Estado, monarquía y república

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[El fin del Estado] es organizar la explotación más vasta del trabajo en provecho del capital que está concentrado en manos de un puñado; así, pues, es el triunfo del reino de la alta finanza, de la bancocracia bajo la protección poderosa del poder fiscal, burocrático y […] es, por consiguiente, especialmente despótico aun enmascarándose bajo el juego parlamentario del del pseudoconstitucionalismo. La producción capitalista contemporánea y las especulaciones de los bancos exigen, para su desenvolvimiento futuro y más completo, una centralización estatista enorme, que sería la única capaz de someter los millones de trabajadores a su explotación. La organización federal de abajo a arriba, de las asociaciones obreras, de grupos, de comunas, de cantones y, en fin, de regiones y pueblos, es la única condición para una libertad verdadera y no ficticia, pero que repugna a su convicción en el mismo grado que toda autonomía económica es incompatible con sus métodos. Al contrario, se entienden a maravilla con la llamada democracia representativa: porque esa nueva forma estatista, basada en la pretendida dominación de una pretendida voluntad del pueblo que se supone expresada por los pretendidos representantes del pueblo en las reuniones supuestamente populares, reúne en sí las dos condiciones principales para su progreso: la centralización estatista y la sumisión real del pueblo soberano a la minoría intelectual que lo gobierna, que pretende representarlo y que infaliblemente le explota. […]

Y lo mismo que la producción capitalista y la especulación de los bancos que, a fin de cuentas, devora esa producción misma deben, por temor a la bancarrota, ampliar sin cesar sus límites en detrimento de las especulaciones y producciones menos grandes, a las que engloban y aspiran a universalizarse, lo mismo el Estado moderno, militar por necesidad, lleva en sí la aspiración inevitable a convertirse en un Estado universal […]

[…] La diferencia esencial entre la monarquía y la república más democrática está en que, en la primera, la clase de burócratas oprime y saquea al pueblo para mayor provecho de los privilegiados y de las clases propietarias, así como de sus propios bolsillos en nombre del soberano, mientras que en la república oprimirá y robará al pueblo del mismo modo en provecho de los mismos bolsillos y de las mismas clases, pero ya en nombre de la voluntad del pueblo. En la república, el llamado pueblo, el pueblo legal, a quien se supone representado por el Estado, sofoca y sofocará siempre al pueblo viviente y real. Pero el pueblo no estará más aligerado si el palo que le pega lleva el nombre de palo del pueblo.

Mijaíl Bakunin: Estatismo y anarquía, 1873. Hay varias ediciones en castellano. La consultada por mí es la publicada por la editorial Orbis, Barcelona, 1984.

Lo que España necesita: a mí

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‘España necesita un gobierno’ es una frase repetida hasta la saciedad estos días, estos meses más bien, por la práctica totalidad de los dirigentes políticos de este país. Cada uno matizará cómo ha de ser ese gobierno y cuáles sus tareas, pero todos, sin excepción, coincidirán también en que solo él, ella o la opción política que represente, ha de ser la que lo forme o conforme.

Uno ya no sabe si quien habla es un mesías o un político. Todos parecen estar ungidos por el espíritu de la verdad. Pródigos en axiomas, que los medios ‘de comunicación’ se encargan constantemente de difundir (cacatualidad), solo ellos saben cuál es el recto camino y a qué dioses del Olimpo –ahora con sede en Bruselas– nos debemos encomendar. Y es que, como dijo Gorki, “no hay peor veneno que el poder”.

‘Nada es tan peligroso para la moral particular del hombre como el hábito del mando’, escribió Bakunin en su obra Federalismo, socialismo y antiteologismo (1868). Ya sea el mejor, el más inteligente, el más desinteresado, el más generoso o el más puro, “se echa a perder infaliblemente y siempre en el ejercicio de tal misión”.

Habla Bakunin en dicha obra de dos sentimientos que son inherentes al poder: ‘el menosprecio de las masas populares y la exageración del propio mérito’. Así, decía Pedro Sánchez en julio: ‘La única alternativa posible es la de un Gobierno socialista, quienes han querido los españoles que lidere’. Veamos unos pocos ejemplos más buscados al azar y todos de este año (2019): ‘La libertad y la convivencia solo llegarán en Cataluña si Ciudadanos gobierna España’ (Inés Arrimadas en La Sexta Noche, 23 de febrero). ‘Solo nosotros garantizamos el cambio necesario en España y esto no lo duda nadie’ (Pablo Casado, El Independiente,11 de noviembre). ‘Solo nosotros podemos salvar España’ (también Casado tras el debate electoral televisado del 5 de noviembre). ‘Solo nosotros podemos lograrlo’, ‘somos los únicos que tenemos proyecto, equipos y presencia territorial’ (de nuevo Sánchez, noticia de EFE sobre un mitin en Pamplona el 1 de noviembre).

¿Qué nos están diciendo? Pues que ‘las masas, reconociendo su incapacidad de gobernarse, me han elegido como jefe suyo [y], con ello, han proclamado claramente su inferioridad y mi superioridad, […] soy el único capaz de dirigir los asuntos públicos. El pueblo me necesita, no puede prescindir de mis servicios, en tanto que yo me basto a mí mismo; en su propio provecho ha de obedecerme; y yo, al dignarme mandarlo, no procuro sino su bienestar’, nos aclara Bakunin, quien concluye:

‘Hay para perder la cabeza y el corazón también, y para enloquecer de orgullo, ¿no? Así es como el poder y el hábito del mando se convierten, incluso para los hombres más inteligentes y virtuosos, en una fuente de aberración intelectual y moral al mismo tiempo’.

Y de este modo llegamos al ‘todo es lo mismo’. Todo se ha reducido a un único caldo universal, a la disolución del individuo en la masa. ‘El presente pertenece a la plebe. Como la plebe ha aprendido a creer sin razones, ¿quién la va a disuadir de sus creencias con razones?’ (Nietzsche).

Queda, no obstante, parafraseando al pensador alemán, el valor del solitario, el valor del águila, ese valor que ya no puede ser contemplado por ningún dios. Y a eso me aferro. Soy humano, necesito creer en algo, confiar en la resistencia del individuo contra las formas de poder, de su abuso y arrogancia. Por eso si algo realmente necesitamos es preservar la autonomía de nuestro pensamiento. Como hizo Diógenes de Sinope allá por el siglo IV a.C. Diógenes, que vivía en un tonel, dicen, recibió la visita de Alejandro Magno, que había oído hablar de él y deseaba conocerlo. ‘Dime lo que quieres y te lo conseguiré’, le dijo Alejandro. ‘Pues apártate del sol, que me haces sombra’, respondió el filósofo.

Amar y odiar

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Buscar en mí la felicidad de los otros, mi dignidad personal en la dignidad de los que me rodean, ser libre en la libertad de los otros, tal es todo mi credo, la aspiración de toda mi vida.

Amar es querer la libertad, la independencia total del otro, es este el primer acto de amor verdadero; es la emancipación completa del objeto al que se ama; verdaderamente no se puede amar más que a un ser perfectamente libre, independiente no solamente de todos los demás sino incluso y sobre todo de aquel de quien es amado y a quien se ama. Esta es mi profesión de fe política, social y religiosa, este es el sentido íntimo no solo de mis acciones y mis tendencias políticas, sino hasta donde puedo de mi existencia particular e individual; porque el tiempo en el que estos dos tipos de acciones podrían ir por separado está ya muy lejos; ahora el hombre quiere la libertad en todas las acepciones de esta palabra, o no la quiere. Querer, al amar, la dependencia de aquella persona a la que se ama, es amar una cosa y no un ser humano, pues el hombre solamente se distingue de la cosa por la libertad; y si el amor también implicara la dependencia sería lo más peligroso y lo más infamante del mundo, porque reaviva entonces una fuente inagotable de esclavitud y embrutecimiento para la humanidad. Todo lo que emancipe a los hombres, todo lo que al hacerlos entrar en sí mismos suscita en ellos el principio de su vida propia, de una actividad original y verdaderamente independiente, todo lo que les da la fuerza para ser ellos mismos, todo esto es verdad; todo lo demás es falso, liberticida, absurdo. […] La verdad no es una teoría sino un hecho, la vida misma, es la comunidad de los hombres libres e independientes: es la unidad del amor que surge de las profundidades misteriosas e infinitas de la libertad.

[…] No debe haber perdón sino guerra implacable contra mis enemigos, porque son los enemigos de todo cuanto hay de humano en nosotros, enemigos de nuestra dignidad y nuestra libertad.

Hemos amado demasiado tiempo,

ahora queremos odiar.

Sí, la capacidad de odiar es inseparable de la capacidad de amar.

[Carta de Mijaíl Bakunin a su hermano Pavel. París, 29 de marzo de 1845]

Y si el destino, desde mi infancia, hubiera querido hacer de mí un marinero, probablemente sería todavía ahora un hombre honrado que no habría pensado en la política y no hubiera buscado otras aventuras que las del mar. Pero la suerte lo decidió todo de otra manera y mi necesidad de movimiento y de acción han quedado insatisfechas. Esta necesidad, unida luego a la exaltación democrática, ha sido por así decirlo mi único móvil. En lo que se refiere a esta exaltación, pude ser definida con muy pocas palabras: el amor a la libertad y un odio invencible contra toda opresión, odio más intenso incluso cuando la opresión pesaba no sobre mí sino sobre otros. Buscar en mí la felicidad de los otros, mi dignidad personal en la dignidad de los que me rodean, ser libre en la libertad de los otros, tal es todo mi credo, la aspiración de toda mi vida.

[Texto escrito por Bakunin em 1848-1849]

Documentos extraídos del libro de Arthur Lehning ‘Conversaciones con Bakunin’, 1999, Barcelona: Anagrama.