Esperando a ser fusilado (o no)

Presos en la cárcel Modelo de Barcelona (1946).

Formaron como todas las mañanas. Había unos militares, unos soldados y un oficial, o suboficial, Sam no supo adivinar la graduación. En cuanto les vieron todos sabían que estaban esperando a los que iban a fusilar en el Campo de la Bota. O casi todos, a Sam se lo tuvieron que explicar. Por algún motivo no habían podido llegar antes. Luego se enteraron de que se les había estropeado la camioneta y no tenían otra, despertando a mitad noche al mecánico para que la arreglara. El deber ante todo, eran muchos los rojos a liquidar.

Antes de pasar lista, el oficial se dirigió a los presos.

―Los que vaya nombrando que salgan de la formación y se sitúen donde están aquellos soldados.

Sacó un sobre del bolsillo. Parsimoniosamente lo abrió, desplegó la cuartilla que había en su interior, se puso las gafas, se quedó mirando los nombres que en ella figuraban, miró luego a los reclusos, todos con los ojos puestos en el papel, esperando que su nombre no figurara en la lista, pronto necrológica. Encendió un cigarrillo, dio una honda calada y se puso a leer en voz alta.

―José… ─hizo una pausa.

José es un nombre muy común y obviamente un número elevado de presos se llamaba así. Los rostros de los que no se llamaban José mudaron la expresión, los tensos músculos se relajaron. Solo unos instantes, pues no sabían cuántos nombres incluía esta vez la lista, aunque desde luego más de uno. Los que se llamaban José, en cambio, estaban rígidos, nerviosos.

―José Martínez… ─y otra pausa.

Cuatro se llamaban José Martínez. La mayoría giró la vista buscándolos. ¿Cuál de los cuatro sería? En la fila de delante de Sam un hombre no mucho más mayor que él se puso a temblequear, sus piernas parecía que no le sostendrían mucho tiempo. Era uno de ellos, de los cuatro que respondían por José Martínez. Faltaba el último apellido.

―¡La vista al frente, coño! ─gritó el oficial─. ¡Vaya panda de miedicas! No me extraña que estéis todos aquí. Sigamos ─y volvió a dar una calada al cigarrillo, lenta, recreándose con el humo, jugando con él en su boca.

―¡Será cabrón! ─dijo España, que estaba al lado de Sam.

―¡Silencio, hostias! ¡A ver! José Martínez Riutort.

Nadie se movió. El hombre que estaba delante de Sam, más petrificado todavía, empezó a decir con voz entrecortada y entre sollozos No, no, no… Era el seleccionado.

―¿Qué pasa? ¿Nadie se llama José Martínez Riutort? ─clamaba el oficial─. ¿O es que no tenéis lo que un hombre debe tener? ¡Sois todos unos maricones!

El militar se dio cuenta inmediatamente de donde estaba. Seguía temblando de miedo y repitiendo No, no, no… Lloraba.

―Vaya por Dios, ahí está. Miradlo. Como una nenaza. ¿Así defiendes tus ideas? ¿Ese es tu compromiso? ¡Sal de ahí, inmediatamente!

Se dirigió hacia él y lo sacó de la fila a empujones. Dos soldados se lo llevaron. Continuó leyendo. Tres nombres más. Cuatro reclusos menos. Se fueron y el funcionario de turno procedió al habitual recuento.

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Manuel Cerdà: Fragmento de mi novela Adiós, mirlo, adiós (Bye Bye Blackbird) (2016).

El museo de mamá, la CIA y el expresionismo abstracto

Tres damas de la alta sociedad, tan altruistas ellas y tan sensibilizadas con los graves problemas que sufría en aquellos momentos la sociedad estadounidense (la Bolsa de Wall Street se había hundido hacía poco), fueron las responsables de que el 7 de noviembre de 1929 abriera sus puertas por primera vez el Museo de Arte Moderno de Nueva York (MoMA). Eran las mecenas y coleccionista de arte Lillie P. Bliss, la galerista y coleccionista Mary Quinn Sullivan, y Abby Aldrich Rockefeller, de profesión su apellido, casada con el multimillonario John Davison Rockefeller, Jr.

El edificio Heckscher (esquina de la Quinta Avenida y la calle 57), primera sede del MoMA. A la derecha el hotel Plaza.

El MoMA, el primer museo de arte moderno del mundo, nació con la finalidad de potenciar “las artes visuales de nuestro tiempo”. Pero no cualquier arte visual. Con el tiempo –cada vez más aquel proveniente de las tendencias abstraccionistas, es decir, “el arte por el arte”, sin contacto con la realidad, una especie de ente metafísico que se rige por sus propias leyes. También –cómo no– para arrebatar a París el título capital mundial del arte, que pasaba a Nueva York, la gran potencia del mundo tras el fin de la Primera Guerra Mundial.

Nelson Rockefeller, que fue director de MoMA durante las décadas de 1950 y 1960, veía el MoMA como una parte de su propia familia, hasta el punto de que lo llamaba “el museo de mamá”. Tras la Segunda Guerra Mundial –como cuenta, y demuestra, Frances Stonor Saunders en su libro La CIA y la guerra fría cultural (1999)– la CIA encontró en el MoMA un fiel colaborador en su campaña para crear un frente cultural “democrático” en su batalla “por la conquista de la mente humana”, como afirmaría más tarde Kennedy.

Jackson Pollock, Mark Rothko y Franz Kline.

La CIA y el MoMA invirtieron vastas sumas de dinero en la promoción de la pintura abstracta expresionista y los pintores correspondientes como un antídoto contra el arte con contenido social. En palabras del propio Nelson Rockefeller, “la pintura de la libre empresa”. Exposiciones fuertemente subvencionadas de pintura expresionista abstracta fueron organizadas por toda Europa, se movilizó a los críticos de arte y las revistas especializadas publicaron como artículos y  venga artículos llenos de generosos elogios.

Y así acabaron aquellos pintores que fueron utilizados para tal fin, ajenos a los tejemanejes que unos y otros se traían entre manos. Pollock murió en un accidente de coche, conducía borracho, como solía estar siempre, se convirtió en un alcohólico. Rothko, enganchado a los tranquilizantes y el alcohol, terminó suicidándose. También Franz Kline se mató con el alcohol. La fama les había encumbrado; la fama les destruyó. Además, con espurios fines.

Miguel de Molina: “Marica no, maricón”

Miguel de Molina. Buenos Aires, 1943. Fotografía de Anne Marie Henrich.

Corría el año 1939. Hacía unos meses que aquellos militares que en 1936 se habían levantado contra la República habían conseguido el poder tras una cruenta guerra civil. Habían vencido –que no ganado– pero conservaban íntegras sus ansias de venganza, su odio y su fanatismo. La represión, plagada de arbitrarias y largas condenas y de asesinatos, no había hecho más que empezar.

El 10 de noviembre de dicho año, el cantante Miguel de Molina, tras finalizar su función de tarde, se disponía a abandonar el Teatro Pavón de Madrid cuando tres hombres le esperaban. No se identificaron. Sin contemplaciones, lo metieron en un automóvil y se dirigieron a los altos de la Castellana. Una vez allí, lo sacaron del coche y le dieron una brutal paliza, le golpearon con la culata de una pistola –uno de los golpes le rompió dos dientes–, le raparon la cabeza a tirones y le metieron en la boca un frasco con aceite de ricino mezclado con vaselina, que hubo de apurar. Eso le pasaba, le gritaron, “por maricón y por rojo”. Luego se marcharon, dejándolo allí tirado, posiblemente creyendo que estaba muerto. Como pudo, consiguió llegar hasta la carretera y parar un taxi, que le devolvió al teatro. El empresario, un tal Prieto, falangista camisa vieja, pretendía que hiciese la función de noche: con un pañuelo en la cabeza, decía, no se notaría el estropicio…. En la Guerra Civil, finalizada siete meses atrás, Molina y Amalia Isaura, su pareja artística, habían actuado para las tropas de la República en el frente de Teruel, en la retaguardia y en los hospitales. Ahora empezaban a pagarlo.

Varios días después tuvo que actuar en el Teatro Cómico, donde el Frente de Juventudes (falangistas) le abucheaba. “Marica, marica”, le gritaban. Miguel de Molina hizo callar a la orquesta, se acercó a las candilejas y respondió: “Marica no, maricón”.

Miguel de Molina terminó marchándose de España en 1942 con la compañía de Lola Membrives. En Buenos Aires montó un negocio de antigüedades y se dedicó de nuevo al espectáculo, aunque al principio no lo tuvo nada fácil. Hizo varias películas con Carmen Amaya y en 1952 protagonizó la película de carácter autobiográfico Esta es mi vida, gracias a la cual podemos verlo interpretando algunos de sus más famosas canciones.

Cuando Miguel se fue de España ya era una estrella de la canción española. Sus creaciones de La bien pagá y Ojos verdes, entre otras, le había encumbrado a lo más alto de la copla.

Miguel de Molina había nacido en Málaga en 1908 en el seno de una familia humilde. Empezó abajo del todo. Su madre, que se ganaba la vida fregando, hubo de educarle en una casa de misericordia y ni siquiera terminó los estudios primarios, pues se escapó del colegio para lanzarse a la aventura del espectáculo. A los 14 años, cambió Málaga por Algeciras, donde se hospedó y trabajó en el burdel de Pepa La Limpia. Al tiempo, cantaba y bailaba en tablaos y compañías de poca monta. Al principio alternaba, como otras grandes estrellas de la época, su arte de cantante con el de bailaor. En abril de 1934 encarnó al Espectro en una memorable versión de El amor brujo, de Falla, en el teatro Español de Madrid, con la Argentina, la Imperio y Vicente Escudero. El éxito ya no el abandonó.

Molina fue el primer hombre en cantar el repertorio de las cupletistas sin imitarlas, es decir, sin vestirse como ellas ni afeminar la voz ni el gesto. Se bastaba y se sobraba, no necesitaba imitar a nadie ni nada. Y se fue ganando el respeto hasta de los hombres más machos (no de todos, claro). Era único, una de las grandes figuras del espectáculo que no admitía comparaciones.

Tras la victoria facciosa, era consciente de que su carrera entraba en declive. Regresó a Barcelona, donde le montaron un espectáculo con música del maestro Padilla. Parecía que volvía a encontrar su sitio, pero tuvo que volver a Madrid. Los empresarios ya le habían advertido de que corría un grave riesgo si trataba de proseguir su carrera por su cuenta. Y así fue. Al poco, llegó el incidente que relatábamos al principio de la entrada.

Así pues, en 1942 dejó España. Se dirigió a Lisboa y embarcó hacia Buenos Aires. Allí triunfó, pero al poco llegó de nuevo la persecución a través de la embajada española y tuvo que salir de Argentina, no sin antes empeñar todo cuanto poseía. En 1943 se trasladó a México y se repitió la historia, creándose un frente encabezado por Cantinflas y Jorge Negrete para desprestigiarle. Volvió a Argentina tras una llamada de Eva Perón. Desde entonces, le llovieron los contratos y pasó a ser primera figura en toda Latinoamérica.

Pudo regresar en un par de ocasiones a España, aún bajo la dictadura franquista, seguramente protegido por Juan Domingo y Eva Perón. Una de ellas para ver a su madre, y otra en 1958, para trabajar en El Duende, el tablao de Pastora Imperio. En 1960, a los 52 años, decidió retirarse.

En 1989 se rodó una película titulada Las cosas del querer –que dirigió Jaime Chávarri y protagonizaron Ángela Molina y Manuel Bandera– que recuerda mucho su vida. En sus memorias, Botín de guerra, Miguel de Molina comentó al respecto: «Una de las últimas barrabasadas que debí sufrir fue que se hiciera en España una película titulada Las cosas del querer y que para publicitarla se lanzara indirectamente la idea de que era mi vida, sin pagarme un céntimo. Cuando intenté algún reclamo y el productor Luis Sanz aseguró que ‘se trataba de una obra de ficción y que cualquier parecido era pura casualidad’; no supe si reír o llorar de rabia”.

Miguel de Molina murió a los 86 años en Buenos Aires, donde está enterrado en el porteño cementerio de la Chacarita.

Que pasen un buen domingo.