Los hechos de Cullera de 1911

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Cuerda de presos por los hechos de Cullera. / Mundo Gráfico.

En 1911 se recrudecían en el País Valenciano las protestas contra la guerra de Marruecos (la segunda, o Guerra del Rif), tras los dramáticos sucesos de la Semana Trágica (1909).

Ese año, la protesta contra la guerra alcanzaba un alto nivel de excitación. Las organizaciones anarquistas, sobre todo, se lanzaron con todos sus efectivos a protestar contra una situación que se llevaba jóvenes trabajadores a luchar por una causa extraña para ellos y que, probablemente, dejarían allí sus vidas. Sin duda, este motivo y el tradicional odio contra las quintas hicieron que la campaña tuviera gran eco entre amplios sectores de la población.

En el País Valenciano se produjeron alborotos en numeras localidades. En la ciudad de Valencia veinte sociedades obreras, reunidas en la Casa del Pueblo, acordaron el 17 de septiembre declarar la huelga general. En la calles se sucedieron las manifestaciones y los enfrentamientos con la Guardia Civil. El capitán general declaró el estado de guerra y se clausuraron la Casa del Pueblo y la Escuela Moderna. En Xàtiva también se produjeron manifestaciones: los manifestantes levantaron barricadas y hubo un muerto y tres heridos a causa de diversos enfrentamientos con el ejército. La tensión en Alicante llegó a ser extrema. En el municipio alicantino de Aspe la huelga duró seis meses, y en el valenciano de Alzira los campesinos se amotinaron a los gritos de ¡Viva la Revolución social y el anarquismo! y ¡Muerte al capitalismo!, destrozaron un buen tramo de vía férrea y detuvieron dos trenes llenos de reclutas cuando iban a salir de la estación. También hubo manifestaciones y enfrentamientos en Elche, Alcoi, Carcaixent –donde los amotinados quemaron los archivos del ayuntamiento–, Silla, Buñol, Chiva y Castellón de la Plana.

Al primer congreso de la CNT (Confederación Nacional del Trabajo) –celebrado en Madrid los días 8, 9 y 10 septiembre de 1911– asistió una delegación de Cullera*, la cual, al domingo siguiente, se reunía con la Junta General de la Unión Agrícola para informar de las resoluciones del congreso, acordándose declarar la huelga general el día siguiente. El lunes 18 nadie trabajaba en el municipio y unas doscientas personas impedían la salida del primer tren de la mañana.

Cuando la noticia llegó a Sueca –donde se emplazaba el partido judicial– el juez, Jacobo López de Rueda, se jactó de que sofocaría la revuelta él solo, y temerariamente, sin hacer caso a nadie, marchó hacia Cullera acompañado del secretario, el habilitado, los hijos mayores de estos dos, el alguacil y un vecino de Cullera que había ido a Sueca por razones administrativas. Al llegar a la estación increparon a unos huelguistas que estaban levantando los raíles y detuvieron a dos. Cuando entraron en la ciudad la gente empezó a gritar Que s’enduen els homes! (¡Que se llevan a los hombres!) y rodearon la galera en que iban, consiguiendo que se detuviera y pudieran salir los detenidos. La tensión llegó a tal punto que un exaltado salió de entre la multitud y dio una puñalada al secretario. El juez y sus acompañantes trataron de huir en dirección al ayuntamiento. Consiguieron refugiarse en sus dependencias, pero durante el trayecto resultó herido el aguacil. Los ánimos estaban aún más encendidos y algunos huelguistas asaltaron la casa consistorial, cogieron al juez y al habilitado, los sacaron a la calle y los cosieron a puñaladas.

Mientras esto sucedía, una columna de carabineros llegó al pueblo y los amotinados emprendieron la retirada, uniéndose a otros grupos de fugitivos de otras localidades cercanas donde también habían tenido lugar altercados. La represión se inició inmediatamente. Pronto comenzaron a practicarse las primeras detenciones y se instruyó un sumario a 29 hombres, de los cuales 22 fueron procesados, si bien el número de detenidos en un primer momento parece que fue muy elevado.

El juicio que se celebró en enero de 1912 condenó a seis de ellos a la pena de muerte. Finalmente todos fueron indultados excepto el principal encausado, Juan Jover El Xato de Cuqueta, a quien en última instancia el rey le conmutó también la pena. Catorce más fueron condenados a penas de entre doce años de prisión a cadena perpetua.

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A la izquierda El Xato de Cuqueta, autor de la muerte del juez y Jacobo López de Rueda, el juez de Sueca (a la derecha). / Mundo Gráfico.

Los hechos de Cullera –de los que hoy se cumplen 105 años–, protagonizados por campesinos en una comarca donde el anarquismo consiguió canalizar el descontento por la marcha de sus jóvenes a Marruecos en un año en que la cosecha del arroz había sido catastrófica, fueron explotados al máximo por la derecha para atemorizar a la gente, logrando un fortalecimiento de los partidos monárquicos en las siguientes elecciones.

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* Cullera es un municipio de la provincia de Valencia (comarca de La Ribera) de más de 22.000 habitantes hoy muy conocido por sus playas, uno de los mayores centros de veraneo de España. Cuando tuvieron lugar los sucesos que tratamos sus habitantes eran unos 12.000, la mayoría de los cuales vivían del cultivo del arroz y, en menor medida, del naranjo y la pesca.

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Publicado originalmente, en catalán, mi libro Els movimentos socials al País Valencià (1981).

 

 

El excesivismo

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“El sol se durmió sobre el Adriático” (1910). Joachim-Raphaël Boronali.

Con motivo de la edición de 1910 del Salón de Artistas Independientes de París se presentaba públicamente pocos días antes de su inauguración –que tuvo lugar el 18 de marzo– una nueva vanguardia pictórica denominada excesivismo. Lo hizo a través de un manifiesto al estilo futurista, que se publicó en los periódicos, en el que se abogaba por “destruir los museos y pisotear las infames rutinas”.

El excesivismo –que llegó a causar gran revuelo– estaba representado en el Salón por un solo cuadro titulado El sol se durmió sobre el Adriático. No había más obras, ni las habría en un futuro. Y es que el autor del cuadro, Joachim-Raphaël Boronali, era en realidad un asno. Boronali era el anagrama de Aliborón, el asno de las fábulas de La Fontaine.

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El Lapin Agile en 1913.

Veamos cómo se gestó el movimiento y cómo se pintó esta obra única en todos los sentidos. La idea fue del periodista Roland Dorgelès, habitual de Montmartre y del cabaret Lapin Agile, el más antiguo de París, cuyo ambiente era más intelectual que el del resto de los cabarets parisinos. Entre sus clientes habituales, además de Dorgelès, y entre otros, estaban Guillaume Apollinaire, Charles Dullin, Maurice Utrillo, Max Jacob, Amedeo Modigliani y Pablo Picasso.

Père Frédé (Frédéric Gérard), su dueño, era músico, pintor, poeta y animador. De vez en cuando cogía la guitarra y anunciaba que iba a hacer “un poco de arte”, interpretando generalmente algunos poemas de Ronsard y otras antiguas canciones. Entre tema y tema, algún joven poeta declamaba sus últimos versos sin prestar demasiada atención a la rima. Otras canciones, de procaces letras la mayoría, eran coreadas por la clientela mientras la joven Eliane, siempre sonriente, se movía la sala con su bandeja llena de vasos. Sobre su puerta aparecía escrito en letras blancas: ‘El primer deber del hombre es tener un buen estómago’.

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El Lapin Agile en 1907.

Frédé tenía un asno, Lolo, quien sería el encargado de pintar con su cola la obra que expondrían en el Salón haciendo creer a todo el mundo que su autor era un tal Joachim-Raphaël Boronali, principal representante de un nuevo movimiento. Contaban para ello con la colaboración del pintor Pierre Girieud y del joven crítico André Warnod, que trabajaba para la revista satírica Fantasio. Con gran regodeo, llenaron unos cubos con los colores azul, verde, amarillo y rojo y con el asno iban dando vueltas a su alrededor hasta que este se paraba junto a uno de ellos, que resultaba ser el elegido y en el que mojaban su cola, a la que habían atado un pincel. Entonces le mostraban zanahorias y tabaco, sus manjares preferidos, para estimularle y que la agitara. Llevaron a cabo la acción en presencia de un alguacil a fin de que diera fe del proceso seguido en la ejecución. El resultado fue una especie de marina recargada de color a la que pusieron el ampuloso título de El sol se durmió sobre el Adriático.

Obviamente, se divirtieron de lo lindo con la ocurrencia, pero el regocijo alcanzó su cenit cuando, inaugurada la muestra, leyeron los comentarios de los críticos. El cuadro no pasó desapercibido, los representantes del fauvismo, el cubismo o el futurismo, las tendencias más en boga de las vanguardias pictóricas, no merecieron tanta atención. Se dijeron muchas cosas sobre él, que si era una obra que indicaba una “precoz habilidad”, “una torpeza en la factura”, “un temperamento todavía confuso y colorista” o, incluso, un “exceso de personalidad”, y se vendió ¡por cuatrocientos francos! Las carcajadas aún resuenan en La Butte. Días después, Le Matin, en cuya redacción se había presentado Dorgelès con las pruebas que revelaban la verdadera personalidad del autor, publicaba un artículo suyo con el sugerente título “Un asno, líder de una escuela”.

A Picasso ─que unos años antes había pintado y regalado a su propietario el cuadro Au Lapin Agile, colgado en una de sus paredes, que representaba el interior del cabaret con Frédé tocando la guitarra y él mismo disfrazado de arlequín─ parece que la broma no le agradó.

El acorazado Potemkin

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Fotograma de la mítica secuencia de las escaleras de Odesa de “El acorazado Potemkin”.

Tal día como hoy, 27 de junio, pero de 1905, tuvo lugar la rebelión la tripulación del acorazado Potemkin. Potemkin era el nombre de un barco de la armada imperial rusa, de la flota del mar Negro, en el que estalló un motín a causa de la mala alimentación y de las terribles condiciones de vida que los marineros se veían obligados a soportar. Estos, dirigidos por Afanasi Matushenko y después de haber matado a algunos oficiales, llegaron al puerto de Odessa la noche del 27 al 28 de junio de 1905, donde los obreros estaban en huelga. Los huelguistas propusieron a la tripulación que se apoderase de Sebastopol. Los amotinados, sin embargo, no consiguieron que se les uniera toda la flota del mar Negro y terminaron por rendirse a las autoridades rumanas (8 de julio).

Siete de los marineros fueron ejecutados como cabecillas del levantamiento y otros 56 fueron sentenciados a diversas penas de prisión. Unos seis centenares de tripulantes del Potemkin permanecieron en Rumanía en 1905, mezclándose con la población local. Entre ellos se encontraba su líder, Matiushenko. Junto con cuatro compañeros volvió a Rusia con la promesa de una amnistía en 1907, pero fue arrestado y colgado. Otro de los cabecillas, Josef Dymchenko, huyó de Rumanía en 1908 con otros 31 marineros, estableciéndose todos ellos en Argentina. Al menos un marinero, Ivan Beshoff, logró llegar a Irlanda vía Turquía y Londres (donde según se afirma conoció a Lenin). Murió el 25 de octubre de 1987, a los 102 años de edad.

El recuerdo del levantamiento tuvo una significativa influencia en el proceso revolucionario del ejército y la flota rusos en 1917 y el episodio dio lugar a una de las grandes obras maestras del cine: la película El acorazado Potemkin, que dirigió Serguéi Eisenstein y se estrenó 21 de diciembre de 1925 en el Teatro Bolshói de Moscú. Afortunadamente, dado el tiempo transcurrido, la película está ya libre de derechos de autor. Si quieren verla completa, con subtítulos en español, aquí la tienen. Que la disfruten.