Tras los atentados de París. ¿Y ahora qué?

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En 1991 una fuerza de coalición autorizada por Naciones Unidas, compuesta por 34 países y liderada por Estados Unidos, invade Kuwait para echar a las tropas iraquíes que previamente lo habían ocupado. Se argumentó que la acción era inevitable porque, entre otras atrocidades, estas habían bombardeado y destruido parte de la maternidad de la capital. Más tarde supimos que nunca pasó tal cosa y que todo fue invención de una agencia publicitaria, Hill and Knowlton, pagada por el emir de Kuwait. El objetivo, de todos modos, no era otro que impedir que el Medio Oriente resistiera a Israel y se independizara de los Estados Unidos. Las consecuencias: innumerables víctimas; luego un largo embargo, con medicinas incluidas.

En 2001 George Bush declara la guerra a Afganistán. Dice que para vengar el 11 de septiembre y capturar a Bin Laden, pues Afganistán apoyaba y daba refugio y cobertura a los miembros de alQaeda. Se supo después que no existía red alguna y que los talibanes habían propuesto extraditar a Bin Laden. Claro que lo que se buscaba era el control militar del centro estratégico de Asia y construir un oleoducto que permitiera controlar el aprovisionamiento energético del sur de Asia. Las consecuencias: no hay más que ver cómo están los afganos ahora.

En 2003 por activa y por pasiva afirman, entre otros, los máximos dignatarios de Estados Unidos, Gran Bretaña y España que Irak –presidido entonces por Saddam Hussein– está en posesión de  peligrosas armas de destrucción masiva, que es evidente su apoyo al terrorismo de alQaeda y que hay que librarse de él para evitar males mayores y devolver la libertad al pueblo iraquí. Se sospecha ya en aquellos momentos, y se confirma después, que todo es una gran mentira, que las supuestas pruebas fueron falsificadas y que las verdaderas razones para declarar la guerra a Irak eran de tipo económico y político: el control del petróleo y de una zona de gran valor geoestratégico. Las consecuencias: Irak sumergido en el caos y la barbarie, miles de muertos inocentes, el pueblo empobrecido y dividido, las mujeres otra vez sometidas a la sumisión…

Son estos tres ejemplos que hemos sacado del interesante artículo de Michel Collon “10 guerras, 10 mentiras mediáticas” (Rebelión, 19 de mayo de 2008). ¿De qué sirvieron estas innecesarias guerras (si es que alguna no lo es)? “Desde 2001 –leo en un artículo de Íñigo Sáenz de Ugarte publicado en eldiario.es de 15 de noviembre de este año–  los países occidentales han invadido Afganistán e Irak. Han lanzando sus drones sobre Pakistán, Yemen y Somalia en una campaña permanente que nunca tendrá fin. Han impuesto en Libia una zona de exclusión aérea que propició el derrocamiento de Gadafi. Han tolerado la invasión saudí de Yemen. Han reconstruido ejércitos como el iraquí que se han revelado como una banda mediocre y corrompida. Han anunciado que el régimen sirio debía desaparecer, ayudado a algunos grupos insurgentes y tolerado que saudíes y turcos armen a los más peligrosos de los enemigos de Asad. Han lanzado una campaña de bombardeos contra ISIS que lleva ya 8.125 ataques aéreos hasta el 12 de noviembre (con un coste de 5.000 millones de dólares, una media de 11 millones diarios), a la que ahora se ha sumado Rusia”.

¿Ha servido para algo todo esto? Es evidente que no. Mucho me temo que los atentados de París del pasado viernes no van a ser los últimos que se produzcan en Occidente. Pero no solo en Occidente. El día antes de la masacre parisina, el ISIS llevó a cabo un atentado con terroristas suicidas que mató a 43 personas en Beirut y otro el mismo viernes en Bagdad que acabó con la vida de 26 personas. Nadie entre nosotros, los occidentales, promovió campaña alguna como la que han suscitado los trágicos acontecimientos de la capital francesa.

Esto no deja de ser lógico. Todos los días muere gente, por causas naturales o no. Si quien fallece es un completo desconocido no podemos sentir lo mismo que si es un vecino, y menos aún si es un amigo o un familiar. Pero esa no puede, no debe, ser –más en casos de atentados terroristas– la conducta de los gobiernos ni de los medios de comunicación europeos y estadounidenses, cuya frialdad cuando los que mueren nos son “de los nuestros” contrasta con el dramatismo con que se afrontan esas muertes violentas cuando tienen lugar en Occidente. No hay muertos de primera y de segunda.

Sin embargo, resulta evidente que no es así. Y no lo es porque las mismas razones que impulsaron la guerra contra Irak, y otras guerras, siguen siendo las mismas. ¿De dónde sacan las armas los terroristas del Estado Islámico? Las armas no se fabrican solas, no las hace únicamente el dueño o la corporación propietaria de la empresa; su fabricación, además, da trabajo a muchos y proporciona sustanciosas ganancias. ¿Quién se las vende? ¿Con qué dinero las consiguen? ¿De dónde sale este? ¿Quién se beneficia de todo ello? ¿Solamente de los secuestros y del petróleo? Y, si es así, ¿quién paga?, ¿quién compra ese petróleo? ¿Dónde tiene el dinero el ISIS? Debajo del colchón seguro que no. ¿Cómo se blanquea este? Es más que obvio que hay una financiación encubierta por parte de importantes familias cercanas a los gobiernos de Arabia Saudí, Qatar o Kuwait, que estos hacen la vista la gorda y que no son pocos los gobiernos y empresas occidentales los que realizan negocios con ellos.

No parece que los esfuerzos de las potencias occidentales vayan por el camino de revertir esta situación. De nuevo el mismo recurso: la guerra. De nuevo una política que ha mostrado ser trágicamente fracasada. La fábrica de hacer yihadistas seguirá funcionando a pleno rendimiento. Además, por otra parte, tampoco se hace nada por la integración, lo que se busca es la asimilación.

¿Quién sufrirá las consecuencias de esta nefasta política al servicio del poder financiero? ¿Quién sufre y seguirá sufriendo el terror de ISIS? Como siempre, a pagarlo poca ropa, como afirma el dicho. Seguirán las muertes de civiles inocentes. De aquí y de allá. A ver de que huyen los refugiados si no es del terror del ISIS. Es más que probable que aumente la xenofobia: “Atacan a un magrebí en una manifestación xenófoba en Bretaña”, leo un titular en Público (ayer). Los derechos  humanos se resquebrajan a marchas forzadas. “Toda persona tiene todos los derechos y libertades proclamados en esta Declaración, sin distinción alguna de raza, color, sexo, idioma, religión, opinión política o de cualquier otra índole, origen nacional o social, posición económica, nacimiento o cualquier otra condición. Además, no se hará distinción alguna fundada en la condición política, jurídica o internacional del país o territorio de cuya jurisdicción dependa una persona, tanto si se trata de un país independiente, como de un territorio bajo administración fiduciaria, no autónomo o sometido a cualquier otra limitación de soberanía”, dice el artículo 2 de la Declaración Universal de Derechos Humanos. ¡Ja!

¿Caminamos hacia una Tercera Guerra Mundial? Podría ser. Cuando estalló la Primera Guerra Mundial nadie creía que tal cosa llegaría a suceder, mas como “sonámbulos, vigilantes pero ciegos, angustiados por los sueños, pero inconscientes ante la realidad del horror que estaban a punto de traer al mundo” caminaban quienes tomaban las decisiones fundamentales. (Christopher Clark, Sonámbulos. Cómo Europa fue a la guerra en 1914, 2014). Se cerró el conflicto en falso y vino la Segunda Guerra Mundial, más terrible aún. ¿Por qué no una tercera?

Retirando la basura del museo

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“Le ordenaron que limpiara la planta baja del museo, y eso fue, exactamente, lo que ella hizo, recoger toda aquella inmundicia –botellas vacías de champán tiradas por el suelo, cajetillas de tabaco, confeti pisoteado y hasta una de esas viejas bolas de espejos– y dejar aquella sala espaciosa del Museion, el museo de arte moderno de Bolzano, como los chorros del oro”.

Leo esta mañana mientras desayuno un artículo en la edición impresa El País que firma Pablo Ordaz y se titula “Una borrachera de arte” que comienza con la frase que acaban de leer. Cuando termino el artículo, no hace falta que me mire en el espejo para adivinar que mi rostro rebosa satisfacción, reflejando fielmente la complacencia que alberga mi ánimo.

Al llegar a casa escudriño en internet. Los resultados de las diversas búsquedas al respecto se cuentan por decenas o centenares de miles. Y es que la práctica totalidad de agencias de noticias y medios de comunicación, infinidad de blogs y multitud de usuarios de las redes sociales se han hecho eco de la noticia, noticia que seguramente ya conocerán y que a grandes rasgos podemos resumir del siguiente modo. La limpiadora confundió la instalación “¿Dónde vamos a bailar esta noche?”, de Sara Goldschmied y Eleonora Chiari, con los restos de una fiesta y, lógicamente, siguiendo lo que le había ordenado y cumpliendo escrupulosamente con su trabajo, los tiró a la basura. No es para extrañarse viendo las fotografías con las que ilustramos la entrada.

The Guardian The Thelegraph

No pasa nada. Encontraron los restos en dos grandes bolsas de basura y la instalación ya ha sido reconstruida. Es lo que tiene el arte conceptual. “El conceptualismo está de moda porque es fácil y porque es algo que hasta las personas sin habilidades pueden hacer” (Eric Hobsbawm, A la zaga, 1998). Hace unos meses publiqué un artículo en este blog (Todos somos artistas) en el que contaba la experiencia en la que participó toda la clase de la asignatura “El Arte desde 1950: últimas tendencias artísticas” que por entonces impartía yo en la licenciatura de Historia del Arte, en la Universidad de Valencia. Partiendo de la premisa que cualquier objeto, o idea, expuesto en un museo nunca es cuestionado como arte por aquellos que lo frecuentan, llevamos a cabo –con motivo del Día Internacional de los Museos de 2008– una ‘exposición’ al aire libre en uno de los patios del Centro Cultural La Beneficencia (Valencia) con ‘esculturas’ –conceptuales, claro– hechas por los propios alumnos repartidos en grupos y realizadas con sus propios medios. Expusimos un total de ocho y, junto a ellas, otra de un artista valenciano reconocido que ya figuraba en el patio. La gente debía votar cuáles eran las dos que más les gustaban y, sí, ganó la ‘auténtica’ con 60 votos, pero 54 obtuvieron dos de las nuestras.

Una de las veces en que se exhibió en Madrid la obra de Piero Manzoni Mierda de Artista (1961) –90 latas de estaño con sus excrementos debidamente repartidos– corrió el rumor –leyenda urbana, por supuesto– de que un camarero abrió por equivocación una de las latas y con su contenido hizo unos canapés.

Lo ocurrido en el museo de Bolzano (Italia) no es, por otra parte, algo nuevo. Vuelvo al artículo de Ordaz: “Hace ahora cuatro años, en Alemania, una limpiadora del museo Ostwall de Dortmund estropeó una obra valorada en 800.000 euros porque pensaba que estaba sucia. Y no solo. En su página de Facebook, el propio Museion se encarga de recordar que ellos no son los únicos: ‘Ha habido ilustres precedentes, como con la bañera de Joseph Beuys o la puerta de Duchamp’. La obra de Beuys a la cual se refiere el museo estaba en 1986 en la Academia de Buen Arte de Düsseldorf. Era una bañera sucia con una capa de grasa en los bordes. Lo que el empleado de la limpieza hizo fue dejarla como una patena”.

Espero que a esta mujer no le haya costado el puesto de trabajo su acción –en la doble acepción que el vocablo tiene en el habla coloquial y en el lenguaje artístico–. Yo la nombraría asesora de limpieza de museos. Y, ¡hala!, a limpiarlos a fondo, que buena falta les hace.

Cañizares: el cardenal que se autocondenó al castigo eterno

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Fresco del piso superior del Convento de San Marcos en Florencia (1432-1450).

Cuando el Hijo del Hombre venga en su gloria, y todos los santos ángeles con Él, entonces se sentará en su trono de gloria. Y serán reunidas delante de él todas las naciones; y apartará los unos de los otros, como aparta el pastor las ovejas de los cabritos. Y pondrá a las ovejas a su derecha y a los cabritos a su izquierda. Entonces el Rey dirá a los de su derecha: Venid, benditos de mi Padre, heredad el reino preparado para vosotros desde la fundación del mundo. Porque tuve hambre, y me disteis de comer; tuve sed, y me disteis de beber; fui forastero, y me recogisteis; estuve desnudo y  me cubristeis; enfermo, y me visitasteis; en la cárcel, y vinisteis a mí. (…) dirá a los de la izquierda: Apartaos de mí, malditos, al fuego eterno preparado para el diablo y sus ángeles. Porque tuve hambre, y no me disteis de comer; tuve sed, y no me disteis de beber; fui forastero, y no me recogisteis; estuve desnudo y no me cubristeis; enfermo, y en la cárcel, y no me visitasteis. (…) De cierto os digo que en cuanto no lo hicisteis a uno de estos mis hermanos más pequeños, tampoco a mí lo hicisteis. E irán estos al castigo eterno, y los justos a la vida eterna.

Esta larga cita corresponde al Evangelio según san Mateo (capítulo 25, versículos 31 al 46) y vienen a cuento a raíz de las palabras del cardenal y arzobispo de la archidiócesis de Valencia, Antonio Cañizares, pronunciadas en el desayuno informativo de Fórum Europa Tribuna Mediterránea, en Valencia ciudad. Entre otras lindezas –barbaridades más bien– dijo lo siguiente:

“¿Qué nos está pasando en Europa? ¿Esta invasión de emigrantes y de refugiados es todo trigo limpio?, ¿Dónde quedará Europa dentro de unos años?”

“¿Cómo quedará Europa dentro de unos años, con la que viene ahora? No se puede jugar con la historia ni con la identidad de los pueblos”

No le pareció suficiente e instigó a averiguar “quién está detrás de todo esto” puesto que, según él, de los migrantes “perseguidos muy pocos lo son”.

Y prosiguió: “Seamos lúcidos y no dejemos pasar todo porque hoy puede ser algo que queda muy bien, pero que realmente es el caballo de Troya dentro de las sociedades europeas y en concreto la española”, una sociedad que, asegura, se ha recuperado económicamente gracias a los recortes: “Yo no veo a la gente en la calle más que antes y no veo a más gente viviendo debajo de un puente”.

Que un ateo tenga que recordarle a todo un cardenal los principios de su religión. ¡Tiene cojones la cosa! En fin, usted mismo, señor cardenal: disfrute ahora que lo que le espera tras su muerte va a ser de aúpa.