Dachau: 70 años de la liberación del más emblemático de los campos nazis

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El campo de Dachau

Mañana, 29 abril, se cumplen 70 años de la liberación del campo de concentración de Dachau, el primero de los campos nazis, el único activo durante todo el tiempo que estos estuvieron el poder (1933-1945), prototipo de todos los demás y, por todo ello, el más emblemático.

Entró en funcionamiento el 22 de marzo de 1933 (Hitler había sido nombrado canciller el 30 de enero). En un principio sus prisioneros eran izquierdistas –comunistas sobre todo– y opositores al régimen nazi en general. Claro que ser opositor al régimen significaba muchas cosas, y a aquellos siguieron homosexuales, gitanos, testigos de Jehová y, por supuesto, judíos. Más tarde, albergó también a prisioneros de guerra, especialmente tras la remodelación de que fue objeto en 1937, cuando ya padecía serios problemas de hacinamiento.

Dachau poco después de su puesta en funcionamiento. / USHMM Photo Archives

Dachau poco después de su puesta en funcionamiento. / USHMM Photo Archives

A partir de entonces puede hablarse de dos campos en Dachau. El primero, denominado “Campo pequeño”, alojaba los desgraciados que habían sido trasladados de otros campos. El otro, de trabajo, era para prisioneros más sanos que los anteriores. Los del “Campo pequeño” eran en su mayor parte judíos a la espera de “la solución final”, concentrados aquí en los últimos meses, cuando los nazis empezaron a darse cuenta que lo más seguro era que perdieran la guerra; hasta entonces, no hubo prácticamente judíos en Dachau. A lo largo de su existencia, más de doscientas mil personas de todas las edades sufrieron infinidad de penalidades y al menos treinta mil murieron como consecuencia del trabajo forzado y las insalubres condiciones que tuvieron que soportar, o bien por torturas y ejecuciones.

Explanada sobre la que se levantó el campo de Dachau. A uno y otro lado de las hileras de cipreses estaban los barracones.

Explanada sobre la que se levantó el campo de Dachau. A uno y otro lado de las hileras de cipreses estaban los barracones.

El campo de Dachau es también símbolo de la connivencia de los alemanes con el nacionalsocialismo. No olvidemos que Hitler llegó al poder nada menos que con los votos de diecisiete millones de electores (el 43,9 por cien). Dachau, una pequeña ciudad de Baviera, de poco más de ocho mil habitantes, a 13 kilómetros de Múnich, el gran bastión nazi, recibió con suma satisfacción ser elegida como emplazamiento de tan macabra instalación. Todo el mundo estaba encantado y la prensa local destacaba las grandes “esperanzas para el mundo empresarial” que ello suponía. La gente se mostraba satisfecha de tener –así lo denominaba la propaganda nazi– “un campo modélico”. El paisaje elegido era ciertamente bello. El campo se levantó –sobre una  fábrica de pólvora en desuso– en lo que también fue una antigua colonia para artistas, atraídos por la luz difusa que se alzaba de la llanura pantanosa que hubiera hecho las delicias de los miembros de la escuela de Barbizón. Difícil imaginar que pudiera ser escenario de la brutalidad nazi, pero por su situación y cercanía a Dachau igual de difícil resulta imaginar que nadie sospechara que lo que ocurría allí dentro distaba mucho de lo que decía la propaganda oficial.

La liberación

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Soldados estadounidenses ante uno de los vagones que descubrieron atestados de cadáveres.

A las siete y media en punto del 29 de abril, un soleado domingo, las tropas estadounidenses salieron de Großinzemoos –donde estaban apostadas, a unos cuarenta kilómetros de Múnich– camino a Dachau. Habían recibido la orden el día anterior. Al llegar a Dachau mucha gente en la calle les saludaba entusiastamente. Tras algunos enfrentamientos, una patrulla de Inteligencia y Reconocimiento llegó a las afueras del campo de concentración. Desde las torres de vigilancia, los soldados alemanes dispararon su metralleta. Los estadounidenses contestaron y los sometieron rápidamente. Junto a las vías del tren encontraron estacionados más de veinte vagones. Al abrirlos vieron que estaban atestados de cadáveres: hombres, mujeres, niños, viejos, jóvenes, de todas las edades, amontonados, en todas las posiciones posibles, esqueletos revestidos de piel, la mayoría de rostros demacrados y expresión horrorizada. Los cuerpos caían en avalancha, eran ligeros, livianos, y estaban apelotonados sobre las puertas, llenas de arañazos. Les había dejado encerrados a todos sin comida ni bebida.

Unos soldados llegaron a la Jourhaus, como se denominaba el edificio de acceso al campo que albergaba las dependencias administrativas y de mando, la única entrada al campo, presidida por una gran águila sobre una cruz gamada en el centro de una corona de laurel, por donde todos los prisioneros tuvieron que pasar necesariamente y cruzar las puertas de hierro forjado que exhibían la leyenda “El trabajo os hará libres”. Ni un tiro. Los SS que habían disparado durante la primera aproximación se pusieron en fila con las manos sobre la cabeza, tras la alambrada, vigilados por los infantes norteamericanos. Solo voces: Die sind da! Die Amerikaner! Die Amerikaner! Die sind da! Un par de SS les abrieron. Saludaron. Entraron los soldados, al frente de los cuales estaba Félix L. Sparks, un comandante de batallón del 157 Regimiento de Infantería de los Estados Unidos. Transcurrieron unos minutos, no muchos, dos o tres. Salieron con varios miembros de las SS y soldados alemanes manos en alto. Se rendían. Entregaban el campo. En la misma entrada se encontraban los primeros presos liberados, miembros del Comité Internacional de Prisioneros que estos habían puesto en marcha el mismo mes de abril ante los continuos rumores de una pronta intervención aliada.

Prisioneros de Dachau el día de su liberación.

Prisioneros de Dachau el día de su liberación.

Nada más cruzar la Jourhaus se accedía a una amplia explanada en la que se pasaba lista varias veces al día a los prisioneros. Estaba vacía. De los treinta y dos barracones, que se alineaban frente a la misma en dos largas hileras de dieciséis cada una, empezó de pronto a salir gente, y más gente. De cualquier lugar aparecían prisioneros, casi todos con el uniforme de franela a rayas azules y blancas, pelados la mayoría. Los primeros en ocupar la explanada gritaban locos de alegría y se abrazaban a sus libertadores; su aspecto era bastante saludable. Libres, somos libres, exclamaban, mientras confraternizaban con los soldados, que les ofrecían cigarrillos, chicles, agua, lo que llevaran encima. Les manoseaban, eran reales, al fin habían llegado. A medida que el recinto iba llenándose la apariencia de los prisioneros se volvía más enclenque, sus fuerzas ya no daban para más y caminaban pausadamente, arrastrándose prácticamente. Pronto estuvieron rodeados de cadáveres vivientes, esqueléticos, famélicos. Todos parecían ser muy viejos. Algunos les miraban extrañados, es posible que no se dieran cuenta de lo que estaba sucediendo. Seguían existiendo pero habían dejado de vivir hacía mucho tiempo, eran idénticos a los muertos que habían descubierto en los vagones, los mismos ojos, inmensos, más grandes que sus órbitas, la misma mirada perdida.

Soldados norteamericanos junto a una de tantas pilas de cadáveres que encontraron.

Soldados norteamericanos junto a una de tantas pilas de cadáveres que encontraron.

Avanzaron por la calle central, adornada a una y otra parte por álamos que habían plantado los propios presos. Entraron en un barracón. Docenas de seres mugrientos que no se podían mover se hacinaban en los camastros de tres pisos, en unas celdillas, nichos, donde apenas cabían; algunos tumbados en el suelo. Entraron en otro. Lo mismo. Cada barracón tenía capacidad para poco más doscientas personas pero en cada uno se hacinaban más de mil. En el de enfermería, más de novecientas personas prácticamente agonizaban. Un pestilente olor embotaba los sentidos. Había gente que gemía sin cesar y entre los que estaban tumbados resultaba difícil saber quién estaba muerto y quién no.

Fotografía que muestra supuestamente la ejecución de las tropas de las SS en un depósito de carbón en la zona del campo de concentración de Dachau durante su liberación. / US Army

Fotografía que muestra supuestamente la ejecución de las tropas de las SS en un depósito de carbón en la zona del campo de concentración de Dachau durante su liberación. / US Army

Cadáveres por todas partes, totalmente desnudos. Centenares. A montones. Se escucharon repetidas ráfagas de metralleta. Unos soldados estadounidenses habían disparado contra un grupo de Waffen SS que permanecían escondidos y los habían detenido. Al llegar a la explanada junto a la Jourhaus los infantes estadounidenses encañonaban con sus armas a unos cuarenta soldados alemanes. Los prisioneros avanzaban hacia ellos. Los norteamericanos no sabían qué hacer, asustados al ver aquella marea de gente silenciosa y decidida, con la mirada fija en sus captores. El teniente al mando les dijo que bajaran las armas y se apartaran de allí. Los prisioneros siguieron aproximándose, lentamente, para ver bien los rostros de aquellos criminales, para comprobar si también sentían miedo, si al igual que ellos temían una muerte cruel, injusta e innecesaria. El cerco se estrechaba. Los soldados norteamericanos escucharon los gritos, de unos y de otros, las imprecaciones y las lamentaciones. Al poco, con idéntica parsimonia, los prisioneros volvieron a sus barracones. Los cuarenta alemanes habían sido linchados.

Unos de los barracones el día de la liberación.

Unos de los barracones el día de la liberación.

Sobre el mediodía la situación parecía estar totalmente controlada. Casi cuatrocientos soldados alemanes eran ahora los prisioneros; algunos estaban heridos. Por megafonía, el comandante se dirigió a los treinta y dos mil prisioneros que poblaban el campo explicándoles que eran libres pero que era necesario esperar la llegada de los sanitarios y que se necesitaba tiempo y control para organizar la evacuación de todos ellos. No esperaban encontrarse con una situación tan espeluznante, añadió. Se oyeron nuevas ráfagas de ametralladora. Alguien dijo que un teniente había ordenado disparar sobre los soldados alemanes junto a las vías del ferrocarril.

Llegaron al poco los sanitarios. Llevaban consigo unos depósitos de DDT y con una especie de manguera rociaban a todo el mundo, soldados y prisioneros, con desinfectante por todo el cuerpo, por entre las mangas, las perneras, por debajo de la ropa. Otros, mientras, fumigaban los barracones. Empezaron a poner inyecciones contra el tifus, la disentería, contra cualquier enfermedad infectocontagiosa para la tuvieran un posible antídoto. Pronto, sin embargo, se acabaron las existencias.

Los prisioneros de mejor condición física ayudaban a los soldados en la penosa tarea de sacar muertos de todas partes apilándolos para no sabían muy bien qué finalidad posterior. El número de cadáveres parecía no terminar nunca; en los vagones, junto al crematorio –que parce que nunca llegó a estar activo–, entre las hileras de barracas de madera, por todas partes yacían cuerpos descomponiéndose.

Civiles de Dachau transportando cadáveres a los carromatos.

Civiles de Dachau transportando cadáveres a los carromatos.

Los víveres del municipio de Dachau fueron requisados por el ejército estadounidense para poder alimentar a los internos del campo. También sus habitantes fueron movilizados para las labores de limpieza y saneamiento, debiendo sacar los centenares de cadáveres que seguían apiñados en los vagones de la muerte y por cualquier parte. Con las manos desnudas, en volandas, los depositaban en un carromato. Treinta y dos carros habían sido llevados del pueblo a tal efecto. Se llenaban rápidamente, los cuerpos no pesaban, solo eran huesos y piel, pero seguía habiendo montones. Algunos empezaban a estar medio descompuestos.

Civiles de Dachau en una de sus visitas obligadas al campo.

Civiles de Dachau en una de sus visitas obligadas al campo.

Además de obligar a los vecinos a vaciar de cadáveres del campo y exhibir por las calles de la localidad los cuerpos de aquellos infelices, los soldados empezaron a exigir a la población civil la visita al campo para que por sí mismos constatasen hasta qué punto, con su apoyo al nazismo y su indolencia, habían colaborado en la que consideraban la mayor monstruosidad perpetrada por los seres humanos en toda la historia. No creían que estando tan cerca del campo les hubiera podido pasar desapercibida tanta salvajada. Ya en Berlín, pegaron carteles von unas fotografías del campo de concentración de Dachau en las que se veían los montones de cuerpos esqueléticos que horrorizaron a los soldados estadounidenses y dieron lugar a los episodios de venganza del primer día de ocupación. Las imágenes eran de lo más explícitas y bajo ellas, en gruesos caracteres, figuraba impresa la pregunta ¿Quién es el culpable? Un poco más adelante otro cartel respondía a la pregunta del primero: ¡Esta ciudad es culpable! ¡Vosotros sois culpables!, se leía.

Mayo del 68 (3): Prohibido prohibir

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El origen inmediato de los hechos de Mayo del 68 fue un conflicto estudiantil: el día 2 de mayo –cuando aún sonaban las voces de centenares de miles de personas que se habían manifestado el día antes, Primero de Mayo, en las principales ciudades francesas– los estudiantes ocuparon las aulas de la Universidad de Nanterre, a las afueras de París, un campus creado ex profeso para dar cabida al cada vez mayor número de jóvenes que, al amparo del boom económico, accedían a la Universidad. El número de estudiantes universitarios franceses al término de la Segunda Guerra Mundial era de menos de 100.000 y en 1960 ya estaba por encima de los 200.000 (en el curso de los diez años siguientes se triplicaría hasta llegar hasta los 651.000).

París: 1º de Mayo de 1968.

París: 1º de Mayo de 1968.

Ya con anterioridad a la ocupación de Nanterre habían tenido lugar en París otros actos de protesta. En noviembre de 1967 entre 10.000 y 12.000 estudiantes se declararon en huelga en repulsa contra la masificación que afectaba a la Universidad, y el 22 de marzo de 1968 ocho estudiantes irrumpieron en el decanato como forma de mostrar el malestar por la detención de seis compañeros del Comité Nacional de Vietnam. En ambos casos participó de forma activa un joven estudiante de sociología que poco después se convertiría en uno de los más significativos líderes de los hechos de mayo: Daniel Cohn-Bendit, entonces anarquista convencido. Asambleas, mítines y manifestaciones se sucedieron a lo largo de abril. Pero aquella ocupación del 2 de mayo se generalizó rápidamente, los estudiantes empezaron a concentrarse en la plaza de la Sorbona con los de Nanterre, las autoridades académicas se asustaron y acabó de manera distinta a todas las acciones que la habían precedido: la policía cerró las puertas de la Sorbona y detuvo a varios estudiantes. La Sorbona cerró (no lo había hecho antes excepto cuando los nazis ocuparon París en 1940).

Enfrentamientos con la policía en el Barrio Latino el 6 de mayo de 1968.

A partir de aquí, todo se acelera. El día 6 (conocido como el “lunes sangriento”) más de 5.000 estudiantes se dirigieron a la Sorbona exigiendo la liberación de sus compañeros.  El enfrentamiento con la policía no se hizo esperar. Unas veces, los policías conseguían hacer retroceder un centenar de metros a los manifestantes; otras, eran ellos los que retrocedían. El aire era irrespirable a causa de las granadas lacrimógenas. Su gas entraba incluso en los pocos cafés que estaban abiertos por debajo de las puertas, que se aprestaron a cerrar. Con la llegada de la noche el boulevard Saint-Germain, desde la plaza Maubert-Mutualité hasta Saint-Germain-des-Prés, se convirtió en el escenario de un enfrentamiento que la capital francesa no recordaba haber presenciado en mucho tiempo. Resultado: 422 detenidos y 345 policías heridos, según cifras oficiales.

Lo desmesurado de la represión no hizo sino aumentar la popularidad del movimiento estudiantil y su respaldo. Al día siguiente banderas rojinegras colgaban del Arco de Triunfo y la Internacional se escuchaba por las calles. Para esa tarde se convocó una gran manifestación por parte de la Unión Nacional de Estudiantes de Francia (UNEF), el Sindicato Nacional de Enseñantes y el Movimiento 22 de marzo para protestar por el cierre de la Sorbona, el comportamiento de la policía y las detenciones indiscriminadas de estudiantes. Sus tres representantes –Jacques Sauvageot, Alain Geismar y Daniel Cohn-Bendit– se convertirían en las cabezas visibles de la revuelta, que no en sus representantes, pues el movimiento hacía hincapié en la soberanía de las bases y se apoyaba en comités de acción locales que abarcaban desde los grupos de estudio y de las facultades a los comités de barrio. El Barrio Latino se encontraba en estado de sitio. Las barricadas fueron atacadas por la policía con gases lacrimógenos y granadas CS. La lucha duró toda la noche. Los obreros comenzaron a ver el movimiento como algo más que una algarabía estudiantil. La prensa hablaba de “miles de personas ayudando a construir barricadas… mujeres, obreros, contestatarios, gente en pijama, cadenas humanas llevaban piedras, madera, hierros…”.

Louis Aragon pasa el megáfono a Daniel Cohn-Bendit. Boulevard Saint-Michell, 9 de mayo.

Louis Aragon pasa el megáfono a Daniel Cohn-Bendit. Boulevard Saint-Michell, 9 de mayo.

El miércoles 8 el Partido Comunista se pronuncia a favor del movimiento que hasta entonces había considerado cosa de “hijos de la gran burguesía, despectivos hacia los estudiantes de origen obrero”. Ese día, y el siguiente, continuaron las manifestaciones y las asambleas. Los incidentes fueron escasos, los estudiantes ofrecían la imagen de estar perfectamente organizados y de poder controlar el movimiento. El gobierno, sorprendido por la evolución de los acontecimientos, optó por el silencio, como si nada hubiera pasado, creyendo –o deseando creer– que regresaba la “normalidad”. Los intentos de negociar la libertad de los detenidos fracasaron y el gobierno se negó a hablar con Cohn-Bendit. Una nueva movilización se fijó para la tarde del 10 de mayo.

El Barrio Latino la noche 10 de mayo.

El Barrio Latino la noche 10 de mayo.

La convocatoria del 10 de mayo fue un éxito. Anochecía y el Barrio Latino era un hervidero. En los alrededores de la Sorbona veinte mil estudiantes coreaban consignas contra De Gaulle, la policía, las autoridades académicas y a favor de la liberación de los detenidos. La zona estaba tomada por las fuerzas de seguridad. Se empezaron a levantar barricadas, que –como en 1830, 1848 o durante la Comuna– volvían a ser protagonistas. Tras ellas una multitud de descontentos, indignados, que no cesaba de protestar. A las diez y cuarto de la noche se levantó la primera barricada en la calle Le Goff. Se intentó negociar, pero sin resultado. Los estudiantes siguieron construyendo barricadas; se calculaba que pasada la media noche había más de cincuenta.

La policía en la madrugada del 10 de mayo en el Barrio Latino.

La policía en la madrugada del 10 de mayo en el Barrio Latino.

Sobre las dos de la madrugada la policía atacó con tanta o más ferocidad que el lunes. Los enfrentamientos de esa noche –que pasaría a ser conocida como la de las barricadas– superaron con creces los violentos choques del día 6. La radio retransmitía prácticamente en directo la batalla campal, especialmente Europa 1: los disparos de bombas lacrimógenas y balas de goma, el sordo ruido de los estallidos de los depósitos de gasolina de los coches, el lanzamiento de adoquines y cócteles molotov por parte de los manifestantes, sus quejidos tras resultar heridos y, sobre todo, la agresividad con que se empleaban los policías, agrediendo sin contemplación a cualquiera que encontraran a su paso; de su brutalidad no se libraban ni las mujeres embarazadas. Un periodista de Europa 1 refería que los policías maltrataban a los detenidos, arrestaban a los heridos de las camillas y seguían a los enfermeros hasta las casas particulares para hacer lo mismo con los lesionados que se hubieran refugiado en ellas. Tal fue la acometida que gran parte de los vecinos se solidarizó con los estudiantes echando agua a la calle para despejar la pesada y viscosa atmósfera y abriéndoles las puertas de sus casas. La lucha se prolongó hasta las cinco y media de la madrugada, momento en que la CRS consiguió despejar las barricadas, eso sí, tras haberse producido mil heridos y practicado casi quinientas detenciones.

En la mañana del sábado carros blindados empezaron a limpiar las barricadas en el Boulevard St. Germain, siendo increpados e insultados por la gente. Se convocó una huelga general para el lunes siguiente. El Partido Comunista lanzó un llamamiento a los trabajadores y al pueblo de Francia para una respuesta masiva a la represión. Cohn-Bendit había pedido por la radio la convocatoria de una huelga general. Venciendo o tratando de aparcar las suspicacias que sus dirigentes hacia el movimiento estudiantil, la CGT (Confederación General del Trabajo), la poderosa organización sindical procomunista, junto a la CFDT (Confederación Francesa Democrática del Trabajo), próxima al Partido Socialista Unificado, convocaban la huelga general para el lunes 13. El movimiento se extendía.

Mayo del 68 (2): Los tiempos están cambiando

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Xavier Miserachs 1968 ©

Como respuesta a esta nueva forma de vida surgida tras la Segunda Guerra Mundial y a una cultura cada vez más “oficial” (bendecida desde todas las instancias) nacen dos grandes movimientos contraculturales. Uno se articulará alrededor de la música sobre todo: el pop-rock, la psicodelia. El movimiento hippie buscará reemplazar la organización familiar tradicional, de rígidas normas de conducta, por una vida comunitaria, optando por una vestimenta informal y descuidada e incorporando el uso de las drogas como medio para liberarse de la realidad opresora. Su símbolo sería el festival de Woodstock (1969), en Vermont (EE UU). El otro gran movimiento buscará referentes políticos y tratará de adecuar las tradicionales posiciones de la izquierda revolucionaria a los nuevos tiempos, estando fuertemente marcado por ellas y por el antiimperialismo, el anticolonialismo y la lucha por acabar con las desigualdades. Estos jóvenes leían a Marx, a Marcuse, a Sartre… Su símbolo sería el Mayo del 68 francés.

La década de 1960 del siglo XX fue, pues, diferente a todas las anteriores y mostró al mundo que esa sociedad surgida del Estado de bienestar no era más justa e igualitaria que las anteriores, ni menos represiva. Los jóvenes se sentían descontentos con el presente que vivían, lleno de trabas y convencionalismos de todo tipo, y desconfiaban del futuro que les esperaba. El movimiento de crítica radical tuvo su máxima expresión en el Mayo del 68 francés, pero ese mismo año fue el que asesinaron a Martin Luther King y Robert F. Kennedy, tuvo lugar la invasión de Checoslovaquia y la matanza de la plaza de las Tres Culturas en México D.F. Estos acontecimientos reflejaban, pues, que los tiempos estaban cambiando, parafraseando la famosa canción de Bob Dylan (The Times They Are a-Changin’, 1964):

screen-shot-2013-10-11-at-12-13-29-amVengan padres y madres de alrededor de la tierra

y no critiquen lo que no pueden entender,

sus hijos e hijas están fuera de su control,

su viejo camino envejece rápidamente,

por favor, dejen paso al nuevo si no pueden echar una mano

porque los tiempos están cambiando.

El cambio fue, sobre todo, cultural. Por primera vez en la historia empieza a crearse una cultura específicamente juvenil, cada vez más potente, consecuencia del profundo cambio en la relación existente entre las distintas generaciones. La juventud pasa a ser ahora en un grupo social independiente, algo que nunca había sucedido, y será la protagonista indiscutible de radicalización política de los años sesenta. La juventud dejaba de ser un simple estado que anticipaba la edad adulta. “Espero morir antes de llegar a viejo”, decían The Who en My generation. Aquellos jóvenes creían –así habían visto que sucedía con sus padres– que a partir de los treinta años la vida se encorsetaba, se volvía monótona y acomodaticia, y expresaban en sus acciones la insatisfacción por vivir en una sociedad de consumo en la que todo era mercancía y espectáculo. No eran conscientes, sin embargo, que el auge de su cultura suponía un estupendo negocio. La juventud se convirtió, de este modo, en un importante sujeto de consumo en las economías de mercado desarrolladas. Así, lo que realmente definió el movimiento generalizado de protesta juvenil no fue tanto el fin de un sistema económico injusto (el sistema capitalista) como el abismo histórico que separaba a las nuevas generaciones de las anteriores en la manera de concebir la existencia.

CAP A

Liberación personal y liberación social irán ahora cogidas de la mano. Mas, como certeramente señaló Hobsbawm (Historia del siglo XX, 1994), lo que resulta más significativo de todo este movimiento de contestación juvenil “es que este rechazo no se hiciera en nombre de otras pautas de ordenación social (…) sino en nombre de la ilimitada autonomía del deseo individual, con lo que se partía de la premisa de un mundo de un individualismo egocéntrico llevado hasta el límite. Paradójicamente, quienes se rebelaban contra las convenciones y las restricciones partían de la misma premisa en que se basaba la sociedad de consumo, o por lo menos de las mismas motivaciones psicológicas que quienes vendían productos de consumo y servicios habían descubierto que eran más eficaces para la venta”.

Lo que en definitiva ocurrió el mes de mayo de 1968, como ha explicado Edgar Morin (“Complejidad y ambigüedad”, Debats, núm. 21), fue que se dio una especie de conexión fuerte entre las aspiraciones juveniles, por una parte, y las aspiraciones a la vez libertarias y comunitarias de los movimientos revolucionarios marginales, por otra, una coincidencia de aspiraciones que ya se había manifestado anteriormente en el hervidero cultural californiano y, más en general, en los Estados Unidos. De hecho, hasta que la clase obrera no se sumó a la contestación, el sistema no vio peligro alguno en los hechos de Mayo del 68.