EL TIO PEP

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Si ven el vídeo y les gusta les agradecería que, si no es mucha molestia, así lo hicieran constar en YouTube. Muchas gracias.

Hoy, segundo domingo de mayo, Dia de la Mare de Déu dels Desamparats, es el día central de las fiestas de Moros y Cristianos de mi pueblo, Muro. Hoy debería haberse celebrado la Entrada Cristiana, lo que obviamente no va a suceder. Tal vez por ello, más que nunca, siento nostalgia. No creo que hubiera estado en Muro hoy de todos modos, pues desde que dejé de salir a las fiestas no me apetece ver las entradas, menos de la de Cristianos. Además, desde que falleció mi madre, Amparo, que hoy celebraba su onomástica, las veces que he ido durante las fiestas me he limitado a comer con mi familia, sin ver la entrada o muy poco de ella.

Comencé a salir en las fiestas a los 18 años, cuando me hice miembro de la filà Pirates y, salvo alguna razón de fuerza mayor, seguí haciéndolo hasta que la puñetera ley antitabaco impidió poder fumar dentro de nuestro local social y/o llevar el puro encendido durante la entrada, el acto que más me gusta y en el que más disfrutaba. Llámenme cabezota, pero prohibiciones de este tipo en actos festivos no las aguanto. He de decir, no obstante, que llovía sobre mojado, pues siempre me ha gustado ser ‘cabo de escuadra’ (el que va delante de la ‘escuadra’, de once miembros generalmente, marcando el ritmo de paso). Debido a tal circunstancia terminaba con las manos medio sangrando y la espalda destrozada. Cosas que tiene la edad.

Este vídeo es de la Entrada Cristiana del año 2009, si no recuerdo mal el último que salí. No muestra tanto el desfile como los momentos que lo preceden, cuando los miembros de una escuadra determinada nos reunimos unas horas antes y comemos, bebemos, nos divertimos y desmadramos un poco, amenizados por unos cuantos músicos de la banda que luego nos acompañará durante el desfile. Ese año salimos de rojos (por el color de la camisa del traje oficial) y no sacamos, como otros años, un traje especial para la ocasión, lo que no fue óbice para que disfrutáramos de lo lindo. La escuadra de la que yo formaba parte era la Esquadra Sanedrín, llamada así porque la integrábamos los miembros más veteranos. Y ya se sabe que, en estos casos, la veteranía es un grado, que se dice.

La nostalgia y la melancolía sonaban en mi interior más que la música mientras confeccionaba el vídeo, pues más de uno de los que en él aparecen han fallecido durante este tiempo. Sirva, pues, también este vídeo como homenaje a ellos.

Los piratas en el cine

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Si, como veíamos en las entradas anteriores, la azarosa vida de los piratas ha inspirado numerosas y bellas páginas de la literatura universal, el cine no se ha quedado atrás. El celuloide ha sido, posiblemente, la plataforma más importante desde la que los piratas se dieron a conocer por todo el mundo. Unos piratas que habitualmente se muestran educados y caballerosos, galantes y seductores, defensores de los humildes y de las causas perdidas, intrépidos, valerosos y atrevidos.

Fotograma de "La isla del tesoro" (1934)

Fotograma de “La isla del tesoro” (1934)

En 1934 Victor Fleming adaptaba para la gran pantalla La isla del tesoro, en una de las mejores versiones que se ha hecho de la novela de Stevenson y a la que seguirían una innumerable saga de adaptaciones tanto para el cine como para la televisión. Un año después, en 1935, un filme de aventuras en alta mar ganaba el Oscar a la Mejor película: Rebelión a bordo (también conocida como La tragedia de la Bounty), de Frank Lloyd, con Charles Laughton y Clark Gable.

Clark Gable y Charles Laughton en “La tragedia de la Bounty” (1935)

Clark Gable y Charles Laughton en “La tragedia de la Bounty” (1935)

Las malas maneras del capitán de un barco, el Bounty, que navega por los mares del Sur a la búsqueda de una extraña planta que no existe en Gran Bretaña provoca el motín de la tripulación. Este acto de piratería tuvo una excelente acogida de público ―hasta el punto que el 1962 Lewis Milestone rodaría otra versión, ahora con Marlon Brando en el papel protagonista― que fue aprovechada por la industria cinematográfica para realizar algunas películas más alrededor del mismo tema, como por ejemplo Rebelión en alta mar (1946), de John Farrow, o Motín en el Defiant (1961), de Lewis Gilbert.

John Wayne y Susan Hayward en “Piratas del mar Caribe” (1942)

John Wayne y Susan Hayward en “Piratas del mar Caribe” (1942)

El cine de piratas tendría su época dorada en las décadas de 1940 y 1950. El director italiano Enrico Guazzoni se basó en los personajes de Salgari para hacer las películas La hija del corsario verde (1940) y Los piratas de Malasia (1941). Cecil B. de Mille –director de filmes como Los diez mandamientos o El mayor espectáculo del mundo–rodó en 1938 Corsarios de Florida, y a ella seguirían Piratas del mar Caribe (1942), con John Wayne y Susan Hayward, y Los bucaneros (1958), con Anthony Quinn. Otros de los grandes de Hollywood se añadieron pronto a la moda de las películas de piratas y de aventuras en el mar. Michael Curtiz –conocido sobre todo por Casablanca (1942)– había rodado ya el 1935 El capitán Blood, uno de los mayores éxitos de Errol Flynn. Poco más tarde, en 1942, era Tyron Power quien conseguía notoriedad con el film de Henry King El cisne negro. Raoul Walsh –Murieron cono las botas puestas, El ladrón de Bagdad, Al rojo vivo– dirigió asimismo El mundo en sus manos (1952), con Gregory Peck y Anthony Quinn, El pirata Barbanegra (1952) y Gavilanes del estrecho (1953).

Burt Lancaster durante el rodaje de “El temible burlón”

Burt Lancaster durante el rodaje de “El temible burlón”.

La lista de películas sobre la piratería y su mundo es extensa, pero no pueden obviarse títulos como Mares de China (1935), de Tay Garnett, con Clark Gable y Jean Harlow; El capitán Kidd (1945), de Rowland V. Leo, con un –como siempre– inconmensurable Charles Laughton; La venganza del bergantín (1948), de Edward Luwig; El pirata de los siete mares (1953), de Sidney Salkow, o la magnífica, entretenida y divertida El temible burlón (1952), de Robert Siodmak, en un papel de protagonista que le iba que ni pintado a Burt Lancaster.

 

Jean Peters en “La mujer pirata”

Jean Peters en “La mujer pirata”

Rasgos definitorios de la comedia siempre han estado presentes en la mayoría de las películas de piratas, pero menos frecuente es traerlas al terreno del disparate y la comicidad exacerbada. Es lo que intentó David Butter con La princesa y el pirata (1944), con un Bob Hope en su línea habitual. Tampoco es frecuente que sea una mujer la protagonista, pero Jacques Tourner, uno de los mejores artesanos del cine americano, lo hizo con La mujer pirata (1951), donde Jean Peters –a pesar de su delicadeza– era la Capitana Providence.

Dustin Hoffman en “Hook”.

Dustin Hoffman en “Hook”.

Como ocurrió con la literatura, el mundo del cine también empezó a olvidarse de los piratas a partir de la década de 1960. Sin embargo, han continuado las incursiones cinematográficas –algunas nada despreciables– en este género con títulos como Los goonies (1985), destinada al público infantil, en la que un grupo de niños encuentra el mapa del tesoro de un pirata del siglo XVII cuya búsqueda los conducirá a un fabuloso mundo subterráneo lleno de peligros; Hook (1991), dirigida por Steven Spielberg, donde un, como siempre, histriónico Robin Williams, encarna a un ejecutivo –aun cuando en realidad es Peter Pan– a quien el capitán Garfio (Hook) –papel que interpreta un correcto Dustin Hoffman– secuestra sus hijos, siendo ayudado en su recuperación nada menos que por Julia Roberts, que hace de Campanilla; La isla de las cabezas cortadas (1995), irregular como todas las de Renny Harlyn, pero con Geena Davis como protagonista, o la saga que inició Piratas del Caribe: La maldición de la Perla Negra (2003), protagonizada por Johnny Depp y dirigida por Gore Verbinski, una película espectacular, pero sin el encanto de aquellas que consagraron el género a los años 50.

Tal vez vuelva de nuevo la fascinación por el mundo de la piratería, por la de ficción claro está; el otro –el de multinacionales, financieros y políticos― es demasiado triste y odioso como para que el único interés que pueda despertarnos sea el de ver como se le puede poner fin.

Y ahora les dejamos con unas secuencias de algunas de las películas mencionadas.

La isla del tesoro (1934).

Rebelión a bordo (1935).

El capitán Kidd (1945).

El temible burlón (1952)

Rebelión a bordo (1962).

Los goonies (1985).

Hook (1991).

Piratas del Caribe: La maldición de la Perla Negra (2003).

Los piratas en la literatura

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Portada de “La isla del tesoro” en su edición en Estados Unidos de 1911 y mapa de la isla en la edición británica de 1883.

Ya Cervantes —que había sido prisionero de los piratas berberiscos— cuenta en el Quijote la historia de un cautivo de los piratas turcos y la captura de un barco berberisco en Barcelona, y Lope de Vega escribe al poema épico La Dragontea para celebrar la victoria española sobre los ingleses y la muerte del conocido pirata Drake. En el siglo XVIII Daniel Defoe (1660-1731) se hacía famoso con Robinson Crusoe (1719) —las aventuras de un náufrago abandonado en una isla del archipiélago Juan Fernández, frente a la costa de Chile, un hecho real que había protagonizado el marino Alexander Selkirk—y centraba su atención en los piratas con Vida, aventuras y piratería del célebre capitán Singleton (1720) e Historias de piratas (1724-1728).

Episodio de "El corsario" por Eugène Delacroix (ca. 1831). El pintor francés utilizó la historia de Lord Byron como inspiración en varias obras.

Episodio de “El corsario” por Eugène Delacroix (ca. 1831). El pintor francés utilizó la historia de Lord Byron como inspiración en varias obras.

Será, no obstante, en el siglo XIX, con la nueva sensibilidad romántica, cuando la presencia de los piratas abunde cada vez más en la literatura. El 1814 el poeta inglés Lord Byron se hace eco de este mundo en El Corsario y en 1836 es José de Espronceda quien hace lo mismo en la famosa La canción del pirata. En ellas la figura del pirata aparece ya con todos los rasgos que lo distinguirán modernamente: héroe proscrito, seductor irresistible, paladín de la libertad…, características que, después, Hollywood se encargará de popularizar, convirtiéndose así el pirata en un rebelde que lucha contra la injusticia social. Lord Byron vendió nada menos que diez mil ejemplares de El Corsario el primer día que el libro salió a la venta. El protagonista, Conrad, líder de los piratas del Mediterráneo, es una especie de Robin Hood, es decir, un defensor de los desposeídos y los humillados ante los poderosos. Muy famoso se haría también James Fenimore Cooper (1789-1851) con El corsario rojo (1829).

Número de la revista “Young folks” (1 de octubre de 1881) con el primer capítulo de “La isla del tesoro”.

Número de la revista “Young folks” (1de octubre de 1881) con el primer capítulo de “La isla del tesoro”.

En 1881 Robert Louis Stevenson (1850-1894) escribía la que sería la novela de piratas por antonomasia: La isla del tesoro, una fascinante historia sobre la búsqueda de un tesoro oculto en la que un chico, Jim, descubrirá por él mismo la cara del bien y del mal, personificado este último en la figura de los piratas Pew y Long John Silver. Se publicó originalmente por entregas en la revista infantil Young Folks entre 1881 y 1882 con el título de The Sea Cook, or Treasure Island, y en 1883, dado su éxito, completa en un solo volumen.

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Casi en las mismas décadas del siglo XIX otro escritor, Emilio Salgari (1862-1911) se hacía popular con las novelas de aventuras, entre ellas las dedicadas a los piratas asiáticos y a los del Caribe: Los piratas de Malasia (1896), El corsario negro (1898), Sandokán (1900) o Los últimos piratas (1908). Todas ellas tienen como protagonistas héroes románticos y atrevidos que luchan por un ideal en unos idílicos paisajes. En La revancha de Yáñez (1913) describe Gran Bretaña como un imperio sanguinario, acercándonos así a la verdadera realidad histórica. Por eso es por lo que Sandokán era el personaje de ficción preferido del Che Guevara en su niñez.

Difícilmente podría escapar a la fascinación por el mundo de la piratería la imaginación de Julio Verne (1828-1905), adentrándose en él en Los piratas del Halifax (1903), si bien su pirata por excelencia es el capitán Nemo, quien a bordo del Nautilus protagonizará historias como las narradas en Veinte mil leguas de viaje submarino (1870) o La isla misteriosa (1874).

Lord JimCon el cambio de siglo, precisamente en 1900, Joseph Conrad publicaba Lord Jim, un idealista para quien el mar ―como también para Conrad― se convierte en su destino, una historia llena de emociones y aventuras, que cuenta el capitán Marlow. Jack London (1876-1916) no podía ser menos, sobre todo si tenemos en cuenta que su vida es tan sugerente como la más intrépida historia de aventuras, con una niñez que transcurrió entre marineros y buscadores de oro, uniéndose a los 19 años a las expediciones de buscadores del preciado metal que marchaban hacia Alaska. Aunque sus novelas dedicadas a la piratería ―Los piratas de la bahía de San Francisco (1905) y La expedición del pirata (1916)― no sean las más conocidas de su obra, no por esto dejan de ser espléndidos relatos que cautivan a niños y adultos.

Ilustración del capitán Hook por F.D. Bedford para la primera edición de “Peter and Wendy” (1911).

Ilustración del capitán Hook por F.D. Bedford para la primera edición de “Peter and Wendy” (1911).

En 1911 veía la luz Peter Pan y Wendy (Peter and Wendy), novela escrita por James Matthew Barrie (1860-1937) basada en su obra de teatro sobre el personaje de 1904, que servía para presentar en sociedad a un nuevo pirata con un garfio por mano derecha: el temible capitán Hook (o capitán Garfio), el acérrimo enemigo de Peter Pan, “el único hombre a quien John Silver tuvo miedo”. Otro autor, Rafael Sabatini (1875-1950), el autor del mítico Scaramouche, se sumaba acto seguido a la lista de los creadores de novelas de piratas con títulos como El halcón de los mares (1915) o El cisne negro (1932), dando vida a un nuevo personaje, el capitán Blood, que Errol Flynn se encargaría de popularizar a través de la pantalla. También Arthur Conan Doyle (1859-1930) ―sobradamente conocido por su personaje de Sherlock Holmes― escribió unos Cuentos de piratas y del agua azul en 1922 y Edgar Rice Burroughs ―creador de otro mítico héroe: Tarzán― Piratas de Venus diez años más tarde, con la particularidad de que estos proceden del lejano planeta. Una cosa parecida hace Isaac Asimov (1920-1992) con Los piratas de los asteroides (1953): aquí los piratas han cambiado los barcos por naves espaciales y el trabuco por el rayo desintegrador y se han trasladado de escenario, el cual ahora ya no es el Caribe sino los asteroides que orbitan entre Marte y Júpiter.

El pirata GarrapataDe este modo los piratas se incorporaban a los nuevos gustos de los amantes de los relatos de aventuras y se daban la mano con la ciencia ficción. Esos románticos luchadores contra todo tipo de reglas y de poder poco podían hacer ante la supremacía de las aeronaves y las armas con la tecnología más puntera. Poco a poco su presencia en la literatura irá reduciéndose. Aun así, la selección de obras del presente artículo ―que no pretende ser ni objetiva ni exhaustiva― podría ampliarse considerablemente, incluyendo gran cantidad de títulos para niños. Estos pueden imaginarse mil y una aventuras como protagonistas con títulos como Massagran i els piratas (1990), de Ramon Folch; Mi hermana Clara y el tesoro de los piratas (1991); El secreto de los piratas (1992), de Helena Jurgens; El pirata Garrapata (1993), de Juan Muñoz; La guarida de los piratas (1994), de Cristina Lastrego y Francesco Testa; Una de piratas! (1994), de José Luis Alonso; Un baúl lleno de piratas (1998), de Ana Rossetti; Piratas en la casa de al lado (1998), de Peter Tabern; Finisterre y los piratas (1999), de Gemma Lienas; La peña de los piratas (2003), de Joaquim González, o El verano de los piratas (2004), de Teresa Broseta.

Los piratas en la historia

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Pirata: “Persona que, junto con otras de igual condición, se dedica al abordaje de barcos en el mar para robar”, “Persona cruel y despiadada”. Definiciones del Diccionario de la Lengua Española (Real Academia Española). Definiciones poco afables, que inciden en el aspecto brutal, feroz, casi inhumano, de unos hombres que, aun así, han despertado la curiosidad, cuanto menos, de generaciones y generaciones, han dado lugar a páginas brillantes de la literatura, han inspirado a poetas, han protagonizado notables películas y han hecho soñar a más de un joven –y no tan joven– con aventuras de toda clase con guapas mujeres, ron a tutiplén y paisajes de ensueño, y en las que los “malos” son habitualmente la supuesta “gente de orden”, la autoridad, los poderosos. El pirata es una figura, pues, que disfruta de gran popularidad, de simpatía e, incluso, de admiración.

Piratas normandos del siglo IX, por Évariste Vital Luminais (1821-1896).

Piratas normandos del siglo IX, por Évariste Vital Luminais (1821-1896).

Aruj, también conocido como Baba Aruj o Barbarroja.

Aruj, también conocido como Baba Aruj o Barbarroja.

El fenómeno de la piratería viene de lejos. ¿Quién no recuerda los vikingos, aunque sea en la espléndida película de Richard Fleischer que protagonizaron Kirk Douglas, Tony Curtis y Janet Leigh, Los vikingos (1958)? Los vikingos –literalmente, ladrones de mar– son, posiblemente, los piratas más antiguos de la historia, y de los más atrevidos. A mediados del siglo IX eran los amos de Normandía y en el siglo XI conquistaban Inglaterra. De esta época data la figura de la primera mujer pirata: Jeanne de Bonneville, La Dama de Clisson, quien –para vengarse de los franceses, que habían matado a su esposo– vendió todo lo que tenía y recorrió, capitaneando tres naves, toda la costa del país vecino abordando barcos y saqueando poblaciones marineras. Poco después, el fin de la conquista cristiana de las tierras musulmanas de la península ibérica (1492) supuso la expulsión de los hasta entonces sus habitantes, muchos de los cuales encabezarían una nueva forma de piratería: la de los piratas berberiscos. El 1504 las dos principales embarcaciones del papa Julio II fueron atacadas por el primero de una larga y famosa dinastía de piratas: Aruj Barbarroja.

 

Sir Francis Drake (1590) retratado por Marcus Gheeraerts el Joven.

Sir Francis Drake (1590) retratado por Marcus Gheeraerts el Joven.

Es en el Caribe, sin embargo, donde –y desde donde– la piratería protagonizará sus gestas más espectaculares y, con ellas, logrará una gran popularidad, hasta el punto que la imagen que hoy tenemos de los piratas no es la de aquellos que hemos descrito anteriormente, sino la de los caribeños. El desarrollo de la piratería en el Caribe está estrechamente relacionada también con la presencia española a aquellas tierras.

Una bula del papa Alejandro VI en 1493 otorgó en España y Portugal el derecho de apoderarse de las tierras que iban descubriendo, dejando de lado otras potencias como Francia o Inglaterra, las cuales no querían permanecer al margen del reparto de las riquezas de las nuevas tierras. Y si esto no era posible a buenas, lo sería a las malas.

A mediados del siglo XVI los piratas franceses e ingleses Bartholomew Roberts en una ilustración del libro de Charles Johnson “A General History of the Robberies and Murders of the most notorious Pyrates” (1724).dominaban aquellas aguas, contando con el apoyo de sus respectivas monarquías. Hasta tal punto existía esta complicidad que cuando el embajador español pidió a la reina de Inglaterra que el famoso pirata Drake fuera ajusticiado, aquella lo esperó junto al río Támesis para nombrarle allí mismo caballero. Ser pirata se convertía cada vez más en una forma de vida: “En un trabajo honrado –decía otro famoso pirata: Bartholomew Roberts (1682-1722) – lo habitual es trabajar muy y ganar poco; la vida del pirata, aun así, es plenitud y saciedad, placer y fortuna, libertad y, además, poder”.

Pintura de Jean Leon Gerome Ferris (1863-1930) que interpreta la batalla entre Barbanegra y el teniente Robert Maynard.

“Captura del pirata Barbanegra” (1920), lienzo de Jean Leon Gerome Ferris.

Anne Bonny en una ilustración del libro de Charles Johnson.

Anne Bonny en una ilustración del libro de Charles Johnson.

Estos piratas no eran gente desesperada a quien la vida les hubiera negado oportunidades para progresar. Más bien al contrario. Muchos de ellos provenían de buenas familias y habían disfrutado de una excelente educación. Roberts era alto, bien parecido, vestía elegantemente y tenía unas exquisitas maneras. Henry Morgan (1635-1688) pertenecía a una familia de larga tradición militar; posteriormente, fue nombrado caballero y pasó los últimos años de su vida en Jamaica, donde poseía una enorme plantación y se codeaba con la más alta sociedad. Otros no tuvieron tanta suerte. Jean David Nave (1630-1699), quien era temido por los que hacía prisioneros por su extrema crueldad, acabó devorado por los caníbales. Al famoso Barbanegra –Edward Teach (1680-1718)– le cortaron la cabeza y lo colgaron en el palo mayor del barco que él había capturado. Su barba negra que adornaba con cintas de colores se paseaba de esta manera por los mares que habían sido testigo de sus hitos por última vez.

También había mujeres en este azaroso mundo, además de la ya mencionada Jeanne de Bonneville. Anne Bonny (1697-d. 1720), hija ilegítima de un afamado abogado irlandés y de la criada de la familia, se casó con James Bonny, un cazador sin fortuna con quien se trasladó a las Bahamas para dedicarse a la piratería. Vestía como los hombres, disparaba mejor que la mayoría de ellos y era tan temida como el peor de sus colegas masculinos. Mary Read (1684-1721) también era hija ilegítima y su madre la vistió con ropas de hombre para que pudiera ser su heredera. Entró al servicio del rey como grumete y después fue dragoon en la Guerra de Sucesión española antes de dedicarse a la piratería. Se sabe que fue capturada y condenada a muerte, pero no hay constancia de que esta se ejecutara la sentencia. Se dice que su padre, un rico hombre, compró su libertad y que Mary se casó y se estableció en Virginia.

Isla Tortuga ─también conocida como Isla de los Piratas, el Infierno del Mar o la Zona Libre, entre otras denominaciones─ fue el centro de operaciones de todos estos piratas. Situada al norte de la isla de Santo Domingo, es de reducidas dimensiones: sólo treinta y dos kilómetros de largo por doce de ancho. Hacia 1640 los habitantes de Isla Tortuga que practicaban la piratería crearon la Hermandad de la Costa con unas normas que patentizan un código de conducta alejado de convenciones sociales y próximo al que después sería el ideario anarquista: ni nacionalidad ni religión eran impedimentos para que uno formara parte de la Hermandad; no existía la propiedad privada: cada cual era amo absoluto del botín que conseguía, pero la tierra y los barcos eran de todos; no había trabajos gratuitos ni obligatorios, ni impuestos ni código penal; no debían obediencia a ningún estado; la Hermandad ayudaba económicamente a los piratas heridos y era un Consejo de ancianos quien garantizaba que se cumplieran las normas.

Isla Tortuga en la actualidad.

Isla Tortuga en la actualidad.

A finales del siglo XVII –y durante todo el XVIII– el centro de actuación se desplazó a Norteamérica y al continente asiático, a la isla de Madagascar, de acuerdo con la nueva correlación de fuerzas que imperaba en el panorama mundial, con el Imperio Británico como principal potencia. Piratas ingleses, holandeses y portugueses desplegarán ahora sus actividades por los mares de India, China, Japón, Malasia y Borneo. Ya a mediados del siglo XIX, cuando la nueva sociedad burguesa nacida de la industrialización y de la Revolución Francesa comenzó a consolidarse, los piratas fueron combatidos con más ahínco y con más medios que nunca. No olvidemos que esta nueva sociedad se estaba articulando sobre la base de un gran mercado mundial. La piratería empezaba su declive, pero la leyenda alrededor de sus gestas tomaba cada vez más fuerza.