Tu vida es una puta mierda

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Tu vida es una puta mierda

… y lo sabes.

¿No sientes el hedor que desprende?

Claro que no. ¡Qué ingenuo!

Estás acostumbrado.

Siempre arrastrándote hambriento de nada.

Crees que vives por simple hecho de existir.

Estás obligado, dices, a recoger las heces de tus superiores.

Sí, lo sé, necesitas alimentarte, has de sobrevivir.

Lo sé, sé que naciste ignaro de todo y de nada,

preparado para mamársela al que tienes arriba.

¿Le cuesta correrse? Pues trabaja,

hazlo bien.

Es esa tu tarea

como buen mamporrero de sus intereses.

Limpia bien el ano de tu dueño con la lengua.

Estás acostumbrado.

Llevas haciéndolo desde que naciste.

Se lo limpiaste a tus padres,

a los maestros,

a las autoridades,

a tus jefes.

Y luego seguiste, conocedor del camino que debías seguir,

y te acostumbraste a vivir en medio de la hediondez.

Tu vida es una puta mierda.

Lo sabes.

Sabes que en la mierda naciste

y que en la mierda morirás.

Tu vida es una puta mierda

… y lo sabes

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Nota: Obviamente, el “tú”, aquí, tiene carácter mayestático e incluye a un servidor.

Entrada publicada anteriormente el 27 de enero de 2018.

Los Raskólnikov

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Raskólnikov, el protagonista de la novela de Dostoievski Crimen y castigo, pensaba que había dos clases de hombres: los que solo están en este mundo para reproducir la especie, para perpetuarla, y los que están llamados a hacer cosas extraordinarias, para los que no cuentan las normas.

Unos y otros se retroalimentan. Los primeros, los meros ‘reproductores’, se sienten satisfechos con la ordinariez de la vida común, con la rutina del día a día, con su “naturaleza apacible e indolente”. “Han venido al mundo –prosigue Dostoievski– a condición de no emprender nada por sí mismos y carecer de voluntad propia y, así, de vivir como títeres de cualquiera. Su misión en este mundo se reduce a ejecutar las órdenes de otros”, la de los que sostienen ese desbarajuste al que llaman orden y progreso, es decir, los Raskólnikov. De ahí que abunden tanto hoy los ‘hombres extraordinarios’. Y las mujeres. Son aquellos que se creen excepcionales y, en consecuencia, consideran que las reglas –que ellos mismos dictan– solo atañen a los demás.

Hay, sin embargo, una notable diferencia entre el protagonista de Crimen y castigo y los actuales Raskólnikov. Al primero la conciencia le pudo cuando se dio cuenta de que no era ese ser extraordinario que creía y del sinsentido de su crimen, y se entregó. Los actuales, en cambio, se comportan como cuenta Maurice Marsal (La autoridad, 1971) que hizo Diógenes. Al ser preguntado por unos piratas que lo habían capturado y querían venderlo sobre qué sabía hacer respondió: ‘Mandar hombres’. Y acto seguido añadió: ‘Pregunta si hay alguien que desee comprar un dueño’.

La presente es una versión modificada y ampliada de la entrada que publiqué en este blog el pasado 22 de enero.

Cansados de ‘el hombre’

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¿Qué es lo que hoy produce nuestra aversión contra el hombre? –pues nosotros sufrimos por el hombre, no hay duda–. No es el temor; sino, más bien, el que ya nada tengamos que temer en el hombre; el que el gusano ‘hombre’ ocupe el primer plano y pulule en él; el que el ‘hombre manso’, el incurablemente mediocre y desagradable haya aprendido a sentirse a sí mismo como la meta y la cumbre, como el sentido de la historia, como ‘hombre superior’; –más aún, el que tenga cierto derecho a sentirse así, en la medida que se siente distanciado de la muchedumbre de los mal constituidos, enfermizos, cansados, agotados, a que hoy comienza Europa a apestar, y, por tanto, como algo al menos relativamente bien constituido, como algo al menos todavía capaz de vivir, como algo que al menos dice sí a la vida…

[…] El empequeñecimiento y la nivelación del hombre europeo encierran nuestro máximo peligro, ya que esa visión cansa… Hoy no vemos nada que aspire a ser más grande, barruntamos que descendemos cada vez más abajo, más abajo, hacia algo más débil, más manso, más prudente, más plácido, más mediocre, más indiferente, más chino, más cristiano –el hombre, no hay duda, se vuelve cada vez ‘mejor’… Justo en esto reside la fatalidad de Europa– al perder el miedo al hombre hemos perdido también el amor a él, el respeto a él, la esperanza en él, más aún, la voluntad de él. Actualmente la visión del hombre cansa –¿qué es hoy el nihilismo si no es eso?… Estamos cansados de el hombre…

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Friedrich Nietzsche: La genealogía de la moral (1887). Edición en español de 1972, traducción de Andrés Sánchez Pascual.