Los maricones tienen que estar debidamente identificados

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Miembros de la SA (Sturmabteilung) vigilan las calles de Berlín (1933). / Bundesarchiv.

Berlín, febrero-marzo de 1933.

―Han clausurado Eldorado. Hay un pequeño cartel pegado en la puerta que dice que se cierra el local por orden de la autoridad.

―Pues Helmut y Sam se dirigían hacia allí. Hoy libra Helmut y había quedado con unos amigos. Parecía presentirlo, decía que igual era la última vez. Insistía por eso para que fuéramos con él, pero yo no me encuentro bien.

―¿Qué te ocurre?

―Nada, me siento cansada y tengo náuseas.

―Eso decía tu madre cuando estaba embarazada de ti. ¿Te ha visto el médico?

―No creo que lo esté. Sí tengo un retraso, pero de unos pocos días. Mi regla siempre ha sido irregular. De todos modos, si sigo así iré. Anda, ayúdame a preparar la cena. Supongo que, al estar cerrado, Sam regresará pronto. Hace tiempo que marcharon.

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El cabaret Eldorado en febrero-marzo de 1933 tras ser clausurado por las autoridades tras la llegada al poder del NSDAP. / Bundesarchiv.

Esa, efectivamente, era la intención de Sam, y también de Helmut. Tal como estaban las cosas, no les extrañó demasiado verlo cerrado. Se acercaron a leer el cartel y dieron media vuelta. En eso escucharon a sus espaldas el plash de pisadas de calzado sobre la calle mojada ─hacía poco menos de una hora que había dejado de llover─. Sonaban fuertes, enérgicas. Sam giró la cabeza hacia atrás.

―No te vuelvas ─exclamó Helmut─. Sigue, con paso decidido, pero que no parezca apresurado.

―¿Qué ocurre?

A Helmut no le dio tiempo a explicarle los motivos de su zozobra. Inmediatamente oyeron gritar: ¡Eh, vosotros, alto ahí!

―No te detengas, haz como si no oyeras nada. Hazme caso.

―¿Estáis sordos? ─escucharon que decía una abrupta y cortante voz a sus espaldas─. ¡Que os detengáis!

No pudieron más que obedecer, estaban en medio de la calle. Un par de bravucones muchachos, que apenas alcanzarían los dieciocho años de edad, les miraban desafiantes, engallados, sonreían con suficiencia. Vestían el uniforme de los miembros de las SA, con su característica camisa parda. Les pidieron la documentación.

―Ustedes no son policías ─dijo molesto Sam con una dicción del alemán más que deficiente─ ¿por qué he de mostrarles nada?

Uno de ellos, rubio, imberbe, de ojos claros, porte altanero, sonrió, cogió su porra y le dio con ella en el estómago. Sam se contrajo, había sido un fuerte golpe que, además, le había pillado de improviso. Helmut lo sujetó.

―Mira, mira cómo se quieren ─decía uno de los camisas pardas al otro; ambos reían.

Helmut y Sam les dieron sus documentos.

―Vaya, vaya. ¿Qué tenemos aquí? ─el rubito parecía llevar la voz cantante─. No solo son maricones, también judíos, y seguro que comunistas ¿no? Porque sois todo eso, ¿verdad?

Ni uno ni otro decían nada. Humillados, avergonzados de sí mismos y de tener que vivir semejante situación, permanecían en silencio.

―¿Verdad? ¿O es que también sois mudos? A ver, tú, el que habla raro, el extranjero, no, tú ─dirigiéndose a Helmut─ repite conmigo: Soy un maricón, un cerdo judío y un comunista.

Helmut calló. El joven rubio le dio un par de bofetadas.

―¡Grita! Soy un cerdo judío, soy maricón. ¡Grítalo! Soy un perro comunista. ¡Un perro! ¡Ladra! ¡Qué ladres! Y luego me lames las botas.

El otro, tan displicente como su camarada, examinaba atentamente la documentación. Se acercó a este y le mostró el pasaporte de Sam mientras le decía algo al oído.

―Así que eres americano. ¿Y qué haces por aquí?

―Soy escritor.

―Es decir, un cabrón de esos que vienen a husmear y luego hablan mal de nuestro pueblo. Venga, ¡largo de aquí! ─y arrojó el pasaporte de Sam al suelo mojado─. Vamos, rápido, antes de que me arrepienta. Tú ─a Helmut─ pasas mañana por la Kripo a por tu documentación. ¿No sabes que los maricones tienen que estar debidamente identificados?

Azarados, dolidos y lastimados, Helmut y Sam regresaron a casa de ese último. Cuando llegaron, Helmut sangraba por la nariz.

―¡Dios mío! ¿Qué ha pasado? ─exclamó Martha al verlos.

―Imagínatelo. Seguro que han sido esas bestias de camisa parda ─dijo Dieter.

Explicaron lo sucedido. Sam se quejaba aún del porrazo en el estómago. Martha le dio un calmante.

Pasado el estupor con que escucharon a Sam y Helmut narrar su vejatorio episodio con los SA, la rabia y la consiguiente impotencia, la principal preocupación se centró en la situación de Helmut. ¿Qué hacer en su caso? ¿Y si no lo dejaban salir de la Kripo? ¿Y si lo encarcelaban?

Manuel Cerdà: Tiempos de cerezas y adioses (2018).

La vache rose

Vaqueta vaqueta (2)

Vi el otro día Les mamelles de Tirésias (Los pechos de Tiresias), una opéra bouffe en dos actos, sarcástica a más no poder, cuya absurdidad no es otra que la misma que rodea nuestra existencia y el ingenio, la creatividad, una salida. Con música de Francis Poulenc está basada en la obra homónima de Guillaume Apollinaire que escribió en 1903, pero no llegó a representarse hasta 1917. La ópera de Pulenc se estrenó en el Opéra-Comique en París el 3 de junio de 1947.

La versión que vi es la que representó la Opéra National de Lyon en 2010. Otro día publicaré una entrada sobre ella, pues hoy no es de la ópera de Pulenc de la que quiero hablar, sino de lo que me sugirió. O más concretamente, lo que me sugirió un momento de la misma. Como la obra es breve, se agregó –con muy buen criterio a mi parecer– un Foxtrot de Shostakovich y Le Bœuf sur le toit (1919) de Darius Milhaud como prólogo.

No conocía Le Bœuf sur le toit y fue todo un descubrimiento, fantástico. Se estrenó como ballet con escenario de Jean Cocteau, escenografía de Raoul Dufy y vestuario de Guy-Pierre Fauconnet en 1920. No hay una historia real de la que hablar, sino una secuencia de escenas inspiradas en Brasil, un país en el que el compositor pasó dos años durante la Primera Guerra Mundial. Los primeros actores fueron payasos del circo Medrano, los Fratellini. La coreografía fue deliberadamente muy lenta, en marcado contraste con el espíritu alegre de la música.

Fascinado, escuché de nuevo Le Bœuf sur le toit al día siguiente varias veces. Y de pronto en mi mente apareció una vaca rosa. Y ya está. Le Bœuf sur le toit…, le Bœuf sur le toit…  ¿y la vaca rosa? No hay más. Y me monté esta especie de fantasía fantasmagórica. ¿Cuál es la línea que separa realidad y onirismo? ¡Que más dará! Yo me dejé llevar por la vaca y salió este vídeo.

Últimamente –lo he dicho en otras entradas– he descubierto una nueva afición: la de confeccionar vídeos. Me lo paso bien, me siento como un niño con juguete nuevo. Cosas de la hiperactividad, digo, no sé. Unos reciben más visitas, otros menos. Este –no tengo la menor duda– va a ser de los que menos. Puede que no reciba ninguna, ninguna que llegue a verlo entero. El vídeo dura 15:39 minutos y es una sucesión de imágenes y animaciones entre las que se intercalan diversas citas de Apollinaire, Jarry, Vian o Queneau. Todas ellas en francés, como el resto del vídeo, pues la vaca rosa cuando se presentó ya me dijo que solo hablaba dicho idioma. Por eso se titula La vache rose. Algunas de estas imágenes, unas cuantas, pueden ofender la sensibilidad de quien las contemple, por lo que no está recomendado para espíritus sensibles y he restringido el acceso al vídeo a mayores de 18 años.

Aclarado como fue su parto, le dejo con La vache rose. Una sola recomendación si deciden verlo: no le busquen tres pies al gato –ni a la vaca, por supuesto–, sabido es que tiene cinco.

La complainte des filles de joie (La triste canción de las mujeres de vida alegre)

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Las llaman mujeres de vida alegre quienes frecuentan esas “guaridas de sentimientos encontrados y gélidos, almacenes de incertidumbres y recelos, infortunios y fiascos” que son los prostíbulos, quienes acuden “a las solícitas y complacientes mujeres de la calle” en busca de sexo y de consuelo que alivie su miserable existencia. Pero, como dice la canción de Brassens, no ríen. Más bien lloran. Eso sí, tras marchar el cliente después de tener relaciones sexuales con ellas en esas guaridas que mencionaba. Nunca antes. Hay que fingir, y fingir bien, para poder conseguir unos ingresos mínimamente estables.

Este es el caso –como tantos otros– de Violeta, uno de los personajes de mi novela El viaje, a la que pertenecen las frases que entrecomillo. Violeta era “una mendiga sexual forzada por las circunstancias, una actriz de la noche, que actuaba, interpretaba un papel a cambio de dinero, como en definitiva hacemos todos, y eso era lo único que se llevaba a casa, nada de recuerdos”. Ni don Cosme, otro protagonista, que se encaprichó de ella y la trataba con suma consideración, pues en ella “encontraba calor y comprensión, sin llegar a plantearse que sin dinero el calor y la comprensión que creía hallar se hubiesen vuelto mucho más gélidos”. Ni él, ni quienes jamás llegaron a plantearse la diferencia entre una muñeca sexual y una mujer de carne y hueso, trataron vez alguna con la verdadera Violeta, la persona, sino con la “puta, una mujer cuyo cuerpo era conocido por muchos hombres que habían pagado para poseerlo sexualmente, un cuerpo público, cedido temporalmente a otras manos, conocido por todo tipo de fulanos cicateros de sentimientos y codiciosos de satisfacer frustraciones y fantasías que por mucho que se empeñaran jamás llegarían a ver cumplidas”.

No existen los clientes, sino los puteros, malnacidos que se provechan de la explotación de que son objeto las ‘mujeres de vida alegre’. Les importa un bledo. No son conscientes, como canta Brassens, de que esa puta con la que se entretienen y de la que muchas veces se ríen perfectamente hubiera podido ser su madre. Y ve y diles que son unos hijos de puta, que lo son. Díselo y verás cómo se ponen.

Bueno, les dejo ya con Georges Brassens, quien describe la vida de estas ‘mujeres alegres’ mucho mejor que yo, y su canción La complainte des filles de joie (La triste canción de las mujeres de vida alegre), de su autoría (música y letra), que salió a la luz en el álbum de 1961 Le temps ne fait rien à l’affaire. He traducido el texto tras ver una por una las traducciones al español que existen en internet. Ya me hubiera gustado utilizar alguna de ellas, pero en todas encontré errores de bulto derivados de una mala traducción de palabras y expresiones propias del argot francés. Iba a decir que cuanto daño hacen los traductores automáticos, pero no es así. Creo que es más correcto decir qué mal se utilizan los traductores automáticos. No sé si mi traducción es mejor, creo que sí, pero si advierten algún error les agradecería que me lo comunicaran.

Que pasen un buen día.