No soy ningún filósofo ni he recibido instrucción alguna más allá de leer y escribir, y de aquella manera, (…) pero me ha intrigado siempre, desde que a los trece años vi reflejada la indiferencia en los rostros de quienes trabajaban con nosotros, la apatía y la más absoluta indolencia ante la injusticia, qué mueve a la gente a aceptar la sumisión y qué les conduce a creer que las desigualdades forman parte del ordenamiento natural. Piensan que hay quien nace pobre y quien tiene más suerte y lo hace en el seno de una familia rica, ¡qué le vamos a hacer!, así son las cosas, siempre habrá unos que manden y otros que tengamos que obedecer. He visto esos rostros de los que te hablaba antes transmutar de repente y revelar el odio hacia quienes les habían estado explotando durante años y años, y he visto luchar en nombre de esas ideas por un futuro mundo igualitario, hasta matar por ellas. Y luego el fracaso, y con él de nuevo los rostros, doblegados, sumisos como siempre. Me he preguntado por ello toda mi vida, he buscado en los libros la respuesta de acuerdo con mi propio albedrío y he sacado mis propias conclusiones, que pueden ser acertadas o no, pero es lo que siento. Conforme pasan los años, todo va a un ritmo cada vez más acelerado, se suceden los inventos, se mejoran toda clase de técnicas, es el progreso, dicen. Todo cambia, a mejor o a peor es cosa que no voy a discutir ahora, y lo hace cada día más aprisa, pero hay cosas que siempre permanecen. Conozco algunas grandes ciudades y todas ellas tienen en común por encima de cualquier otra cosa uno o más barrios miserables de los que esos rostros resignados forman ya parte del paisaje. Siento tristeza al contemplarlos, y rabia. Viendo esa multitud podría estar de acuerdo contigo en que un día se recogerán los frutos de tanto sacrificio. Pero no me lo creo, el hombre no puede nunca ser justo con él mismo, acepta que siempre ha de haber superiores y aspira a acercarse a ellos, los más osados a formar parte de su club. A la gente le da igual que el mundo sea injusto o desigual, lo que quiere es salir de la parte desdichada de este, lo demás le trae sin cuidado.
El pasado viernes se cumplieron diez años del fallecimiento de Pepe Rubianes (Vilagarcía de Arousa, Pontevedra, 2 de septiembre de 1947 – Barcelona, 1 de marzo de 2009). Ese día era mi intención publicar una entrada sobre él, pero no pude porque deseaba empezarla con un caso que dice mucho de su personalidad. No me conformaba con lo que mi memoria recordaba y quise documentarme sobre el mismo. Mas no hubo manera, no encontré referencia alguna en internet ni ningún recorte de periódico que tuviera guardado, pues la prensa –sobre todo la valenciana– lo recogió con bastante detalle. Cuando me di cuenta, el viernes prácticamente había pasado y ayer me fue imposible.
Recurro, pues, a la memoria, no tengo otro remedio que confiar en ella. Sucedió en Alicante, tras el verano de 1995. Manuel Ángel Conejero era entonces director artístico de Els Teatres de la Generalitat Valenciana. Conejero era un tipo muy estirado y petulante, altivo como el que más, todo lo contrario que Pepe. Aquel presentaba en Alicante la programación de los Teatres, entre la que figuraba la actuación de Rubianes en la sala Arniches, integrante de la red de teatros de la Generalitat. Conejero iba hablando y dando rienda suelta a su innata jactancia, mientras a Pepe se le iban hinchando los cojones, ya no sabía qué cara poner ni a dónde mirar. Y cuando acto seguido le toco hablar, dijo más o menos que en toda su vida no había escuchado a nadie decir tantas majaderías juntas. La cara de Conejero era todo un poema. Pepe renunció a actuar para Teatres y ofreció una función gratis al público. Creo que no me equivoco y me sabe mal no poder ahondar más en el tema.
Y es que Pepe era lo que se llama un espíritu libre, la encarnación del mismo, alguien a quien le quedaba muy lejos todas esas estupideces de la corrección política y no se plegaba ante nada ni ante nadie. Tanto fuera como dentro del escenario. De hecho, fue su fallecimiento el que le libró de sentarse en el banquillo de los acusados por “ultrajar a España” al decir en una entrevista en el programa de TV3 El Club (20/01/2006) que todo el rollo ese de la unidad de España le sudaba la polla, por delante y por detrás, palabras sacadas de su propio espectáculo Rubianes solamente, lo que al parecer le sudaba la polla a la fiscalía.
Pepe, José Rubianes Alegret, empezó estudiando la carrera de derecho y, al mismo tiempo, a actuar en obras de grupos universitarios. Era evidente que lo último le gustaba más y en 1977 debutó profesionalmente en la obra No hablaré en clase, de la compañía Dagoll Dagom, con la que también colaboró en Antaviana (1978).
Tras participar en Operació Ubú (1981) de Els Joglars, protagonizó en solitario los espectáculos Pay-Pay (1983), Ño (1984), Sin Palabras (1987), En resumidas cuentas (1988), ¡Por el amor de Dios! (1991), Ssscum! (1992), Rubianes: 15 años (1996), Rubianes, solamente (1997 que estuvo seis temporadas en la cartelera de Barcelona y por el que en 1999 le fue otorgado el premio Sebastià Gasch) y La sonrisa etíope (2007), monólogos cómicos que le dieron una gran popularidad.
También fue autor y director de Lorca eran todos (2006), recreación de la vida y la obra del poeta granadino como símbolo de la España Republicana. Actuó asimismo en cine (El perquè de tot plegat, 1994, de Ventura Pons; El crimen del cine Oriente, 1997, de P. Costa, etc.), y en producciones televisivas, especialmente en la serie Makinavaja (1995), dirigida por José Luis Cuerda.
Autor del volumen autobiográfico y de impresiones personales Me voy (2007), fue objeto de varios libros de entrevistas y reportajes. En 2010 se publicó, a título póstumo, el poemario Poemas africanos que, como la Fundación Pepe Rubianes, creada en noviembre de 2011 con el fin de ayudar a la comunidad masái, testimoniaban la estrecha vinculación de Rubianes con este continente. A finales de ese mismo año se estrenó el documental Pepe & Rubianes, de Manuel Huerga.
Solo coincidí con él un par de veces, las dos con otras personas. Pero me acordaré siempre de ambas ocasiones con todo detalle. Si ya lo admiraba antes, después podría decirse que lo idolatré. Es por eso que recuerdo perfectamente dónde, con quién estaba y qué hacía aquella mañana del 1 de marzo de 2009 cuando un amigo me llamó por teléfono y me dijo que había muerto. Era sabido que estaba muy mal y que el trágico desenlace se podía producir de un momento a otro. Aun así, me impactó, me jodió.
Diez años después, cuando vivimos unos momentos en que ejercitar la libertad de expresión es cada día más difícil, si es que alguna vez lo fue, o si es que alguna vez existió, la figura de Pepe emerge cual militante resistente del sarcasmo y la ironía. Seguro que ahora estaría de nuevo acusado de algo, a la espera del correspondiente paripé judicial.
Imagino que muchos de los que lean esta entrada habrán visto su espectáculo Rubianes, solamente. Y supongo que no les importará verlo de nuevo. En cuanto a los que no lo hayan visto, ahora tienen la oportunidad, pues afortunadamente he encontrado en YouTube una lista de reproducción con el espectáculo completo que incluyo bajo estas líneas. Pienso que a todos agradará, aunque como dijo Pepe “la opinión es como el culo: todo el mundo tiene uno”. Para mí Rubianes, solamente es de lo mejor que hizo, un espectáculo como él: único e irremplazable. Como Pepe nacen pocas personas. Y encima va y se mueren antes de tiempo.
George Grosz: “Stickmen Meeting Members of the Bourgeois” (1946).
El concejal era un tipo tan estirado y pretencioso como patán, sus ademanes denotaban la altanería de quien se sabe en el poder y disfruta de una posición de dominio y con esa condición se pavonea, con afirmaciones categóricas de imposible réplica por su cretinismo y extemporáneas y sonoras risotadas cada vez que creía formular alguna ocurrencia. Su discurso era tan agresivo como zafio e insustancial, su sonrisa descarada de tan postiza como resultaba, su mirada siempre distraída, acostumbrado como debía estar a usar palabras y construir frases con total asimetría respecto a su pensamiento. (…)
Uno siempre ha sospechado de los tipos así, fariseos expertos en el arte de la simulación que, con su aire de perdonavidas, inspiran cualquier cosa menos respeto. Podemos tratar con alguien cuyo rostro nos parezca el de un tonto muy tonto y luego comprobemos que de necio no tenía nada, con otro cuya cara nos parezca la del más inútil del mundo para descubrir después que es sumamente eficaz en cualquier tarea, hasta con un asesino en serie podemos tropezarnos y apreciar ternura en su semblante, pero pocas veces nos equivocaremos con tipos como el que nos ocupa: son tan cretinos como parecen (…)
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