El texto que figura bajo estas líneas es un extracto de la “Conclusión” a que llega Claude Meillassoux (1925-2015) en su libro “Mujeres, graneros y capitales” (1975), en el cual, a partir de un análisis en profundidad de la producción y de la reproducción de las sociedades agrícolas, realiza un lúcido análisis y una radical crítica de la antropología clásica y estructuralista y una crítica constructiva a la teoría del salario de Marx.
Mediante [la] política de usura
y destrucción de las fuerzas productivas humanas, el capitalismo se condena a
sí mismo, ¡por cierto!, pero llevada a su término, la explotación totalitaria
del hombre por el hombre condena a toda la humanidad. La crisis fatal y final del capitalismo, que algunos esperan como una
liberación, nos arrastrará hacia esa barbarie que Marx había previsto como
alternativa al socialismo si el proletariado mundial no se organizaba para oponerse
a ella. Barbarie prefigurada por el universo
nazi y reactivada por la burguesía internacional, en primer término americana,
en todos los lugares donde se implantan, bajo su férula, las dictaduras
guardianas del orden imperialista.
La segunda contradicción que
enfrenta al capitalismo en su desarrollo viene de la utilización persistente de
la familia, hasta en las sociedades más avanzadas, como lugar de reproducción
de este ingrediente social del que se ha alimentado hasta el presente: el
trabajador libre.
Después de haberse constituido
como la célula de la producción agrícola, la institución familiar se perpetuó
bajo formas modificadas constantemente, como soporte social de del patrimonio
de las burguesías comerciantes, agrarias y luego industriales. Ha servido para
la transmisión hereditaria del patrimonio y del capital cuya preservación fue
lograda mediante la confusión persistente desde hace tanto tiempo.
Pero en la actualidad, salvo ciertos medios burgueses, la familia carece de
infraestructura económica. Posee nada o poco que transmitir, ni bienes ni,
por lo tanto, la ideología patriarcal mediante la cual se justificaban su posesión
y su gestión. En los medios populares la familia se perpetúa según el modelo
ético y en el marco ideológico y jurídico impuesto por la clase dominante, pues
sigue siendo la institución en el seno de la cual nacen, se alimentan y se educan
los hijos gracias al trabajo benévolo de los padres, en particular de la madre.
[…] en la familia conyugal se vuelve a encontrar la misma paradoja de una
asociación orgánica de las relaciones domésticas de producción.
Las relaciones […] no responden
sin embargo a las normas contractuales que caracterizan a la empresa […]. Los contratos
legales del matrimonio solo legislan sobre el destino del patrimonio, pero
ignoran el trabajo que se realiza en el interior del hogar […].
La fuerza de trabajo así
producida, que sin embargo en el mercado de trabajo es una mercancía, no puede
ser comercializada por sus productores. En efecto, legalmente la mayoría libera
al hijo de toda obligación frente a sus padres cuando alcanza el umbral
productivo. Solo pueden explotar legalmente su fuerza de trabajo aquellos que,
al poseer los medios de producción capitalista, están en condiciones de
ofrecerle un empleo. […] Al no ser una empresa, la familia no goza de ninguna
de las ventajas legales acordadas a las sociedades. Al margen de la familia burguesa, propietaria de una empresa, por
lo tanto en condiciones de emplear a sus hijos, la inversión que los padres consagran a la reproducción de la fuerza de
trabajo es a pura pérdida.
El modo de producción capitalista depende así para su reproducción
de una institución que le es extraña pero que ha mantenido
hasta el presente como la más cómodamente aceptada a esta tarea y, hasta el día de hoy, la más económica para
la movilización gratuita del trabajo –particularmente del trabajo femenino– y
para la explotación de los sentimientos afectivos que todavía dominan las
relaciones padres-hijos. […]
La “liberación” de la mano de
obra femenina presenta ventajas semejantes pero cuyos efectos son más
radicales. En los países capitalistas avanzados el empleo femenino permite
recuperar el costo de la instrucción de la que se beneficiaron las mujeres en
la escuela o la universidad y de la cual hacen, en el hogar, un uso más
personal y cultural que productivo. Desde cierto punto de vista la política familiar hace menos ventajoso para
el capitalismo el empleo de la madre en el hogar […] que en los sectores de ocupación capitalista donde sus capacidades pueden
ser mejor explotadas y donde se amortiza mejor el costo de la enseñanza
pública. […]
La lucha de los jóvenes y las mujeres por emanciparse (por progresista
que pueda ser si se subordina a la lucha de
clases para reforzarla) va objetivamente
en el sentido del desarrollo social del capitalismo que no ha dejado de
reclutar a sus trabajadores libres mediante la disminución progresiva de las
prerrogativas de la comunidad doméstica, del patriarca primero y después del
padre (y hoy de la madre), concediéndoles
a los dependientes una emancipación cada vez más precoz para entregarlos más
rápidamente a los empleadores. […]
La Alemania nazi –todavía– hizo una
obra pionera en este dominio. El Lebesborn,
bajo la cobertura ideológica del racismo, era también la experimentación de una
producción rigurosamente capitalista de la fuerza del trabajo mediante la desaparición
progresiva de la familia en esa empresa. Pero esta evolución lógica del
capitalismo lleva en sí su contradicción, pues modifica la naturaleza profunda
de las relaciones de producción purgándola de toda libertad. Si con la familia
desaparecen los lazos de sujeción personal, con ellos desparece el trabajador
libre, vale decir, liberado de esos lazos, pero que no se libera totalmente
sino para caer en la alienación total ante el patrón. Esta perspectiva es la de
un resurgimiento de la esclavitud bajo una forma avanzada, al estar completamente
a cargo de la clase dominante la producción del productor. De esta forma el
patrón o el Estado podrán disponer de ellos de acuerdo con las necesidades de
la producción, formarlos como quiera y suprimirlos cuando les plazca, y todo
dentro del derecho. En esta perspectiva, donde la fuerza de trabajo se convierte
en una verdadera mercancía, producida en las relaciones capitalistas de producción,
el Estado y el empresario capitalista
penetran en los lugares más íntimos de la vida privada. Controlan el
nacimiento, la enfermedad, la muerte, los sentimientos. Así amenazada, la familia es considerada, por los pocos
lazos afectivos que preserva, uno de los últimos bastiones de la libertad
individual. Bastión muy frágil, pues nada la predestina a resistir la
corrosión de las relaciones monetarias. Este hecho nos muestra la magnitud de
la amenaza totalitaria que hace sufrir
el capitalismo. Este totalitarismo, que las burguesías agitan como un
espectro frente a las muchedumbres, invocando el ejemplo de los socialismos burocráticos,
es, y de manera aún más inhumana, pedestre comparado con la previsible mutación
del capitalismo mediante la destrucción
necesaria de los lazos afectivos. A estos solo es capaz de substituirlos
por la barbarie de la “rentabilidad” absoluta, última forma de la metamorfosis
de los seres humanos en el capital, de su fuerza e inteligencia en mercancía, y
del “fruto salvaje de la mujer”, en inversión.
París, mayo de 1975.