Mis cinco baladas

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En su blog River of country –magnífico, no se lo pierdan, sobre todo si son aficionados a este género, si no igual descubre cosas nuevas– Eduardo de Frutos me lanza un reto siguiendo una iniciativa de 365 RadioBlog consistente en preguntar cuáles son las cinco baladas favoritas “a tres amigos blogueros para que ellos a su vez se lo lancen a otros tres amigos para que se vaya repitiendo la cadena y pasado un tiempo, recopilar los datos obtenidos y sacar un ranking resultante de vuestras respuestas”. Uno de esos amigos que Eduardo seleccionó fui yo y, como le comenté en su momento (día 9), aunque ando muy liado, lo haría esta misma semana. Me gustan los retos (los amables como este, por supuesto; más viniendo de quien viene). En consecuencia la entrada de hoy –a pesar de que acabo de darme cuenta de que ya finalizó el plazo señalado por 365 RadioBlog– está dedicada a los gustos musicales de un servidor en el campo de las baladas.

No ha sido nada fácil seleccionar cinco. A veces eran unas, a veces otras. Esta. Esta, sí. Pero… No, esta mejor. ¿Y por qué no esta otra? Finalmente me he decidido por las cinco que figuran a continuación. ¿Mis favoritas? Desde luego, pero entre otras muchas más. Perfectamente podrían ser otras cinco totalmente distintas. Por esta razón las he ordenado cronológicamente (según el año en que cada una de ellas fue compuesta).

Vamos con la primera. Insisto que ello no significa que para mí sea la número uno (todas las que siguen lo son). Se trata de Embraceable You, bella canción que los hermanos George e Ira Gershwin compusieron en 1928 para la opereta East is West, que no llegó a estrenarse, y que en 1930 triunfaría con el musical, también suyo, Girl Crazy. La escuchamos en la espléndida voz de Sarah Vaughan en la grabación que figura en su álbum Sarah Vaughan with Clifford Brown (EmArcy Records 1954).

De espléndida voz a espléndida voz. De Sarah Vaughan a Ella Fitzgerald. La canción: Misty, precioso tema de 1954 que compuso ese magnífico pianista de jazz que fue Erroll Garner y que escuchamos en esta grabación incluida en el álbum Ella Fitzgerald Sings Songs from «Let No Man Write My Epitaph» (Verve 1960).

Nos referíamos a Clifford Brown –uno de los mejores trompetistas de jazz– cuando hablábamos de Sarah Vaughan. Fallecido en 1956 a los 25 años, formó parte del legendario grupo Jazz Messengers, que conducía el batería Art Blakey. Uno de los miembros del grupo –de la nueva formación surgida en 1958– fue el saxofonista Benny Golson, que en memoria de Brown compuso en 1957 esta maravillosa balada: I Remember Clifford. En el vídeo que sigue son los Messengers de 1958 –Art Blakey (batería), Lee Morgan (trompeta), Benny Golson (saxo), Bobby Timmons (piano) y Jymie Merritt (contrabajo)– quienes interpretan el tema en esta actuación en Bélgica de 1958.

Cambiamos de registro y nos vamos con ese excelente poeta y cantautor que es Leonard Cohen. Suya es la cuarta balada que hemos seleccionado, la exquisita Suzanne, que primero fue un poema (“Suzanne Takes You Down”, de su libro de 1966 Parasites of Heaven) que poco después musicalizó y grabó en su álbum de 1967, el primero de su carrera, Songs of Leonard Cohen.

Para terminar, todo un clásico de la década de 1960: Nights in White Satin, una de las mejores canciones –y la más famosa– de la banda de rock británica The Moody Blues. No alcanzó la popularidad de que goza al principio –cuando era un corte más de su LP Days of Future Passed–, pero luego se grabó en sencillo una versión algo más reducida y el éxito fue arrollador.

Todas las baladas que incluyo en la presente entrada me traen buenos recuerdos. Pero esta última… ¡Ay esta última! Tenía el sencillo de Nights in White Satin –en una versión que terminaba en el minuto 5:38 del vídeo que figura bajo estas líneas– y no había guateque en la que no sonara más de una vez. Lo tenía todo: era bella –tanto que la chica con la que la bailaba (aunque no siempre fuera la misma), o eso me parecía–, lenta –de esas de bailar agarrado– y larga en duración.

Que disfruten de un buen fin de semana.

Ese extraño fruto cuelga de los álamos (Strange Fruit)

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Linchamiento de Thomas Shipp y Abram Smith.

En el sur los árboles dan unos frutos muy extraños

sangre en las hojas y en las raíces.

Cuerpos negros se balancean en el sur con la brisa,

un extraño fruto cuelga de los álamos.

Una bucólica escena del galante Sur.

Los ojos fuera de las órbitas y la boca distorsionada.

El perfume de magnolia, dulce y fresco,

de repente se convierte en olor a carne quemada.

Aquí hay un fruto que los cuervos despedazan,

que la lluvia deshace, el viento absorbe,

que el sol pudre, que caen de los árboles.

Aquí hay una extraña y marga cosecha.

Strange fruit es una canción de Abel Meeropol, un judío blanco que militaba en el Partido Comunista, trabajaba de profesor y se había criado en distrito neoyorkino del Bronx. En un principio escribió un poema y lo publicó con el seudónimo de Lewis Allan. Se inspiró para ello en una dura fotografía que mostraba los cuerpos de Thomas Shipp y Abram Smith, ambos negros, quienes habían sido linchados y colgados de un árbol en Marion (Indiana, Estados Unidos), en agosto de 1930.

Luego escribió la melodía y consiguió que la cantante negra Laura Duncan la interpretara una noche de 1938 en el Madison Square Garden de Nueva York. Entre el público se encontraba Robert Gordon, trabajador del Café Society, tugurio donde solía actuar Billie Holiday. Se lo contó al dueño del Society, Barney Josephson, militante izquierdista. Este se lo propuso a Billie y esta ya nunca dejó de cantarla.

SFEl 20 de abril de 1939 la grabó por primera vez y desde entonces se asocia –no sin motivo– a ella. En aquellos momentos, ya conocía el lado más oscuro de la vida, que no había hecho más que empezar. En sus giras vivió el segregacionismo, sufrió la permanente humillación por ser negra, sintió que su gente seguía tan marginada y explotada como en tiempos de la esclavitud. Y la canción la marcó para siempre.

Cuenta en su autobiografía, Lady sings the blues, una anécdota que refleja su estado ánimo, su perturbación emocional, cuando cantaba Strange fruit: “[Después de cantarla] entró una mujer en el lavabo de señoras del Downbeat Club y me encontró desquiciada de tanto llorar. Yo había salido corriendo del escenario, con escalofríos, desdichada y feliz al mismo tiempo. La mujer me miró y se le humedecieron los ojos. ‘Dios mío’ –dijo–, ‘en mi vida oí algo tan hermoso. En la sala se podía oír volar a una mosca”.

Sirvan estas líneas para recordar a esta excepcional cantante de la que hoy, 7 de abril, se cumple el centenario de su nacimiento, motivo por el que ayer le dedicamos una extensa entrada en la que no incluíamos esta canción clave en su trayectoria, pues nos limitamos a temas de los géneros de que se ocupa nuestra sección Música de Comedia y Cabaret.

En su memoria y en la de todos los que sufren cualquier tipo de exclusión y discriminación.

La música de Mayo del 68

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No es de la música que escuchaban aquellos jóvenes que protagonizaron la revolución cultural de 1968 –tanta y tan diversa que sobrepasaría con creces los límites de cualquiera de nuestra publicaciones– de la que nos ocupamos en esta entrada que completa la serie que dedicamos a Mayo del 68, sino de  canciones compuestas dicho año a raíz de los hechos que tuvieron lugar en Francia, en París especialmente, hechos que, por otra parte, son los que hemos tratado en esta serie. Por supuesto, 1968 fue mucho más y podríamos decir que hubo otros “mayos del 68”, pero de ellos –como anunciamos en la primera entrada– hablaremos en sucesivas entregas.

No obstante, empezamos con un tema de 1967, una canción de Georges Moustaki: Ma liberté. Mayo del 68 –lo comentábamos, aunque con otras palabras, a modo de conclusión en la última entrada: “Mayo del 68 (y 5): Bajo los adoquines no estaba la playa”– acabó siendo sobre todo el triunfo del “yo” y el fin del “nosotros”. Que no era eso lo que el movimiento pretendía, es obvio. Que fue su legado, malgré tout, también. “Mi libertad, has sido tú quien me ha ayudado a soltar amarras, para ir a no importa dónde, para llegar la final de los caminos del azar, para arrancar, soñando, una rosa de los vientos de algún rayo de luna.” ¿Mi? ¿La? No me refiero, naturalmente, a las notas musicales.

Una de las canciones que durante los días de la revuelta fue adoptada por la juventud como una especie de himno –no fue la única– es Il est 5 heures, Paris s’éveille (Son las cinco de la mañana, París despierta), de Jacques Dutronc, cantante de éxito que ya había conseguido un par de números uno en el ranking de canciones más escuchadas en Francia. Con letra de Jacques Lanzmann     –inspirada en una canción de 1802, Tableau de Paris à cinq heures du matin, de Marc-Antoine-Madeleine Désaugiers–, miles de gargantas corearon “París despierta, París despierta” durante las manifestaciones.

evariste-face-pochetteUno de aquellos jóvenes –dieciséis años cumplía el 11 de mayo– era el cantante y actor francés Renaud Séchan, quien escribió Crève Salope (Revienta cabrona, refiriéndose a la boca de su padre, es decir, a las palabras que salen de ella. “J’lui réponds: Ta gueule sale con, ça t’regarde pas! / Et j’ui ai dit: Crève salope!”), exposición de las ideas que movían la lucha generacional inspiradora del Mayo francés. “Venía de manifestarme en el Barrio. / Llego a casa cansado, agotado. / Mi padre me dice: buenas noches, chiquillo, ¿cómo te va? / Yo le respondí: ¡cierra la boca!, asqueroso gilipollas, no es asunto  tuyo. / Y le dije: ¡revienta cabrona! / Y le dije: ¡jódete carroña! / Y le dije: ¡jódete basura!”. Con parecidos términos se dirige a a su profesora de inglés o al director del instituto. Condenado a la guillotina “dije: ¡Revienta cabrona! / dije: ¡jódete carroña! / dije: ¡jódete cabrón!”. La cantó a capella cuando se ocupó la Sorbona y nunca ha sido registrada en disco.

Semejante es el mensaje de La révolution, un tema de Evariste, cantante, físico e investigador francés que grabó varios discos entre 1967 y 1975. “¿Qué haces en la calle criatura?”, pregunta el padre. “La Revolución”, “contra la sociedad de consumo”, “la Revolución”. Escuchamos Evariste con un coro formado por miembros del Comité Revolucionario de Agitación Cultural (Sorbona libre).

El 10 mayo –cuya noche pasaría a ser conocida como la de las barricadas– Léo Ferré cantaba en Mutualité pour la Fédération anarchiste por primera vez Les Anarchistes: “No hay más que uno entre cien y, sin embargo, existen; / la mayoría españoles, vaya a saber por qué. / Uno diría que en España no los comprenden / los anarquistas recibieron de todo: bofetadas y adoquines/ (…) / Tienen una bandera negra que se burla de la esperanza, / y la melancolía para avanzar en la vida, /cuchillos para cortar el pan de la amistad / y oxidadas armas para no olvidar / que solo hay uno entre cien y, sin embargo, existen, /y que se mantienen firmes, codo a codo, / dichosos y por ello siempre en pie: los anarquistas.”

La brutalidad con que las fuerzas de seguridad reprimieron a los manifestantes llevó a Claude Nougaro a componer Paris Mai. “La Consagración de la Primavera suena como una masacre, / pero cada día que pasa embellece mi voz. / Es posible que abrigue un Stravinski”.

Nougaro, ex legionario, no era precisamente un izquierdista ni un cantante comprometido, pero tampoco un insensible carente de empatía. La emisión de Paris Mai por radio y televisión fue prohibida.

Dominique Grange

Dominique Grange

 

El Comité Revolucionario de Agitación Cultural (CRAC) a que antes nos referíamos antes estaba integrado por artistas de todo tipo que apoyaban el movimiento. Una de las figuras más emblemáticas del mismo era Dominique Grange (Lyon, 1940), cuya voz fue una de las pocas que nadie consiguió acallar tras el fin de la rebelión. Pagó por ello, por supuesto; estuvo vetada en la radio y televisión francesas durante años y grabar sus temas se convirtió en una odisea. Esta sí fue, y sigue siéndolo, una cantante comprometida. Suya es la canción A bas l’état policier, cuyo disco se vendía en las manifestaciones a tres francos. Fue compuesta en las horas bajas del movimiento “pero –decía– estamos en París / Praga y México / y de Berlín a Tokio / millones gritando que / ¡Abajo el Estado policial”

Hubo más canciones, pero creemos que esta sucinta selección se ajusta bastante a lo que fue la “música de Mayo del 68”. Espero que ustedes opinen lo mismo. Que pasen un buen día.