Maquis

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Graffiti en un muro de Sallent de Llobregat rememorando a los maquis españoles.

El pasado 10 de marzo se cumplieron 50 años de la muerte del guerrillero español José Castro Veiga Piloto (O Corgo, Galicia, 1915) a manos de la Guardia Civil en un enfrentamiento armado tras ser reconocido por un antiguo compañero del servicio militar y denunciado. Fue el último de una larga lista de maquis que murieron con las armas en la mano y uno de los casi veinte mil combatientes de la guerrilla antifranquista durante la posguerra civil española, como los catalanes Ramon Vila Caracremada (1908-1963) –fallecido también en una emboscada que le tendió la Guardia Civil–, Josep Lluís Facerías Face (década 1920-1957) –por la policía en una calle de Barcelona– y Quico Sabaté (1915-1960) –en un tiroteo tras una espectacular persecución–; los gallegos Manuel Bello (1926-1946) –ejecutado mediante garrote vil– y Manuel Ponte (1911-1947) –abatido a tiros–, o el leonés Manuel Girón (1910-1951), en un extraño incidente. Entre otros muchos.

El Maquis fue un movimiento de guerrillas antifranquistas activo, sobre todo, entre 1944 y 1950 en diversos puntos del Estado español. La palabra deriva del vocablo francés maquissard (el que se mueve por el monte bajo). Finalizada la Guerra Civil, los grupos políticos en el exilio –en Francia especialmente, pero no solo– no se resignaban a admitir la derrota de la República, sobre todo en una situación internacional aparentemente propicia. Partidos y centrales sindicales –el Partido Comunista de España (PCE) a la cabeza– estaban convencidos de que una vez que terminara la guerra que asolaba a Europa los aliados no consentirían en ella un reducto fascista. La lógica de la historia les conducía a creer que, una vez derrotado el nazismo, el régimen de Franco tenía los días contados. No fue así, evidentemente. Otros intereses se antepusieron a los verdaderamente democráticos.

Ello condujo al Partido Comunista –y a otros sectores de la oposición; anarquistas especialmente– a constituir grupos armados que se introdujeran en España y prosiguieran la lucha contra el dictador, constituyendo grupos armados ya dentro de España. Estos grupos –formados en su mayor parte por militantes comunistas– atravesaron la frontera por Vall d’Aran –que se convertiría en uno de los principales focos de la resistencia guerrillera– y se internaron hacia Barcelona, Zaragoza, Valencia e, incluso, Madrid. Por el sur entraron algunos militantes comunistas: desde Argelia –donde se encontraba Santiago Carrillo– salieron 60 militantes del PC, que constituirían la Agrupación Guerrillera de Granada. También el Valle de Roncal (Navarra) fue un importante foco guerrillero.

Maquis atravesando los Pirineos (1948)

Maquis atravesando los Pirineos.

La guerrilla se organizó en cinco agrupaciones:

Levante-Aragón (Agrupación Guerrillera de Levante), Centro, Galicia-León, Asturias y Santander. Solo en 1945 el Maquis protagonizó 345 acciones.

La agrupación más efectiva fue la de Levante, cuyo protagonismo fue indiscutible entre 1946 y 1947, actuando especialmente por las comarcas castellonenses, cuya orografía montañosa suponía una importante ayuda. Aquí, proliferaron las partidas que pusieron en graves aprietos a las fuerzas de la Guardia Civil.

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Agrupación Guerrillera de Granada (1948).

En la década de 1950 el Maquis inició su declive. Era evidente que la realidad de la guerrilla española no respondía a los planteamientos que, en un principio, se hicieron desde el exilio y que eran muy pocas –más bien ninguna– las posibilidades de realizar acciones lo suficientemente eficaces como para que estallara esa revolución interior que ansiaba la oposición. El PC decidió cambiar de táctica. Ahora se debería trabajar dentro de los sindicatos oficiales para concienciar de la situación a la clase obrera. La nueva táctica exigía, pues, la incorporación de los antiguos guerrilleros a la lucha política. Así y todo, los supervivientes continuaron resistiendo hasta que se perdió por completo la esperanza de conseguir el soñado objetivo. Entonces se inició una huida, llena de dificultades, por las montañas hasta alcanzar los Pirineos y poder refugiarse en Francia. Pero la guerrilla estaba completamente rodeada y huir era cada vez más difícil. La mayoría no consiguió llegar a los Pirineos y dejaron sus vidas en aquellas montañas, para ellos más que inhóspitas, del Maestrat (Castellón) y en las sierras de Cuenca y Teruel. Con ellos, desparecían unos hombres que no habían podido hacerse a la idea de que la igualdad y la libertad también estaban exiliadas y que no dudaron entregar incluso sus vidas en nombre de tan nobles valores.

Severino Albarracín

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Severino Albarracín Broseta nació en al municipio valenciano de Llíria en 1851. Maestro de profesión, se formó políticamente en el republicanismo y tras la Revolución de septiembre de 1868 se hizo militante de la Juventud Republicana de Valencia.

Sus ideas radicales, más próximas al anarquismo que al republicanismo, hicieron que fuera expulsado, ingresando poco después en la Alianza de la Democracia Socialista, el sector bakuninista de la Asociación Internacional de Trabajadores (AIT). El congreso de Zaragoza de la AIT de 1872 fue elegido miembro de su Consejo Federal, y en el de Córdoba (25 de diciembre de 1872 – 3 de enero de 1873) secretario de la Comisión Federal, la cual, a raíz del mismo, se estableció en Alcoi (Alicante).

Partidario de la táctica insurreccional –la de aquellos que creían que la revolución social estallaría tras una sublevación local, fue uno de los dirigentes de la insurrección de Alcoi en julio de 1873, la primera huelga general del Estado español. Durante los sucesos encabezó la comisión que exigió al alcalde de la ciudad, el republicano Agustín Albors, que resignara el mando en los internacionalistas y organizó y dirigió la lucha contra las autoridades y principales propietarios y fabricantes, que se opusieron a tal pretensión.

En el proceso que se incoó a raíz de los hechos aparece en el primer lugar de los declarados rebeldes. Se exilió en Suiza, donde se relacionó con Piotr Kropotkin, y regresó en 1877. Se estableció en Barcelona, donde falleció un año más tarde de tuberculosis.

Severino Albarracín es uno de los personajes reales que aparece en mi novela El corto tiempo de las cerezas (2015). Los dos párrafos que de la misma siguen tratan de describir cómo era y qué hacía que su personalidad resultara tan atractiva a los ojos de los obreros alcoyanos de la época. Todos los detalles que en ellos figuran están extraídos del proceso antes mencionado (más de 30.000 folios), que se conserva en el Archivo Municipal de Alcoi y que consulté en su momento. La investigación dio lugar a mi primer libro en solitario: Lucha de clases e industrialización (1980).

Cuando Albarracín tomó la palabra se hizo un silencio abrumador. Su facilidad para expresarse y hermanar las palabras que pronunciaba con sus ademanes, la radicalidad y simplicidad de su discurso, perfectamente comprensible y con referencias a la situación inmediata de injusticia y oprobio que atravesaban los obreros, centraban la atención de los presentes, que le seguían con muestras de asentimiento y admiración. Su aspecto, además, era prácticamente el mismo que el suyo, hasta que empezaba a hablar en nada se adivinaba a simple vista que era maestro y, por tanto, persona instruida. Vestía blusa azul, alpargatas abotinadas en forma de zapatos, viejos y sucios, pantalón oscuro de paño y sombrero de hongo negro. Salió de detrás de la mesa y, de pie, se situó lo más próximo posible a los congregados. Su verbo cautivaba, sabía poner el énfasis adecuado a cuanto decía, hacía pausas tras las afirmaciones más contundentes, que eran enseguida aclamadas, y se mostraba tan seguro que contagiaba de confianza a los demás. Hay que sustituir la fe por la ciencia, la justicia divina por la justicia humana, y no habrá justicia hasta la abolición definitiva y completa de las clases y la igualación política, económica y social de los individuos de los dos sexos. Para alcanzar este fin exigimos ante todo la abolición del derecho a la herencia, que en el futuro cada uno disfrute lo mismo que ha producido, y de la propiedad privada, que los instrumentos de trabajo, como cualquier otro capital, se conviertan en propiedad colectiva de la sociedad entera y solo puedan ser utilizados por los trabajadores, es decir, por las sociedades agrícolas e industriales. Aplausos, gestos y gritos de aprobación se sucedían en armoniosa complacencia. ¿Podemos continuar así? ¡De ninguna manera! ¿Hay seguridad de mejorar nuestra desgracia? La tenemos. Si tenemos, pues, la certeza de nuestro mejoramiento ¿por qué seguir viviendo en la vergüenza y la opresión? Es hora de liquidar cuentas con la burguesía, tiene que reintegrar todo lo que ha robado al pueblo trabajador.

Aumentaba la intensidad de los aplausos, gestos y gritos, que ahora ya no eran solo de exaltación, buena parte de ellos se dirigían contra los aprovechados, desaprensivos y explotadores burgueses. Los ánimos –o el ánimo, la comunión era absoluta– se caldeaban y Albarracín reforzaba la entonación de sus palabras. Desengañaros de todas las farsas y de todos los farsantes de la política burguesa. No está lejano el día de la huelga general, o mejor dicho, de la revolución, pacífica o violenta, según la línea de conducta que observe la burguesía y el gobierno. La ovación que siguió fue atronadora, tanto que impedía escuchar con claridad los vivas a la revolución social, al colectivismo y a la anarquía o los abucheos e insultos contra los codiciosos burgueses. Terminado el acto los internacionalistas desfilaron en manifestación lanzando consignas en consonancia con las ideas expresadas en el mitin.

Publicada originalmente en: https://musicadecomedia.wordpress.com/2016/05/31/severino-albarracin/

El Petrolio. La primera huelga general revolucionaria de España

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Incendio de varias casas colindantes con el ayuntamiento para obligar a las autoridades a rendirse. Grabado de “La Ilustración Española y Americana” (24 de julio de 1873).

«El domingo día 13 [de julio de 1873] cerraba la semana más vehemente, intensa y trágica de la historia de la ciudad [Alcoi]. Alrededor de las doce comenzó a escucharse el ruido de tambores y cornetas. Las tropas estaban próximas. Una angustiante y sorda quietud reflejaba miedo, el mismo que acompañaba a los siempre necesarios excluidos que por unos instantes parecían haber olvidado su condición, el miedo a despertar cuando el sueño estaba más próximo que nunca de ser real, justo cuando creían haberlo perdido definitivamente en aquella saturnal de violencia profanadora de respetabilidades y conveniencias. ¿Regresaba el respeto? No, el miedo, el temor a la nada.

Por la puerta de Alicante entraron finalmente las fuerzas de artillería con ocho cañones, guardia civil, compañías de voluntarios llegadas de otras ciudades, caballería… Las negociaciones a fin de evitar que penetraran en Alcoi habían resultado infructuosas a pesar de haberse retirado ya las barricadas y puesto en libertad a los rehenes.

Imposible calcular a ojo cuántos hombres formaban aquel imponente ejército al frente del cual figuraba el general Velarde montado sobre un engalanado caballo blanco que a Samuel le recordó aquel con el que cabalgaba Albarracín unos días antes. Monllor y Samuel –que presenciaban el magno desfile de fuerza– lo intentaron. Primero creyeron que eran centenares, luego vieron que no. Hombres y más hombres pasaban ante sus ojos en perfecta formación. Debían ser miles, concluyeron.

Había poca gente en la calle. El imperturbable, persistente y cadencioso ritmo del paso de los soldados, el traqueteo de los cañones, resonaba en unas calles vacías, prácticamente desiertas. La mayoría se limitaba a observar desde las ventanas, con los visillos corridos para que nadie pudiera adivinar en sus rostros signo alguno de satisfacción o rechazo, desconfiando de todo y de todos hasta la resolución final del conflicto. En algunos balcones, en el campanario y en el ayuntamiento ondeaban banderas blancas.”

Fragmento de mi novela El corto tiempo de las cerezas (2016):

¿Qué había pasado para que se produjese un despliegue de fuerzas tan numeroso? Pues ni más ni menos que la primera huelga general de carácter revolucionario que tuvo lugar en el Estado español, una insurrección –acaecida entre el 8 y el 13 de julio de 1873– que marcó no solo el devenir de la clase obrera local y de la Federación Regional Española de la Asociación Internacional de Trabajadores sino que fue determinante en el fin de la Primera República. En El corto tiempo de las cerezas novelo estos hechos ciñéndome fielmente a lo que sucedió, pues fue este el primer tema sobre el que investigué al terminar la licenciatura –me leí todo el proceso (más de 30.000 folios)– y el del primer libro que publiqué en solitario en 1980 (Lucha de clases e industrialización). Lo que sigue no corresponde a la novela; está sacado del libro y de otros artículos que sobre los hechos de julio de 1873 he ido publicando a lo largo de los años.

La federación local alcoyana de la Asociación Internacional de Trabajadores (AIT) se constituyó en 1872 y pronto se convirtió en una de las más relevantes de España. A finales de año contaba con 2.591 afiliados, cifra solo superada por la federación local de Barcelona (7.500). Por eso en el Congreso de Córdoba que tuvo lugar del 24 de diciembre de 1872 al 3 de enero de 1873 y supuso la definitiva ruptura entre el sector bakuninista y el marxista, que ni siquiera acudió al congreso, fue elegida sede la Comisión Federal.

Cuando en febrero de 1873 fue proclamada la primera República española, la Comisión hacía pública su Circular núm. 8 en la que se pronunciaba sobre el cambio de régimen: la nueva República no era otra cosa que «el último baluarte de la burguesía, la última trinchera de los explotadores y un desengaño completo para todos aquellos (…) que todo lo han esperado y aún lo esperan los gobiernos». Mientras, en Valencia –donde residía el Consejo Federal (el sector marxista de la Internacional)– el recién estrenado régimen era saludado con alegría por buena parte de la población, incluidos los internacionalistas. Y es que ambas ciudades estaban separadas por muchas más cosas que los poco más de cien kilómetros de distancia física: en Valencia el capital se invertía mayoritariamente en la agricultura y no en la industria, predominaban los oficios cuyas características recordaban en parte un ritmo de trabajo más propio de las sociedades preindustriales y eran muy pocos los oficios sometidos a la férrea disciplina fabril. Por otra parte, la evolución urbanística de la ciudad nada tenía que ver con la de Alcoi, encallada entre ríos y barrancos que, en su mayor parte, no pudieron salvarse hasta la década de 1860. Que la actual civilización sea el resultado inmediato del proceso industrializador no implica que este sea un proceso lineal. Todo lo contrario: es un transcurso del tiempo con continuadas transformaciones que tienen lugar en una pluralidad de situaciones que se inscriben en contextos bastante distintos. Y el contexto alcoyano –por la propia orografía de la ciudad y las peculiares características en que se desarrolló dicho proceso– era quizás de los más propicios para que los efectos de la industrialización sobre la clase obrera se dejaran sentir con toda su crueldad.

La falta de competencia y de materias primas y la dificultad en las comunicaciones obligaron a una sobreexplotación de la mano de obra, que se puso de manifiesto fundamentalmente en dos aspectos: el mantenimiento de unos salarios que nunca llegaban al nivel de subsistencia y el alargamiento, hasta el máximo posible, de la jornada laboral. La industrialización comportó, por otra parte, y desde los primeros momentos, un extraordinario crecimiento demográfico. Alcoi pasó de tener 11.672 habitantes en 1820 a 18.219 en 1826 (solo seis años después de la introducción de las primeras máquinas) y 25.196 en 1860. Este aumento demográfico tuvo dos consecuencias muy importantes. En primer lugar, la superpoblación del casco urbano. En segundo, la formación de dos clases de barrios, representativos de mundos distintos que terminarán siendo hostiles: los 800-1.200 habitantes por hectárea de los distritos donde vivía la burguesía contrastaban claramente con los 2.000-2.500 –en ocasiones hasta 2.800– de los distritos donde vivía la clase obrera.

Predominaba la vivienda de alquiler por piezas (casas de una, dos o tres llaves), en función del poder adquisitivo del trabajador. Un poder adquisitivo que resultaba siempre insuficiente no solo para poder disponer de una vivienda que simplemente no fuera un foco de insalubridad, sino para atender necesidades tan básicas como el vestido y la alimentación –basada, según las fuentes de la época, en productos vegetales a los que se les solía añadir algunos salazones–, impedir que sus hijos empezaran a trabajar (desde los seis años los niños y desde los ocho las niñas), disminuir la duración de las agotadoras jornadas laborales de hasta dieciséis horas o no tener que recurrir a empeñar, a usureros que cobraban hasta un 80 por ciento de intereses, desde las pocas piezas de que constaba su ajuar a prendas de vestir, colchones o pañales incluso. Por otra parte, en estas viviendas –donde para comer había que retirar los colchones, y viceversa– era imposible llevar ningún tipo de vida familiar, lo que conllevó una desestructuración de la familia tal y como hasta entonces era entendida. De este modo, los niños harán su vida en  la calle hasta la edad de trabajar. También gran parte de las actividades de la vida de los adultos, los varones fundamentalmente, se realizarán fuera del hogar –si bien esta palabra referida a las viviendas de las familias obreras no deja de ser un eufemismo–, con lo que aumentará considerablemente la prostitución, el juego –expresamente prohibido a los obreros por las autoridades muncipales– o el consumo de alcohol (para la época, 100.000 litros de aguardiente y 1.650.000 litros de vino al año).

Las condiciones de vida de la clase obrera alcoyana eran de absoluta la miseria. Y será la lucha por sobrevivir la que propiciará que los obreros, al compartir las consecuencias de la dominación y la explotación, al experimentar conjuntadamente el cúmulo de injusticias generalizadas apuntadas, se den cuenta de la comunidad de sus intereses, de la conciencia de pertenecer a una clase y de defender aquello que los identifica como tal. Solo, pues, remontándose a las consecuencias del proceso industrializador sobre el conjunto de la clase obrera alcoyana podemos buscar una explicación lógica sobre los hechos del Petrolio. Ahora bien, ¿significa esto que necesariamente la situación generalizada de miseria en que vivían los trabajadores alcoyanos debía desembocar en un estallido de esta magnitud? Porque los hechos de julio de 1873 no son en absoluto espontáneos, sino que responden a una estrategia perfectamente definida: nos encontramos nada más que ante la primera huelga general revolucionaria que tuvo lugar en España. Y eso nunca es resultado de la improvisación. En otros lugares gran parte de la población vivía en condiciones similares y naturalmente que se producían disturbios y acciones de protesta, pero no superaban la demanda de aumento de salario y reducción de la jornada laboral ni llegaban a cuestionar el propio sistema, como sí sucedió en Alcoi. ¿Por la presencia de la Internacional? Evidentemente. Pero de ahí en absoluto hay que deducir que sea necesaria la irrupción de un partido o una organización –la Internacional en este caso– para que, gracias a su acción, los trabajadores «descubran» su conciencia de clase y sus intereses «reales» (como si esto fuera algo inherente al trabajador como ser humano). Por tanto, el Petrolio no es otra cosa que el resultado de un largo proceso de luchas y experiencias compartidas –que arranca con los inicios de la industrialización y mantiene tradiciones anteriores arraigadas en el seno de la comunidad– para conseguir una mejora en las condiciones de vida que, en un momento histórico concreto, converge con el ideario de una minoría política «consciente» (la Primera Internacional) hasta el punto de que las aspiraciones de unos y otros se unen para compartir ideario.

El Petrolio fue la lucha de una clase contra otra, la lucha de dos mundos cada vez más distintos y, lógicamente, más hostiles. En 1873 la distancia la manera de vivir de los obreros y la de los fabricantes y propietarios, lejos de haber disminuido, era todavía mayor que en los inicios de la industrialización. Un ejemplo: mientras que algunas tiendas de ultramarinos anunciaban en la prensa de la época que ya estaban a la venta productos como el chocolate o el queso (a 18,79 reales el kilo el primero ya 10,43 el segundo), los tejedores que poseían un telar cobraban entre 10 y 14 reales por día por una jornada laboral de hasta dieciséis horas y los papeleros, con una media de 10 horas (las duras condiciones en que se desarrollaba su trabajo no permitían hacer más) difícilmente superaban los 10 reales diarios. Y estamos refiriéndonos a los oficiales. Los aprendices venían a cobrar un 30 o un 40 por ciento menos, las mujeres un tercio del diario de los varones, y los niños alrededor de 0,75 reales. En todas las actividades cotidianas los trabajadores se encontraban completamente apartados de la burguesía y el tiempo era distinto entre unos y otros, tanto en los centros de producción como fuera de ellos. La burguesía, además, no reparaba a la hora de hacer alarde de su forma de vida –es más: era necesario que así fuera para que cada uno supiera cuál era su lugar en la sociedad–, una vida bastante más cómoda y placentera en la que los obreros no podían acceder y que se apreciaba en la vivienda, el vestido, la comida, la manera de ocupar el tiempo libre…

Por tanto, no es que llegase la Internacional a Alcoi y «convirtiera» a los trabajadores a su «credo» (el Círculo Católico de Obreros tenía más medios y ya contaba con local propio antes de que la AIT). Las ideas que esta preconizaba arraigaron con fuerza porque se identificaban con los valores que los obreros habían elaborado desde su propia experiencia. Lo que sí hizo la AIT es, sobre todo, que los trabajadores se enteraran de que, en otros lugares, otras personas como ellos compartían ideas y valores similares y que en algunos su lucha tenía éxito y se conseguían mejoras económicas y laborales que no eran más que el primer paso hacia una nueva sociedad en la que «no habrá ni papas, ni reyes, ni burgueses, ni curas, ni militares, ni abogados, ni jueces, ni escritores, ni políticos; pero sí una libre federación universal de libres asociaciones obreras, agrícolas e industriales.» (Circular núm. 8). Una de las ideas centrales del mensaje internacionalista-bakuninista es el respeto a la individualidad.

Huelguistas en una fábrica según un grabado de “La Ilustración Española y Americana” (1 de agosto de 1873). Lo cierto es que ninguna fábrica fue incendiada.

Huelguistas en una fábrica según un grabado de “La Ilustración Española y Americana” (1 de agosto de 1873). Lo cierto es que ninguna fábrica fue incendiada.

En este estado de cosas, el 8 de julio de 1873, entre ocho y diez mil trabajadores de Alcoi y la vecina localidad de Cocentaina se sumaron al paro que, desde el mes de abril, llevaban a cabo los trabajadores papeleros de Els Algars (Cocentaina) en demanda de la jornada laboral de 8 horas y un aumento salarial de dos reales diarios.

Mayores propietarios detenidos como rehenes según un grabado de “La Ilustración Española y Americana” (1 de agosto de 1873).

Mayores propietarios detenidos como rehenes según un grabado de “La Ilustración Española y Americana” (1 de agosto de 1873).

Ese mismo día, y ante el cariz de los acontecimientos, el alcalde –el republicano federal Agustín Albors– telegrafió al gobernador civil pidiendo el envío de tropas y reunió a los principales contribuyentes para preparar un plan de defensa. Los trabajadores se concentraron frente al ayuntamiento el día 9, y una comisión de los huelguistas –encabezada por el miembro de la Comisión Federal Severino Albarracín– se entrevistó con las autoridades sin conseguir acuerdo alguno. Según fuentes de la época, Albarracín ordenó a los obreros concentrados que se armaran, lo que provocó el nerviosismo de los guardias apostados en el campanario de la iglesia de Santa María (en la actual plaza de España), quienes abrieron fuego contra la multitud. Un trabajador resultó muerto y unos cuantos más heridos. Inmediatamente comenzaron las barricadas y grupos de internacionalistas se dirigieron a las casas de los principales contribuyentes deteniéndoles en calidad rehenes.

La intransigencia de la patronal y de las autoridades, que se negaron a negociar en esas condiciones, complicó todavía más las cosas. Comenzaron los enfrentamientos y los huelguistas decidieron incendiar la Casa Consistorial para obligar a rendirse a los allí reunidos. También se rociaron con petróleo e incendiaron algunas casas desde las que se disparaba a los obreros. De ahí que estos hechos se conozcan popularmente como El Petrolio (de petroli, petróleo en valenciano, o catalán, que tanto da que da lo mismo).

El día 10, tras más de veinte horas de lucha, los guardias municipales que se encontraban en el campanario se rindieron al quedarse sin munición, lo que permitió a los internacionalistas hacerse con el control de la plaza. Los guardias que más se habían significado fueron asesinados. La gente estaba tan exaltada que incluso algunos dirigentes de la AIT tuvieron que poner orden. Por fin, antes del mediodía consiguieron entrar en el ayuntamiento. Algunos de los que allí se encontraban murieron en el primer enfrentamiento. Albors, no obstante, se resistió y disparó contra los amotinados, tratando luego de escapar por aquellos espacios que el fuego había dañado. Cuando finalmente lo encontraron, toda la indignación se volcó contra él y fue muerto de forma violenta, siendo su cadáver arrastrado por las calles. Además del alcalde, quince personas más resultaron muertas, siete de las cuales eran guardias civiles y tres huelguistas.

Muerte de Agustín Albors según un grabado de “La Ilustración Española y Americana” (1 de agosto de 1873).

Muerte de Agustín Albors según un grabado de “La Ilustración Española y Americana” (1 de agosto de 1873).

Con el fin de Albors acabó la lucha y los internacionalistas comenzaron a dejar en libertad a los rehenes a cambio de 25.000 duros, cantidad que, según la Comisión Federal, era para reparar los daños producidos y pagar los salarios de los huelguistas. Pero la operación se suspendió al saberse que las tropas del ejército se aproximaban a Alcoi. Finalmente, estas entraron en la ciudad el día 13 sin encontrar resistencia alguna.

Durante unos días, sin embargo, Alcoi estuvo en manos de la Internacional, ya que las tropas tuvieron que marchar a Cartagena para abortar el cantón allí proclamado. En ese lapso de tiempo, se logró un acuerdo que contenía algunas mejoras laborales y económicas para los obreros, acuerdo que se suprimió pocos días después cuando las tropas regresaron a la ciudad.

Sobre la clase obrera alcoyana se desató una dura represión y se instruyó un sumario en el que fueron encausados entre 500 y 700 trabajadores, de los que 286 acabaron siendo procesados y, muchos de ellos, encarcelados acusados de 110 delitos. La mayoría fueron encerrados en Alicante, a donde se les trasladó a pie y atados. Las condiciones de vida se endurecieron todavía más. La absolución total de los encarcelados no llegó hasta 1881, fecha en que esperaban aún sentencia veinte procesados

Publicada originalmente en: https://musicadecomedia.wordpress.com/2015/07/13/el-petrolio-la-primera-huelga-general-revolucionaria-de-espana/