Cinco cortos animados para peques I

La entrada de hoy, al igual que la de anterior, está dirigida especialmente a los peques, a hacerles un poco más llevadero el confinamiento a que están sometidos y que parece va para largo. A los peques y a los mayores, por supuesto; entre otras cosas porque, si los adultos no les muestran estos vídeos, no veo factible que por su cuenta los niños accedan a este blog. Hoy no son musicales. Sí de animación.

Vamos con los cinco de esta entrada que confío en que les guste y, a ser posible, vean con ellos. El primero se titula Sheeped Away y es obra del director y actor holandés Junaid Chundrigar. Realizado en 2011 como proyecto de graduación, su argumento gira en torno a un granjero que solo desea estar con sus ovejas. Hasta que llega un ovni y… Explica su autor que “La idea de hacer Sheeped Away era hacer un homenaje a los viejos dibujos animados americanos con los que crecí. Estos, no necesariamente se hacen para los niños, o no solo para ellos. Yo quería hacer algo (…) para los adultos y los niños. Y para los niños adultos como yo”.

Tamara, una niña soñadora sordomuda a la que le encanta el baile, es la protagonista del cortometraje que, como proyecto de fin de carrera, realizó Jason Marino en 2013. Tamara es una tierna historia que ha recibido numerosas críticas favorables y cuenta con una acertada banda sonora que compusieron Pade Schimdt y Jaco Won.

Mouse for Sale es un premiado cortometraje del belga Wouter Bongaerts –que cuenta con una amplia experiencia en el cine de animación– estrenado en 2010. Su protagonista es un solitario ratón de una tienda de animales llamado Snickers que anhela que alguien lo compre y ser su mascota, pero tiene un problema: sus orejas son excesivamente grandes. Al final, se lo llevará un niño que se identifica con el nada más verlo, pues sus orejas no son precisamente pequeñas.

El que sigue es un corto de 2015 titulado Soar que dirigió la artista de animación californiana Alyce Tzue como proyecto de final de carrera y trascendió rápidamente el ámbito académico tras ganar el premio Student Academy Awards (el Oscar de los estudiantes) ese mismo año. A este galardón siguieron otros muchos más. Soar nos cuenta la historia de una adolescente que ayuda a un niño a pilotar el avión que le llevará de regreso a casa antes de que sea demasiado tarde.

No menos premiado –más bien al contrario: supera los cincuenta galardones, obtenidos en los ciento ochenta festivales en que ha sido programado– es el corto que sigue, realizado en 2014 por el director de animación alemán Jacob Frey. Se titula The Present y está basado en los cómics que el dibujante brasileño Fabio Coala publica desde 2010 en diversos medios. Su protagonista, Jake, pasa la mayor parte de su tiempo jugando con videojuegos en casa hasta que su madre le regala un perrito.

Que pasen un buen día. Y pónganles estos vídeos a los niños. Los disfrutarán, creo. En los próximos días habrá más, pero mañana dedicaré la entrada a los padres (no a las madres), pues es el Día del Padre, y lo haré con un vídeo que estoy convencido de que les encantará, pues no siempre una bella y exuberante mujer les cantará que su corazón les pertenece.

Hasta mañana, pues.

El orden natural de las cosas (Network)

Estos días, en que la pandemia de coronavirus ha alterado –y no poco– el ritmo normal de nuestras vidas, se ha producido un considerable aumento de la audiencia de televisión, especialmente por lo que a los espacios informativos se refiere. No es la televisión, obviamente, el único medio por el que nos informamos, pero en amplias capas de la población es el principal.

“Pues lo han dicho en la tele”, o “lo he visto en internet”, son frases habituales estos días en cualquier conversación coloquial sobre el coronavirus. Esto me mueve a reflexionar acerca de la distancia que hay entre la información que nos llega y la realidad. Y la reflexión me ha llevado a recordar la película estrenada en 1976 Network, dirigida por Sydney Lumet, con Faye Dunaway, William Holden, Peter Finch, Robert Duvall y Ned Beatty en los principales papeles. La película, magnífica, se considera una ácida y corrosiva crítica contra el poder de la televisión. Y sí, lo es, pero a mi entender solo porque en 1976 la televisión era el único sistema que permitía transmitir imágenes y sonidos a distancia. Aún no existía internet. En realidad, creo que es ante todo una crítica al poder del espectáculo (y la sociedad del espectáculo), un espectáculo unitario, centralizador y despótico en su espíritu.

“En todas partes donde reina el espectáculo las únicas fuerzas organizadas son aquellas que desean el espectáculo. Así pues, ninguna puede ser enemiga de lo que existe, ni transgredir la omertá que concierne a todo. Se ha acabado con aquella inquietante concepción, que dominó durante doscientos años, según la cual una sociedad podía ser criticable y transformable, reformada o revolucionada. […] La discusión vacía sobre el espectáculo, es decir, sobre lo que hacen los propietarios del mundo, está pues organizada por el espectáculo mismo. […] Lo que se comunica son las órdenes; y, muy armoniosamente, aquellos que las han dado son también los que dirán lo que piensan de ellas”.

Son palabras de Guy Debord, de su libro Comentarios sobre la sociedad del espectáculo (1988). La cita que sigue corresponde a Network, a la secuencia en la que Arthur Jensen (Ned Beatty), propietario de la de la cadena de televisión UBS aclara a Howard Beale (Peter Finch), presentador del noticiero nocturno, cuál es “el orden natural de las cosas” y, por tanto, cuál ha de ser la lógica de su discurso: “No hay personas. No hay naciones. No hay rusos. No hay árabes. No hay un Tercer Mundo. No hay Occidente. Solo hay un sistema holístico, un sistema de sistemas. Solo existe el vasto dominio, enorme, interrelacionado, interactivo y multivariable del del dólar. Petrodólares, electrodólares, multidólares. Marcos, rin, rublos, libras y siclos. Es el sistema monetario internacional el que determina la vida de este planeta. Ese es el orden natural de las cosas hoy en día. Esa es la estructura atómica, subatómica y galáctica de las cosas ahora”.

Entre estas palabras y las que recogíamos antes de Debord median veintidós años, y cuarenta y cuatro del momento presente. Sin embargo, resultan de lo más actuales. Me pregunto, y les pregunto, ¿por qué será?, ¿sabremos alguna vez la verdad sobre el coronavirus, sobre el por qué del mismo? Mucho me temo que no.

“No se puede excluir la posibilidad de que este virus ‎haya sido creado en un laboratorio”, afirma Michel ‎Chossudovsky, profesor de la Universidad de Ottawa. Y en un artículo publicado en el diario italiano Il manifesto (“La epidemia de miedo se extiende por ‎el mundo‎”, 26 de febrero), el geógrafo y politólogo Manlio Dinucci señala la “existencia en Wuhan de un laboratorio biológico donde ‎científicos chinos realizan, en colaboración con Francia, investigaciones sobre virus letales, ‎entre ellos algunos enviados por el Laboratorio de Microbiología de Canadá. En julio de 2015, el ‎instituto gubernamental británico Pirbright patentó en Estados Unidos un coronavirus ‎atenuado. En octubre de 2019, el Johns Hopkins Center for Health Security realizó en ‎Nueva York un simulacro de pandemia por coronavirus utilizando un guión que, de convertirse ‎en realidad, provocaría 65 millones de muertos”.

¿Bulo? ¿Evidencia? Ni lo sé, ni lo sabré nunca. Ni ustedes tampoco. De lo que no cabe duda, por mucho secretismo se quiera, es que Estados Unidos, Rusia, China y las demás ‎grandes potencias tienen laboratorios donde se realizan investigaciones sobre virus que, al ser ‎modificados, pueden ser utilizados como agentes de guerra biológica. ¿Tiene esto algo que ver con el coronavirus? Las pandemias, recordaba director de Foreign Policy In Focus, John Feffer, siempre han estado relacionadas con los desplazamientos comerciales y militares y conducen a replantarse “cómo funciona el mundo”. Replantémonoslo, pues. Más allá del qué y del cómo, preguntémonos el por qué.

En fin, confío en que el vídeo que acabo de subir a Vimeo con los dos speech más sobresalientes de Network sirvan, en la medida que sea, a meditar acerca de ese “orden natural de las cosas hoy en día” del que en él se habla.

En una sauna gay

Dieter hacía tiempo que había dejado de ser el hombre taciturno de sus primeros tiempos en Nueva York. Aunque el ambiente homosexual de la capital estadounidense le parecía sombrío e hipócrita, visitaba con cierta regularidad algunos de los locales que solía frecuentar la clientela masculina que buscaba la compañía de otros hombres. Uno de ellos era St. Mark’s Baths, unos baños turcos situados a escasas manzanas de Broadway, lugar muy conocido en el mundo gay neoyorquino.

Pagó el dólar que costaba entrar, le dieron una toalla y se dirigió al vestuario. Allí se desvistió, dejó sus cosas en una taquilla, ajustó la toalla a su cintura y pasó a la contigua sala de vapor. No era la primera vez que acudía. Una tenue luz arropaba a algunas parejas que estaban charlando amistosamente hasta que abandonaban la sala para ocupar alguna de las habitaciones privadas que ofrecían los baños entre sus servicios. Se sentó en el extremo de un banco. De pie, frente a él, se hallaba un joven de aspecto latino, bien formado, con abundante vello en el pecho, atractivo. Dieter no le quitaba ojo, le parecía un auténtico adonis. No sabía si podría ser un prostituto de los que diariamente se dejaban ver en los entornos homosexuales. Prefería que lo fuera, le gustaba y solo quería sexo. Era el mejor modo de obtenerlo, de que no se negase a mantener relaciones con él. El joven se dio cuenta de las intenciones de Dieter, se acercó y rápidamente intimaron, o mejor dicho, llegaron a un acuerdo económico, pues efectivamente ejercía aquel la prostitución.

Estaban en una de las habitaciones, en la que tanto se daban masajes profesionales como se alquilaba a los clientes por horas o fracciones de media hora. Habían mantenido sexo durante un buen rato y conversaban amigablemente. Dieter fumaba un Raleigh. De repente oyeron un silbato y gritos de ¡Todo el mundo fuera!

Resultaba obvio que se trataba de una redada de la policía. Entre los clientes se hallaban cuatro detectives de incógnito que habían pasado desapercibidos hasta el momento. Abrieron la puerta de la salita donde estaba Dieter con su amigo.

¡Cúbranse, so guarros!, les ordenó un tipo grandote vestido solo con una toalla y con la placa identificadora de policía en la mano. Enseguida llegaron unos agentes de uniforme y los llevaron a trompicones hasta el vestíbulo. No admitían ninguna protesta, no dejaban hablar a nadie y trataban a todo el mundo con absoluta displicencia. Seguían saliendo hombres medio desnudos de las distintas salas, conducidos a empujones y patadas. El hall, aun siendo amplio, pronto se llenó. Las puertas estaban cerradas y el local rodeado de policías.

Der ganze Reichtum gehört mir allein, / Die Augen, der Mund, und Du selbst bist mein! [Toda riqueza pertenece a mí solo. / Los ojos, la boca, tú mismo eres mío]. Dieter se puso de pronto a cantar un tango alemán que solía interpretar en Eldorado berlinés cuando era Charlotte Von Laster, Zwei Dunkle Augen.

Ninguno de los presentes sabía alemán, ni entre los clientes y empleados ni entre los policías, pero los primeros rieron a mandíbula batiente mientras se irritaban los segundos. Los gestos atrevidos y burlescos de que hizo gala, recordando sin duda sus buenos tiempos de artista de cabaret, eran lo suficientemente explícitos y sarcásticos. Un policía se le encaró, se quedó mirándole fijamente y le dio un empujón contra la pared. A Dieter se le cayó la toalla. Entonces los policías empezaron a hacer guasa sobre el tamaño de sus genitales. Mira, mira qué pequeña la tiene, decía uno. Por eso es maricón, ¿qué va a hacer una mujer con eso?, comentaba otro para regocijo de sus compañeros. ¿Tú qué, eres de los que solo recibe? Porque ya me dirás si no… Un detective llamó al orden. Pónganse sus ropas, rápido, conminó. Varios policías acompañaron al vestuario a un total de quince hombres, de mediana edad la mayoría, avergonzados, asustados los jóvenes, chaperos casi todos. Aparte de Dieter, solamente uno plantó cara a la policía.

―Ustedes no pueden hacer esto. Soy un ciudadano honrado y no hago daño a nadie viniendo aquí.

―¡Cállate, maricón! ─gritó uno de los policías de paisano.

Fueron introducidos a empujones en el furgón policial, los quince, y llevados a comisaría. Una vez allí, los metieron en los calabozos. Empezaron a identificarles. Sacaban a uno, le tomaban las huellas digitales, le hacían las fotografías de rigor y les anunciaban que ya tendrían noticias del juez. A Dieter y al otro hombre que protestó lo que consideraba un atropello por parte de la policía, los dejaron los últimos. Dieter, así, salía de comisaría de madrugada, sin haber podido hasta entonces comunicarse con nadie.

Manuel Cerdà: Adiós, mirlo, adiós (Bye Bye Blackbird), 2014 (nueva edición 2019).

Entrada publicada anteriormente en mi blog Música de Comedia y Cabaret (10 de noviembre de 2016).