominación. Solo
aparece como el rayo, que se reconoce por sus consecuencias. Ese relevo que va
a concluir decisivamente la obra de los tiempos espectaculares opera de forma
discreta aunque implicando conspirativamente a personas ya instaladas en la
esfera del poder. Selecciona a los que tomarán parte sobre esta premisa
principal: que sepan claramente de qué obstáculos se han librado y de lo que
son capaces.
Guy Debord: Comentarios
sobre la sociedad del espectáculo (1988). Extracto de los apartados XVI
a XXIII (último de la obra).