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Un rufián de baja estopa, un hombre de aspecto descuidado y repulsivo con chistera, traje negro, chaleco rojo y pañuelo gris plata anudado al cuello, rifle en mano, hablaba, discutía más bien, con un hombre, en camisa interior color salmón y los correspondientes pantalones azules de los soldados estadounidenses de la Unión, y una mujer que calentaba sus manos en una hoguera, con un vestido hecho trizas del que solamente conservaba la falda, rota, y un corpiño, ambos de color crudo, dejando así al descubierto parte de sus espléndidas piernas y su hermoso busto.

─ ¿Es esa?

─ Esa es.

─ Sí esta buena, sí.

─ Menudo polvazo tiene.

La arrolladora sensualidad que desprendía aquella mujer rubia de veintipocos años ─pelo liso y largo, mirada penetrante y serena, poderosa y cálida, límpida y transparente como su rostro, de marcadas facciones, pero capaz de expresar la mayor de las ternuras─ cautivó a los muchachos casi tanto como en su momento impactó en el ánimo de Naive.

─ ¿Os gusta?

─ Más que a mi hermanita Peppa Pig. Se vuelve loca cuando la ve y se pone a dar palmas ─dijo Robin.

─ ¿Comprendéis entonces que a Naive se le caiga la baba con ella?

─ ¿La baba? La baba y el babo. Y el nabo. Bueno, el nabo no, no se cae, se levanta. ¡No es espabilado el tío, no!

─ ¿Y ahora qué hacen? ─quiso averiguar Tomate.

Argararemon les explicó el argumento de la película y las circunstancias que habían llevado a sus protagonistas, el soldado y la joven, ante el individuo con chistera que cada vez encontraban más baboso. El soldado buscaba algo en el carromato del supuesto buhonero, un traficante de armas, les aclaró. La curiosidad por la trama disminuyó notablemente cuando vieron aparecer a la actriz con un ligero vestido rojo que ella misma había confeccionado simplemente haciendo unos agujeros y unos cortes a la tela tomada de los productos que llevaba el buhonero en su tartana, un vestido tan simple y sensual como sus movimientos

─ ¿Qué, os sigue gustando? ─preguntó Argararemon con fingida ingenuidad, seguro de cuál iba a ser la respuesta de los jóvenes.

─ Hasta al más lelo de los lelos le molaría una tía así, a no ser que sea un bujarra.

─ ¿No sale en bolas? ─preguntó Tomate.

─ Bueno, en las próximas imágenes se le ve el trasero.

─ ¿El culo? ¡Coño, tío!, pasa, vamos ahí.

─ No es necesario, van a continuación, ahora mismo, aunque tampoco se ve gran cosa, no creáis.

El sombrío villano traficante de armas aparecía ahora en primer plano cantando y exhibiendo una viscosa sonrisa. En el interior del carromato llevaba atados, con las manos en la espalda, al soldado y a la mujer. Este, con el canto afilado de una pequeña piedra trataba de liberar como podía a su compañera de infortunio. Sus esfuerzos, sin embargo, resultaban inútiles. Ella le sugirió que usase los dientes, lo que hizo el soldado aplicándose con ahínco.  Entre el traqueteo de la tartana y la complicada posición de ambos, que limitaba considerablemente sus movimientos, la corta falda del personaje que interpretaba Candice Bergen se subió hasta dejar su trasero tan cerca del rostro del soldado que su nariz rozaba una y otra vez sus nalgas, para deleite y regocijo de los muchachos. En ese momento Argararemon paró la “proyección”.

─ ¿Qué ha pasado, tío? ¿Se ha jodido la cinta o qué?

─ Nada, ya habéis visto suficiente, ya sabéis quién fascinó a Naive y por qué.

─ Pero colega, que ahora es cuando molaba esto.

─ Tranquilos, a ella no se le ve más de lo que ya habéis visto, de su físico me refiero, claro.

─ Bueno, pero la peli está guapa. Ponla otra vez, anda. Además, a tías como esa no les hace falta enseñar mucho para ponerte cachondo perdido.

─ Eso mismo opina Naive, aunque no es tanto su libido la que se satisface y regocija con la presencia de la actriz, que también, como su ánimo al contemplar su serena belleza, sus rasgos firmes pero vulnerables, su exacerbada sensualidad, la inteligencia que transmite su mirada, dulce y tierna a la vez que penetrante, la delicadeza de un proceder que combina ternura y decisión. Esas son las cualidades que ve en su personalidad y es lo que en verdad aprecia en ella. Por supuesto, no es indiferente a su físico, es humano.

─ Tú ligarías que te cagas, le das bien al bistec, y eso gusta mazo a las tías.

─ Pues ya sabéis…

─ No cortes, tío, deja la peli.

─ Ya acabaréis de verla, nos quedan aún muchas cosas que hacer.

─ Bueno, ponnos al menos el final. ¿Termina bien?

─ Según. Según quien juzgue. Bien y mal son conceptos relativos, depende de…

─ No, más rollo no. No quieres ponernos la peli porque dices que no hay tiempo, ¿y tus discursos qué?

─ De acuerdo. No termina bien, todo lo contrario.

─ Pues vale. Ponla, tío.

Argararemon hizo lo que pedían los chicos. Siguió contándoles el argumento desde el momento en que la dejaron hasta el último cuarto de hora de metraje, cuando el ejército yanqui avista el poblado indio de la tribu de los cheyenes y se dispone a atacarlo. A pesar de que estos mostraron una bandera de la Unión junto a otra blanca en señal de rendición, el oficial al mando ordenó abrir fuego. Dispararon contra ellos los cañones. Varios de sus habitantes y algunas tiendas volaron por los aires. Los intentos del soldado por detener lo que prometía ser una auténtica masacre resultaron vanos. Acto seguido, comenzó la lucha, los cheyenes contraatacaron, pero la superioridad de los azules era manifiesta. Vencida la resistencia, entraron en formación en la aldea a sangre y fuego. Ella, Candice Bergen, se encontraba entre los indios; Argararemon les explicó la razón. La película mostraba con detalle los incendios provocados de las cabañas, los caballos que no se detenían por nada y pisoteaban a unos niños, cómo de un tajo la espada de un soldado decapitaba a una india, a la protagonista que se veía obligada a matar a uno de los suyos ─un blanco─ para evitar ser violada, cómo unos soldados desnudaban a una joven cheyene, abusaban de ella salvajemente y le cortaban un pecho con un cuchillo como el que degüella una gallina, el momento en que otro soldado localizaba a un indeterminado número de ancianos, mujeres y niños que se habían refugiado en una hondonada, a los que mataron sin piedad con su armas tras previamente arrancar de allí a Candice, y todo tipo de atrocidades, entre ellas una que especialmente impactó en la conciencia de los tres amigos: el coronel al mando de la operación, sentado en una silla mientras le curaban una herida en su brazo, apuntaba fríamente y disparaba por la espalada a una niña situada frente a él que apenas se sostenía en pie. Con tanto desmán, tanta locura, ante la prepotencia del ejército, que celebraba su éxito como un equipo que ha ganado la Champions League y contaba con la presencia de un fotógrafo para plasmar su “heroica” acción, ante la arrogante arenga del general a los vencidos, a los pocos supervivientes que quedaron, los chicos enmudecieron al aparecer los títulos de crédito del fin de la película.

─ ¡La puta hostia! ─manifestó Robin al poco─, que cabrones, que hijos de puta, casi hubiera preferido no ver el final y quedarme con la tía buenorra y su culo. Bueno, es una película, pero, ¿sabes?, estoy de una mala hostia…

─ Pues es posible que te todavía te molestes más si te digo que la película está basada en un hecho real. Con todas las licencias cinematográficas de cualquier película, pero real.

─ ¿Pasó eso? ¿Así?

─ Puede que fuera incluso peor, y no fue un caso único.

─ ¿Hubo más? ¿Nadie dijo nada? ¿A los bestias esos, los robocops esos de entonces, no les pasó nada?

─ Nada. Bueno, las aspiraciones políticas del coronel al mando de la operación se frustraron para siempre.

─ Ya ves. Siempre igual, el que manda puede hacer lo que le salga de los huevos, que siempre se saldrá de rositas.

─ Una cosa, Prude ─intervino Tomate─, los yanquis de ahora son los descendientes de los cachoperros estos, ¿no?

─ Digamos que sí.

─ Digamos, digamos… Digamos que siguen haciendo lo mismo, y los demás a mamársela de canto. ¿De qué hostias va esto? ¡Puta mierda! ─exclamó Robin.

─ La civilización, chicos, daños “colaterales” del progreso.

─ ¿Colaterales?, ¿qué quiere decir colaterales? ─preguntó Johnny.

─ Efectos secundarios, daños que nadie quisiera que se produjeran pero que resultan imprescindibles para el desarrollo de la civilización, o de lo que entendéis por civilización.

─ ¿Progreso llamas a eso? ¿Civilización? Yo diría buitrear. Hay que ser hijo de puta para llamar así a eso ─prosiguió Tomate.

─ ¿Hijo de puta? De una coneja puta será. Se han reproducido que te cagas, estamos rodeados de tipejos así, de hijos de puta ─sentenció Robin.

Manuel Cerdà: Prudencio Calamidad (2017). Disponible solo a través de Amazon.

Publicada originalmente en: https://musicadecomedia.wordpress.com/2017/12/16/una-cosa-prude-los-yanquis-de-ahora-son-los-descendientes-de-los-cachoperros-estos-no/