Boris Vian: reflexiones y aforismos sobre el trabajo.

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Le fléau de l’homme, le travail.

El flagelo del hombre, el trabajo.

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Libération = suppression du travail.

Liberación = supresión del trabajo.

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En autre, travailler ne donne pas bonne conscience. La preuve : on a une bonne conscience uniquement lorsque le travail est terminé –c’est-à-dire achevé– mort.

Además, trabajar no da buena conciencia. La prueba: uno tiene una buena conciencia solo cuando el trabajo está terminado, es decir, acabado, muerto.

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Un titre: pourquoi travaillez-vous ?

Un título: ¿por qué trabajas?

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5 activités : 1. production de production ; 2. Production > consommation ; 3. production = consommation ; 4.   production < consommation ; 5. destruction de production

5 actividades: 1. producción de producción; 2. Producción > consumo; 3. producción = consumo; 4. producción < consumo; 5. destrucción de la producción

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insatisfaction de leur travail dépersonnalisé ? non, insatisfaction de leur travail tout court.

¿insatisfacción por su trabajo despersonalizado? no, insatisfacción con su trabajo por completo.

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Le droit au travail ? vous l’avez si seulement ce n’était un devoir.

¿El derecho al trabajo? lo tendrías solo si fuera un deber.

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Je n’aime pas qu’il y ait des hommes qui fassent des travaux inutiles. J’aimerais mieux qu’ils se reposent.

No me gusta que haya hombres que realizan trabajos innecesarios. Prefiero que descansen.

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Le travail est probablement ce qu’il y a sur terre de bas et de plus ignoble. Il n’est pas possible de regarder un travailleur sans maudire ce qui a fait que cet homme travaille, alors qu’il pourrait nager, dormir dans l’herbe ou simplement lire ou faire l’amour avec sa femme. Le travail peut prendre des tas formes ; c’est surtout ce qu’on est forcé de faire régulièrement sans en avoir envie, et ce n’est pas encore ça, mais on le définit bien par des exemples : ce sont les huit heures par jour que le constable passe à son bureau, les dix heures par jour que le figurant gesticule au studio, les ruisseaux de sueur que le terrassier sécrète sous les poils de son torse brillant.

El trabajo es probablemente la cosa más baja y despreciable de la tierra. No es posible ver a un trabajador sin maldecir qué hizo que este hombre trabajara cuando podía nadar, dormir en la hierba o simplemente leer o hacer el amor con su mujer. El trabajo puede tomar muchas formas; es sobre todo lo que nos vemos obligados a hacer regularmente sin querer, y aún no es eso, pero se define bien con unos ejemplos: las ocho horas al día que el agente pasa en su oficina, las diez horas al día que el figurante gesticula en el ensayo, los chorros de sudor que el trabajador de la tierra segrega bajo el vello de su brillante torso.

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Reflexiones y aforismos extraídos del libro Traité de civisme, edición de Nicole Bertolt (© Cohérie Vian, 2006, Le Livre de Poche). Traducción propia.

Boris Vian

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¿Quién fue Boris Vian?, ¿qué fue? ¿Un investigador-ingeniero convertido en escritor? ¿Un aprendiz de todo y maestro de nada? ¿Un aristócrata-anarco, un anarco-aristócrata? ¿Un agitador-alborotador harto todo y cabreado con todo el mundo? ¿Un personaje incendiario? ¿Un transgresor? ¿Un incomprendido? ¿Un poco de todo tal vez?, ¿un mucho? “Aceptar el principio del interés de la curiosidad, base de la evolución”, dijo quien siempre mostró un gran interés por conocer, por explorar la vida con los sentidos y el intelecto.

Boris Vian, que habría cumplido hoy cien años, murió a los 39 sin conocer, obviamente, la trascendencia que llegaría a alcanzar su obra y su compleja personalidad. Despreciado en su tiempo, hoy es aclamado por su ‘modernidad’.

Autor de la letra de la canción J’suis snob (1954, música de Jimmy Walte), de hecho fue todo lo contrario. En realidad, Vian es lo opuesto al esnobismo. Cantante de cabaret y trompetista de jazz, fue ingeniero y periodista, y también se dedicó al cine. Relacionado en cierto modo con el surrealismo y el existencialismo, dentro de la línea del absurdo de Alfred Jarry, su mundo de ficciones contribuye a dar una visión desintegradora y corrosiva de la realidad. Su obra causó en su momento un gran revuelo.

Vian era conocido en el París existencialista de finales de la década de 1940 y principios de la de 1950, cuando artistas y filósofos llenaban los cabarets y clubs de jazz instalados en las cavas de la Rive Gauche, llenos de humo y palabras. Allí actuaba con otras leyendas del jazz, como Miles Davis.

Fue su novela J’irai cracher sur vos tombes (Escupiré sobre vuestras tumbas) –el escándalo que causó su publicación– la que lo hizo conocido para el gran público. Publicada en noviembre de 1946, escrita bajo el seudónimo de Vernon Sullivan y presentada como ‘traducida del estadounidense’, es un thriller crudo y enfurecido, erótico y atroz sobre el segregacionismo de Estados Unidos. El éxito fue enorme, tanto como el revuelo que provocó y la reacción de los censores. El libro fue prohibido, su ‘traductor’ –una vez que se supo el engaño– condenado por desprecio a la buena moral, luego fue indultado. La novela se publicó nuevamente, se prohibió nuevamente…

La provocación y la trasgresión acompañaron a Vian toda su vida, y con ellas el rechazo de las mentes biempensantes de la sociedad francesa y sus políticos. En el cabaret Les Trois Baudets, uno de los locales de moda, que cerraba más tarde que los demás, Boris Vian cantaba Le déserteur (1954), una canción antimilitarista creada durante la guerra de Indochina con la que provocaba toda clase de insultos y de cuya letra acabó por cambiar el final. En una primera versión este era “Señor presidente, / si me persigue / advierta a sus policías / de que llevo armas / y sé disparar”. Estos dos últimos versos se sustituyeron por “de que yo no tendré armas/ y que podrán disparar”. La primera versión jamás llegó a grabarse.

De su obra literaria destacan, o son destacadas, las novelas L’automne à Pékin (1947, El otoño en Pekín), L’ecume des jours (1947, La espuma de los días), L’herbe rouge (1950, La hierba roja), novela con tintes autobiográficos,  Et on tuera tous les affreux (1948, Que se mueran los feos), y L’arrache-cœur (1953, El arrancacorazones), que no fue precisamentee un éxito, así como las piezas teatrales Les bâtisseurs d’empire (1959, Los forjadores de imperios) y Le goûter des généraux (1962, La merienda de los generales). Esta última, una comedia antimilitarista, fue publicada por el Colegio de ‘Patafísica, del cual Vian fue miembro con el cargo de Sátrapa desde 1953.

De sus canciones –escribió la letra de más de cuatrocientas– se citan como más representativas, además de las ya mencionadas Le déserteur y J’suis snob, La complainte du progrès (1950, La endecha del progreso, música de Alain Goraguer) y Je bois (1955, Bebo, también con música de Alain Goraguer), una declaración amorosa de principios etílicos.

Y como quiera que de estas dos últimas publiqué sendos vídeos –con la letra traducida al castellano–, con ellas termino esta apresurada crónica, pues me he enterado de que hoy se cumplía el centenario hace unas horas.

El precio de un parlamentario (un texto de Boris Vian)

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La verdadera manera de comprar un parlamentario es el método directo. Nos preguntamos: ¿debemos comprarlo de pie o abatido tras un disparo? Elija la segunda solución. Abatido vale más aún. Fijemos las cifras: personalmente consideramos bastante barato todo parlamentario muerto que nos sea ofrecido por una suma de uno a cinco millones según corpulencia. Puede parecer caro. En realidad, un rápido cálculo al nivel de la escuela primaria hará que advierta enseguida que, vivo, es aún más ruinoso.

El vocablo ‘parlamentario’ deriva, como se sabe, del viejo francés ‘hablar mentiroso’ [en español diríamos ser un bolero, un trolero, un charlatán…], y su significado resulta evidente. […]

Una cuestión que a veces nos preguntamos es el valor de un parlamentario; se dice de hecho corrientemente ‘Fulano se vende” o “Fulano es un vendido”, pero se omite especificar el precio. ¿Es posible, a partir de algunos de los elementos de que disponemos, fijar un baremo aproximado que permita sacarles provecho? La actual afluencia de visitantes que se respira es ciertamente molesta, y el extranjero, el turista que intentamos atraer a nuestro territorio, puede querer llevarse a casa un recuerdo que no sea la Torre Eiffel. La Cámara de Diputados está a punto de convertirse, más allá de nuestras fronteras, tan valiosa como nuestro primer monumento de exportación: ¿por qué no aprovecharla y no renunciar a algunos de sus pensionados? […]

Excelente ocasión para montar un fructífero pequeño comercio. […]

Es muy de tener en cuenta el hecho de que estar ya vendido no impide en ningún momento que el parlamentario vivo siga estando en venta. Es este uno de los pocos casos comerciales de transferibilidad permanente […] La venta de un parlamentario es una operación financiera compleja que pone en juego un código más o menos oculto, bastante ridículamente mantenido en secreto por las partes interesadas a pesar de que el hombre corriente conoce el mínimo detalle. […]

Eliminemos de entrada esta idea de que tenemos interés en comprar al parlamentario mediante contratación-compra o a crédito. En realidad, en estas condiciones, el parlamentario nunca le pertenece a usted. El procedimiento es tramposo: un individuo, aún no parlamentario, se os presenta y se os ofrece, a cambio de nada, pues es astuto, ha de ser elegido. Al elegirlo, tendrá derecho a decir que es su parlamentario; pero le demuestra inmediatamente lo contrario al votar algunos impuestos progresivos que lo arruinan y no conducen a nada, pues –atención a la astucia– él siempre se las apaña, gracias al déficit, para que sea nula la venta, y, milagro de la estrategia, es usted el que está en bancarrota. El juego es la leche. Está harto, pero el parlamentario tiene más de un truco en su saco y sabe cómo cubrirse con la amenaza de severos castigos ante cualquier propaganda a favor de una huelga fiscal (que uniría otra vez de inmediato sus combinaciones maquiavélicas), para que el consumidor esté lo suficientemente desarmado. […]

La verdadera manera de comprar un parlamentario es el método directo. Nos preguntamos: ¿debemos comprarlo de pie o abatido tras un disparo? […] Elija la segunda solución Caballero abatido vale más aún. […] Fijemos las cifras: personalmente consideramos bastante barato todo parlamentario muerto que nos sea ofrecido por una suma de uno a cinco millones según corpulencia. Puede parecer caro. En realidad, un rápido cálculo al nivel de la escuela primaria hará que advierta enseguida que, vivo, es aún más ruinoso.

Extracto de la crónica de Boris Vian “Le prix d’un parlamentaire”, publicada por primera vez en el diario La Parisienne en 1953. Traducción propia del mismo en la edición de su libro Traité de civisme, edición de Nicole Bertolt (© Cohérie Vian, 2006, Le Livre de Poche).