Etiquetas

, ,

marcel-duchamp

En 2004 un panel de expertos en la materia –nada menos que quinientos– eligió La Fuente, de Marcel Duchamp, como la obra de arte contemporáneo más influyente.

Estoy de acuerdo con que el arte cambió desde Duchamp, pero a peor. Duchamp, como tantos otros de las vanguardias de la primera mitad del siglo XX (dadaístas y surrealistas especialmente), pretendían cambiar la relación entre el arte y la sociedad y  defendían que había que mirar el mundo de otra forma y expresarse de otro modo. La suposición –dice Hobsbawm (A la zaga, 1999)– era correcta, pero “en el terreno de las artes visuales los proyectos de la vanguardia no alcanzaron ese objetivo, ni podrían haberlo alcanzado jamás”. Pretendían cambiar el arte y, con él, el mundo. Muchos de ellos se alineaban políticamente en posiciones abiertamente revolucionarias. Pero se expresaban con un lenguaje ininteligible a la mayoría de la sociedad, a la que su obra difícilmente podía decir gran cosa. Y, claro, si uno pretende cambiar algo –hacer la revolución incluso– y se expresa en un lenguaje solo apto para avezados, alcanzar el propósito es, como poco, una quimera.

Cuando Duchamp exhibió el famoso urinario hizo algo que, efectivamente, subvirtió las bases en que se asentaba el arte. Estaba diciendo, en realidad, que una mierda pinchada en un palo bien iluminada y expuesta en un museo puede ser considerada una obra de arte, sobre todo si va firmada. Duchamp, los dadaístas en general, querían destruir el arte de la burguesía y la propia sociedad burguesa que había desencadenado la mayor guerra hasta entonces conocida (la Primera Guerra Mundial). La Fuente es de 1917. Su gesto no pasó inadvertido (lo hizo en Nueva York), pero dentro del mundillo del arte. Ahora es todo lo contrario de lo que pretendía ser: un objeto venerado, admirado, arte que se exhibe de manera tan tradicional como el que criticaba. Curioso destino para uno de los grandes enemigos de los convencionalismos.

El arte, pues, desde las vanguardias de la primera mitad del siglo XX se ha ido desligando cada vez más de la sociedad. Ha prescindido de la reproductibilidad técnica que le posibilitaba la sociedad industrial y se ha quedado unido a la obra única, irrepetible. Y lo único e irrepetible no puede, lógicamente, estar al alcance de todos, más en una sociedad, como la nuestra, en la que nivel cultural y nivel económico suelen ir de la mano. He aquí la gran paradoja.

A tal contradicción no fue ajeno el propio Duchamp, que en 1950 –hasta ese año figuró como firma R. Mutt (R en referencia a Richard, monedero en jerga francesa)– decidió asumir la autoría de La Fuente e hizo 17 copias, copias que hoy se exhiben hoy en reconocidos museos de fama mundial como la Tate Modern de Londres, el Pompidou de París, el Museo de Arte Moderno de San Francisco, el Museo Nacional de Kioto o el Museo de Israel. Y es que –prosigue Hobsbawm– “Duchamp tuvo la suerte de hacer esto en Nueva York, donde consiguió una gran fama, y no en París, donde solo era uno de los intelectuales graciosos del momento y no tenía ninguna reputación como artista. (Como dice Cartier-Bresson: ‘no era para nada un buen artista’). Dadá fue serio incluso en sus formas más desaforadas: no había frialdad, ironía o escepticismo en él (…) Dadá no aceptaba el mundo”. Mas Duchamp, como “cuando George Grosz marchó a los Estados Unidos y encontró allí un mundo del que no abominaba, perdió su fuerza como artista”.

Publicada originalmente en:  https://musicadecomedia.wordpress.com/2015/08/19/la-obra-de-arte-contemporaneo-mas-influyente/