¡Amor en venta!

Cap

Una canción de Cole Porter siempre es una buena canción, y toda buena canción ha de tener buena melodía y buena letra. Porter hacía las dos cosas: la música y la letra siempre eran suyas.

Love for Sale (Amor en venta) la compuso en 1930 para su musical The New Yorkers. En ella describe el amor desde el punto de vista de una prostituta durante los años de la ley seca, un “amor en venta: joven y apetitoso”. Durante décadas, las cadenas de radio estadounidenses se negaron a emitir la canción.

La versión del tema que he elegido para el vídeo es la que grabó Billie Holiday con su orquesta en 1952 para Clef Records, el sello discográfico de jazz estadounidense que creó Norman Granz en 1946. Las imágenes corresponden a cortes de diversos clips descargados de YouTube.

Que pasen un buen domingo.

El género como categoría de análisis histórico. Una reflexión en torno al 8 de marzo

jean-franc3a7ois_millet1

“Las espigadoras” (1857), óleo de Jean-François Millet.

Hoy, 8 de marzo, se celebra el Día Internacional de la Mujer Trabajadora (también Día Internacional de la Mujer, a secas), una jornada que no ha perdido un ápice de su carácter reivindicativo –todo lo contrario– pero sobre la que cabe preguntarse qué es lo que en realidad reivindica en estos momentos.

Hubo un tiempo –allá por las décadas de 1960 y 1970–, en el marco de lo que algunos han bautizado como “eclosión de los nuevos movimientos sociales”, en que comenzaron a cuestionarse muchas de las pautas sobre las que hasta entonces se habían basado las conductas en la sociedad occidental y que apenas habían sido objeto de atención por parte de los movimientos revolucionarios tradicionales. El Estado de bienestar –tras la derrota del movimiento obrero, las secuelas de la Segunda Guerra Mundial y la partición del mundo en dos bloques hegemónicos– parecía ser una garantía de orden social y prosperidad económica.

Manifestación feminista en Nueva York (1970).

Manifestación feminista en Nueva York (1970).

Habían pasado los tiempos en que la única solución posible a la liberación personal y colectiva era el fin del orden social capitalista. Ahora podían hacerse muchas cosas “desde dentro” y, así, surgieron movimientos reivindicativos de diverso signo que, ciertamente, denunciaban las desigualdades del actual modelo de sociedad y se oponían a ellas, y luchaban por conseguirlo. Mas, anticipándose sin pretenderlo a las tesis neoliberales sobre el “fin de la historia”, comenzaba a obviarse la tradicional división entre clases sociales a favor de la división por géneros, razas, etnias…, o incluso, más recientemente, civilizaciones, con lo que se prescindía de una premisa básica: en el orden social capitalista –por algo se llama así– es la situación económica –la posesión de bienes, lo que solo es posible para quien dispone de capital para ello– la que está en el origen de cualquier desigualdad.

poverty-has-a-womans-face_optEn este contexto –en el que prima la resolución más o menos inmediata a los problemas más tangibles de la vida cotidiana en detrimento de la razón última que los hace posibles–, el feminismo se convirtió desde la década de 1960 en uno de los movimientos punteros que defendían una sociedad más libre, más justa y más igualitaria. Y consiguió hacer realidad muchas de sus aspiraciones. Nadie con dos dedos de frente negará la marginación que han padecido las mujeres desde hace 400.000 años (Elisabeth Badinter: El uno es el otro, 1986)  ni su doble explotación (por ser persona y por ser mujer), ni cuestionará la legitimidad de las acciones emprendidas para conseguir una serie de derechos inherentes a la condición humana ni los logros alcanzados. Pero no se trata de esto, o solamente de esto. El problema es más amplio y complejo. Cuando las iniciativas por una sociedad mejor, por conseguir ese “otro mundo posible”, se basan en abstracciones (sexo, color de la piel, edad, etc.), cuando no en entelequias, parten ya de una ventajosa posición: la de aceptar implícitamente el status quo imperante al considerar su “problema” como algo independiente de las circunstancias históricas que lo hacen posible. Se puede reivindicar cuanto se quiera siempre que la economía, o el reparto de bienes, mejor dicho, no esté en su origen.

“Men-Women”. Pauline-Siebers©

“Men-Women”. Pauline-Siebers ©

Así las cosas, cabe que nos preguntemos ¿qué feminismo?, ¿qué logros?, ¿en beneficio de quién? Dejando de lado determinadas tesis del feminismo marxista o del anarcofeminismo, cada vez más alejadas del pensamiento y la acción del movimiento feminista, la llamada “revolución de la mujer” ni de lejos ha alcanzado a ese 50%, o más, que constituye la población femenina, siendo el número de mujeres asalariadas en la actualidad mayor que nunca en la historia. Pero este “crecimiento explosivo de la fuerza de trabajo femenina no se ha visto acompañado de una verdadera emancipación socioeconómica de la mujer” (Global Employment Trends for Women 2004, Oficina Internacional del Trabajo, Ginebra). En cambio, ha aumentado, y aumenta día a día, el número de mujeres en puestos de responsabilidad, de mando y de decisión, es decir, el número de mujeres que se han incorporado a los centros de poder, hasta hace poco reservados casi exclusivamente a los hombres, las cuales han pasado a hacer suyos determinados valores –como la competitividad o la defensa del libre mercado– considerados por el feminismo, en sus inicios, como masculinos y que, lejos de cuestionar el sistema, lo reafirman. Y la verdad: que quién me explote sea un hombre o una mujer es secundario, lo que me importa es que no me exploten.

El género no puede ser una categoría de análisis del pasado ni del presente. Considerarlo así es subordinarlo de hecho a las relaciones de poder y de clase y reducirlo a símbolos y representaciones. El análisis ha de enmarcarse dentro de los límites en que actúan los mecanismos de control social que posibilitan tal situación. No es el género el que nos separa, es la desigual participación en la distribución de bienes.

**

Nota: Publiqué esta entrada por primera vez hoy hace tres años en mi blog (ahora inactivo) Música de Comedia y Cabaret, poco después de que este dejara de ser anónimo y empezara a publicar en él otros escritos míos. Iba a actualizarlo, pero al final me he limitado a corregir alguna que otra cosa, pocas. Sigo pensando lo mismo. Sigo rechazando una supuesta igualdad que no busca la transformación social, sino la participación de la mujer en los privilegios, el poder y los estamentos jerárquicos considerados exclusivamente masculinos. Mas de esto ya hablé en la entrada Manifiesto fundacional de la AIL. A ella les remito en todo caso.

Lolita: Mi alma se llena de amor cuando estamos juntos

XXD

Cuando veo una película cuyo argumento está basado en una novela, o que es la adaptación de una novela, no me gusta comparar una con otra. Son lenguajes distintos. El literario solo narra, mientras que el cinematográfico narra y representa. El espacio para la imaginación es menor en este último, el espectador se encuentra con unos protagonistas personificados. Leyendo una novela, nuestra imaginación –por mucho que el autor los describa– siempre conformará su propia imagen de ellos. La imaginación tiene su propia lógica y recurre a la verosimilitud, aunque sea nuestra verosimilitud.

Con Lolita –la novela y sus dos adaptaciones cinematográficas–, sin embargo, no puedo evitar la comparación. Lolita es una excelente novela que relata la historia de amor de un profesor de literatura cuarentón con una adolescente de 12 años que, además, es su hijastra, con increíble fuerza narrativa. Es imposible que al leerla no nos forjemos una imagen de ambos personajes, más teniendo en cuenta la anormalidad y excepcionalidad de estos y la temática que aborda.

De la novela de Vladimir Nabokov (1899-1977) –editada por primera vez en septiembre de 1955– se han llevado a cabo, como decíamos, dos adaptaciones cinematográficas: la dirigida por Stanley Kubrick en 1962, con guión del propio Nabokov, y la de Adrian Lyne de 1997. Que Kubrick es un director infinitamente mejor que Lyne nadie lo cuestionará. Ni punto de comparación puede establecerse entre el director de obras maestras como Espartaco, La naranja mecánica, El resplandor o 2001: Una odisea en el espacio, con el director de bodrios como Nueve semanas y media, Atracción fatal o Una proposición indecente.

Sin embargo, en el caso de Lolita me es imposible no confrontar ambas películas. ¿Mejor la de Kubrick? No lo niego, aunque la de Lyne no es una mala película ni mucho menos. Mas la de Lyne me resulta mucho más verosímil. En las dos, para evitar problemas con la censura –que ni así se pudieron esquivar–, se elevó la edad de la protagonista, pasando en ambos casos de 12 a 14 años. La Lolita de Kubrick era Sue Lyon y, aunque cuando comenzó el rodaje tenía 15 años, su aspecto la hacía mayor de lo que en realidad era. Cuando se estrenó la película eran ya 17, pero no pudo asistir al estreno al ser menor de edad. En la de Lyne, Lolita sí parecía ser esa joven ninfa por la que perdió la cabeza Humbert Humbert. Y es que Dominique Swain, a pesar de contar con la misma edad que Sue Lyon cuando comenzó el rodaje, sí daba la imagen de adolescente procaz y seductora que tan magistralmente describió Nabokov.

Por otra parte, el aspecto físico de James Mason y Jeremy Irons –quienes encarnan a Humbert Humbert en la película de Kubrick y la de Lyne respectivamente– es asimismo muy distinto. Mason era un actor dramático de carácter al que durante mucho tiempo se le identificó como el malo de la película. Su penetrante mirada deja entrever una lascivia casi enfermiza. Nada que ver con Jeremy Irons, su mirada melancólica y su aspecto de gentleman.

Más allá de consideraciones estrictamente cinematográficas, la historia de amor entre Jeremy Irons, o Humbert Humbert, y Dominique Swain (Lolita), me resulta más creíble. También menos dura y más tierna. Por supuesto, el final es tan dramático en una como en otra. Y es precisamente el final el que he obviado en el siguiente vídeo, vídeo en el que la canción, I’m in the mood for love, compuesta por Jimmy Mchugh (música) Dorothy Fields (letra) en 1935 y que interpreta Vera Lynn con Ambrose and his Orchestra en una grabación de ese mismo año, es, o he pretendido que sea, la protagonista del mismo. La canción se incluye en la banda sonora de Lolita (la de Lyne), y atendiendo a su letra esta Lolita del vídeo tiene un final si no feliz, tampoco trágico. ¿No dicen que el amor no sabe de edades? Pues eso.