Para ascender desde la colina de Montmartre a la basílica del Sacré Coeur hay que subir nada menos que 197 escalones. Un verdadero suplicio para los miserables, para aquellos que solo conocen la pobreza y la necesidad. Sin embargo, para los enamorados puede ser un acogedor cobijo. En lo alto, las aspas de los molinos (el Moulin Rouge, el Moulin de la Galette…) los protegen de toda intromisión. Allí en lo alto fue donde transcurrió esta historia de amor entre un poeta y una desconocida que nos cuenta la canción.
Bella y conmovedora canción, nostálgica,
melancólica, amorosa, triste, pasional, emotiva, poética…, y magnífica versión que
ofreció Zaz acompañada de la excelente SWR big band (atención al solo de
trombón de Marc Godfroid) durante su actuación en la edición de 2015 del
festival Jazzopen Stuttgart. Buen vídeo, pues, el que figura sobre estas
líneas. La canción, como habrán podido leer en su título, es La complainte de la Butte (La canción triste
de la Butte). La música es de George Van Prys (1902-1971), compositor
cinematográfico (más de trescientas partituras de filmes, entre ellas
reconocidos clásicos del cine francés), de operetas (uno de los grandes últimos
compositores del género) y de música ligera. Compuso la melodía de La complainte de la Butte para la película
French Cancan (1955). Su director, el
magnífico Jean Renoir (1894-1979), hijo del conocido pintor Pierre-Auguste
Renoir, escribió la letra. Ambos consiguieron –a mi entender al menos– algo
verdaderamente difícil: La complainte de
la Butte respira todo el sabor de la chanson
la Belle Époque y en nada desentona de temas otros clásicos del momento de su
banda sonora.
La Butte es el punto más alto de París, la colina sobre la que se asienta Montmartre, el Montmartre de aquellos tiempos con sus cafés, cabarets, talleres de pintores postimpresionistas, su carácter campestre y bucólico… Butte significa colina, y por eso, en prácticamente todas las versiones de la canción se traduce como colina. Yo he preferido dejar La Butte.
La expansión de la máquina
durante los últimos dos siglos se vio acompañada por el dogma de las crecientes necesidades. La industria iba dirigida no
solo hacia la multiplicación de los bienes y el incremento de su variedad, sino
también hacia la multiplicación del
deseo de dichos bienes. […] El
dinero se convirtió en el símbolo del consumo honorable en todos los aspectos
de la vida, desde el arte y la educación hasta el matrimonio y la religión.
[…] El objetivo de la industria
tradicional no era incrementar el número de necesidades, sino satisfacer los
niveles de una clase en particular. […] La idea de emplear el dinero para escapar a la propia clase y de gastar el dinero
ostentosamente para marcar el hecho que uno ha escapado, no apareció en la
sociedad en general hasta una fase bastante avanzada en el desarrollo del capitalismo,
aunque se manifestó en las categorías superiores al principio mismo del régimen
moderno.
[…] Según la doctrina de las
necesidades crecientes se suponía que la masa de la humanidad tenía que adoptar
para sí misma la meta final de un nivel de gastos principesco. Existía nada
menos que una obligación moral de pedir mayores cantidades y más variadas
especies de productos, siendo el único límite a esta obligación la persistente renuencia
del fabricante capitalista a dar al trabajador una participación suficiente del
ingreso industrial que le permitiera realizar una demanda efectiva. (En el momento
culminante de la última ola de expansión financiera en los Estados Unidos el capitalista
trató de resolver esta paradoja prestando dinero para el incremento del consumo
–compras a plazos– sin aumentar los jornales, ni bajar los precios, ni reducir
su propia excesiva participación en la renta nacional: una artimaña que no se
les hubiera ocurrido ni siquiera a los Harpagones del siglo XVII, mucho más
sobrios). […]
Cuando se abandonan los niveles
del consumo de clase y se examinan los hechos mismos desde el punto de vista de
los procesos vitales que se han de satisfacer, se encuentra uno con que no hay
un solo elemento que se pueda retener en dichas doctrinas.
Ante todo: las necesidades vitales son necesariamente limitadas. […] El valor
de varios estímulos e intereses no se incrementa con una multiplicación cuantitativa,
ni tampoco, más allá de un cierto punto, con una variedad sin fin. Una variedad
de productos que cumplan funciones similares es como la dieta omnívora: un útil
factor de seguridad. Pero esto no altera el hecho esencial de la estabilidad
del deseo y la demanda. Un harén de un
millar de mujeres puede satisfacer la vanidad de un monarca oriental, pero
¿cuál es el monarca suficientemente dotado por la naturaleza para satisfacer el
harén?
La actividad saludable exige restricción,
monotonía, repetición, así como cambio, variedad y expansión. El aburrimiento quejumbroso
de un niño que posee demasiados juguetes se repita interminablemente en las
vidas de los ricos, los cuales, no teniendo límite pecuniario a la expresión de
sus deseos, son incapaces sin una tremenda fuerza de voluntad de restringirse a
un solo canal lo bastante largo para aprovecharlo abriendo surcos y
profundizándolo hasta el fin. […] Nadie está en mejor posición por tener muebles
que se hacen pedazos en unos pocos años o, a falta de esta feliz manera de
crear una nueva demanda, que ‘se pasan de moda’. […] En la medida en que las
personas desarrollan intereses personales y estéticos quedan inmunes a los cambios
frívolos del estilo y menosprecian el favorecer exigencias tan pobres. […]
[…] La vida, desde el preciso momento del nacer exige, para su cumplimiento,
bienes y servicios que se sitúan usualmente en el departamento de ‘lujos’.
La canción, la historia, la música, la pintura, la escultura, el juego en sí,
el drama; todas estas cosas están fuera del campo de las necesidades humanas,
pero no son cosas que han de ser incluidas después de satisfacer el estómago,
por no decir nada de las necesidades emocionales, intelectuales e imaginativas del
hombre. […]
Técnicamente hablando, los
cambios en la forma y estilo son síntomas de inmadurez: marcan un periodo de
transición. El error del capitalismo como credo reside en el intento de hacer
que este periodo de transición sea permanente. Tan pronto como un artificio
alcanza perfección técnica, no hay excusa para sustituirlo pretendiendo un
incremento de eficacia […]
Pero obsérvese la maligna
paradoja de la producción capitalista. Aunque
el sistema fabril se ha basado en la doctrina de la expansión de las necesidades
y de la masa de consumidores, se ha quedado corto universalmente en lo que se refiere
al abastecimiento de las necesidades normales de la humanidad. […]
Normalizar el consumo es
establecer un nivel que ninguna clase, cualesquiera que sean sus gastos, posee
hoy. Pero ese nivel no puede expresarse en términos de una suma arbitraria de
dinero […]. Y realmente, cuando más alto es el nivel de vida, menos
puede expresarse adecuadamente en términos de dinero, y más debe expresarse
en términos de ocio, de salud y actividad biológica, y de placer estético […].
[…] El máximo de maquinaria y de
organización, el máximo de comodidades y de lujos, el máximo de consumo, no significan
necesariamente un máximo de eficiencia vital o de expresión vital. El error
consiste en pensar que la comodidad, la seguridad, la falta de enfermedad física,
o una plétora de bienes son los mayores dones de la civilización, y en creer
que a medida que aumentan los males de la vida se disolverán y desaparecerán. Pero
la comodidad y la seguridad no son bienes incondicionados; son capaces de derrotar
a la vida tan completamente como las penalidades y la incertidumbre, y la idea de que cualquier otro interés,
arte, amistad, amor, parentesco, debe subordinarse a la producción creciente de
comodidades y lujos, es simplemente una de las supersticiones de una sociedad
utilitaria apegada al dinero.
[…] Como resultado, nuestra sociedad dominada por la máquina está orientada únicamente hacia las ‘cosas’ y sus miembros tienen toda clase de dominios excepto el dominio de sí mismos. No es cosa que asombre que Thoreau observara que sus miembros, incluso en una etapa temprana y relativamente inocente del comercio y la industria, llevaban vidas de callada desesperación. Colocando el negocio por encima de cualquier otra manifestación de la vida, nuestros líderes de la mecánica y de la finanza han descuidado el principal negocio de la vida: a saber, el crecimiento, la reproducción, el desarrollo, la expresión. Dedicando infinita atención al invento y la perfección de las incubadoras, olvidaron el huevo y su razón de existir.
Lewis Mumford: “¡Normalicen el consumo!”, Técnica y civilización (1934). Versión española de Constantino Aznar de Acevedo, 1971.
En plena Belle Époque, el marsellés Joseph Pujol mostró poseer un enorme talento en el arte de la flatulencia, tanto que sus pedos se cotizaban muchísimo más que la voz y las cualidades interpreta-tivas de la mismísima Sarah Bernardt. Era el artista mejor pagado del momento y la gente llenaba el Moulin Rouge para verlo actuar. En 1900 Sarah Bernardt ganaba tres mil francos diarios, Le Pétomane –nombre artístico de Pujol por razones obvias– veinte mil. No fue un artista cualquiera, pues. En absoluto.
Joseph Pujol consiguió algo que, desde luego, no está al alcance de todos: vivir de sus flatulencias. Por eso fue conocido con el nombre artístico de Le Pétomane (algo así como El Pedómano). Unas flatulencias que reunían los elementos fundamentales de la música: melodía, ritmo y armonía, y los combinaba. Aunque no sé si, por ello, calificarlas de música. Sonoridad, desde luego, no le falta. ¿Música de viento tal vez?
Joseph Pujol (Marsella, Francia, 1857-1945; su padre era catalán, de Mataró) descubrió su especial habilidad, la de controlar a voluntad sonoras ventosidades, siendo adolescente, un día mientras nadaba en el mar. Al parecer, se sumergió en el agua y contuvo la respiración. Sintió entonces un frío helado que penetraba por su “retaguardia”. Salió asustado y se sorprendió al ver que brotaba agua de su ano.
Debutó en el Moulin Rouge el 11
de febrero de 1890, apenas cuatro meses después de su inauguración. Un buen día
fue a ver a su director, Charles Zidler, explicándole que su número consistía
en beber y cantar por el culo. “Soy pedómano, señor Zidler, y quiero
convertirme en El Pedómano del Moulin Rouge”, se presentó. “¿Puede usted tocar
la Marsellesa?, preguntó Zidler. Dicho y hecho. Zidler, que estaba acostumbrado
a presenciar números de lo más insólitos, le contrató. Su repertorio incluía
imitaciones y melodías populares con su ano como instrumento. Con el mismo
tocaba otros instrumentos más convencionales, apagaba velas, fumaba
cigarrillos, etc. Causó sensación, contándose entre sus admiradores Eduardo,
príncipe de Gales, el rey Leopoldo II de Bélgica, el príncipe de Orleans y
Sigmund Freud.
Pujol preparaba a conciencia su
espectáculo y era sumamente meticuloso en todos los detalles del mismo. En
pocos días, se convirtió en la gran estrella de las variedades parisienses. Al
estallar la Primera Guerra Mundial se retiró a Marsella, se hizo panadero y
nunca más volvió a subir a un escenario. Supongo que sí seguiría tirándose
pedos.
Llegó a grabar discos, pero no
se han conservado. Ya en su tiempo proliferaron los imitadores, que han
continuado hasta hoy. Pero ninguno logró lo que él. A su muerte, la Facultad de
Medicina de París ofreció una buena cantidad de dinero para hacerse con su
cuerpo y poder estudiarlo, pero sus hijos se negaron. ¿Cuál era el origen de
las extraordinarias virtudes de su ano? Nunca lo sabremos.
En 1983 Pasquale Festa Campanile estrenó una película basada en su vida, Il Pétomane, en la que Ugo Tognazzi hacía de Pujol. Vamos, pues, con Tognazzi y un momento del singular show de Le Pétomane en el Jardin d’hiver del Moulin Rouge.
Que pasen un buen domingo. Y
coman lo que les apetezca, no les preocupe si les provoca flato. ¿Quién sabe si
sus vidas pueden cambiar para siempre gracias a un pedo?
Una versión de esta entrada fue publicada anteriormente en Música
de Comedia y Cabaret el 26 de mayo de 2014.