Severino Albarracín

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Severino Albarracín Broseta nació en al municipio valenciano de Llíria en 1851. Maestro de profesión, se formó políticamente en el republicanismo y tras la Revolución de septiembre de 1868 se hizo militante de la Juventud Republicana de Valencia.

Sus ideas radicales, más próximas al anarquismo que al republicanismo, hicieron que fuera expulsado, ingresando poco después en la Alianza de la Democracia Socialista, el sector bakuninista de la Asociación Internacional de Trabajadores (AIT). El congreso de Zaragoza de la AIT de 1872 fue elegido miembro de su Consejo Federal, y en el de Córdoba (25 de diciembre de 1872 – 3 de enero de 1873) secretario de la Comisión Federal, la cual, a raíz del mismo, se estableció en Alcoi (Alicante).

Partidario de la táctica insurreccional –la de aquellos que creían que la revolución social estallaría tras una sublevación local, fue uno de los dirigentes de la insurrección de Alcoi en julio de 1873, la primera huelga general del Estado español. Durante los sucesos encabezó la comisión que exigió al alcalde de la ciudad, el republicano Agustín Albors, que resignara el mando en los internacionalistas y organizó y dirigió la lucha contra las autoridades y principales propietarios y fabricantes, que se opusieron a tal pretensión.

En el proceso que se incoó a raíz de los hechos aparece en el primer lugar de los declarados rebeldes. Se exilió en Suiza, donde se relacionó con Piotr Kropotkin, y regresó en 1877. Se estableció en Barcelona, donde falleció un año más tarde de tuberculosis.

Severino Albarracín es uno de los personajes reales que aparece en mi novela El corto tiempo de las cerezas (2015). Los dos párrafos que de la misma siguen tratan de describir cómo era y qué hacía que su personalidad resultara tan atractiva a los ojos de los obreros alcoyanos de la época. Todos los detalles que en ellos figuran están extraídos del proceso antes mencionado (más de 30.000 folios), que se conserva en el Archivo Municipal de Alcoi y que consulté en su momento. La investigación dio lugar a mi primer libro en solitario: Lucha de clases e industrialización (1980).

Cuando Albarracín tomó la palabra se hizo un silencio abrumador. Su facilidad para expresarse y hermanar las palabras que pronunciaba con sus ademanes, la radicalidad y simplicidad de su discurso, perfectamente comprensible y con referencias a la situación inmediata de injusticia y oprobio que atravesaban los obreros, centraban la atención de los presentes, que le seguían con muestras de asentimiento y admiración. Su aspecto, además, era prácticamente el mismo que el suyo, hasta que empezaba a hablar en nada se adivinaba a simple vista que era maestro y, por tanto, persona instruida. Vestía blusa azul, alpargatas abotinadas en forma de zapatos, viejos y sucios, pantalón oscuro de paño y sombrero de hongo negro. Salió de detrás de la mesa y, de pie, se situó lo más próximo posible a los congregados. Su verbo cautivaba, sabía poner el énfasis adecuado a cuanto decía, hacía pausas tras las afirmaciones más contundentes, que eran enseguida aclamadas, y se mostraba tan seguro que contagiaba de confianza a los demás. Hay que sustituir la fe por la ciencia, la justicia divina por la justicia humana, y no habrá justicia hasta la abolición definitiva y completa de las clases y la igualación política, económica y social de los individuos de los dos sexos. Para alcanzar este fin exigimos ante todo la abolición del derecho a la herencia, que en el futuro cada uno disfrute lo mismo que ha producido, y de la propiedad privada, que los instrumentos de trabajo, como cualquier otro capital, se conviertan en propiedad colectiva de la sociedad entera y solo puedan ser utilizados por los trabajadores, es decir, por las sociedades agrícolas e industriales. Aplausos, gestos y gritos de aprobación se sucedían en armoniosa complacencia. ¿Podemos continuar así? ¡De ninguna manera! ¿Hay seguridad de mejorar nuestra desgracia? La tenemos. Si tenemos, pues, la certeza de nuestro mejoramiento ¿por qué seguir viviendo en la vergüenza y la opresión? Es hora de liquidar cuentas con la burguesía, tiene que reintegrar todo lo que ha robado al pueblo trabajador.

Aumentaba la intensidad de los aplausos, gestos y gritos, que ahora ya no eran solo de exaltación, buena parte de ellos se dirigían contra los aprovechados, desaprensivos y explotadores burgueses. Los ánimos –o el ánimo, la comunión era absoluta– se caldeaban y Albarracín reforzaba la entonación de sus palabras. Desengañaros de todas las farsas y de todos los farsantes de la política burguesa. No está lejano el día de la huelga general, o mejor dicho, de la revolución, pacífica o violenta, según la línea de conducta que observe la burguesía y el gobierno. La ovación que siguió fue atronadora, tanto que impedía escuchar con claridad los vivas a la revolución social, al colectivismo y a la anarquía o los abucheos e insultos contra los codiciosos burgueses. Terminado el acto los internacionalistas desfilaron en manifestación lanzando consignas en consonancia con las ideas expresadas en el mitin.

Publicada originalmente en: https://musicadecomedia.wordpress.com/2016/05/31/severino-albarracin/

Cenando en compañía de Samuel Beckett

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Samuel Beckett en un café de París.

Me decidí por una ensalada y mero a la plancha ─me aseguraron que era fresco─, para beber un vino de garnacha, con cuerpo, poco ácido y con esa ligera aspereza que mi gusto celebra encontrar. Entre plato y plato, un corto texto de Beckett, Compañía. Lo cogí de mi biblioteca al azar. Inventor de la voz y de su oyente y de sí mismo. Inventor de sí mismo para hacerse compañía. Déjalo estar. Habla de sí mismo como de otro. Dice, hablando de sí mismo: “Habla de sí mismo como de otro.” Se imagina a sí mismo para hacerse compañía. Déjalo estar. La confusión también es compañía hasta cierto punto. La esperanza diferida mejor es que nada. Hasta cierto punto. Hasta que el corazón empieza a enfermar. Un corazón enfermo mejor es que nada. Hasta que empieza a partirse. Conque, hablando de sí mismo, concluye de momento: “De momento déjalo estar”

El camarero. No me apetece postre. Un café corto y un buen whisky de malta.

Aparte de la mesa que escogí para cenar, había tres más ocupadas, todas por más de una persona. La mía era la única que no. Observaba de cuando en cuando la gente sentada en ellas. [En una que había al fondo] se sentaban un hombre y una mujer de veintipocos años, no llegarían a los treinta. Él parecía acercarse más a la treintena, ella en cambio a los veinte. Vestían elegantemente, el hombre con aire más informal, americana de dril color crudo y camiseta negra de algodón; la mujer un vestido de color marrón ocre, largo y ceñido, anudado al cuello, y un foulard de seda azul Klein, con el que cubría los hombros. Desde mi posición, la espalda de la mujer, al descubierto, destacaba en la escena. Imposible no fijarse, la luz del seto situado a su lado se escapaba por entre las ramas del jazmín y se reflejaba en ella. La piel se veía tersa y suave, bronceada, un bronceado natural, ligeramente dorado, imposible de conseguir sin la acción del sol. Destacaba aún más con el color de su vestido y la media melena rubia. El azul del foulard acentuaba y atemperaba el contraste. Terminaron el primer plato, la joven se levantó y pude así observar su cuerpo al trasluz del foco situado junto a ella, la tela era fina y permitía adivinar una figura esbelta y seductora. Por unos momentos llegué a desearla.

Me preguntaba quiénes serían. Tal vez unos recién casados, o una pareja que celebraba un aniversario de algo, puede que de su boda (eso explicaría su bronceado caribeño). Como quiera que sea, deduzco de estos nimios vestigios que ambos viven bajo el mismo techo; la actitud de él parece corroborarlo. Durante el tiempo que ella está ausente, no mucho ─debe haber ido al baño─ el camarero sirve sus segundos platos. Él come, no la espera. Vuelve la chica y se sienta. Observo su cuerpo de nuevo mientras lo hace y luego su espalda. Empieza también a comer, no hablan entre ellos. Él mira el plato; ella no lo sé, desde mi posición no puedo ver su rostro. Sus miradas no parecen encontrarse, tampoco se buscan. Ella mira el reloj un par de veces en cuestión de minutos; tendrá sueño, estará aburrida. Él dice algo, una frase corta, ignoro si hay respuesta, apenas conversan, no deben tener nada que decirse ya a pesar de su juventud. Igual empezaron su relación demasiado pronto, siendo casi unos niños, como yo con Rosaura, pero a diferencia de nosotros nada les impidió seguir adelante. Demasiado tiempo, pues. Se acabaron las primeras veces, todo se repite, se conocen sobradamente, están cansados, mañana será el mismo día, aunque cenarán en otro sitio, lo más probable en casa, y comerán otras viandas, las que ella haya comprado y preparado, lo más probable.

Eran casi las doce de la noche, faltaban siete minutos para que las manecillas del reloj se juntasen en perfecta comunión y fuera la hora en que Cenicienta debe retirarse. Fin de la apariencia, hay que volver al redil. Ella le cogió la mano, él sonrió. Se besaron, pidieron la cuenta, se volvieron a besar. Marcharon, acaramelados, rodeando con sus brazos cintura y hombros; los de ella en la cintura, los de él en los hombros.

Sigo leyendo a Beckett: …con la cabeza vuelta hacia arriba para siempre, te esforzarás en vano con tu cuento. Hasta que al final oigas las palabras tocar a su fin. Cada fútil palabra un poco más cerca de la última. Y con ellas el cuento. El cuento de otro contigo en la oscuridad. El cuento de alguien contando un cuento contigo en la oscuridad. Y cuánto mejor, a fin de cuentas, las penas perdidas y el silencio. Y tú, como siempre has estado.

Solo.

Terminé Compañía y el whisky. Hora de volver a la habitación.

Manuel Cerdà: El viaje (2014).

Publicada originalmente en: https://musicadecomedia.wordpress.com/2016/05/24/cenando-en-compania-de-samuel-beckett/

No siempre la distancia se mide en metros

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“Agonía” (1915). Edvard Munch.

Entré en el portal, cogí el ascensor (…) y regresé a mi madriguera. No esperaba la muerte de don Cosme tan pronto. Me conmocionó. Había muerto solo, sin siquiera despedirse de Violeta, con los ojos abiertos en busca de una última imagen reconfortante, sin que nadie le hubiese ayudado, cosa por otra parte imposible puesto que, habiéndose declarado su cuerpo en bancarrota, ya no le quedarían fuerzas para pedir auxilio, inaudibles sus demandas por la debilidad de su voz que, no obstante, debía sonar en su interior con aterradora fuerza. Nadie escuchó nada. Hasta que Evaristo olió a putrefacción. Yo tampoco me había enterado. Ocupo un apartamento en la novena planta, don Cosme uno de la segunda, solo un par de minutos en ascensor nos separaban, unos veinte metros en vertical. No parece gran distancia, menos cuando la distancia está en uno.

Manuel Cerdà: El viaje (2014).

Publicada originalmente en: https://musicadecomedia.wordpress.com/2016/05/18/no-siempre-la-distancia-se-mide-en-metros/