León Tolstói y la ciencia de cómo vivir

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El trabajo manual es obligación y felicidad para todo; la actividad intelectual es una labor peculiar que se convierte en deber y felicidad solo para quienes tienen la correspondiente vocación. […] El hombre que cumple la obligación de mantener su existencia con el trabajo de sus propias manos y, pese a todo, privándose del sueño y el descanso, encuentra la posibilidad de discurrir y laborar con buen fruto en el dominio intelectual, demuestra con ello su vocación. Quien rehúye ese deber moral común a todas las personas y, bajo el pretexto de su inclinación por las ciencias y las artes, se crea una vida de parásito, ese no producirá nunca más que seudociencia y seudoarte.

[…] El falso papel que la ciencia y el arte desempeñan en nuestra sociedad emana de que las tal llamadas personas instruidas, con los científicos y artistas a la cabeza, constituyen una casta privilegiada, igual que los sacerdotes. Y esta posee los defectos propios de todas las castas. Uno de ellos es que deshonra y humilla el mismo principio en aras del cual se organizó. En lugar de una religión verdadera se obtiene una religión falsa. En lugar de verdadera ciencia, seudociencia. Y asimismo respecto al arte. Un defecto de la casta es que gravita sobre las masas y, encima de eso, las priva de lo que se suponía iba a difundir entre ellas. Mas el defecto primordial de esta casta radica en la contradicción –consoladora para sus miembros– entre los principios que ellos profesan y su manera de actuar.

[…] Si los partidarios de las ciencias y las artes tuvieran realmente en cuenta el bien de la humanidad y supieran en qué consiste el bien del hombre […] se ocuparían solo de aquellas ciencias y aquellas artes que conducen a dicho objetivo. No habría ciencias jurídicas, ni ciencia militar, ni economía políticas ni ciencia de las finanzas, puesto que todas esas materias no tienen otra finalidad que el bienestar de unos pueblos en detrimento de otros. […]

No es en el conocimiento de las cosas en lo que estriba la sabiduría humana. Hay un sinfín de cosas que no podemos saber. No radica en eso la sabiduría, en saber cuanto más mejor. La sabiduría humana estriba en el conocimiento del orden en que es necesario saber las cosas […].

Y de todas las ciencias que el hombre puede y debe saber, la más importante es la ciencia de cómo vivir, haciendo el mínimo mal y el máximo bien […].

Mi fuero interno me dice que necesito el bien y la felicidad para mí, para mí solo. La razón me dice: todos los hombres, todos los seres desean lo mismo que yo. Todos los seres que buscan la felicidad personal, lo mismo que yo, me aplastarán: está claro que no puedo poseer la felicidad que yo deseo […]. No teniendo la posibilidad de alcanzar la felicidad, de aspirar a ella, esto equivale a no vivir.

¿Así que, no puedo vivir?

[…] Yo solo puedo ser entonces feliz cuando en este mundo haya de existir un orden de tal naturaleza en el que todos los seres amen a los demás más que a sí mismos. Todo el mundo sería feliz si todos los seres dejaran de amarse a sí mismos, y amaran a los demás.

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León Tolstói en una carta dirigida al escritor Roiman Rolland, gran admirador suyo. Escrita en Yásnaia Poliana (finca propiedad de Tolstói; donde nació, vivió y fue enterrado). Fechada el 3-4 de octubre de 1887. Extraída del libro León Tolstói. Cartas (1984). Traducción de Pedro Mateo Marino.

Fragmentos de hombres, migajas de vida

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El grito enorme que se eleva desde todas nuestras ciudades industriales, más ruidoso que el rugir de los hornos, nos dice en cada momento […] que allí producimos de todo, menos hombres. […]

Tenemos que darnos cuenta de que se nos presenta una difícil elección en esta materia. Debemos hacer de esta criatura o un instrumento o un ser humano. No podemos hacer amabas cosas. Los hombres no están hechos para trabajar con la precisión de los instrumentos, para ser exactos y perfectos en todas sus acciones. […]

En esta época hay un afán constante por separar ambas clases de trabajo; queremos que unos hombres estén siempre pensando y otros siempre trabajando, y a los primeros les llamamos caballeros y a los segundos operarios. En realidad, empero, el trabajador debería pensar con frecuencia y el pensador también tendría que trabajar a menudo. Tal como están las cosas convertimos a ambos en ungentle [sin gentileza, sin caballerosidad], el uno envidiando y el otro despreciando a su hermano. Al final, el grueso de la sociedad está compuesto por pensadores mórbidos y por obreros miserables. […]

Hemos estudiado mucho y perfeccionado sobremanera, últimamente, ese gran invento de la civilización que es la división del trabajo; empero, le damos un nombre falso. Hablando en propiedad, no es el trabajo lo dividido, sino los hombres. Divididos en meros segmentos de hombres, rotos en fragmentos diminutos y migajas de vida; de modo que toda la inteligencia que le queda a un hombre no basta para fabricar un alfiler o un clavo, sino que se agota a sí misma en hacer la punta o la cabeza de un clavo.

John Ruskin: Las piedras de Venecia (1851-1853).

Jugando al juego de los tiranos y perpetuando la propia esclavitud.

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Los pobres […] creen que el trabajo ennoblece, libera. La nobleza de un minero en el fondo de su pozo, de una rebanada de panadería en la panadería o de una excavadora en una zanja, los golpea con admiración y los seduce. Se les ha dicho a menudo que la herramienta es sagrada y que finalmente los hemos convencido. El gesto más bello del hombre es el que levanta una carga, blande un instrumento, piensan. ‘Yo trabajo’, dicen, con orgullo doloroso y lamentable. La calidad de bestia de carga parece, en sus ojos, más cercana al ideal humano.

No puede uno ir y decirles que el trabajo no ennoblece y no libera; que el ser que se etiqueta a sí mismo como trabajador restringe, por este mismo hecho, sus facultades y sus aspiraciones como hombre; que para castigar a los ladrones y otros criminales y obligarlos a volver a sí mismos, los condenamos a trabajar, los hacemos trabajadores. Se niegan a creerle. Hay, sobre todo, una convicción que les es querida: es que el trabajo, tal como existe, es absolutamente necesario.

No se puede imaginar semejante tontería. La mayor parte del trabajo de hoy es completamente inútil. Como resultado de la falta total de solidaridad en las relaciones humanas, como resultado de la aplicación general de la doctrina imbécil que afirma que la competencia es fructífera, los nuevos medios de acción que los descubrimientos diarios ponen al servicio de la humanidad se desprecian, se olvidan. La competencia es estéril, restringe la iniciativa en lugar de desarrollarla. Se opone, por miedo al mañana –ese miedo al mañana siempre mucho más fuerte que el odio de los rivales– a cualquier intento un poco audaz, aferrándose a los viejos métodos.

Solo la solidaridad tendría la energía y la audacia necesarias para rechazar todas las reliquias del pasado y usar resueltamente los nuevos métodos. […] Al negarse a entender algo tan simple, al persistir en creer en la necesidad del trabajo en sus condiciones actuales y en la utilidad de su glorificación, los pobres juegan el juego de sus tiranos y perpetúan su propia esclavitud.

Georges Darien: La belle France (1901).