8 de marzo: una reflexión en torno al feminismo

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Hoy, 8 de marzo, se celebra el Día Internacional de la Mujer Trabajadora (también Día Internacional de la Mujer, a secas). Se eligió tal fecha porque el 8 de marzo de 1857 cientos de trabajadoras de una fábrica textil de Nueva York salieron a la calle bajo el lema ‘pan y rosas’ para protestar por las míseras condiciones laborales y el fin del trabajo infantil. Muchas de ellas fueron asesinadas por la policía.

Recién iniciado el siglo XX surgieron en Gran Bretaña las suffragettes, activistas por los derechos cívicos de las mujeres, en particular el derecho al sufragio. En 1903 Emmeline Pankhurst fundó la Women Social and Polítical Union, confiriendo al movimiento feminista una nueva espectacularidad: mítines, manifestaciones, atentados al orden público, etc., con los consiguientes encarcelamientos y huelgas de hambre. Esta combatividad empezó a decaer cuando gran parte de las feministas inglesas decidieron pactar con el gobierno conservador con el fin de obtener el voto y con el estallido de la Primera Guerra Mundial. Se llegó, así, gradualmente, a un cierto reconocimiento del papel de las mujeres y a la progresiva concesión, en los diversos países, del derecho al voto, lo que representó, paradójicamente, un elemento de freno para la política ‘progresista’, debido al papel que se había inculcado a las mujeres como mantenedoras del hogar (las segundas elecciones generales de la Segunda República Española celebradas en 1933, las primeras en que podían votar las mujeres, dieron una mayoría parlamentaria a los partidos de centro-derecha y de derechas).

El período de entreguerras se caracterizó, junto a las repercusiones de las ideologías fascista y nazi, de carácter declaradamente antifeminista, por un intento de feminización   –sobrevaloración de las cualidades femeninas–, que representó un retroceso en las reivindicaciones. El fanatismo y la belicosidad que caracterizaron estos años eran consideradas por muchas mujeres valores masculinos, a los que contraponían, como valores femeninos, la tolerancia, la compresión, la paz. “Los hombres son prescindibles, fuera, del Parlamento, de la existencia (…) se atreven incluso a jugar con la política (…) siempre ha sido así a lo largo de la historia … ¡Fuera!”, cantaba Claire Waldoff, la ‘reina del cabaret alemán’, en 1926.

Tras la Segunda Guerra Mundial un nuevo replanteamiento de carácter más amplio tuvo lugar en el movimiento feminista, cada vez más presente en la sociedad. En las décadas de 1960 y 1970, y en el marco de lo que algunos han bautizado como ‘eclosión de los nuevos movimientos sociales’, comenzaron a cuestionarse muchas de las pautas sobre las que hasta entonces se habían basado las conductas en la sociedad occidental y que apenas habían sido objeto de atención por parte de los movimientos revolucionarios tradicionales. El Estado de bienestar –tras la derrota del movimiento obrero, las secuelas de la Segunda Guerra Mundial y la partición del mundo en dos bloques hegemónicos– parecía ser una garantía de orden social y prosperidad económica. Habían pasado los tiempos en que la única solución posible a la liberación personal y colectiva era el fin de la sociedad capitalista. Ahora podían hacerse muchas cosas ‘desde dentro. Y, así, surgieron movimientos reivindicativos de diverso signo que ciertamente, denunciaban las desigualdades sociales, se oponían a ellas y luchaban por conseguirlo. Mas, anticipándose sin pretenderlo a las tesis neoliberales sobre el ‘fin de la historia’, comenzaba a obviarse la tradicional división entre clases sociales a favor de la división por géneros, razas, etnias…, o incluso, más recientemente, civilizaciones, con lo que se prescindía de una premisa básica: en el capitalismo es la situación económica –la posesión de bienes, lo que solo es posible para quien dispone de capital para ello– la que está en el origen de cualquier desigualdad.

En este contexto –en el que prima la resolución más o menos inmediata a los problemas más tangibles de la vida cotidiana en detrimento de la razón última que los hace posibles–, el feminismo se convirtió desde la década de 1960 en uno de los movimientos punteros que defendían una sociedad más libre, más justa y más igualitaria. Y consiguió hacer realidad muchas de sus aspiraciones. Nadie con dos dedos de frente negará la marginación que han padecido las mujeres desde hace 400.000 años (Elisabeth Badinter, El uno es el otro, 1986) ni su doble explotación (por ser persona y por ser mujer), ni cuestionará la legitimidad de las acciones emprendidas para conseguir una serie de derechos inherentes a la condición humana, ni los logros alcanzados. Pero no se trata de esto, o solamente de esto. El problema es más amplio y complejo. Cuando las iniciativas por una sociedad mejor, por conseguir ese ‘otro mundo posible’, se basan en abstracciones (sexo, color de la piel, edad, etc.), cuando no en entelequias, parten ya de una ventajosa posición: la de aceptar implícitamente el statu quo imperante al considerar su ‘problema’ como algo independiente de las circunstancias históricas que lo hacen posible. Se puede reivindicar cuanto se quiera siempre que la economía, o el reparto de bienes, mejor dicho, no esté en su origen.

Así las cosas, cabe que nos preguntemos ¿qué feminismo?, ¿qué logros?, ¿en beneficio de quién? Dejando de lado determinadas tesis del feminismo marxista o del anarcofeminismo, cada vez más alejadas del pensamiento y la acción del movimiento feminista, la llamada revolución de la mujer ni de lejos ha alcanzado a ese 50%, o más, que constituye la población femenina, siendo el número de mujeres asalariadas en la actualidad mayor que nunca en la historia. Pero este “crecimiento explosivo de la fuerza de trabajo femenina no se ha visto acompañado de una verdadera emancipación socioeconómica de la mujer” (Global Employment Trends for Women 2004, Oficina Internacional del Trabajo, Ginebra). En cambio, ha aumentado, y aumenta día a día, el número de mujeres en puestos de responsabilidad, de mando y de decisión, es decir, el número de mujeres que se han incorporado a los centros de poder, hasta hace poco reservados casi exclusivamente a los hombres, las cuales han pasado a hacer suyos determinados valores –como la competitividad o la defensa del libre mercado– considerados por el feminismo, en sus inicios, como masculinos y que, lejos de cuestionar el sistema, lo reafirman.

Veamos. En la actualidad hay más mujeres trabajando que nunca. La mayoría en trabajos de mierda. Mas esto no es exclusivo de la mujer. Según el Instituto Nacional de Estadística (INE), “en el año 2018, sin considerar grupos de edad, la población en riesgo de pobreza relativa (tasa de riesgo de pobreza) en España de las mujeres con trabajo (12,2%) es más baja que la de los hombres con trabajo (13,5%)”. Por otra parte, también según el INE, “en el año 2019 las mujeres representaban casi el cuarenta y tres por ciento (42,8%) del total de quienes ocupaban los órganos superiores y los altos cargos de la Administración General del Estado (hasta Director/a General, y sin contabilizar los puestos de la Administración con categoría inferior a la de Director/a General)”. Otro documento (“Informe de las mujeres en los Consejos de las empresas cotizadas”, Atrevia, 2018), señala que “la presencia de la mujer en los consejos de las sociedades cotizadas del mercado continuo español se ha incrementado un 15% durante el año 2017, hasta sumar 258 consejeras, lo que supone algo más del 19% de sus 1.347 miembros”. En el Ibex 35 su presencia es del 24%.

¿Qué puede unir a unas y otras? ¿En serio alguien puede decir que tienen los mismos intereses? Ana Patricia Botín es una trabajadora, ¿no? La mujer que me ayuda en las tareas domésticas también. Ambas son mujeres, ambas trabajadoras, ergo ambas tienen una causa común. Tal paridad es una parida, pues plantear como una conquista el acceso de las mujeres al mundo del trabajo es un argumento falaz. “No tiene sentido reivindicar el concepto de ‘Mujer trabajadora’. El paso de mujer a asalariada no es ningún orgullo, sino una nueva forma de opresión en su vida”, leo en un artículo publicado en Rebelión el 8 de marzo de 2006 (“8 de marzo: Feminismo, roles y liberación”), que firma el Colectivo Libertario Cizalla. Me ha parecido sumamente lúcido y me ha reconfortado su lectura. Sigo con él: “Por una parte ponemos en duda que sea un logro tener tanto poder como un hombre para decidir sobre las vidas ajenas, y por la otra nos cuestionamos que sea un avance el que una mujer pueda matar legalmente tanto como un hombre para defender los intereses económicos de un Estado. […] No se puede acabar con la desigualdad generando más desigualdad. […] Reducir toda una lucha, del tipo que sea, a un mero día de hipócrita reivindicación no es más que vaciar de contenido esta”.

El género, por tanto, no puede ser una categoría de análisis del pasado ni del presente. Considerarlo así es subordinarlo de hecho a las relaciones de poder y de clase y reducirlo a símbolos y representaciones. El análisis ha de enmarcarse dentro de los límites en que actúan los mecanismos de control social que posibilitan tal situación. No es el género el que nos separa, es la desigual participación en la distribución de bienes. Considerar la igualdad de los géneros tomando como base los valores por los que el varón se ha regido siempre en sociedad no deja de ser una lucha por participar de los privilegios, el poder y los estamentos jerárquicos considerados exclusivamente masculinos. Va a ser verdad el conocido refrán de que “no hay peor ciego que el que no quiere ver”, pues lo que estoy diciendo en absoluto es una novedad: “Yo, Hiparquía [considerada por muchas, y muchos, la primera feminista de la historia occidental], no seguí las costumbres del sexo femenino, sino que con corazón varonil seguí a los fuertes perros”. Pues eso.

13 comentarios en “8 de marzo: una reflexión en torno al feminismo

  1. Me parece muy interesante tu enfoque, comparto algunas de tus ideas sobre el tema. Hoy en día el 8 de marzo ha transcendido el mero marco de la igualdad de género en lo laboral, una cuestión histórica que poco a poco se va normalizando, para ahondar más en el terreno del machismo y su máxima expresión que es la violencia machista.
    Como libertario de pensamiento que soy, entiendo que la integración de la mujer en el mundo laboral no soluciona el problema más grave, que no es otro que la explotación y empobrecimiento de toda la clase trabajadora. Entiendo también que el capitalismo no ha sido el único sistema económico que genera desigualdad entre géneros. El machismo, como la violencia, el egoismo son cuestiones atemporales y que deberíamos solucionar desde un espacio conjunto de reflexión.
    El ser humano tiene un grave problema que como el rey desnudo no quiere ver.

    Abrazo

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    • Por supuesto que el capitalismo no ha sido el único sistema económico que genera desigualdad entre géneros. Ahora bien, una simple variable de diferenciación física no puede ser, desde la racionalidad histórica, un carácter inmanente al margen de la construcción social y política. Lo verdaderamente importante es la forma que adquiere el dominio de un modelo social concreto, sea europeo, africano o amerindio. Y aquí es donde me parece que esta cuestión difícilmente se resolverá alguna vez. El problema del ser humano es el propio ser humano, cuando debería ser la solución.
      Un abrazo, Xabier.

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  2. Sí, consideramos o estimamos que hay segregación por ser mujer, ¿quén ó quiénes nos da garantía que los actuales feministas? no son segregacionistas en otros aspectos de la vida, por política, por religión, por ser o no inmigrante, por nacionalismo, por tendencia sexual.
    Y, si no segregan a la mujer pero si otro tipo de rechazo ¿merecen ser considerados líderes de valor moral y ético para representar a la mujer?

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    • El número de mujeres que se han incorporado a los centros de poder, hasta hace poco reservados casi exclusivamente a los hombres, han pasado a hacer suyos determinados valores (como la competitividad o la defensa del libre mercado) considerados por el feminismo, en sus inicios, como masculinos y que, lejos de cuestionar el sistema, lo reafirman. Y la verdad: que quién me explote sea un hombre o una mujer es secundario, lo que me importa es que no me exploten.

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  3. Muy interesantes las reflexiones y la genealogía de la lucha feminista. Me ha dejado pensando. Es difícil ponerse de acuerdo en temas como estos si es que fuese necesario ponerse de acuerdo.
    Nancy Fracer distingue dos tipos de lucha: las de reconocimiento y las de redistribución. En las primeras se engloban las luchas de género, edad, orientación sexual, étnicas, etc. En las segundas aparecen tanto las luchas de clase, las luchas revolucionarias, las reformistas, etc. Y se plantea que ambas luchas deben articularse . Entiendo que esa propuesta no está exenta de objeciones: cualquiera podría decir que englobar bajo el mismo rótulo al reformista y al revolucionario (como luchador por la redistribución) es forzar una unión irreconciliable. O que la clase pesa más que el género . U otras críticas que ahora mismo se me escapan. Sin embargo es una buena advertencia la que hace Nancy. No solo hay una doble explotación siendo mujer: imaginen que si esa mujer es india, o judía, o lesbiana, pobre, inmigrante, etc. La lucha de clases no es completa si no tiene una mirada de género, ni a la inversa.
    Yo creo Manuel, que de fondo, (y acá viene la verdadera fuente de disputa) está la concepción antropológica. Si uno entiende que hay una naturaleza humana. Si uno piensa como San Agustín que el Hombre (y todos los géneros que se le ocurra) es bueno por naturaleza y lo caga la mala junta o tiene una concepción Hobbesiana y como en el Leviatán tiene una naturaleza lobo del hombre (y la mujer). La concepción de Naturaleza humana orienta las intervenciones sobre el problema (uno tirará para el estado y su fuerza represiva frente el delito , otro para la región ….y su fuerza represiva ante el pecado). Yo lo noto desencantado con la humanidad. Eso no deja de ser una concepción sobre la existencia de una Naturaleza Humana. Descreo de eso.
    Esto ya es otra discusión. Nos vamos del 8 de marzo y del feminismo. Se lo propongo para otro día.
    Volviendo al feminismo. Hay muchas variantes. También, forzando las categorías analíticas podríamos englobarlas en dos: el de la igualdad y el de la diferencia. El primero apunta a la reivindicaciones de derechos y oportunidades en la lucha por la redistribución del poder, a lo Simone de Beauvoir . El segundo, tomando las ideas de John Holloway, plantean que las mujeres tienen una naturaleza distinta a la del macho, que son diferentes en su naturaleza, que pueden maternar, que no son lobos y que el poder es cosa del reino masculino, y van por el antipoder. Ahí está nuevamente la idea de naturaleza. Pues me cago en la naturaleza.
    Si la sociedad es falocéntrica, heteronormativa, homofóbica, xenófoba, explotadora, en tanto construcción colectiva, histórica, y social, es transformable. Y esa transformación se llama política. Si uno cree que hay una naturaleza humana autodestructiva, pues no hay nada que hacer. Solo contemplar como se destruye, porque contra la naturaleza no se puede hacer nada.

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    • Me parece sumamente interesante el comentario, pero lo cierto es que no me creo nada. Estoy harto de teorías, sistemas, estructuras, modelos… Desde el Renacimiento nos hallamos comprometidos en la economía de intercambio y beneficio. La misma evolución histórica ha provocado la expansión del individualismo, la soberanía de los estados ha quedado hecha migajas, la conciencia de los hombres ha sufrido un enorme agrietamiento, cada día somos más sumisos con la autoridad… Nada hace pensar que esto vaya a cambiar, sino todo lo contrario. Además, si desde que vivimos en sociedad hemos sido incapaces de conseguir un mundo como mínimo habitable (con todo lo que la palabra significa), ¿a santo de qué, en el momento de mayor desigualdad y de mayor acatamiento a las órdenes ‘de arriba’, el ser humano va a cambiar ahora? Y si él no cambia, ninguna otra cosa puede cambiar.

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    • He trabajado en un Museo de Etnología, y fue algo parecido a trabajar en un museo de arte abstracto, mucha atención a la forma y prácticamente nada de los sujetos en quienes se hallen cualquiera de las cualidades que dicha forma se supone que representa. La antropología cultural tipo Marvin Harris merece todos mis respetos, pero el estructuralismo me supera (me quedo con Thompson y su “Miseria de la teoría”.
      Completamente de acuerdo: el que piensa igual que yo en todo me aburre. Lástima que haya tantos historiadores, antropólogos y demás que no solo no opinen así, sino que se centren únicamente en aquellos documentos (del tipo que sea) que les dan la razón y desprecien el resto.
      Un abrazo, Ignacio.

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