La lista de Bongard

Lo más probable es que no conozca esta lista –nada altruista como la de Schindler– ni les suene el nombre de Willi Bongard, el autor de la misma. A no ser que sea marchante de alto nivel, reputado crítico de arte o coleccionista de postín (privado o público). De hecho, la relación de fallecimientos destacados de Wikipedia correspondiente al 6 de mayo, fecha de su muerte, ni siquiera recoge su nombre. Sin embargo, su influencia en el mundo del arte elevado –de las artes plásticas en concreto– es mayúscula.

Este economista, periodista especializado en arte y profesor, elaboró en 1970 un listado de artistas vivos, un ranking, que en la actualidad sigue publicándose en la revista alemana Capital: Wirtschaft ist Gesellschaft (Capital: economía es sociedad). Bongard llevó a cabo una clasificación de artistas (plásticos) vivos según el reconocimiento que recibían en diversos ámbitos (colecciones permanentes en museos, exposiciones individuales, exposiciones colectivas, reseñas en periódicos y televisión). Fue asignando una puntuación a cada uno, según su propia estimación. Así, le otorgaba 300 puntos a cada artista por cada obra que tuviera expuesta en un museo importante (por ejemplo, el MOMA) y 200 por cada obra que estuviera en un museo menos importante (como el Art Institut de Chicago). Si el artista era mencionado por prestigiosas revistas como Art Actual recibía 50 puntos y si figuraba en otras de menor influencia como Connaisance des Arts, 10.

De este modo estableció un ranking con los cien primeros: la Kunstkompass (brújula de arte). Acto seguido calculó el precio que en ese momento tenía una obra representativa de cada uno de ellos y lo añadió a la lista. Un análisis estadístico de sus datos mostraba que el valor estético de la obra se corresponde con su valor económico. Aunque no siempre fuese una correlación perfecta, no se podía discutir que a medida que la puntuación de un artista aumentaba en un 10%, el precio de su obra representativa lo hacía un 8%. La finalidad de Bongard era únicamente saber si el mercado tasaba de forma correcta el valor de la obra de los artistas, si algún pintor estaba infravalorado.

El mundo artístico en general acogió con frialdad la Kunstkompass por su “presunción” de medir la posición estética, pero no tardaron en rendirse a la evidencia. Bongard, que se proponía informar a los coleccionistas la forma de obtener el máximo beneficio en el arte, de sacar el máximo partido de su dinero, como economista que era, empezó ofreciendo a los coleccionistas una carta mensual, a un precio determinado, hasta su muerte en 1985. Al mismo tiempo publicaba la lista de vez en cuando en la revista financiera de Colonia antes mencionada, Capital. Cada vez más influyente, la Kunstkompass fue traducida y publicada en todas partes. La revista italiana de diseño Domus describía las mejores gangas como convenientissimo. Desde 1970, y hasta 2006, se hacía pública cada otoño coincidiendo con la inauguración de Art Cologne, la feria de arte más destacada de Alemania. También, como hemos visto, en otras revistas y desde 2017 es fija en Capital.

Mi intención al publicar este artículo no es informar acerca de la existencia de esta lista a quienes la desconozcan para que puedan invertir en esta clase de arte sacando el mayor provecho. Tampoco creo que sean muchos los lectores de este blog que estén en condición de hacerlo. Mi propósito es solo mover a reflexión sobre la estrecha relación entre arte y mercado, siendo este último el verdadero motor de ese mundillo elitista de multimillonarios, obsceno y aborrecible se mire por donde se mire.

Como señala Eric Hobsbawm (A la zaga, 1998), las artes visuales “y especialmente la pintura, no han sido capaces de adecuarse a lo que Walter Benjamin llamó la época de reproductibilidad técnica”. La creación de una revolucionaria industria del ocio destinada al mercado de masas redujo las formas tradicionales del “gran arte” a les élites. El arte se convirtió en un gran negocio, uno de los pocos a los que jamás ha afectado crisis alguna.

El mercado del arte siempre ha sido uno de los más seguros desde mediados de la década de 1950, cuando se produce el relevo de la capitalidad del arte moderno y Nueva York reemplaza a París. En unos momentos en que comenzaba una era de prosperidad económica sin precedentes, se inició un espectacular aumento de los recursos económicos, tanto públicos como privados, para la promoción del arte moderno. Pocas inversiones pueden resultar tan rentables. Sin embargo, advierte Juan Antonio Ramírez (Arte y arquitectura en la época del capitalismo triunfante), “el comercio artístico, en su conjunto, no es transparente. No se sabe lo que en realidad se paga en la mayoría de las transacciones, por no hablar del silenciamiento mismo de muchas compraventas relevantes”. Es, además, una excelente manera de blanquear dinero.

Los problemas económicos que convulsionaron las bolsas en 1987 no tuvieron efecto alguno en el arte. Es más, al haber cierta confusión sobre donde era mejor invertir para obtener beneficios seguros, el mercado del arte aumentó sus transacciones. Parecida situación vuelve a repetirse con la crisis de 2008 y no me cabe duda de que así será con la actual crisis social.

¿Arte?, ¿valor estético?, ¿mecenas?, ¿patrocinadores y protectores de las artes? ¡Mis cojones treinta y tres! Negocio y nada más que negocio, mero espectáculo al que se suman ignorantes almas cándidas que, como en tantas otras cosas, siguen las pautas marcadas por las élites. En fin, si así se sienten más cultos… Aunque a mí me parece que si en vez de tanto onanismo mental practicaran el onanismo a secas igual les iba mejor, a ellos y a todos.

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Si quiere consultar la Kunstkompass entre 2001 y 2019 clique aquí.

Fumadores y coronavirus

El doctor Zahir Amoura, jefe del departamento de Medicina Interna del Hospital Pitie-Salpetriére de París, centro público ligado a la Universidad de la Sorbona, avanzó hace unos días la hipótesis de que el porcentaje de fumadores entre los enfermos de Covid-19 es notoriamente inferior a la media. En un artículo que publica el diario El Mundo (24 de abril) leo: “De los 343 pacientes hospitalizados en su centro sanitario, con una edad media de 65 años, solo el 4,4% eran fumadores habituales. Y entre los 139 que han ido a consulta, edad media 44 años, solo el 5,3% tenía el vicio. Según el último barómetro de Sanidad Pública de Francia, un 30% de los franceses entre 45 y 54 es fumador. En la franja 65-75 años el 8,8% de las mujeres y el 11,3% de los hombres fuman”. Y un poco más delante, en el mismo reportaje: “Un estudio chino, publicado a finales de marzo en el New England Journal of Medicine, sobre más de mil contagiados recensaba un 12,6% de fumadores, muy inferior también al porcentaje de fumadores en China, 28%. […] La hipótesis es que la nicotina, al fijarse sobre el receptor celular que utiliza el coronavirus le impide hacerlo a él y, después penetrar en las células y propagarse”, es decir, la nicotina de los fumadores cierra al virus la puerta de entrada a las células porque estaba allí antes.

Se trata solo de una hipótesis, pero los datos están ahí. No han tardado en desmentirla otros médicos y diversas organizaciones sanitarias, como la Sociedad Española de Neumología y Cirugía Torácica. Mas, con una diferencia, o eso al menos me parece a mí. Los detractores del doctor Zahir Amoura se limitan a repetir que el tabaco es muy malo y mata utilizando los manidos argumentos de siempre. No rebaten los datos con otros semejantes.

¿Qué quieren que les diga? Desconfío de la mierdicina, esa medicina de “la prostituida ciencia de estos días despreciables” (Debord, Comentarios sobre la sociedad del espectáculo), sometida a imperativos de rentabilidad económica. Me fío más de los datos. Y estos me han llevado a reflexionar acerca de los nocivos efectos del tabaco y a extraer mis propias conclusiones. Helas aquí:

No diré que fumar no mata. Por supuesto que lo hace, como otras tantas cosas: levantarse de noche y regresar a casa también de noche para trabajar ‘en lo que sea’ y ‘al precio que sea’, no poder llegar a fin de mes o siquiera comenzarlo, que te desahucien por no poder hacer frente al pago de la hipoteca a causa de una crisis de la que solo eres víctima, que tus hijos no tengan presente ni futuro alguno… Por ejemplo. No es la actual una existencia fácil y hay que ir con mucho tiento. Hay que cuidarse, pues, y analizar detenidamente los efectos perjudiciales de cada situación

Aclarado que el tabaco puede dañar la salud, aclarado también que en determinados casos –como en la actual epidemia de coronavirus– puede, por el contrario, protegernos, como muestran los datos que veíamos antes y nadie ha desmentido, hay que estar atentos y leer al pie de la letra los mensajes de las insanas autoridades sanitarias. Tal vez aquí resida el quid de la cuestión y aúne a defensores y detractores de la hipótesis de Amoura. Esta será, pues, mi gran aportación a la ciencia.

Verán. No toda cajetilla de tabaco es apropiada para todos. Hay que fijarse en las distintas leyendas que llevan impresas cada una de ellas, que para eso están. Si los cigarrillos son de una cajetilla en la que se indica que “obstruye las arterias” o “puede causar un infarto”, ni se le ocurra fumarse uno solo, siquiera una calada. Un poco de sentido común, ¡caray! Si son de una cajetilla que dice que “mata o perjudica gravemente su salud y las de los que están en su entorno” o “el humo es malo sus hijos, familia y amigos”, depende. Es cosa de afectos. Conozco un camarero –al que espero encontrar en el bar cuando este vuelva a abrir, si lo hace– que me decía “Yo de este. Menuda panda de buitres me rodea”. Si la leyenda es que “daña los dientes y encías”, es el adecuado para quienes usen dentadura postiza. Los que provienen de una cajetilla en la que se lee que “aumenta el riesgo de impotencia”, resulta indicado para los asexuales o los individuos de edad muy avanzada que ya pasan del sexo. Si la leyenda es que “aumenta el riesgo de ceguera”, pues para invidentes. Y si indica que “reduce la fertilidad”, para los que no quieren tener hijos. También hay para aquellos que ya están que cansados de vivir: los que pone que “acorta la vida”.

¡Ojo! Hay algunas leyendas con doble intención y ciertamente confusas. Como la de “fumar puede matar al hijo que espera”. ¿Qué significa esta frase? ¿Se refiere a un hijo/a que nacerá en unos meses o al hijo de uno en general? Porque esto no se aclara. Un día había quedado yo con mi hijo (39 añitos) y este se retrasaba, algo no habitual en él. Ambos somos muy puntuales. Decidí fumarme un cigarrillo para hacer más corta la espera y en eso me fijo en la cajetilla de cigarrillos. “Fumar puede matar al hijo que espera”, decía. Lo apagué inmediatamente. Llamé a mi hijo. No respondía. Otra vez. El mismo resultado. Pueden imaginarse la angustia que pasé hasta que por fin llegó. Ya no he vuelto a fumar más cigarrillos de ese tipo.

Por tanto, y concluyo, es necesario estar bien informados y saber descifrar e interpretar los distintos mensajes. Para ello nada mejor que el sentido común, o el sinsentido, como prefieran.

Los niños se portaron como niños ayer en Valencia y algunos ciudadanos actuaron como policías amateurs

Me preguntaba ayer (“Iniquidad y estulticia: los niños y el coronavirus”) qué iba a pasar con los niños, especialmente con los peques, el primer día que podían salir a la calle tras el irracional y cruel encierro a que han estado sometidos durante 43 días. Era de suponer que querrían ir al parque, ansiosos, y jugar y juntarse con sus amiguitos. Los padres debían hacer de vigilantes. Colaboradores necesarios de la policía, tenían la obligación de impedir que tal cosa sucediera y mantener a los niños lejos de cualquier contacto con los demás. Resulta obvio que tal misión no iba a ser fácil. Y no lo fue. Los niños pasaron olímpicamente de normas y los padres se vieron impotentes para frenar su júbilo, dejando de mantener la obligatoria distancia también entre ellos. En unos sitios se cerraron los parques infantiles y los jardines públicos. En otros no, como en Valencia, donde –decía también ayer– al parecer somos un poco más sádicos, pues la labor de vigilancia por parte de los padres se incrementaba. Los problemas también. Los niños hicieron de niños y los padres ejercieron como padres, aunque fuera desbordados por la situación. Fallaron como policías, pues. Pero ahí estaban esos ciudadanos responsables, contribuyentes escrupulosos, para hacer de colaboradores, de delatores, sacar el policía que llevan dentro y alimentan de noticias y opiniones mediáticas, y hacer buena la máxima de Rousseau: “Un pueblo libre […] obedece leyes, pero solo estas, y precisamente por la fuera de ellas no obedece a los hombres”.

En fin, que se armó la de dios. Hoy señala al respecto el diario Las Provincias que “algunas escenas que se dieron en algunos parques de Valencia, sobre todo en el Jardín del Turia, pusieron sobre aviso al Consistorio, que a primera hora de la tarde advirtió de que si no se cumplían las normas volverían a cerrar los parques y jardines”. Esas escenas fueron grabadas por los ‘policías amateurs’ y se divulgaron a través de las redes sociales. Mostraban cientos de niños jugando juntos, con padres hablando a escasa distancia, especialmente en determinados tramos del Jardín del Turia y los alrededores del Palau de la Música.

La diosa imbecilidad, mucho más que la astucia de la razón, ejercía así, una vez más, su señorío mundano. ¿Ahora hay que estigmatizar también a los niños? De acuerdo en que el primer móvil que auxiliar de la obediencia que percibe el espíritu es el instinto de conservación, y que cuando esto sucede el miedo se apodera de gran parte de la sociedad, dispuesta a sacrificar sus libertades por la seguridad. Pero “sacrificar libertad por seguridad es tan insensato como preferir incompetencia a competencia, o la autocracia a la rendición de cuentas” (Antonio Escohotado).

El vídeo que sigue es uno de los que más ha circulado por las redes sociales. Habrá quien vea en él un ejercicio de responsabilidad. Yo solo veo un par de mentecatos confidentes que criminalizan a los padres y propician un clima de inseguridad que facilita la exclusión, la discriminación y la estigmatización. ¡Dejad a los niños en paz!