Reflexiones y aforismos de un servidor

Una bandera no es más un trozo de tela que siempre termina manchado de sangre.

De por sí es inútil conversar con quien únicamente actúa al dictado del amo. De por sí, pues, es inútil conversar.

La vida no es otra cosa que una terrible resaca producto de mezclar los deseos con las realidades, de buscar sentido al sinsentido cuando en este mundo el único sentido de todas las cosas es que no tienen sentido fuera de la abstracción.

Siempre que la autoridad, o el principio de autoridad, se cruza en mi camino es para negarme algo antes de que comience a hacerlo.

Podemos ser moribundos muchos años por haber dejado de vivir y seguir existiendo, como también se puede tener dos piernas y no poder correr. Ya lo dijo Hegel: el hombre es un “ser negativo que es únicamente en la medida que suprime el Ser”.

Crecer sí, por supuesto, pero en tamaño. ¿Qué significa eso de que hay que madurar? Maduran las manzanas, por ejemplo. ¿Y qué pasa entonces con ellas? Que de tanto madurar se pudren.

Si aquello que ofende al pudor o la decencia, es decir, a la dignidad y honestidad de nuestros actos, decimos que es algo obsceno, este es el siglo de la obscenidad.

El guión está escrito y los personajes principales repartidos de antemano. Puedes representar el papel que te han asignado o negarte. De ti depende.

La mayor utopía es creer que el orden social existente es inmutable.

Son muchas las ocasiones en que uno está solo cuando más acompañado cree estar. La cuestión radica en percatarse en el momento que sucede, o bien en no darse cuenta jamás.

Cuesta tanto sobrevivir que hemos olvidado hasta lo que vivir significa.

Solo hay un motivo para no tener dudas: estar equivocado.

Día del Sentido Común

Ayer fue el Día Internacional de la Mujer y hoy es el Día Mundial del DJ (declaración de la Unesco de 2002). Y es que hay días para todos y para casi todo. ¡Será por celebraciones! Decido consultar en Wikipedia los días que han sido declarados de carácter internacional o mundial y el listado es inmenso. Estos son algunos de ellos por orden cronológico: Día Mundial de la Lucha contra la Depresión (13 de enero), Día Internacional de la Educación (24 de enero), Día Internacional de la Mujer y la Niña en la Ciencia (11 de febrero), Día Mundial del Sueño (13 de marzo), Día Internacional de la Felicidad (20 de marzo), Día del Árbol (21 de marzo), Día Internacional del Beso (13 de abril), Día Internacional de los Trabajadores (1 de mayo), Día Mundial de las Abejas (20 de mayo), Día Internacional del Orgullo LGBT (28 de junio)… Me detengo aquí. Me parece suficiente para hacernos una idea. Todos los días hay algo que celebrar o conmemorar; algunos incluso por partida doble: el 28 de septiembre es el Día Internacional de la Sordera y también el Día Internacional del Acceso Universal a la Información, y el siguiente el Día Mundial de la Rabia (¿la de los sordos por tan acertada coincidencia?). No hay problema, el 29 es el Día Mundial del Corazón (la rabia puede causar un ataque al corazón). Todo está previsto. Contamos con grandes mentes pensantes que no escatiman dedicación ni recursos en tan ardua tarea. Nada escapa a tan brillantes intelectos. Así, existe hasta el Día Mundial del Retrete (19 de noviembre, declaración de la ONU de 2013) o el Día de la Industrialización de África (20 de noviembre, declaración de la ONU de 1989), que yo más bien diría Día de las Oportunidades y Gangas. ¡Ah!, y todas las conmemoraciones propias del patridiotismo, que son también un montón.

Hay un día, sin embargo, que noto a faltar y me atrevo a pronosticar que nunca se celebrará: el Día del Sentido Común. Mucho ardor, mucha pompa, mucha magnificencia… Mucho ruido y pocas nueces. Y es que, como dijo Charles Maurice de Talleyrand, “lo que no puede ser no puede ser, y además es imposible”. O como dice el proverbio que tantas veces le escuché decir a mi padre, “d’on no hi ha no es pot treure”. Aunque, bien pensado, creo que es mejor que no se celebre nunca. Seguro que la ONU, o la UNESCO, y sus bravos asesores en asuntos conmemorativos elegían el 28 de diciembre.

8 de marzo: una reflexión en torno al feminismo

Hoy, 8 de marzo, se celebra el Día Internacional de la Mujer Trabajadora (también Día Internacional de la Mujer, a secas). Se eligió tal fecha porque el 8 de marzo de 1857 cientos de trabajadoras de una fábrica textil de Nueva York salieron a la calle bajo el lema ‘pan y rosas’ para protestar por las míseras condiciones laborales y el fin del trabajo infantil. Muchas de ellas fueron asesinadas por la policía.

Recién iniciado el siglo XX surgieron en Gran Bretaña las suffragettes, activistas por los derechos cívicos de las mujeres, en particular el derecho al sufragio. En 1903 Emmeline Pankhurst fundó la Women Social and Polítical Union, confiriendo al movimiento feminista una nueva espectacularidad: mítines, manifestaciones, atentados al orden público, etc., con los consiguientes encarcelamientos y huelgas de hambre. Esta combatividad empezó a decaer cuando gran parte de las feministas inglesas decidieron pactar con el gobierno conservador con el fin de obtener el voto y con el estallido de la Primera Guerra Mundial. Se llegó, así, gradualmente, a un cierto reconocimiento del papel de las mujeres y a la progresiva concesión, en los diversos países, del derecho al voto, lo que representó, paradójicamente, un elemento de freno para la política ‘progresista’, debido al papel que se había inculcado a las mujeres como mantenedoras del hogar (las segundas elecciones generales de la Segunda República Española celebradas en 1933, las primeras en que podían votar las mujeres, dieron una mayoría parlamentaria a los partidos de centro-derecha y de derechas).

El período de entreguerras se caracterizó, junto a las repercusiones de las ideologías fascista y nazi, de carácter declaradamente antifeminista, por un intento de feminización   –sobrevaloración de las cualidades femeninas–, que representó un retroceso en las reivindicaciones. El fanatismo y la belicosidad que caracterizaron estos años eran consideradas por muchas mujeres valores masculinos, a los que contraponían, como valores femeninos, la tolerancia, la compresión, la paz. “Los hombres son prescindibles, fuera, del Parlamento, de la existencia (…) se atreven incluso a jugar con la política (…) siempre ha sido así a lo largo de la historia … ¡Fuera!”, cantaba Claire Waldoff, la ‘reina del cabaret alemán’, en 1926.

Tras la Segunda Guerra Mundial un nuevo replanteamiento de carácter más amplio tuvo lugar en el movimiento feminista, cada vez más presente en la sociedad. En las décadas de 1960 y 1970, y en el marco de lo que algunos han bautizado como ‘eclosión de los nuevos movimientos sociales’, comenzaron a cuestionarse muchas de las pautas sobre las que hasta entonces se habían basado las conductas en la sociedad occidental y que apenas habían sido objeto de atención por parte de los movimientos revolucionarios tradicionales. El Estado de bienestar –tras la derrota del movimiento obrero, las secuelas de la Segunda Guerra Mundial y la partición del mundo en dos bloques hegemónicos– parecía ser una garantía de orden social y prosperidad económica. Habían pasado los tiempos en que la única solución posible a la liberación personal y colectiva era el fin de la sociedad capitalista. Ahora podían hacerse muchas cosas ‘desde dentro. Y, así, surgieron movimientos reivindicativos de diverso signo que ciertamente, denunciaban las desigualdades sociales, se oponían a ellas y luchaban por conseguirlo. Mas, anticipándose sin pretenderlo a las tesis neoliberales sobre el ‘fin de la historia’, comenzaba a obviarse la tradicional división entre clases sociales a favor de la división por géneros, razas, etnias…, o incluso, más recientemente, civilizaciones, con lo que se prescindía de una premisa básica: en el capitalismo es la situación económica –la posesión de bienes, lo que solo es posible para quien dispone de capital para ello– la que está en el origen de cualquier desigualdad.

En este contexto –en el que prima la resolución más o menos inmediata a los problemas más tangibles de la vida cotidiana en detrimento de la razón última que los hace posibles–, el feminismo se convirtió desde la década de 1960 en uno de los movimientos punteros que defendían una sociedad más libre, más justa y más igualitaria. Y consiguió hacer realidad muchas de sus aspiraciones. Nadie con dos dedos de frente negará la marginación que han padecido las mujeres desde hace 400.000 años (Elisabeth Badinter, El uno es el otro, 1986) ni su doble explotación (por ser persona y por ser mujer), ni cuestionará la legitimidad de las acciones emprendidas para conseguir una serie de derechos inherentes a la condición humana, ni los logros alcanzados. Pero no se trata de esto, o solamente de esto. El problema es más amplio y complejo. Cuando las iniciativas por una sociedad mejor, por conseguir ese ‘otro mundo posible’, se basan en abstracciones (sexo, color de la piel, edad, etc.), cuando no en entelequias, parten ya de una ventajosa posición: la de aceptar implícitamente el statu quo imperante al considerar su ‘problema’ como algo independiente de las circunstancias históricas que lo hacen posible. Se puede reivindicar cuanto se quiera siempre que la economía, o el reparto de bienes, mejor dicho, no esté en su origen.

Así las cosas, cabe que nos preguntemos ¿qué feminismo?, ¿qué logros?, ¿en beneficio de quién? Dejando de lado determinadas tesis del feminismo marxista o del anarcofeminismo, cada vez más alejadas del pensamiento y la acción del movimiento feminista, la llamada revolución de la mujer ni de lejos ha alcanzado a ese 50%, o más, que constituye la población femenina, siendo el número de mujeres asalariadas en la actualidad mayor que nunca en la historia. Pero este “crecimiento explosivo de la fuerza de trabajo femenina no se ha visto acompañado de una verdadera emancipación socioeconómica de la mujer” (Global Employment Trends for Women 2004, Oficina Internacional del Trabajo, Ginebra). En cambio, ha aumentado, y aumenta día a día, el número de mujeres en puestos de responsabilidad, de mando y de decisión, es decir, el número de mujeres que se han incorporado a los centros de poder, hasta hace poco reservados casi exclusivamente a los hombres, las cuales han pasado a hacer suyos determinados valores –como la competitividad o la defensa del libre mercado– considerados por el feminismo, en sus inicios, como masculinos y que, lejos de cuestionar el sistema, lo reafirman.

Veamos. En la actualidad hay más mujeres trabajando que nunca. La mayoría en trabajos de mierda. Mas esto no es exclusivo de la mujer. Según el Instituto Nacional de Estadística (INE), “en el año 2018, sin considerar grupos de edad, la población en riesgo de pobreza relativa (tasa de riesgo de pobreza) en España de las mujeres con trabajo (12,2%) es más baja que la de los hombres con trabajo (13,5%)”. Por otra parte, también según el INE, “en el año 2019 las mujeres representaban casi el cuarenta y tres por ciento (42,8%) del total de quienes ocupaban los órganos superiores y los altos cargos de la Administración General del Estado (hasta Director/a General, y sin contabilizar los puestos de la Administración con categoría inferior a la de Director/a General)”. Otro documento (“Informe de las mujeres en los Consejos de las empresas cotizadas”, Atrevia, 2018), señala que “la presencia de la mujer en los consejos de las sociedades cotizadas del mercado continuo español se ha incrementado un 15% durante el año 2017, hasta sumar 258 consejeras, lo que supone algo más del 19% de sus 1.347 miembros”. En el Ibex 35 su presencia es del 24%.

¿Qué puede unir a unas y otras? ¿En serio alguien puede decir que tienen los mismos intereses? Ana Patricia Botín es una trabajadora, ¿no? La mujer que me ayuda en las tareas domésticas también. Ambas son mujeres, ambas trabajadoras, ergo ambas tienen una causa común. Tal paridad es una parida, pues plantear como una conquista el acceso de las mujeres al mundo del trabajo es un argumento falaz. “No tiene sentido reivindicar el concepto de ‘Mujer trabajadora’. El paso de mujer a asalariada no es ningún orgullo, sino una nueva forma de opresión en su vida”, leo en un artículo publicado en Rebelión el 8 de marzo de 2006 (“8 de marzo: Feminismo, roles y liberación”), que firma el Colectivo Libertario Cizalla. Me ha parecido sumamente lúcido y me ha reconfortado su lectura. Sigo con él: “Por una parte ponemos en duda que sea un logro tener tanto poder como un hombre para decidir sobre las vidas ajenas, y por la otra nos cuestionamos que sea un avance el que una mujer pueda matar legalmente tanto como un hombre para defender los intereses económicos de un Estado. […] No se puede acabar con la desigualdad generando más desigualdad. […] Reducir toda una lucha, del tipo que sea, a un mero día de hipócrita reivindicación no es más que vaciar de contenido esta”.

El género, por tanto, no puede ser una categoría de análisis del pasado ni del presente. Considerarlo así es subordinarlo de hecho a las relaciones de poder y de clase y reducirlo a símbolos y representaciones. El análisis ha de enmarcarse dentro de los límites en que actúan los mecanismos de control social que posibilitan tal situación. No es el género el que nos separa, es la desigual participación en la distribución de bienes. Considerar la igualdad de los géneros tomando como base los valores por los que el varón se ha regido siempre en sociedad no deja de ser una lucha por participar de los privilegios, el poder y los estamentos jerárquicos considerados exclusivamente masculinos. Va a ser verdad el conocido refrán de que “no hay peor ciego que el que no quiere ver”, pues lo que estoy diciendo en absoluto es una novedad: “Yo, Hiparquía [considerada por muchas, y muchos, la primera feminista de la historia occidental], no seguí las costumbres del sexo femenino, sino que con corazón varonil seguí a los fuertes perros”. Pues eso.