¡Qué bien se está en el jardín!

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Jardín de Monet en Vetheuil (1880). Óleo de Claude Monet.

Miedo a no hacer lo correcto (entre otras cosas porque no sabía qué era lo correcto). Miedo a imaginar situaciones por si su protagonista, yo, actuaba de manera inadecuada. Miedo a no comprender, por mucha voluntad que pusiera, la manera de proceder de los adultos. Culpabilidad por lo que pudiera hacer antes de haber hecho nada. El mundo se ensanchaba, mi mundo, y con él la inseguridad, pues el otro, el de afuera, el de los mayores, se alejaba cada vez más, todo eran prohibiciones y obligaciones cuya significación nadie sabía explicar. Un miedo turbio, confuso, me hizo dudar hasta de la inviolabilidad de mi imaginación. ¿No habría alguien espiando mientras jugaba solo en el jardín? ¿Serían mis juegos observados? ¿Se podría jugar solo?

No podía entender en aquellos momentos que toda autoridad tiende a homogenizar actitudes y comportamientos, que todo poder ha de instalarse en el miedo. Nada sería igual sin el temor, sin la ansiedad que se siente frente a la posibilidad de perder las dádivas por él concedidas, que creemos que son nuestras, sin sobrecogerse ante las múltiples e infinitas posibilidades con que cuenta para destruirnos, sea un dios, un representante suyo, sea el dinero, o un representante suyo. Vivir con miedo es asegurarse la existencia en un mundo exageradamente timorato, asustadizo de por sí; el miedo acompaña en todas las acciones a quienes no tienen poder, a la mayoría pues; de él no se puede escapar ni en sueños, por eso todos queremos ser poderosos. ¡Qué bien se está en el jardín!

Manuel Cerdà: El viaje (2014).

Policías por todas partes

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CNN.

Diez minutos después la circulación adquirió cierta fluidez, íbamos lentos pero no nos deteníamos. Menos mal. Al poco advertí el motivo: habían desviado el tráfico por la avenida de la Ausencia, de cuatro vías, de reciente construcción, que bordea parte de la ciudad y evita el paso por El Centro. ¡Maldita sea! No me resignaba a dejar de comprar la botella de whisky, pero para ello necesitaba pasar por El Centro. Ya me había tragado el atasco. Vi un sitio donde dejar el coche. Aparqué. Iré a pie, resolví. Dispongo de un mes para regresar a por el coche; hasta entonces no se lo llevará la grúa por abandono, creo, pensé.

Mucha gente en la misma dirección, hacia El Centro. Una concentración frente la sede del gobierno autonómico. Se dirigían allí, escuchaba que decían, hacia la plaza de la Avenencia. El palacete barroco que en sus tiempos albergara la residencia de los marqueses de Bosta, máximos representantes de la nueva aristocracia surgida tras el triunfo de los Borbones, acoge ahora a los nuevos señores, vasallos también, como aquellos, de los verdaderos mandatarios.

Les seguí, me venía de camino. Llegué a la plaza. Estaba llena de gente, a rebosar. Protestaban. Continuaban llegando personas, de todas las edades.

Me quedé en el otro extremo de la plaza, frente al palacete rodeado por la policía, atenta a que nadie pudiera acercarse demasiado a su imponente fachada no fuese que algún agente patológico ─la desobediencia, por ejemplo─ se instalase entre sus recios sillares y destruyera tan emblemática edificación. Uniformados, uniformes, todos iguales, una auténtica jauría, perfectamente entrenada para la caza, como comprobaría poco después.

La indignación era patente. (…) Impresionaba. La emoción se contagiaba. En mi caso, durante unos instantes abrió una grieta en mi congénito escepticismo sobre la naturaleza del ser humano y su incapacidad de lograr una sociedad sin buitres y tiburones. Pronto se cerró, cuando pensé en la historia, en eso que denominamos evolución social.

(…)

Noté movimiento frente a la fachada principal del palacete. No alcanzaba desde mi posición a ver bien qué sucedía. La gente empezó a abandonar la plaza. Los que estaban en el centro no, se quedaron sentados en el suelo. Levantaban las manos, abiertas. La guardia pretoriana se desplegó.

De pronto, policías por todas partes. Brotaban como chispas de un incendio incontrolado. De los furgones aparcados en las bocacalles que dan a la plaza descendían como malcarados perros de caza sedientos en busca de la presa. Bien pertrechados, con casco, escudo y porra. Sin mirar ─les bastaba el olfato─ empezaron a repartir golpes a diestro y siniestro, indiscriminadamente. ¡Asesinos!, gritaban algunos, entre porrazos, patadas y empujones. ¡Hijos de puta!, ¡Cabrones! Todo sucedió muy rápido. Una joven ─pelo corto, pantalón vaquero, camiseta con una leyenda (Stop. Piensa), no tendría ni veinte años─ sacó el móvil e intentó grabar la intervención policial. Un policía, de un manotazo, le tiró el teléfono al suelo, ella también cayó. Rompió a llorar. Su compañero, o un chico que había a su lado, se encaró con el madero, le exigió que se identificase (no llevaba placa de identificación). Por respuesta, recibió un porrazo en el estómago. Se retorcía de dolor y el policía continuaba golpeándole.

Empujé al policía, que no llegó a caerse porque le sujetaron sus compañeros de camada. Sentí de repente un golpe en la espalada, a la altura de los riñones. Yo sí me caí. Traté de levantarme y otro me dio una patada. Volví a caerme. Dos me cogieron por los hombros, me arrastraron ─no podía ponerme de pie (bueno sí, pero no me dejaban)─ y me lanzaron al interior de un furgón como el que arroja un saco de patatas. El furgón estaba casi lleno, jóvenes la mayoría. Vi gente ensangrentada. Enseguida tiraron a dos más dentro y cerraron las puertas. ¡Blam!

Manuel Cerdà: El viaje (2014).

De regreso a la ‘normalidad’

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Antes que nada, aclaremos el concepto de normalidad en la acepción que más se ajusta al contexto en que aquí la uso. Es el que, según la RAE, significa “cualidad o condición de normal”, y aunque suele aplicarse más a las cosas que a las personas, el vocablo ‘normal’ expresa que “se halla en su estado natural”. Así es como pueden verme en esta fotografía: en estado natural.

Ya finalizaron mis ‘vacaciones con Prudencio y Robin, Johnny y Tomate. Han sido verdaderamente flipantes. Ahora toca, como les dije en su momento, contárselas a ustedes de la mejor manera que sé, en forma de novela, de ficción (más bien ciencia ficción). De este modo, continúo viviendo esa realidad virtual y mi mente sigue construyendo una realidad conceptual que vuelca en la escritura. De este modo, consigo también regresar a normalidad y relegar la normalidad, entendida ahora como lo que “se ajusta a ciertas normas fijadas de antemano”.

Prudencio, Prude, o Argararemon, o quien finalmente sea el enigmático personaje que es, o se hace pasar, por genio, nos dijo (a los chicos y a mí): “Los humanos nunca estaréis preparados para entender comportamientos que no se adecuen a vuestro sentido de la normalidad, de lo que consideráis ‘normal’ y tratáis de justificar mediante la lógica o la ciencia”. Robin, Johnny y Tomate han disipado cualquier duda –las cosas que hace Prudencio no son simples trucos baratos de magia, no, escapan a toda compresión humana– y han establecido una relación ciertamente peculiar con él. Yo también. Y es que lo que nos une a todos es vivir ‘otra normalidad’, aquella que no distingue el sueño, la fantasía si prefieren, de la realidad.

Lo mismo me une –además y, sobre todo, del gran amor que siento por ellas– a estas maravillosas trillizas, tres mujeres pequeñitas, 6 añitos, quienes en su mundo no paran de crear y conocer su propio yo en relación con él con instrumentos como la imaginación y la fantasía, los mismos instrumentos de los que se sirve uno, aunque a diferencia de ellas, para sobrevivir, que no es poco. Así las cosas, por eso decía antes que en esta fotografía pueden verme en estado natural (tengo otras más bonitas, pero he puesto esta porque no se les ve la cara, solo a una un trocito que asoma por el lado derecho de la imagen). Créanme cuando les digo que me entiendo mejor con ellas que con los adultos, tengo más cosas que compartir, incluso que hablar, que con los mayores. Con ellas, vivo.

Anhelos, sueños, deseos. Igualdad, libertad, fraternidad. Justicia. Mayoría, minoría. Líder, cabecilla. Pueblo, masa. Lucha. Muerte. Cambio, transformación. Acción. Reacción. Normas, leyes. Burocracia. Desilusión, decepción. Desigualdad, sometimiento, antagonismo. Acatamiento, sumisión. Indolencia. Indiferencia. Disconformidad, rebeldía. Y vuelta a empezar. Siempre igual. Total, ¿para qué? ¿Empezar “otra vez nuestra historia desde el principio? No vale la pena; siempre sería la misma” (Hans C. Andersen, El caracol y el rosal, 1861).

Que tedioso, ¿no? Que fatigoso, que cansado, que coñazo de vida. Escribió David Henry Thoreau en Walden (1854) que “la mayoría de los hombres (…) se afanan tanto por los puros artificios e innecesarias labores de la vida, que no les queda tiempo para cosechar sus mejores frutas”.

Ciento sesenta y tres años han pasado desde que se editó Walden por primera vez, pero estas palabras son tan certeras que parecen escritas hoy mismo. Yo no estoy dispuesto a dejar que se pierda mi cosecha, quiero recoger los frutos y disfrutarlos, y así, me identifico también con Paul Lafargue y su reivindicación del “derecho a la pereza”, entendida esta como el derecho a vivir, a que el trabajo sea una prolongación de la vida y no al revés. Esto es lo que significa para mí Prudencio Calamidad. ¿Un esfuerzo? Desde luego. ¿Un trabajo? Ni de coña. Como los niños. Ya me lo decía mi madre: És que eres com un xiquet (como un niño). No se equivocaba. Afortunadamente. Y si no que no se lo pregunten a las nenas. Ellas lo saben muy bien.