Si ven el video y les gusta les agradecería que, si no es mucha molestia, así lo hicieran constar en YouTube. Muchas gracias.
Si O mundo é um moinho no le conmueve, perturba, emociona o inquieta, si no siente nada al escucharla, le viene como anillo al dedo la frase de Pessoa: “El mundo es de quien no siente. La condición esencial para ser un hombre práctico es la ausencia de sensibilidad”.
Esta bellísima canción fue compuesta por Cartola (Angenor de Oliveira, 1908-1980), cantante, compositor, poeta y guitarrista carioca, para muchos el mejor sambista de la historia de la música brasileña, quien falleció casi tan pobre como nació y solo fue reconocido después de su muerte, cuando la samba hacía poco que había salido de las favelas y llegaba a las calles de Rio. Empezó a captar la atención nacional nada menos que en 1974, con 65 años, cuando lanzó el LP Cartola, al que siguió en 1976 otro titulado Cartola II, que contiene O mundo é um moinho, una de las canciones más delicadas y sensibles que conozco. Compuesta en 1974 para Creuza Francisca dos Santos, ahijada de su primera esposa, cuando era una niña, la escuchamos en este vídeo en la versión que ofreció en directo en 1978 y salió a la venta en 1982, dos años después de su muerte, en el álbum Cartola ao Vivo.
Los demás detalles del vídeo se recogen en el mismo.
Puede que suene extraño, pero a principios del siglo XX los apaches eran los dueños de París. No de todo París, precisemos, pero sí de los bajos fondos, y por la noche de Montmartre. Por eso el famoso cuplé Si vas París, papá, un one-step de 1929 que compuso Rafael Oropesa, advertía del peligro: “Si vas a París, papá, cuidado con los apaches”. ¿Lo recuerdan? En todo caso empecemos con él. Laura Valenzuela lo canta en la película Pierna creciente, falda menguante, dirigida en 1970 por Javier Aguirre y protagonizada por Laura Valenzuela, Fernando Fernán Gómez, Emma Cohen e Isabel Garcés.
«Apaches» de París a principios del siglo XX.
Si vas París, papá es un tema sobradamente
conocido, de esos que forman parte de la memoria musical popular y quien más y
quien menos –sobre todo si ya tiene cierta edad– ha escuchado o tarareado
alguna vez. Y la frase en cuestión –“Si vas París, papá, cuidado con los
apaches”– más conocida aún. Tanto que no nos preguntamos –ese fue mi caso– ¿qué
demonios hacían los apaches en París?, ¿y por qué había que ir con cuidado con
ellos? La palabra apache –aparte, por supuesto, de referirse a los indios
nómadas de las llanuras de Nuevo México– significa también “bandido o salteador
de París y, por ext., de las grandes poblaciones” (RAE).
Portada de la revista “Le Petit Journal” de 1907. “El apache es la plaga de París”, dice la leyenda.
A principios del siglo XX la pequeña plaza Du Tertre en Montmartre podía resultar por el día un tanto ruidosa dada la continua afluencia de gente, pero los animados grupos que por la noche la cruzaban en busca de manduca y jarana llegaban a convertirla en un constante guirigay. En las calles adyacentes se encontraban muchos de los lugares frecuentados tanto por la bohemia parisina como por burgueses ávidos de diversión y, a ser posible, emociones fuertes. Especialmente en el tramo comprendido entre las plazas Blanche y Pigalle garantizaba ambas cosas en los numerosos cafés y cabarets que allí se concentraban, como el Quat’z’Arts o el cada día más famoso Moulin Rouge. También a allí se había trasladado Le Chat Noir, poco a ver lo que era. La zona atraía todo el esnobismo francés y extranjero y se la consideraba la cuna del vicio, la inmoralidad y la delincuencia.
Unos nuevo tipos, poco familiares hasta entonces, vestidos con anchas camisas o camisetas de rayas, gorra y pañuelo al cuello, y armados de revólver o puñal, campaban aquí a sus anchas: los apaches, como se denominaba a los malhechores de los bajos fondos de París. Controlaban la prostitución y no había asunto turbio que escapara de sus manos. Los clientes tenían dónde elegir: desde jóvenes casi adolescentes a maduras mujeres curtidas en mil batallas cotidianas se ofrecían a las puertas de los cabarets; las más lozanas eran invitadas a pasar por sus dueños.
“Le Petit Journal” (1904, imagen de la portada): Enfrentamiento entre la policía y los apaches.
Para ir a La Butte de noche se debían tomar, pues,
las debidas precauciones; era territorio apache. En este ambiente –además de
los sempiternos valses– otros bailes de moda, como el cakewalk o el tango, que
no hacía mucho que se conocían en París y causaban auténtico furor, sobre todo
entre los jóvenes, apreció uno nuevo: el baile apache, también conocido como
tango apache, pues algo de parecido tenía con el tango argentino, tan en boga
en Europa. Este baile de las clases populares pronto atrajo a otros sectores
más pudientes de la sociedad parisina.
Imaginemos a alguien de aquella época que contemplara tan osado baile por primera vez, como es el caso del protagonista de mi novela El corto tiempo de las cerezas, Samuel Valls, cuando vivía en la plaza Du Tertre, donde todos los años se conmemoraba el 14 de julio con un baile popular:
La orquesta paró de pronto y subió al escenario un
acordeonista que se puso a tocar el “Valse des rayons”, del ballet de Offenbach Le Papillon. La
gente formó un corro y una pareja ─él
ataviado con el típico atuendo que identificaba a los hampones parisinos, ella
con una blusa roja y una falda de campana
negra a la altura de las canillas─
iniciaron un lascivo baile que Samuel advirtió por la brusquedad de los
movimientos que se trataba de un baile apache, la última originalidad de París.
Había oído hablar de él, un par de años antes empezó a popularizarlo la famosa artista del music-hall
Mistinguett en un espectáculo del Moulin Rouge, sabía que era enérgico y
agresivo, pues se inspiraba en las peleas de las prostitutas con sus chulos,
pero aun así le sorprendió la violencia de la coreografía. El hombre, de unos
treinta años, un tipo fornido, todo músculo, hacía gestos a la mujer, que
parecía algo más joven, si bien era difícil precisar su edad por su abultado
maquillaje, de que se acercara. Ella le ignoraba, con la mano indicaba que la
dejara en paz. Rudamente, de un manotazo, el tipo la cogió del brazo y la lanzó
al suelo. A continuación la levantó de los cabellos, aproximó la cara de la
chica a la suya y dieron unos pasos de tango mientras él sacaba un cuchillo con
el que acariciaba el rostro de su pareja, a la que zarandeaba y volteaba en
todas direcciones y volvía a arrojar a los pies de los espectadores, que
jaleaban con júbilo sus maniobras. Más volteretas, otro empujón, ella trataba
de defenderse, otro bofetón ─puede
que simulado, pero el golpe de la mano en
la mejilla se oyó incluso desde la posición de Samuel─ y de nuevo al suelo. Al final, como si un fardo se
tratara, la levantó, desfallecida la puso sobre sus hombros, boca abajo, de
modo que la falda caía sobre la cabeza de la joven, y abandonó el círculo. Fin de la actuación. Gritos de bravo y fuertes
aplausos.
Vamos con el baile en cuestión en esta filmación de 1934 realizada en los estudios Pathé de Londres.
Tal fue la popularidad de la danza que tuvo su traslación al cine. Desde la década de los treinta del siglo XX el baile apache hizo apariciones esporádicas en diversas películas, como Luces de la ciudad (1931) de Charles Chaplin, Ámame esta noche (1932), Charlie Chan en París (1935), Queen of Hearts (1936) o Pin Up Girl (1944), por citar algunos ejemplos. Veamos, si les parece, una secuencia –en la precisamente suena la música del “Valse des rayons”– del film Charlie Chan en París (1935). La danzarina es Dorothy Appleby y él, se especula, un joven Anthony Quinn.
Para finalizar, una secuencia de un corto de 1939, Montmartre Madness, que dirigió Arthur Dreifuss.
Que pasen un buen fin de semana.
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Versión actualizada de la entrada publicada anteriormente en este blog el 29 de enero de 2018.
El sistema político en que los partidos son ‘órganos sociales de la democracia’ está, por naturaleza, condenado a acabar en componenda, tertulia, farsa y corrupción.
[…] El marxismo ha sido la
influencia doctrinal más reaccionaria y la táctica de combate más catastrófica
que la clase trabajadora ha tenido durante los últimos cuarenta años. […] En la
medida en que el marxismo –socialdemócrata o bolchevique– apela al partido
político para hacer la revolución, se opone a ella, y su acción, en vez de
redundar en beneficio de la sociedad, redunda en el del Estado.
[…] La verdad es que el partido,
aunque vinculado especialmente a un grupo de intereses sociales, es una organización
de políticos ‘profesionales’, aliados a ciertos sectores de la sociedad
mediante un contrato implícito, en virtud del cual el partido recibe apoyo
electoral –o de otra clase– para elevarse al poder, a cambio de cumplir luego
un programa beneficioso para quienes le apoyaron; contrato implícito o tácito
de que los políticos de toda apelación se olvidan en el poder, parcial o
totalmente, con lo que dan a entender que su
programa no es más que un truco electoral, una plataforma de propaganda, y que el único propósito del partido político
es la elevación de unos ‘profesionales’ de la política a la cumbre del Estado,
su incorporación a la clase estatal. El
partido político es un instrumento para la conquista del poder, no importa por
qué procedimientos, y tanto da que su táctica sea electoral como
insurreccional, parlamentaria o dictatorial. […]
Pero aun puestos en el mejor de
los casos, que no es el más frecuente, poco importa que los fundadores de un
partido político sean honestos Catones, probos hasta lo increíble. Lo
fundamental es que prometen gobernar con arreglo a su programa. Este,
monárquico o republicano, dictatorial o democrático, sea lo que fuere, siempre
implicará el intento claro de imponer al
país una doctrina y la ambición de regirle según el plan de unos cuantos, muy
pocos, ciudadanos. […] El derecho a
formar partidos políticos queda, en realidad, circunscrito a unos pocos
ciudadanos de condiciones privilegiadas, ya individuales, ya sociales.
[…] Esto supone que, aun en el
país en que todos los ciudadanos mayores de edad son electores y elegibles ‘de
jure’, solo unos cuantos son elegibles ‘de facto’.
[…] Lo único que el ciudadano
puede hacer a través de los partidos, aun en la mejor de las democracias, si
alguna vez es buena, es pedir que se siga gobernándole, ni importa por quién,
ni aun cómo. Quien quiera decir todo lo contrario no hallará modo de hacerlo, y
si lo hallase no le serviría para nada; siempre será gobernado por el gobierno
que él no ha elegido. […]
El sistema político en que los partidos son ‘órganos sociales de
la democracia’ está, por naturaleza, condenado a acabar en componenda,
tertulia, farsa y corrupción. Ya supone el
reparto del poder entre varios partidos, ya el turno de estos en el disfrute
del mismo; y el hecho de que todos, sin posibilidad de aplicar su programa,
pongan tal empeño en subir al poder o en mantenerse en él, solo se entiende
considerando que el poder es el Estado, y el Estado una clase social
privilegiada, a la que pertenecen todos los políticos, pero en mayor medida
quienes adquieren más autoridad. […] Pero, aun dentro del régimen democrático,
y sin que un partido elimine a los demás, es posible ver […] que el partido que llega al poder cambia hasta
los porteros de los ministerios y los serenos de las aldeas, cae como una plaga
de langosta sobre todos los puestos en que, a costa de la hacienda pública, se
vive sin trabajar.
Con o sin honestidad, la política es una carrera en todas partes, y nada tiene de extraño que, así las cosas, los políticos den en
carreristas. Tal es la regla general, solo confirmada por sus excepciones. Allá
donde el político tiene intereses y medios de vida ajenos a la política,
interviene en esta para defenderlos; donde no, la política es su medio de vida;
y, como todos sabemos, hay que darles un buen sueldo, pues si no se les hace
económicamente independientes se corrompen, ponen en venta su autoridad.
Tenemos aquí un parasitismo de la peor clase, el cual no puede quedar
disculpado con decir que las tareas gubernamentales no dejan tiempo al político
para dedicarse a otras y que, como estas tareas son demandadas de un modo u
otro por la sociedad, esta debe pagarlas.
[…] Podemos recordar el aviso de
Lord Acton: ‘El poder corrompe; el poder absoluto corrompe absolutamente’.
Para acabar, ocupémonos de una
contingencia muy digna de atención. Aun admitiendo que todos los defectos
inherentes al sistema de partidos, producto y reflejo del estatal, todavía hay
quienes insisten en la conveniencia de que el proletariado ‘tome el poder’ a
través de su ‘partido de clase’ en un periodo democrático, para hacer la
revolución desde el Gobierno. Esta ‘revolución desde arriba’ es ilusoria,
porque el poder político –es decir: el
gobierno y el parlamento, con todas sus funciones ejecutivas y legislativas– no
es sino la manifestación de un estado social determinado y, sobre todo, la de
un poder efectivo cuya suprema expresión es la fuerza armada. El poder
político es tal mientras tiene tras sí la fuerza armada del Estado. […] Es lo
que siempre ha ocurrido y en todas partes ocurrirá. De por sí, el llamado poder
político es una ficción, un disimulo de
la fuerza estatal, y esta solo puede respaldarlo o consentirlo, mantenerlo
en activo, cuando él es su servidor.
José García Pradas: Origen, esencia y fin de la Sociedad de clases (1948, Rennes, MLE-CNT en Francia, Editorial Libertad).