
José Luis Ábalos, ministro de Transportes, Movilidad y Agenda Urbana; Pedro Sánchez, presidente del Gobierno; Ximo Puig, presidente de la Comunitat Valenciana; Mónica Oltra, vicepresidenta, y el líder de Compromís, Joan Baldoví. / Germán Caballero (2019).
Nota previa: He seleccionado esta fotografía porque reúne los políticos cuya acción más me perjudica. Ustedes pueden escoger otra con políticos de su territorio. Todos encarnan el principio de la quinta ley fundamental de la estupidez según Cipolla: “El estúpido es más peligroso que el malvado”.
Como ocurre con todas las criaturas humanas, también los estúpidos influyen sobre otras personas con intensidad muy diferente. Algunos estúpidos causan normalmente solo perjuicios limitados, pero hay otros que llegan a ocasionar daños terribles, no y a uno o dos individuos, sino a comunidades o sociedades enteras. […] Entre los burócratas, generales, políticos y jefes de Estado se encuentra el más exquisito porcentaje entre la población de individuos fundamentalmente estúpidos, cuya capacidad de hacer daño al prójimo ha sido (o es) peligrosamente potenciada por la posición de poder que ha ocupado u ocupan). ¡Ah!, y no nos olvidemos de los prelados.
La pregunta que se plantean las personas razonables es cómo es posible que estas personas estúpidas lleguen a alcanzar posiciones de poder o de autoridad.
Las clases y las castas (tanto laicas como eclesiásticas) fueron las instituciones sociales que permitieron un flujo constante de personas estúpidas a puestos de poder en la mayoría de las sociedades preindustriales. En el mundo industrial moderno, las clases y las castas van perdiendo cada vez más su importancia. Pero el lugar de clases y castas lo ocupan hoy los partidos políticos, la burocracia y la democracia. En el seno del sistema democrático, las elecciones generales son un instrumento de gran eficacia para asegurar el mantenimiento estable de la fracción de estúpidos entre los poderosos. Hay que recordar que […] la fracción poblacional de personas que votan son estúpidas, y las elecciones les brindan una magnífica ocasión de perjudicar a todos los demás, sin obtener ningún beneficio a cambio de su acción. Estas personas cumplen su objetivo, contribuyendo al mantenimiento del nivel porcentual de estúpidos entre las personas que están en el poder.
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Carlo. M. Cipolla: “Estupidez y poder” (1976), en Allegro ma non troppo, 1988.

