Ja a la venda

Classe obrera i industrialització és una reescriptura del meu llibre publicat el 1980 Lucha de clases e industrialización, una nova versió, ampliada, en què he introduït certs canvis i donat un altre enfocament. El tema principal que s’ocupa continua sent els successos que van tenir lloc a Alcoi el juliol de 1873 coneguts com el Petrolio.

Uns fets de tanta transcendència com aquests no es poden explicar de manera aïllada. No es tracta que un bon dia s’establira l’Associació Internacional de Treballadors a Alcoi (AIT) i convertira els treballadors al seu credo. Les idees que preconitzava aquesta arrelaren amb força entre ells perquè s’identificaven amb els valors que els treballadors havien anat conformant des de la seua pròpia experiència. L’impacte de la industrialització a la vida de la comunitat treballadora va comportar un generalitzat empitjorament de les seues condicions de vida i treball. Per això, la primera part se centra en la formació de la classe obrera alcoiana, remuntant-me als temps del ludisme. Les altres quatre parts, així com els apèndixs, tracten sobre el Petroli. Tracte d’oferir una exhaustiva informació del que va passar els dies de la insurrecció de juliol de 1873, la seua transcendència, la repressió que va seguir, el declivi de l’AIT i el seu pas a la clandestinitat, i molt especialment de la identitat de la multitud, és a dir, qui eren els treballadors que van participar en la insurrecció (els autèntics protagonistes de la mateixa), quina edat tenien, quin era el seu sexe, quin estat civil, el nivell d’instrucció, la localitat de naixement i la de la seua residència, la seua professió, la seua conducta a ulls de la llei i si tenien antecedents o no, i els càrrecs de què van ser acusats els detinguts per la seua participació en els fets.

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Hiroshima

El 6 de agosto de 1945, lunes, el cielo amaneció claro. En un día soleado y caluroso, los habitantes de Hiroshima se disponían a iniciar sus quehaceres cotidianos. Pasadas las 7 de la mañana sonó la alarma antiaérea y corrieron a protegerse en los refugios. Salieron sobre las 8, convencidos de que esta había sido falsa. Sin embargo, poco después, a las 8:15, una luz cegadora cubrió el firmamento y enseguida escucharon un estruendo como nunca antes. Había estallado, a 580 metros de altura, la primera bomba atómica de la historia. El azul del cielo desapareció y se volvió rojo intenso a causa de la enorme bola de fuego que generó la explosión. Parecía que lloraba lágrimas de sangre, fuego hecho líquido.

Ese mismo día el presidente de los Estados Unidos de América, Harry S. Truman –un mediocre político que no esperaba llegar a presidente tan pronto (Roosevelt había fallecido el 12 de abril) y confesaba sentirse abrumado en el cargo– se dirigió a sus conciudadanos en los siguientes términos: “Hace poco tiempo un avión norteamericano ha lanzado una bomba sobre Hiroshima inutilizándola para el enemigo. Los japoneses comenzaron la guerra por el aire en Pearl Harbor y han sido correspondidos sobradamente. Pero este no es el final, con esta bomba hemos añadido una dimensión nueva y revolucionaria a la destrucción […]. Si no aceptan nuestras condiciones pueden esperar una lluvia de fuego que sembrará más ruinas que todas las hasta ahora vistas sobre la tierra.”

Efectivamente, no era el final. Solo tres días después, el 9 de agosto, el centro de Nagasaki era arrasado por una segunda bomba atómica. Esta –llamada Fat Man (hombre gordo)– era de plutonio, la primera –alguien que debía tener instintos sádicos la bautizó con el nombre de Little Boy (Niño pequeño)– de uranio. Las dos sumamente letales y de consecuencias imprevisibles, tanto que sus secuelas se prolongaron durante varias generaciones y aún persisten. “A día de hoy, los hospitales de la Cruz Roja Japonesa siguen atendiendo a miles de supervivientes, afectados por las consecuencias a largo plazo que han padecido, mientras que casi dos tercios de las muertes registradas entre los supervivientes está causada por distintos tipos de cáncer”, denuncia el Comité Internacional de Cruz Roja según la noticia de Europa Press publicada tal día como hoy con motivo del setenta aniversario de la atrocidad.

Pero todo esto, entonces, a los responsables de aquellos actos de terrorismo [terrorismo = sucesión de actos de violencia ejecutados para infundir terror (RAE)] les importaba simple y llanamente un bledo. La guerra en Europa había terminado, los nazis se habían rendido el 7 de mayo de forma incondicional. Era evidente que Japón no tardaría no capitular, la guerra la tenía más que perdida ya. Pero ¿cómo no probar la bomba? A raíz del descubrimiento de la fisión nuclear a finales de 1938, un grupo de científicos se dedicaron especialmente a estudiar este fenómeno. Leo Szilard, Eugene Paul Wigner, Albert Einstein y otros recibieron del gobierno estadounidense, en 1939, un crédito inicial para llevar a cabo una exhaustiva investigación de la energía nuclear. La intervención de Estados Unidos en la guerra hizo aumentar notablemente los presupuestos de las investigaciones y las aceleró. Los trabajos para la consecución de la primera bomba nuclear de fisión fueron llevados a cabo en Los Álamos bajo la dirección de Jacob Robert Oppenheimer con el nombre de proyecto Manhattan, y la prueba tuvo lugar en Alamogordo (Nuevo México) el 16 de julio de 1945.

Se había invertido mucho dinero –dos mil millones de dólares– y se había conseguido un arma que nadie más poseía. Había que mostrar al mundo –en especial a la Unión Soviética– que los Estados Unidos de América eran la primera potencia porque eran los más fuertes. Y podían ser los más agresivos frente a quien se atreviera a cuestionar su supremacía.

Tras la cruenta experiencia de la Primera Guerra Mundial, “los gobiernos democráticos no pudieron resistir la tentación de salvar las vidas de sus ciudadanos mediante el desprecio absoluto de la vida de las personas de los países enemigos. La justificación del lanzamiento de la bomba atómica sobre Hiroshima y Nagasaki en 1945 no fue que era indispensable para conseguir la victoria, para entonces absolutamente segura, sino que era un medio de salvar vidas de soldados estadounidenses. Pero es posible que uno de los argumentos que indujo a los gobernantes de los Estados Unidos a adoptar la decisión fuese el deseo de impedir que su aliado, la Unión Soviética, reclamara un botín importante tras la derrota de Japón” (Eric Hobsbawm, Historia del siglo XX, 1995).

Solo en los primeros momentos que siguieron al estallido de ambas bombas, fallecieron cerca de 250.000 civiles. A ellos hay que sumar las muertes causadas por los efectos de la radiación nuclear, con lo que la cifra –los cálculos difieren según fuentes– podría rondar el medio millón. Por no hablar de los terribles efectos psicológicos y de que siempre hay buitres carroñeros de aspecto humano que sacan provecho de la desgracia de los demás, sea cual sea esta. Así, miles de niños quedaron huérfanos y otros tantos murieron de hambre. “A otros, la Yakuza, la mafia japonesa, los obligaba a trabajar. Numerosas niñas desaparecieron sin que se haya llegado nunca a conocer su destino.” (Dora Luz Romero: “Hiroshima, 70 años después de la bomba atómica”, El País, 5 de agosto de 2015).

El horror en toda su intensidad, el horror por el terror, y del terror, fue, a pesar de todo lo expuesto, celebrado como un triunfo sin precedentes por la opinión pública estadounidense, que festejó la masacre. Una encuesta de la revista Fortune, realizada en diciembre de 1945, reveló que menos del 5 % de los americanos pensaban que la bomba no tenía que haberse lanzado. Aún hoy una mayoría de estadounidenses –más del 50 por cien– justifican tal atrocidad. No deja de ser preocupante.

Japón se rindió incondicionalmente también el 15 de agosto. De no haber estallado las dos bombas atómicas puede que lo hubiera más tarde. ¿Unos días? ¿Unas semanas? Desde luego, no mucho más. Pero, como decía, la decisión de lanzar las dos bombas atómicas tenía otras motivaciones. Había que justificar la inversión de dos mil millones de dólares, demostrar el poderío a los soviéticos. ¿Por qué, si no, se probaron dos tipos de bomba? Podríamos concluir, pues, que tal barbarie aceleró –muy poco, eso sí– el final de la Segunda Guerra Mundial, pero inició otra: la Guerra Fría.

Entrada publicada en este blog anteriormente (6 de agosto de 2019).

MUJERES, GRANEROS Y CAPITALES: CONCLUSIÓN

El texto que figura bajo estas líneas es un extracto de la “Conclusión” a que llega Claude Meillassoux (1925-2015) en su libro “Mujeres, graneros y capitales” (1975), en el cual, a partir de un análisis en profundidad de la producción y de la reproducción de las sociedades agrícolas, realiza un lúcido análisis y una radical crítica de la antropología clásica y estructuralista y una crítica constructiva a la teoría del salario de Marx.

Mediante [la] política de usura y destrucción de las fuerzas productivas humanas, el capitalismo se condena a sí mismo, ¡por cierto!, pero llevada a su término, la explotación totalitaria del hombre por el hombre condena a toda la humanidad. La crisis fatal y final del capitalismo, que algunos esperan como una liberación, nos arrastrará hacia esa barbarie que Marx había previsto como alternativa al socialismo si el proletariado mundial no se organizaba para oponerse a ella. Barbarie prefigurada por el universo nazi y reactivada por la burguesía internacional, en primer término americana, en todos los lugares donde se implantan, bajo su férula, las dictaduras guardianas del orden imperialista.

La segunda contradicción que enfrenta al capitalismo en su desarrollo viene de la utilización persistente de la familia, hasta en las sociedades más avanzadas, como lugar de reproducción de este ingrediente social del que se ha alimentado hasta el presente: el trabajador libre.

Después de haberse constituido como la célula de la producción agrícola, la institución familiar se perpetuó bajo formas modificadas constantemente, como soporte social de del patrimonio de las burguesías comerciantes, agrarias y luego industriales. Ha servido para la transmisión hereditaria del patrimonio y del capital cuya preservación fue lograda mediante la confusión persistente desde hace tanto tiempo.

Pero en la actualidad, salvo ciertos medios burgueses, la familia carece de infraestructura económica. Posee nada o poco que transmitir, ni bienes ni, por lo tanto, la ideología patriarcal mediante la cual se justificaban su posesión y su gestión. En los medios populares la familia se perpetúa según el modelo ético y en el marco ideológico y jurídico impuesto por la clase dominante, pues sigue siendo la institución en el seno de la cual nacen, se alimentan y se educan los hijos gracias al trabajo benévolo de los padres, en particular de la madre. […] en la familia conyugal se vuelve a encontrar la misma paradoja de una asociación orgánica de las relaciones domésticas de producción.

Las relaciones […] no responden sin embargo a las normas contractuales que caracterizan a la empresa […]. Los contratos legales del matrimonio solo legislan sobre el destino del patrimonio, pero ignoran el trabajo que se realiza en el interior del hogar […].

La fuerza de trabajo así producida, que sin embargo en el mercado de trabajo es una mercancía, no puede ser comercializada por sus productores. En efecto, legalmente la mayoría libera al hijo de toda obligación frente a sus padres cuando alcanza el umbral productivo. Solo pueden explotar legalmente su fuerza de trabajo aquellos que, al poseer los medios de producción capitalista, están en condiciones de ofrecerle un empleo. […] Al no ser una empresa, la familia no goza de ninguna de las ventajas legales acordadas a las sociedades. Al margen de la familia burguesa, propietaria de una empresa, por lo tanto en condiciones de emplear a sus hijos, la inversión que los padres consagran a la reproducción de la fuerza de trabajo es a pura pérdida.

El modo de producción capitalista depende así para su reproducción de una institución que le es extraña pero que ha mantenido hasta el presente como la más cómodamente aceptada a esta tarea y, hasta el día de hoy, la más económica para la movilización gratuita del trabajo –particularmente del trabajo femenino– y para la explotación de los sentimientos afectivos que todavía dominan las relaciones padres-hijos. […]

La “liberación” de la mano de obra femenina presenta ventajas semejantes pero cuyos efectos son más radicales. En los países capitalistas avanzados el empleo femenino permite recuperar el costo de la instrucción de la que se beneficiaron las mujeres en la escuela o la universidad y de la cual hacen, en el hogar, un uso más personal y cultural que productivo. Desde cierto punto de vista la política familiar hace menos ventajoso para el capitalismo el empleo de la madre en el hogar […] que en los sectores de ocupación capitalista donde sus capacidades pueden ser mejor explotadas y donde se amortiza mejor el costo de la enseñanza pública. […]

La lucha de los jóvenes y las mujeres por emanciparse (por progresista que pueda ser si se subordina a la lucha de clases para reforzarla) va objetivamente en el sentido del desarrollo social del capitalismo que no ha dejado de reclutar a sus trabajadores libres mediante la disminución progresiva de las prerrogativas de la comunidad doméstica, del patriarca primero y después del padre (y hoy de la madre), concediéndoles a los dependientes una emancipación cada vez más precoz para entregarlos más rápidamente a los empleadores. […]

La Alemania nazi –todavía– hizo una obra pionera en este dominio. El Lebesborn, bajo la cobertura ideológica del racismo, era también la experimentación de una producción rigurosamente capitalista de la fuerza del trabajo mediante la desaparición progresiva de la familia en esa empresa. Pero esta evolución lógica del capitalismo lleva en sí su contradicción, pues modifica la naturaleza profunda de las relaciones de producción purgándola de toda libertad. Si con la familia desaparecen los lazos de sujeción personal, con ellos desparece el trabajador libre, vale decir, liberado de esos lazos, pero que no se libera totalmente sino para caer en la alienación total ante el patrón. Esta perspectiva es la de un resurgimiento de la esclavitud bajo una forma avanzada, al estar completamente a cargo de la clase dominante la producción del productor. De esta forma el patrón o el Estado podrán disponer de ellos de acuerdo con las necesidades de la producción, formarlos como quiera y suprimirlos cuando les plazca, y todo dentro del derecho. En esta perspectiva, donde la fuerza de trabajo se convierte en una verdadera mercancía, producida en las relaciones capitalistas de producción, el Estado y el empresario capitalista penetran en los lugares más íntimos de la vida privada. Controlan el nacimiento, la enfermedad, la muerte, los sentimientos. Así amenazada, la familia es considerada, por los pocos lazos afectivos que preserva, uno de los últimos bastiones de la libertad individual. Bastión muy frágil, pues nada la predestina a resistir la corrosión de las relaciones monetarias. Este hecho nos muestra la magnitud de la amenaza totalitaria que hace sufrir el capitalismo. Este totalitarismo, que las burguesías agitan como un espectro frente a las muchedumbres, invocando el ejemplo de los socialismos burocráticos, es, y de manera aún más inhumana, pedestre comparado con la previsible mutación del capitalismo mediante la destrucción necesaria de los lazos afectivos. A estos solo es capaz de substituirlos por la barbarie de la “rentabilidad” absoluta, última forma de la metamorfosis de los seres humanos en el capital, de su fuerza e inteligencia en mercancía, y del “fruto salvaje de la mujer”, en inversión.

París, mayo de 1975.